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domingo, 3 de julio de 2022

La Aldea Debajo de la Montaña

UN ARCA DE NOÉ PARA SALVAGUARDAR A LA
HUMANIDAD DE SU DESTRUCCIÓN Y EXTRAVÍO

 

Por Gilberto García Mercado


Dejar un territorio en donde se aprendió a ser feliz es quizás la decisión más dura y dolorosa que ha de tomar una persona en la vida. Y en La Aldea Debajo de la Montaña, la pluma de Bruno Elías Maduro hace un gran despliegue de la buena narrativa para dejar enganchado desde sus inicios al lector con el desarraigo. Nos describe la dolorosa segregación de Mercedes con su padre de la tierra querida y bendita. Asistimos a una ópera prima, en donde el territorio será un Arca de Noé, la cual aguarda a la humanidad para salvaguardarla de su destrucción y extravío. En La Aldea Debajo de la Montaña hay una constante preocupación en edificar una «Aldea», lejos de las ruinas y las mezquindades del hombre, un lugar en donde el individuo pueda convivir pacíficamente y en armonía con sus coterráneos, sin que en ello prime el poder y la autoridad absoluta y desbordada que hasta nuestros días ha contribuido a la exacerbación de una sociedad hipócrita e indolente.

Esta novela nos salva de la tormenta y el naufragio. Porque, muy a pesar de las eventualidades de la naturaleza, de una «aldea menor» a la cual hay que abandonar por tres amenazas inminentes: la erupción de un volcán, la presunta avalancha de los cerros vecinos o la inundación por el río que bordea el lugar, existe en esos tres reclamos de la tierra, una nueva concepción de la esperanza y la vida, una Aldea Debajo de la Montaña sobre la cual hay que edificar una generación consecuente con el ser en sí.

Es una búsqueda constante del intelectual y su pluma. Y Bruno Elías Maduro lo ha conseguido magistralmente con La Aldea Debajo de la Montaña. La estirpe de Mercedes y Luis M irán construyendo los argumentos de la novela por territorios a veces benignos y otros agrestes, en busca de esa tierra prometida en donde puedan ver florecer las esperanzas y el posicionamiento de una humanidad libre de odios y de componendas que hacen del hombre, en sí, una existencia vacía.

Es una utopía, pero que en la novela se palpa y acaricia. Por esas zonas de Dios, en lo itinerante del destino, nos tropezaremos con la existencia de los «comehombres», especies de caníbales que en la cosmogonía de La Aldea Debajo de la Montaña adquieren la dimensión de seres míticos, que no distan de la realidad del hombre primitivo y arcaico. «Las tigreras», misteriosas mujeres que viven una vida aislada, apartada de los otros pueblos y cuya vida en sí, es una soledad acuciante. La historia de estas mujeres bien podría constituir una novela integral y autónoma. Personajes y atmósferas singulares, que, como en el caso de Alfonso, el genio, el inventor, nos conmueve hasta las lágrimas al verlo, inmaculado, sacrificando su vida, tiempo y entereza a la fabricación de sus inventos como si en ellos se les fuera la vida.

Auguramos a La Aldea Debajo de la Montaña éxitos en el mundo editorial. Es una novela construida por capítulos autónomos, es decir, cada capítulo bien se puede leer como una narración independiente sin que por ello el lector se sienta defraudado. Además de frases bien estructuradas, Maduro nos lleva de la mano como si fuera ese maestro de nuestra juventud, libre de las angustias y las arritmias del mundo de hoy, por los intricados caminos que a veces tendremos que atravesar en La Aldea Debajo de la Montaña.

Bruno Elías Maduro Rodríguez
No obstante, el autor de esta novela consigue fijarnos en la retina las imágenes y atmósferas de un mundo que está ahí y no al mismo tiempo. Un territorio que espera por los hombres de buena voluntad, por una nueva generación que gravita en ese suelo virginal y pulcro, una zona por donde, intemporales e íntegros, se siguen paseando, la vieja Mercedes y su esposo Luis M. Ellos tuvieron que sepultar las entradas de esa aldea de Dios para que la Humanidad no perezca entre la ruina, la mezquindad y el odio.

              

         En este link puede escuchar un fragmento de esta novela:

         https://youtu.be/QIM_4KQsd_w 

lunes, 27 de junio de 2022

Una Descendiente de Esclavizados

«FRANCIA MÁRQUEZ: RUPTURA DE
CADENAS QUE ATABAN A UNA ETNIA»


Por Juan V Gutiérrez Magallanes


El 19 de junio de 2022, en Colombia, se dio el fenómeno político, social y étnico más sobresaliente de la Historia Nacional: La Elección de una Negra, descendiente de los esclavizados, traídos en la Diáspora Africana a América. Seres considerados como «Especies de Carga».

Ahora, después de tanta ignominia, allí está Francia Elena Márquez Mina, como Vicepresidenta de Colombia, al lado del Presidente, Gustavo Petro Urrego. Ella, sonriente, tarareando en su interior la canción:

 

A La Mina No Voy

(Canción de Quilapayún)
El blanco vive en su casa
de madera con balcón.
El negro en rancho de paja
en un solo paredón.

Y aunque mi amo me mate
a la mina no voy
yo no quiero morirme
en un socavón.

Don Pedro es tu amo
él te compró
se compran las cosas
a los hombres no.

En la mina brilla el oro
al fondo del socavón
el blanco se lleva todo
y al negro deja el dolor.

Cuándo vuelvo de la mina
cansado del carretón
encuentro a mi negra triste
abandonada de Dios
y a mis negritos con hambre
¿por qué esto, pregunto yo?
Francia muestra su puño cerrado, al orar un discurso de esperanza para los más desfavorecidos y para todos los marginados de Colombia, al mismo tiempo que presenta con orgullo a su familia que la acompaña en este momento histórico. Francia es el símbolo de la ruptura de las cadenas que por muchos años habían mantenido atada a una Etnia.

