miércoles, 13 de mayo de 2026

Legados y Sombras


Gaitán bajo la lluvia:
elegía para un país roto


Por Gilberto García Mercado

 


En la mañana del 9 de abril de 1948, Bogotá parecía una ciudad suspendida entre la neblina y el presentimiento. Las campanas sonaban con esa solemnidad de misa antigua, los tranvías chirriaban sobre los rieles húmedos y un viento frío descendía desde los cerros como si alguien hubiera abierto una puerta invisible hacia la desgracia. Dicen que aquel viernes el cielo amaneció ceniciento, con un sol enfermo que apenas lograba atravesar las nubes. Hasta los vendedores de tinto hablaban en voz baja. La ciudad, sin saberlo, estaba afinando el violín de su tragedia.

Y en medio de aquel clima de víspera fatal caminaba Jorge Eliécer Gaitán, el hombre que hablaba como si tuviera un incendio en la garganta.

Había nacido en un hogar humilde del barrio Las Cruces, en Bogotá, aunque algunos historiadores discuten si vino al mundo en Cucunubá. Lo cierto es que no nació entre candelabros ni apellidos de alcurnia. Su infancia tuvo más necesidades que comodidades. Su madre, maestra de ideas liberales, le inculcó el amor por los libros; su padre, librero de espíritu errante, le enseñó que el país cabía entero dentro de una conversación apasionada. El muchacho creció entre páginas usadas, discusiones políticas y el rumor de una nación desigual.

Desde joven descubrió que las palabras podían ser un látigo y una caricia. Estudió Derecho en la Universidad Nacional de Colombia y luego viajó a Roma, donde se doctoró mientras caminaba entre plazas antiguas y columnas imperiales. Regresó convertido en un orador formidable. Cuando hablaba, las plazas parecían inclinarse hacia él. No pronunciaba discursos: desataba tempestades. El pueblo lo seguía porque sentía que, por primera vez, alguien hablaba con el idioma de los descalzos.

Había denunciado la masacre de las bananeras, combatido la oligarquía liberal y conservadora, y levantado una bandera popular que aterraba a las élites. Su ideología era una mezcla de nacionalismo social, liberalismo popular y fervor reformista. Para unos era esperanza; para otros, una amenaza con zapatos lustrados.

Aquel 9 de abril desayunó temprano. Revisó documentos, recibió visitantes y caminó hacia su oficina ubicada en la carrera Séptima. Algunos recuerdan que estaba particularmente alegre; otros, que parecía distraído. Nunca creyó demasiado en agüeros, aunque le fascinaban los símbolos históricos y las rarezas humanas. Era lector voraz, amante de los debates interminables y de las noches donde la política se mezclaba con café y cigarrillos.

El país hervía. El gobierno conservador de Mariano Ospina Pérez enfrentaba una nación partida por el odio partidista. En Bogotá se realizaba la Conferencia Panamericana y el continente entero tenía los ojos puestos sobre Colombia. Mientras diplomáticos brindaban en salones elegantes, en las calles crecía la rabia de un pueblo cansado de la desigualdad.

Y entonces ocurrió.

A la 1:05 de la tarde, frente al edificio Agustín Nieto, sonaron los disparos.

Tres detonaciones secas.

Tres relámpagos diminutos que cambiaron la historia de Colombia.

Gaitán cayó sobre el andén como cae un árbol inmenso en mitad de la selva. La multitud enmudeció un segundo, apenas uno, antes de convertirse en un animal furioso. El presunto asesino, Juan Roa Sierra, huyó desesperado y terminó refugiado en una droguería. Allí fue capturado y linchado por la multitud. Su cadáver, arrastrado por las calles, parecía la prolongación grotesca del caos.

Pero desde entonces Colombia nunca dejó de preguntarse si Roa Sierra actuó solo.