La muestra de alegría de Francia, es el borrador de la Carimba, que el negro ha llevado por casi quinientos años. Ahora hay una Vicepresidenta, desprovista de los genes del invasor. Ella empuña el brillo del sol con fortaleza, se ha labrado a flor de tierra con las labores más humildes y con el orgullo a cuestas de poder exigir la posesión de la tierra que pisa, como Defensora de los Derechos Humanos.

Francia obtuvo el Premio Nacional de la Defensa de los Derechos Humanos (2015). El Premio Goldman para el Medio Ambiente 2018, (considerado el Premio Nobel de Ecología o Premio Nobel Verde).

El estar Francia Márquez Mina en la Vicepresidencia de Colombia, es una lección para las madres, que decían tácitamente a sus hijos: «No puedes aspirar a una profesión universitaria, por el hecho de ser negro». Ella es un sol de esperanza y de seguridad, especialmente en la ciudad de Cartagena de Indias, colmada paradójicamente de racismo en este Siglo XXI.
Juan V Gutiérrez M




miércoles, 22 de junio de 2022

Misiva de la Esperanza y la Unión

 ¡Enhorabuena Por Petro Presidente De Colombia!

Cartagena de Indias, 22 de junio del 2022
 
Doctor
GUSTAVO PETRO URREGO
Señor Presidente Electo de los colombianos
Bogotá, D.C.

Nosotros, directivos del Parlamento Internacional de Escritores, evento que se reúne en Cartagena de Indias desde el año 2003, y de la Asociación de Escritores de la Costa, entidad que funciona desde el 9 de abril del año 1984 Con Personería Jurídica Nro. 1456 de 1984 en Cartagena de Indias, hacemos pública nuestra alegría por su elección como Presidente de la República de Colombia, lo que constituye un hecho histórico de gran importancia para nuestro País, que rompe con una tradición de gobiernos de la misma estirpe que han estado casi siempre de espaldas a las ilusiones de los pueblos que los han elegido.

Como voceros de organizaciones que agrupan a miles de escritores y artistas del país y del exterior, le manifestamos nuestra firme decisión de colaborar con Usted en sus planes de desarrollo cultural, en la perspectiva de una mayor atención a los temas de la ciencia en la educación, defensa del patrimonio histórico y promoción de las artes y la literatura nacionales.

Las artes y las letras, como es de su conocimiento, no siempre han tenido la debida atención de los gobiernos que le han antecedido, por eso esperamos que el suyo sea una verdadera revolución de la inteligencia, un vuelo de palomas de paz que lleven en el pico no una metralla sino un costal con plumas y tinteros, martillos y cinceles, pinceles y caballetes, caretas y disfraces de colores, trompetas, bombos y saxofones que inunden de alegría la tierra colombiana.

Del señor Presidente electo, con nuestra firme adhesión a su programa cultural de gobierno,

JOCE DANIELS
Presidente del Parlamento Internacional de Escritores de Cartagena

Juan Gutiérrez Magallanes
Presidente de la Asociación de Escritores de la Costa

Astrid Sofía Pedraza
Canciller del Parlamento I/nal de Escritores

Antonio Mora Vélez
Expresidente del Parlamento, Ex canciller y actual
Asesor de la Junta Directiva.

Félix Manzur Jattin
Consultor y Asesor del Parlamento.

viernes, 17 de junio de 2022

Los Ojos Verdes Oliva

EMILY FERRER
(Del Libro LAS ALMAS VENCIDAS Y OTROS CUENTOS)

Por Gilberto García Mercado

Cuando alcance la colina y observe allá abajo la fachada de la Tienda Girasol, se calmarán estos deseos irresistibles de ver a Emily Ferrer, sonriendo detrás del mostrador e indagando al interesado sobre qué desea adquirir en esta mañana calurosa de agosto. A veces llego hasta el lugar, no para que me edite algún documento en el ordenador, sino para mirar exclusivamente a la joven. La primera vez que la vi me sorprendieron los rasgos finos y dulces de su fisonomía de adolescente. Una fuerte lluvia que se desgajaba sobre la ciudad me había obligado a buscar refugio en la Tienda Girasol. Entonces, al alzar los ojos y sacudir las gotas de lluvia de mi camisa tropecé con los ojos verdes oliva de Emily Ferrer. «Ni que fuera una aparición del otro mundo», sonrío la chica un poco divertida. Y fue tal el asombro por su belleza que en tres o cuatro minutos no articulé palabra alguna. En un rincón del local, tres colegialas conversaban indiferentes al diluvio que caía, un joven alto y flaco, de cabellos rubios, a intervalos se asomaba a la vastedad de la lluvia. Su rostro reflejaba la contrariedad de quien no quiere faltar a clases en una tarde asaltada por el invierno. Tampoco yo las quería perder. «Ni siquiera lo intentes», dijo una voz detrás del mostrador al observar que el joven alto y flaco amenazaba con salir fuera y abandonarse a los vaivenes de la lluvia, «El Centro Meteorológico acaba de informar que lloverá hasta las seis: olvidémonos de ir a clases hoy, Samuel». El que hablaba era un chico mayor que Emily Ferrer, quien guardaba cierta semejanza con la chica. «Debe de ser su hermano», pensé. Esa tarde estuve evitando las miradas de la joven, desde la elevada silla, en medio del local, detrás del mostrador, y como si se hallara en una garita, ella contemplaba sin pestañear todo lo que sucedía en el local, afuera, el aguacero bramaba como si fuera una bestia infernal herida de muerte. 
Nunca había llovido tanto como aquel día. Cuando creíamos que el diluvio aflojaba, más se acrecentaba la intensidad de los vientos. En hora y media de hallarnos sitiados por octubre, por fin habíamos aceptado el faltar a clases aquella tarde. 
— ¿A qué hora cierran la tienda? —dije a Emily Ferrer, un poco incómodo, pues en el local apenas quedaban, ella, su hermano y yo. 
—A las seis—agregó la chica con la complacencia de quien está acostumbrada a cualquier eventualidad—Tendremos que salir a la lluvia. No hay señal alguna que indique que el aguacero vaya a amainar. 
A las cinco y media colocó cada cosa en su lugar, desenchufó algunos aparatos eléctricos, contó minuciosamente el dinero de las ventas del día y, como si yo no estuviera presente, aventuró la frase que me heriría por siempre en el corazón: 
—Espero que no seas como los chicos revoltosos de la Universidad. Inventan cualquier pretexto para faltar a clases. Un día dicen que tienen conflictos en casa, otro que sus padres no tienen en donde caerse muertos, en fin, como ahora que llueve y muchos optaron por no ir a clases. 
—No soy como ellos—protesté—Hay algo en tus ojos que me ha obligado a mirarte. 
Quizás nadie en la vida le había hablado francamente como yo. La expresión tuvo el efecto de unir a dos seres que se querían mucho, pero que, paradójicamente, no se conocían. Algo me dijo que tenía que salir de la Tienda Girasol antes de que el enojo en la chica pasara a mayores. Abandonarme a las contingencias de un aguacero en el que comenzaría a fraguarse una serie de experiencias que girarian en torno a la vida de Emily Ferrer. Comprendiendo entonces el significado del sortilegio, me asomé a la ciudad exangüe, las gotas frías que salpicaron mi rostro me devolvieron a la realidad de una Emily Ferrer que me contemplaba anhelando una agradable despedida. Fue entonces cuando entré de nuevo al local y, armándome de valor, la besé intempestivo en la mejilla, al tiempo que gritaba: 
—No soy como los demás y me encantaría ser tu amigo. 
La lluvia y una sutil oscuridad, por aún no haberse encendido el alumbrado público, me acompañaron por la avenida en donde estaba la casa de mis padres. En el recorrido, reflexioné sobre los extraños fenómenos de la vida. Muy a pesar de vivir en una ciudad, desde siempre, nunca me había tropezado con unos ojos verdes de una Emily Ferrer y, ahora, bajo una borrasca impetuosa, me reprochaba de mil maneras distintas, no haber conocido a tan hermosa criatura, sino hasta estos momentos. «Son las trampas del destino que le encanta jugar con la gente», me decía desconcertado, «A veces tenemos nuestro complemento a unos cuantos pasos de nosotros mismos, y somos ciegos, sordos y mudos, frente a una realidad». Cuántas veces no llegué hasta la Tienda Girasol, cuántos años me negué a su existencia, cuántas veces, ante la invitación de un amigo, le decía con sorna y desprecio, «¡no, en ese lugar, no! ¡Mejor veámonos en otra parte!». Estamos aquí y no, vivimos inmersos en nosotros mismos, sin saber que, a nuestro lado, separados por muros invisibles, se halla nuestro complemento. Una Emily Ferrer como la protagonista de esta historia, engañada también por el destino, haciéndola creer que todos los chicos que concurren a su tienda son unos revoltosos sin remedio. 
Estuve por una semana indeciso, pasaba por el sitio y, un miedo a descubrir que jamás había estado en aquella tienda de mi invierno, me entristecía. Por la época había descubierto mis dotes de escritor y no sería extraño que esas virtudes estuvieran forjando en mi entorno la imaginación de un novelista. No era entonces descabellado que lo sucedido en aquella tarde de octubre no fuera más que la ficción de un escritor maquinando su propio relato para no sucumbir ante una hoja en blanco. Quizás yo me estuviera paseando por las líneas de mi propia novela. Tal vez estaba atrapado entre la Tienda Girasol y mi vida. Me angustiaba el solo hecho de ver gente agolpada en el local que regentaba Emily Ferrer, a veces me detenía a veinte o treinta metros del lugar, y si veía salir a alguien lo abordaba atosigándolo con alguna pregunta: 
—Dime, amigo. ¿Hay alguna chica de ojos verdes atendiendo en el mostrador? Tiene el cabello rubio y es bonita… 
—Pero ¿por qué no lo comprueba usted mismo? —me decía el interlocutor, cuando la inquietud y la calma en mi rostro, dependían de lo que me pudieran contar sobre la hermosa administradora del lugar. Sin embargo, algunas veces, alguien parecía seguirme el juego y se desbordaba en descripciones sobre lo que sucedía a cuarenta o cincuenta metros de mí. A veces, respuestas como, «sí, es una joven de cabello rubio en compañía de su novio. Se ve que se quieren mucho», contribuían a entristecerme. 
Desde que conocí a Emily Ferrer, la vida no sería la misma, si no contemplaba a la hermosa criatura. Aún recordaba la mansedumbre de sus ojos, cuando la besé en la mejilla, aquel día de mi naufragio. 
Ganar entonces la colina se convertiría en mil excusas de parte mía para no perder de vista a la muchacha. Por lo demás, a la gente le agradó la iniciativa de subir constantemente la pendiente, si con eso el cuerpo se ejercitaba y era ejemplo para los demás chicos de la zona. Lejos estaban de imaginar que el cambio producido en mi vida se debía a los ojos verdes de Emily Ferrer. No sé cuántas veces estuve viendo mi rostro en sus ojos fulgurosos. No sé cuántas veces llegué con un miedo enorme, sospechando que en algún momento ella apagara la felicidad de esos días, con la frase lacónica: «Tú eres un chico revoltoso, Efraím». 
Ahora, allá abajo, se vislumbra, a un lado de la Avenida Principal, la Tienda Girasol. Ardo en deseos de llegar al local, como la primera vez y, observar desde el rincón de mi silencio, a la bella Emily Ferrer. El calor de agosto me tortura y en el suéter se observan algunos mapas de humedad. Sin embargo, sé que desde el mismo instante en que contemple a la chica, toda tortura y desasosiego por no verla desaparecerán. 
— ¡Otra vez por aquí, abuelo Efraím! —se escucha una voz al interior de la tienda—Le he dicho que la señora Emily Ferrer si vivió aquí, pero de eso hace más de cincuenta años. A propósito: hoy me han traído noticias de que la pobre vieja murió en un asilo en Bogotá. Olvídese de ello, viejo Efraím. ¡Sé que fueron grandes amigos, pero hasta ahí, olvídelo! 
—He de acatar tu consejo—le digo al propietario de la Tienda Girasol.
Y mientras me devuelvo por la pendiente, creo escuchar la voz del propietario, quien comenta: 
«Pobre, el señor Efraím, mañana otra vez preguntará por Emily Ferrer…»