Las teorías florecieron como maleza: conspiraciones políticas, intereses extranjeros, enemigos internos, sombras del poder. Algunos señalaron a sectores conservadores; otros insinuaron la participación de agencias internacionales. La verdad quedó atrapada entre expedientes polvorientos y rumores de café.

La ciudad ardió.

Tranvías incendiados, vitrinas hechas añicos, iglesias saqueadas, disparos desde las azoteas. El Bogotazo no fue solamente una revuelta: fue el instante exacto en que Colombia se partió en dos mitades irreconciliables. De aquellas cenizas nació el largo período conocido como La Violencia. El país comenzó a mirarse con odio en los espejos.

El entierro del caudillo fue un río humano. Mujeres vestidas de negro lloraban como si hubieran perdido a un hijo; hombres endurecidos por la guerra se quitaban el sombrero en silencio. Bogotá olía a flores marchitas y pólvora mojada. Desde entonces, Gaitán dejó de ser un político para convertirse en un fantasma nacional.

Si hubiera vivido, hoy tendría 127 años.

Quizá habría llegado a la presidencia. Quizá Colombia habría tomado otro rumbo. O quizá este país, experto en devorar sus esperanzas, habría encontrado otra manera de despedazarlo.

Sin embargo, su voz todavía resuena.

En las plazas.
En los estudiantes.
En los discursos encendidos.
En cada colombiano que siente que la historia le debe una oportunidad.

Porque hay hombres que mueren.

Y hay otros —como Gaitán— que continúan caminando bajo la lluvia de Bogotá, eternamente heridos, eternamente vivos.

Una Particular Historia


Kafka o el hombre que escribía
como quien cava su propia tumba

 

Por Gilberto García Mercado

 


En la vieja Praga, donde las campanas parecían doblar por adelantado la tristeza de sus habitantes y las calles olían a pan húmedo, carbón y burocracia imperial, nació Franz Kafka, un niño que miraba el mundo con el espanto de quien sospecha que la vida es una oficina donde nadie sabe exactamente qué trámite vino a hacer.

Llegó al mundo en 1883, bajo el severo techo de un padre gigantesco: Hermann Kafka, comerciante de voz de trueno y corazón administrado como caja registradora. El pequeño Franz creció entre vitrinas, regaños y el estruendo invisible de la humillación doméstica. Mientras otros niños perseguían trompos o aprendían a silbar en las esquinas, él observaba los rostros de los adultos como quien estudia monstruos encerrados en trajes elegantes.

Praga, entonces, era un teatro de idiomas y tensiones. Los checos desconfiaban de los alemanes; los alemanes despreciaban a los judíos; y los judíos, pobres criaturas del medio, caminaban como huéspedes incómodos en todas partes. Kafka aprendió temprano que el hombre puede sentirse extranjero incluso dentro de su propia sombra.

Dicen que desde niño se enamoró de la escritura con la misma fatalidad con que otros muchachos descubren el vino o la fiebre. Escribía cartas, escenas, pensamientos diminutos, pequeñas jaulas de palabras donde encerraba su angustia. En la escuela era brillante, aunque poseía el aire enfermizo de quien pide permiso hasta para respirar. Alto, flaco, silencioso, parecía un paraguas triste abandonado en una cafetería vienesa.

Estudió Derecho en la Charles University. No porque soñara con leyes ni tribunales, sino porque el Derecho era una carrera respetable, suficientemente aburrida para tranquilizar a su padre y suficientemente amplia para no comprometer el alma. Ah, las universidades: esos cementerios elegantes donde muchos jóvenes entierran su verdadera vocación bajo montañas de papeles sellados.

Allí conoció a Max Brod, el hombre que terminaría salvándolo de la muerte absoluta. Brod era expansivo, sociable, optimista; Kafka, en cambio, parecía un murciélago intelectual alimentado de insomnio y café frío. Sin embargo, fueron amigos inseparables. Max comprendió algo que el propio Franz ignoraba: que aquel hombre inseguro escribía como los profetas bíblicos después de sufrir un ataque de nervios.