sábado, 4 de junio de 2022

Doctor Juan Montes Farah

UN ABANDERADO DE LA MEDICINA
 EN CARTAGENA DE INDIAS

Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes

 

Juan Gutiérrez y el Dr Montes Farah
Hay una similitud en la forma humilde de venir al mundo, entre Jesucristo y Juan Montes Farah, éste llega un 24 de diciembre en plena Calle de Chambacú, cuando su madre, camino a casa, no pudo contener al niño que buscaba abrirse pasos en su humanidad y respirar el aire de las brisas que bajaban por el Puente. Allí, en plena calle, el llanto de Juan se enseñoreó en las voces que callaron ante el advenimiento del hijo de la Turca Farah y el señor Montes.

Juan, un niño chambaculero que corrió por las calles destapadas de la Isla Elba en compañía de Rafael Pimentel y Campo. De Chambacú pasó al barrio Olaya Herrera, de donde salía con pasos medidos a las aulas del Liceo de Bolívar, donde compartía con compañeros como Gabino Hernández, Sergio Barrios y muchos otros que ingresarían más tarde a la Universidad.

Juan Montes Farah entró a la Facultad de Medicina de la Universidad de Cartagena, en la que se especializa en Neumología y Medicina Crítica y Cuidados Intensivos, además de estudios sobre Alta Gerencia de Calidad y Auditoría en los Servicios de Salud, Docencia Universitaria, Maestría en Salud Pública de la Universidad Nacional.

Hoy lo encontramos como sub gerente de Cuidados Críticos en el Hospital Universitario del Caribe, con una gran disposición de servicio a la Humanidad, llevando sobre sus hombros el pensamiento Hipocrático. No olvidando de dónde viene y hacia dónde va.

Al Galeno, con la humildad de los sabios, en el Hospital Universitario lo podemos encontrar desde los primeros inicios del día hasta avanzadas horas de la noche, siempre presto a brindar los servicios del médico que camina por los senderos trazados por Hipócrates.

Así lo demostró cuando ofreció su brazo para ser el primer inmunizado contra el Coronavirus, en esta Cartagena de Indias, que lo ha visto crecer y dimensionarse como uno de los Apóstoles de la Medicina.

Juan Montes Farah, es un nombre que los habitantes de los sectores deprimidos vocalizan de manera sencilla ante los porteros del Hospital Universitario para solicitarle un pasaporte a la sanación.

Hoy, ese ser humano criado en los sectores más humildes, se constituye en un ángel de salvación para todos los que llegan a la sala de emergencia con síntomas de carácter neumológico.

Allí está ese médico que no se aparta del camino marcado por Hipócrates. Siempre dando la mejor lección a sus estudiantes, que lo hacen ser un gran maestro de la medicina.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 22 de mayo de 2022

VIVAS ARRIETA ROMERO


«EN CHAMBACÚ SE GESTÓ UN VENDEDOR
 DE MEDIOS CULTURALES»

 

Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes 

 


Allá por la década de los sesenta, llegó a Chambacú César Arrieta Herrera en compañía de su familia. Venía de Corozal en las Sabanas de Bolívar. En un ángulo de la calle que albergaría también a Martín Magallanes, sentaron su propiedad. (Donde hoy se levanta el Edificio Inteligente). Martín sería uno de los pioneros del arrabal de Chambacú.

En la familia de César Arrieta, Vivas era el hijo mayor, quien después de sesenta años, ahora envejecido recuerda a Antonio Carlos Del Valle, uno de sus vecinos, por ser un lector acucioso del diario El Siglo. Buen conversador hacía de la lectura una oración para compartirla con los analfabetos del barrio. Estimulaba constantemente a la lectura. De él Pelayo recogió sus inquietudes por la reportería y el periodismo gráfico.

Vivas era un simpatizante de todas las manifestaciones culturales. Desde la lectura que hacía Antonio Carlos Del Valle, patriarca de los Hojalateros, hasta de los olores de la mesa de fritos de Gregoria, madre de Pelayo, y de los sabores envueltos en las comidas de la niña Pacha, cocinera eterna del Internado del Colegio La Esperanza.

Vivas va nombrando a personajes que quedaron impregnados en las algas del Caño Juan Angola. Desde muy niño manifestó querencia por los libros, luego de la primaria en la Escuela Francisco de Paula Santander, pasó al Liceo de Bolívar, en el cual realizó estudios hasta noveno grado.

Salió luego a recorrer gran parte del mundo y aprender inglés, esto le proporcionaría laborar en el Turismo, mostrando gran avidez por los libros.

En el bachillerato, se interesó por la literatura de Vargas Vila a través de sus libros más polémicos y combativos. No obstante, poco se interesó por sus novelas. Prefirió mejor los textos que abordaran interés por la política. En ese orden de ideas, leyó «Los Divinos y Los Humanos», «Históricas y Políticas», «Los Césares de la Decadencia», «Ante los Bárbaros».