Kafka trabajó luego en compañías de seguros laborales. Imaginen el espectáculo: uno de los mayores escritores del siglo XX sentado frente a montañas de expedientes, calculando accidentes fabriles mientras el alma le crujía como una puerta vieja. De día redactaba informes; de noche escribía páginas atravesadas por pesadillas. En sus oficinas veía obreros mutilados, máquinas devorando dedos, hombres reducidos a números. Allí comprendió que la modernidad podía ser más cruel que cualquier inquisición medieval.

Admiraba a Fyodor Dostoevsky, a Johann Wolfgang von Goethe, a Gustave Flaubert y a Charles Dickens. Le fascinaban las almas perseguidas, los hombres aplastados por sistemas invisibles. También sentía una extraña fascinación por las figuras de autoridad: jueces, funcionarios, directores, emperadores administrativos. Los temía y los admiraba al mismo tiempo, como quien contempla una guillotina perfectamente afilada.

Y estaban las mujeres.

Ah, Kafka amaba a las mujeres con la desesperación tímida de un violinista enfermo. Se comprometió varias veces y varias veces huyó del matrimonio como un conejo aterrorizado por la escopeta del cazador. Su relación más famosa fue con Felice Bauer, mujer paciente que recibió cartas kilométricas donde Kafka analizaba el amor como si fuera un proceso judicial. También estuvieron Milena Jesenská, luminosa e imposible, y Dora Diamant, quien lo acompañó en sus últimos días, cuando la tuberculosis ya le devoraba el cuerpo como una rata blanca y silenciosa.

Frecuentó cafés literarios de Praga y círculos intelectuales judíos. Allí flotaban nombres, discusiones filosóficas y humo de tabaco espeso como sopa. Escuchaba a escritores debatir sobre imperios, revoluciones y estética mientras él permanecía callado, observando el techo, como si ya sospechara que el verdadero horror no estaba en la política sino en el interior del hombre.

Publicó poco en vida. Muy poco. Algunos cuentos, fragmentos, textos dispersos que casi nadie leyó. Kafka murió en 1924, en un sanatorio cercano a Vienna, consumido por la tuberculosis y por esa tristeza fina que nunca lo abandonó. Tenía apenas cuarenta años. Murió creyéndose un escritor menor, una especie de oficinista delirante que había desperdiciado demasiadas noches hablando con fantasmas de tinta.

Antes de morir le pidió a Max Brod que quemara todos sus manuscritos.

Pero Brod, bendito traidor, desobedeció.

Y gracias a aquella desobediencia, el mundo conoció The Trial, The Castle y Metamorphosis. Porque a veces la amistad consiste precisamente en no obedecer al amigo cuando el amigo quiere desaparecer.

Hoy Kafka es inmortal. Ironías del destino: el hombre que pasó la vida sintiéndose invisible terminó convertido en adjetivo universal. “Kafkiano”, dicen ahora los jueces, los periodistas y los ciudadanos atrapados en oficinas absurdas.

Y quizás él, desde alguna nube gris administrada por ángeles burócratas, sonríe con melancolía.

Después de todo, nadie entendió mejor que Franz Kafka que vivir también era despertarse una mañana convertido en algo incomprensible.

martes, 12 de mayo de 2026

Los Puntos sobre las ...


Los Tres Gallos del Balcón Presidencial

domingo, 10 de mayo de 2026

Crónica

Cómo Votaban los Abuelos
en los Años 70

 

Por Gilberto García Mercado

 


En los años setenta la democracia en Colombia parecía una fiesta patronal. No había redes sociales incendiando los desayunos ni ejércitos de opinadores peleando desde un teléfono. El país todavía olía a café recién colado, a petróleo barato y a tierra mojada después de la lluvia. Mis abuelos hablaban de las elecciones como quien se prepara para asistir a una boda o a una corrida de toros. La política era seria, sí, pero también tenía algo de carnaval provinciano.