Vivas hace énfasis en el pensamiento de Vargas Vila con respecto a la «Libertad», donde plantea, jamás claudicar en la búsqueda de ese ideal.

Él hace de «Los Divinos y los Humanos», su texto de cabecera, recordándonos las vivencias de Alejandro Magno, el macedónico, el secreto interés que el emperador profesaba por La Ilíada, libro que llevaba consigo en todas sus correrías. Vivas portaba siempre el texto de Homero para tener presente a hombres de gran valía, como Diógenes A. Arrieta y Juan de Dios Uribe.

Para no apartarse de los libros, establece en el Parque Centenario un lugar para reunir todos los libros posibles de venta y compra, donde puede hablar con los muertos y conocer sus pensamientos.

Vivas comenta con soltura el pensamiento, no sólo de Vargas Vila, sino el de Varga Llosa o el del García Márquez, reconociendo que uno de los libros que más ha vendido es «Cien Años de Soledad». El Vivas vendedor de libros, siente un grandioso amor por ellos, se acuerda del macedónico Alejandro, quien se preocupaba no tanto por ganar una batalla, sino por apoderarse de los libros de las bibliotecas sometidas por su espada.
Vivas ha adquirido una formación cultural grande, lo cual le permite analizar la situación, no sólo de Colombia, sino del mundo, es un hombre preparado, amante del pensamiento libertario como lo fue Vargas Vila.

Allí, en ese sitio de venta y compra de libros de los Hermanos Arrieta Romero del Parque de El Centenario, podemos decir que se encuentran los libros más importantes de la Literatura Universal, donde se halla gran parte de las anécdotas e historias de Chambacú, un barrio que vive en el imaginario histórico de los chambaculeros.









sábado, 21 de mayo de 2022

#HistoriasdelCamino

 EL SECRETO DE MELISA


Por Gilberto García Mercado


La noticia de que Melisa Cervantes murió lo dejó tan consternado que tuvo que sentarse en un escaño del parque mientras recuperaba el aliento. Se había vuelto costumbre en ese itinerario que Óscar Vargas emprendía por la región, en su condición de vendedor de pólizas de seguro, antes de llegar al hotel que lo albergaría por una semana, conversar con doña Melisa de esto y de aquello. La mujer regentaba un viejo puesto de frutas en el parque. Era ella una señora con una vejez apacible, «de esas en que, en vez de envejecer, rejuveneces», por lo menos así lo percibía Vargas cuando conversaba con ella en el parque.

—Así que eres como los marineros—dijo la anciana con un brillo singular en sus ojos cafés—Vas dejando un amor en cada puerto.

—No todo lo que se dice por ahí es verdad—comentó Vargas fingiendo indiferencia—No soy la clase de hombre que va teniendo aventuras por aquí y por allá.

Esa conversación la tuvo en un agosto árido en que el viento golpeaba el cuerpo con lengüetas de fuego. El reloj de pulso indicaba las dos de la tarde. Y él le había llevado a la anciana unas gaseosas y algunas delicatessen, como hacía casi siempre que viajaba a la población. Se identificaba mucho con la anciana, le recordaba a su madre quien ya no estaba en esta vida y, que fue hasta el final, su soporte para que no naufragara en el mar de los pobres.

Al parecer Melisa Cervantes no tenía a nadie. Como ocurre en los seres humanos ella también había tenido su oportunidad. Que no la aprovechó, o que el destino le jugara una mala pasada para relegarla finalmente en la esquina de este viejo parque, ya es otra cosa. Con los días, ella le fue narrando su historia, la anciana reía algunas veces y otras se entristecía, como cuando en el argumento se refería a Mauricio Dávila, el amor de su vida. Así que el saber que la mujer ya no estaría para que lo escuchara, una confesión que a Vargas lo volvía frágil y fuerte al mismo tiempo, con el deseo irrestricto de ser un pequeñuelo protegido de mamá, de alguna forma lo hacía sentirse solo.

—Usted jamás habla de su familia—expresó Vargas una tarde de un recalcitrante verano—Nadie merece estar solo en la vida. Es jodidamente triste.

—Detente, no me arrepiento de nada. La vida es así, algunos nacen con la felicidad implícita en el cuerpo y, otros a duras penas, logran tener una pequeña porción de ella—agregó la vieja con singular vehemencia.

Escarbando y escarbando por fin Vargas fue develando los secretos de la vieja. La felicidad Melisa la tomaba de un viejo y descuadernado libro de color negro que ella protegía muy bien de quienes llegaban a su puesto en el parque a comprar sus productos. Al principio pensó que la vieja Melisa debería de ser miembro de alguna secta secreta, por la forma en que cubría el libro con una toalla gris en una caja de cartón, de santería o vudú, menos que ella profesara una fe profunda por el Evangelio de Cristo.

Lo supo cuando heredero de sus pocas pertenencias, se dirigió al pequeño cuarto y el propietario se las señaló. Fue entonces cuando vio la santa biblia que ella en vida se negara a descubrir. Recordó entonces sus palabras muchas veces edificantes que le devolvían la calma y le hacían comenzar de nuevo: «Haz las cosas con pasión, jamás te detengas si crees que quien dirige tu vida es Dios. Para él no hay nada imposible. Sé que jamás te cansarás». Esa conducta de mujer sabia y humilde chocaba con los anhelos que tenía Óscar Vargas de descubrir por qué ella mantenía la biblia oculta todo el tiempo con una toalla gris.

«Aunque algunas sectas secretas utilizan la biblia con fines de maldad», sentenció para sí Óscar Vargas.

Pero eso no eran los senderos de Melisa. En ella había algo misterioso, una paz indescriptible, la extraña mansedumbre de su rostro desarmaba cualquier mal pensamiento y llevaba a la persona a una confrontación consigo misma, al final le daba la razón al interlocutor.

Cuando el propietario me advirtió, luego de recoger las escasas pertenencias de la difunta, y dijo que no olvidara la biblia, percibí en la frase imperativa del hombre, la acuciosa necesidad de por fin poder develar el misterio de la biblia de Melisa Cervantes.

Disculpándome en todo momento, dije al propietario que me dejara solo veinte minutos con el espectro de Melisa. El buen hombre accedió con una mueca despectiva en el rostro, y yo volví a lo mío.

En las páginas de la biblia, como si la rúbrica de los dos fueran arañazos, se hallaban los nombres de Melisa y Mauricio Dávila. No obstante, lo que más le llamó la atención fue la historia de amor que, escrita entre recortes de papeles, se hallaba desplegada y mimetizada en la biblia. En el apocalipsis había un recorte de papel viejo en el que rezaba: «En el instante en que abras la biblia nos encontraremos en el Camino de Santiago. Tuyo. Mauricio Dávila».

 

jueves, 19 de mayo de 2022

¡Ay, Amores!

LA HOJA DE GUANÁBANA

   

Por Nemesio E Castillo Serrano


Él esperaba con ansias, que la noche avanzara, para salir sigilosamente de casa. Atravesar la calle desolada, poco iluminada, doblar por la esquina, avanzar unas cuantas viviendas, detenerse frente a la de ella. Saltar la verja, llegar hasta la pared que separa el patio de la terraza, y con destreza brincar. Avanzar furtivamente hasta el palo de guanábana, arrancarle una hoja, introducirla por debajo de la puerta de la cocina. Y esperar sentado en el murito debajo del palo de guanábana a que ella viera la señal.

En esos minutos, el desespero, la angustia y el temor lo embargarían.

Por fin, sentiría que suavemente la puerta se abre, ella sale, envuelta en una sábana oscura para mimetizarse entre las sombras de la noche. Y con cuidado cerrar nuevamente la puerta ajustándola con un pedazo de cartón. Ella permanecerá en el patio con el novio.

Desaparecida la angustia, el desespero y el temor que minutos antes lo embargaran, ahora ella está a su lado. El silencio y la oscuridad de la noche, sus cómplices, los novios por momentos se olvidaban de los riesgos. Bajo esas circunstancias, se encontraban una o dos veces por semana. No obstante, no todo había sido placentero. Una noche, un rato después que ella saliera, el foco de la cocina lo encendieron y se escucharon ruidos de pasos.

El susto fue grande, no tenían un Plan B para enfrentar la eventualidad, sintieron que el mundo les cobraba con creces, la burla, la osadía, quedaron como en shock.

—¡Salta, rápido! ¡Vete! —dijo ella con desespero.

Él saltó la pared, sin preguntarle qué haría.

Ella se arregló las ropas y sentada en el muro, esperó lo peor. ¡Qué descubrieran que la puerta estaba sin seguro, ajustada con un pedazo de cartón! Afortunadamente, apagaron la luz en un corto tiempo, que le supo a eternidad. La relación tenía que recurrir a los encuentros furtivos, los padres de ella no veían con buenos ojos el noviazgo.

¡Pero sí ellos estaban enamorados y querían estar juntos!

Fue así que, después de navegar en contra de la corriente, soportando reprimendas, prohibiciones y desprecios. Y en aras de encontrar un camino que los acercara, a él se le ocurrió la idea de saltar el muro. El deseo de verse sobre pasaba temores y riesgos. La relación de ellos avanzaba. Entre inconvenientes, dificultades y distanciamientos que a él lo hacían vulnerable. Ambos eran jóvenes, sin capacidad aún de tomar sus propias decisiones.

Con los días, los obstáculos y caprichos, los fueron distanciando hasta el punto que los novios tomaron caminos diferentes. La historia de amor que juntos escribieron quedó en la memoria de los protagonistas.

Nemesio E Castillo Serrano

 


lunes, 16 de mayo de 2022

#HistoriasdelCamino

«ESPÉRAME EN EL CAMINO DE SANTIAGO»


Por Gilberto García Mercado



Por la mañana los senderos que llevaban a la vieja escuela se volvían intransitables. El barro y el sedimento se adhería a los zapatos y muchas veces los muchachos tenían que despojarse de las botas. Un cielo denso y oscuro de septiembre parecía precipitarse sobre Los Geranios. No obstante, los cinco amigos seguían el sendero bajo los paraguas, salpicados de cuando en vez por algunas gotitas de lluvia que lograban sortear las fronteras resguardadas por las sombrillas. Natalia, bella y felina, con un cuerpo que reflejaba sus curvas un poco firmes y pronunciadas hacia una carrera en el modelaje, marchaba altiva y, sin mover siquiera un solo músculo de la cara, al frente. Tenía trece años y su cuerpo desplegaba los encantos de quien ya no era una niña. Alonso, el más pequeño del grupo, siempre iba a la retaguardia y, en los cinco años en que le tocó obedecer a Natalia durante aquellas travesías, fue haciendo un registro minucioso y detallado en la memoria de las mejores imágenes y escenas que había contemplado de la chica. Hasta el punto que hoy, ya vuelto hombre y, desde que perdiera el rumbo de la adolescente, se halla esperándola en algún Camino de Santiago.

—Si en verdad me quieres, espérame en el Camino de Santiago—había profetizado Natalia.

Y ahora falta un cuarto de hora para las doce de la noche. Si ella cumple la promesa de hace diez años, él tendrá dieciocho años y Natalia veintitrés. Durante el día, en esta parte de Francia, las calles no han dejado de trepidar con las plegarias y la algarabía de los peregrinos. Ellos enfrentan su fe, acaso ensimismados en oraciones y confidencias con el santo discípulo. Otros llevan sus creencias a la flagelación extrema, soportando fuetes y latigazos para ganarse el perdón del apóstol Santiago. Faltan cinco minutos para las doce y aún por esa Calle de Santiago no asoma la figura grácil y esbelta de Natalia.