Nosotros, niños de escuela de banquitos de madera y cuadernos forrados con papel de regalo, observábamos aquellos comicios como si fueran un desfile heroico. El liberalismo y el conservatismo dividían los corazones, las esquinas y hasta algunas cocinas, pero rara vez dividían el saludo. Había discusiones fuertes en las tiendas y en las plazas, aunque después todos terminaban tomando tinto bajo la misma sombra.

Lo más emocionante era el dedo índice. A unos se los pintaban de rojo y a otros de azul. Rojo liberal. Azul conservador. Aquello parecía una competencia entre equipos de béisbol organizados por la patria. El dedo coloreado era exhibido con orgullo, como si el ciudadano hubiera regresado de una guerra épica contra el abstencionismo.

La compra de votos existía, claro, pero todavía era tímida, casi artesanal. Algún tamal, una botella de ron, un billete doblado con discreción dentro del bolsillo de la camisa. Nada comparado con las caravanas multimillonarias y las estrategias digitales de hoy. En aquel entonces el político todavía tenía que sudar la suela del zapato visitando pueblos, abrazando ancianas y prometiendo puentes donde apenas cruzaban burros.

Las noches eran distintas. Muchos veíamos televisión en blanco y negro en la casa del vecino más pudiente del barrio. Allí cabíamos veinte personas mirando una novela, un discurso presidencial o un partido de fútbol con una antena torcida que exigía que alguien gritara desde el patio: “¡Ahí se ve mejor!”. Mientras tanto, en Aracataca, el cura tocaba dos o tres veces la campana para advertir si la película del fin de semana podía ser vista sin poner en peligro el alma cristiana. La iglesia todavía tenía más censores que Hollywood.

El planeta también parecía respirar con menos angustia. La explosión demográfica no había llenado las ciudades de motocicletas furiosas ni de humo interminable. El cambio climático todavía era un concepto que dormía escondido en oficinas científicas. Los ríos eran más transparentes, los árboles parecían eternos y las noches conservaban un silencio que hoy costaría millones.

En Colombia desfilaban nombres que aún sobreviven en las conversaciones de los viejos: Carlos Lleras Restrepo, Misael Pastrana Borrero y después Alfonso López Michelsen, hombres que hablaban con una solemnidad casi sacerdotal. En el mundo mandaban figuras enormes como Richard Nixon, Leonid Brézhnev y Mao Zedong. Era la época de la Guerra Fría, cuando el planeta vivía dividido entre el capitalismo y el comunismo, y cualquier discurso parecía capaz de iniciar una guerra o conquistar la Luna.

El petróleo era el rey silencioso de la economía. Todavía movía fábricas, carreteras y sueños industriales sin demasiados remordimientos ecológicos. Los carros enormes devoraban gasolina con orgullo y nadie imaginaba que décadas después hablaríamos de energías limpias y carros eléctricos. Mientras tanto, la ciencia avanzaba a pasos gigantes: el hombre ya había llegado a la Luna, las vacunas salvaban millones de vidas y las primeras computadoras comenzaban a parecer monstruos inteligentes encerrados en oficinas refrigeradas.

La expectativa de vida era menor que hoy, pero quizá las personas vivían más despacio. Había menos tecnología y más conversación. Menos pantallas y más mecedoras en los portales. Los candidatos políticos pronunciaban discursos largos, elegantes, cargados de metáforas patrióticas. Hoy las campañas parecen competencias de mercadeo, algoritmos y escándalos virales. Antes bastaban dos colores; ahora existen cientos de movimientos, coaliciones y estrategias digitales capaces de gastar fortunas en segundos.