—¿Así que estás enamorado de mí? —le dijo ella entre coqueta y sorprendida.

El camino no era un lodazal porque estábamos en agosto y las calles se derretían por el calor.

—Sí, desde siempre—manifestó Alonso, trémulo, y arrastrando las palabras—Vives en mi memoria y no sé cómo sacarte de ella.

—No lo hagas—se echó a reír un poco divertida Natalia—Espérame en el Camino de Santiago a la medianoche. Así sabré si en verdad me quieres.

En ese momento, Alonso no creyó en las palabras de Natalia. Quizás debía de ser una broma, no solo por la ocasión y las circunstancias de ser unos colegiales, sino porque aún en nuestras mentes ni siquiera conocíamos el bendito Camino de Santiago.

—Allí te esperaré—manifestó un poco eufórico Alonso—Aunque llueva, truene o relampaguee.

Desde entonces se la pasó contando las horas y los días, aferrándose a una esperanza incierta, pues Los Geranios era una población perdida en alguna parte del planeta, que, debido a su pobreza, sus habitantes a duras penas y alcanzaban a graduarse de bachiller. Hasta allí llegaba la búsqueda de un conocimiento que solo los preparaba para trabajar la tierra, cuyo destino era seguir la línea genealógica de sus ancestros. No se les estaba permitido conocer los Caminos de Santiago.

Natalia, luego de la declaración de amor de Alonso, estuvo mirándolo de arriba abajo, como si la silueta del chico no fuera real, sino una simple ilusión propiciada por el calor de agosto. Como pudo y, apartándose de la ilusión de Alonso, se aferró al muchacho y besándolo largamente en los labios, reiteró: «Búscame dentro de diez años en el camino a Santiago».

Los días entonces transcurrieron sin la silueta de la mujer, marchando por los viejos senderos que conducían a la vieja escuela. El grupo no fue el mismo, aunque un nuevo miembro se vinculara a él. La ausencia de Natalia se evidenciaba a cada momento, nadie hablaba y las sombrillas no amparaban a nadie en un octubre lluvioso. A Alonso lo vimos enflaquecer, se rodeó de un mutismo que asustaba, pues con la abrupta desaparición de Natalia de nuestras vidas, solo atinaba a murmurar, como loco: «La esperaré en el camino de Santiago. Juro que lo haré».

Si hay algo que satisfizo a Alonso, es que él haya roto la maldición que pesaba sobre Los Geranios. Se graduó con todos los honores y, fue el único, junto con Natalia, que no se quedó en el pueblo a continuar los oficios de sus ancestros. Al muchacho se le avizoró en la distancia una nueva perspectiva con una beca que ganó en Francia para estudiar licenciatura en Literatura Universal. No han sido en vano algunos sucesos que han estado presente en su vida desde la partida de Natalia de la población. De alguna u otra forma comienza a creer en el destino, no rechaza de plano, la frase de Natalia que le repercute en la memoria: «Búscame dentro de diez años en el camino a Santiago».

Ya son casi las doce de la noche y no hay ninguna pista sobre el paradero de la mujer. Ha vivido todos estos años anclado a su recuerdo. La peregrinación de los fieles ya no tiene el fervor ni la intensidad con que se iniciara la romería rumbo hacia el camino de Santiago. El frío, el hambre, y la noche se han confabulado para que la cita con el Apóstol Santiago poco a poco se vaya diluyendo y, por el contrario, se quede enredada en las fachadas de las casas una atmósfera triste y ambigua. Como si nadie viviera en el territorio francés. Y el único que esperara a una mujer fuera Alonso, el de Los Geranios, que pase lo que pase esperará a Natalia, hasta si es posible, en la otra vida. El reloj de una catedral cercana deja oír, el tang, tang, de los doce campanazos de la media noche.

 


miércoles, 11 de mayo de 2022

Memorias de Cartagena

DE PERSONAJES, PREGONES Y OTRAS TRISTEZAS


Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes


Ayer, quizás treinta años atrás, escuchábamos por las calles de Cartagena, un pregón cantarino que armonizaba con el trote de los caballos de los coches.

Más hoy nos invade la nostalgia por ese recuerdo que hacía parte de nuestra cotidianidad.

Era común escuchar por las mañanas el vendedor de «Carisecas», las esperábamos con mucho afán para combinarlas con el café del desayuno. Así nos sentíamos bendecidos por ese manjar que brindaba la vida.

El Pregón era conocido por la gente del barrio, conocíamos al muchacho, de dónde venía y qué clase de maíz utilizaba la madre para elaborar las carisecas, Carlos bajaba de los montes altos del Espinal, cruzaba las calles aromatizándolas por el olor que desprendían los manjares. Atravesaba la carretera de Torices y se internaba en Chambacú, donde era esperado con afán. Aquellas carisecas, recibían la bendición de la «Seño» Carmen, la maestra de la Escuela «Amor a Cartagena».

El pregón de Carlos se eternizó en los recuerdos de quienes fuimos volviéndonos adultos. Hoy, su silueta anida en nuestra mente, lo evocamos con nostalgia, su pregón vive impregnado en las Murallas de Cartagena y en las réplicas en miniatura que venden en el Portal de los Dulces.

¿Dónde ha quedado el Pregón de las Natillas? Aquel pertenecía a «Juanchú», quien salía de una de las casas de Chambacú, con su tártara al hombro, colmada de las Natillas elaboradas por su madre, transitaba por la calle recta para entrar al Campo de la Matuna. Luego llegaba al Mercado de Getsemaní, donde lo esperaban las bogas y paladeadores de arena de la Playa de El Arsenal. Todos ellos elogiaban el sabor de las Natillas que vendía «Juanchú». Tenía un Pregón que, a pesar de confundirse entre el bullicio, lograba escucharlo quienes esperaban los manjares preparados por la madre de «Juanchú».

El Pregón de la Natilla era escuchado en San Diego y Torices, en este último lo recuerdan, porque San Diego se extinguió como barrio por efecto de la Gentrificación. 
De Chambacú salía uno de los pregones que cantaba con voz de tenor al «Bollo de Mazorca», «Cabeza de Hacha». Era conocido en la mayoría de las dependencias de la Gobernación. Los Bollos de Mazorca, hacían parte de la rutina gastronómica de los curas de la Catedral.

Así como el Pregón del Enyucado, de las Carisecas, la Natilla y El Bollo de Mazorca quedan dormidos en la mente honorable de algunos cartageneros, también se remueve en el recuerdo el vendedor de «griegas», ese que decía: «Es que no me Oyen o no me ven…». No obstante, a pesar de la ausencia de tan singulares personajes, todos ellos perviven en la mente de quienes juegan con los recuerdos y transitan por las calles de la ciudad.
Por último, queda un Pregón al cual podríamos considerar como clásico: el de las «Vendedoras de Alegría» que subyace en la mente de los cartageneros: «Alegría con coco y anís, casera, cómpreme a mí, que vengo del barrio de Getsemaní».

Hoy las Palenquera venden una imagen adornada por el Pabellón Nacional.



EL PREGONERO DEL ENYUCADO*

Entre todos los pregones
el que siempre me ha gustado
es el que grita un muchacho
que va vendiendo
con la tártara en la cabeza
raído, sucio y despeinado
pero con voz armoniosa
va pregonando enyucadooo
(Bis)
 
Vendo enyucado
Para la Nena lo llevo
enyucado
Caserita tú lo pruebas
Enyucado
la fruterita sabrosa
 
Pero qué rico con azúcar
Cómpreme niña el enyucado
yo vendo enyucado
A Marteca le gusta
Enyucao ¡Sabroso!
 
Podrá ser el enyucado
de tierra cartagenera
que tiene azúcar a los laos
y verá que es cosa buena
y siempre se alegrará
cuando escuche en la plazuela
El pregón del enyucao
el pregón de Cartagena
 (bis)
 
Veendo enyucáo
Pá la Nena lo llevo
Caserita tú lo pruebas
Vendo enyucáo
La friturita sabrosa
Eeenyucao
 
Pero que rico con azúcar
Vendo enyucao
 Compráme niña el enyucáo
 
Yo vendo enyucáo
Que rico pá los pollos
Enyucáoo
*Antonio Saladén Marriugo

Juan V Gutiérrez M


 

viernes, 6 de mayo de 2022

De Mal En Peor

¡DESOLACIÓN!

Por Gilberto Garcia M



Oscuros nubarrones se ciernen sobre la ciudad. Mayo no quiere pasar desapercibido y también se ensaña sobre Cartagena con su cuota de andanadas de mosca y basura. Si los grandes escándalos en la Administración en los últimos años no la han doblegado, se corre el riesgo de que la urbe bajo las andanadas de las moscas de mayo y las basuras la sepulten para siempre. Y es que Cartagena desde que me acogió en su regazo, desde hace más de cuarenta años, no había experimentado tal grado de desidia y olvido como la que soporta en esta nefasta Administración. Los límites de la decencia, del aseo y la seguridad han sido violentados. La ciudad huele mal, como si padeciera de una enfermedad terminal cuyo tratamiento dejara de lado higiene y aseo y sucumbiera ante las brisas de mayo.

No es paja, en los suburbios los canales se hallan putrefactos. La basura con sus montañas de vasos y botellas de plástico son la imagen del día, las alcantarillas se rebosan con las primeras lluvias, en los ciudadanos se ha generado la desconfianza porque el que tú menos piensas puede ser un asaltante que te time el celular o la cartera.

La vergüenza y el desprestigio nos han venido de repente y sin contemplación alguna desde que en el Palacio de la Aduana se instaló la demagogia y la mentira disfrazada de buen gobierno bajo el liderazgo de un personaje que como un bufón de novela satírica contribuye a aumentar los ratings de los programas de radio y televisión.

Parece que gobernar a Cartagena requiriera de un guion de televisión en el que su alcalde de cuando en cuando requiriera de una nueva escena para que la sintonía no baje y las cortinas de humo contribuyan a las componendas pactadas por debajo de la mesa y al fluir del tiempo para que el mandatario como sea pueda terminar su periodo.

El que se erigió como el Salvador de esta ciudad de piedra ha contribuido a su decadencia. Se camina por los bulevares del Centro con miedo de que las construcciones coloniales se puedan venir abajo. Los adoquines de algunas plazas del Centro Histórico se hallan despedazados y fuera de sus sitios, el Parque de Bolívar poco a poco se desploma. La atmósfera grata y citadina que nos transmitía historicidad y la nostalgia por aquellos periodos de nuestra historia ahora son imágenes tristes de indigentes durmiendo y la complacencia del ciudadano que ante la indiferencia de nuestros funcionarios se ha vuelto conformista y resignado.

En el Palacio de la Aduana, por sus alrededores se perciben los olores de una Administración que se pudre con la ciudad. La urbe no tiene dolientes, es de nadie, aunque de cuando en cuando su mandatario como una comadrona de barrio salga a desmentir a sus contradictores. Se fuma un porro e irónicamente en su lenguaje diga que en Cartagena de Indias todo está bien, para la complacencia de los comediantes colombianos que no pueden dejar de interpretarlo porque el histrión cartagenero aumenta el rating de sus programas.

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