Y, sin embargo, algo permanece. El deseo humano de elegir, discutir y soñar con un país mejor. Solo que antes el dedo pintado de rojo o azul bastaba para resumir la historia política de una familia. Hoy, en cambio, harían falta pantallas gigantes, bodegas digitales y media galaxia de expertos para explicar el caos.

sábado, 9 de mayo de 2026

Cuento de la Semana

 La Última Hoja

Por O. Henry


En un pequeño barrio de artistas de Nueva York vivían Sue y Johnsy, dos jóvenes pintoras que compartían un modesto estudio. Habían llegado desde distintos lugares del país persiguiendo el sueño del arte y de una vida mejor.

Pero aquel invierno fue cruel.

Una epidemia de neumonía recorría la ciudad, y Johnsy cayó enferma. Permanecía acostada junto a la ventana, cada día más débil y silenciosa.

El médico habló con Sue en voz baja:

—Tiene pocas ganas de vivir. Y cuando una persona pierde la esperanza, las medicinas sirven de muy poco.

Sue intentó animarla con historias, dibujos y conversaciones alegres, pero Johnsy parecía mirar siempre hacia otro lugar: la vieja pared de ladrillos del edificio vecino, cubierta por una enredadera casi seca.

Las hojas caían una tras otra bajo la lluvia y el viento de noviembre.

Una tarde, Johnsy murmuró:

—Cuando caiga la última hoja… yo también me iré.

Sue quedó horrorizada.

—¡No digas tonterías! Las hojas no tienen nada que ver contigo.

Pero Johnsy seguía mirando la ventana.

—Once… diez… nueve…

Las hojas iban desprendiéndose lentamente.

Desesperada, Sue bajó a buscar a Behrman, un viejo pintor que vivía en la planta baja. Era un hombre gruñón, de barba desordenada y manos temblorosas, que soñaba desde hacía años con pintar una gran obra maestra que nunca comenzaba.

Cuando Sue le contó lo que ocurría, el anciano golpeó el suelo con furia.

—¡Qué tontería! ¿Morirse porque caen hojas de una planta?

Aquella noche hubo una tormenta terrible. El viento azotó las ventanas y la lluvia cayó sin descanso.

Johnsy apenas dormía.

Al amanecer pidió que levantaran la cortina.

Sue obedeció lentamente.

Y entonces ambas miraron la pared.

Allí estaba todavía una hoja.

Una sola hoja verde oscura aferrada a la enredadera.

Había resistido toda la tormenta.

Johnsy la observó durante largo rato.

Después susurró:

—Creo… creo que he sido mala. Esa hoja quiso quedarse allí para demostrarme que no debo rendirme.

Ese día pidió un poco de sopa.

Al siguiente quiso sentarse.

Y poco a poco comenzó a recuperarse.

Pero esa misma tarde el médico visitó nuevamente el estudio.

—Tu amiga está fuera de peligro —dijo sonriendo—. Ahora debe cuidarse.

Luego añadió con tristeza:

—Pero el viejo Behrman murió hoy en el hospital. Lo encontraron enfermo después de haber pasado toda una noche bajo la lluvia y el frío.

Sue permaneció en silencio un instante.

Después se acercó a Johnsy y señaló la ventana.

—¿Te preguntaste alguna vez por qué aquella última hoja nunca se movió con el viento?

Johnsy la miró sorprendida.

—Era la obra maestra de Behrman —dijo Sue suavemente—. La pintó en la pared aquella noche de tormenta.

O. Henry. Seudónimo del escritor estadounidense William Sydney Porter, nacido en Greensboro en 1862. Es considerado uno de los grandes maestros del cuento corto en la literatura universal.
Tuvo una vida difícil y llena de altibajos. Trabajó como farmacéutico, dibujante, periodista y empleado bancario. En una etapa complicada de su vida fue acusado de problemas financieros en un banco y pasó un tiempo en prisión. Durante esos años comenzó a escribir cuentos con más disciplina.

Al salir, adoptó el nombre de “O. Henry” y empezó a publicar relatos en periódicos y revistas. Sus historias se hicieron famosas por su lenguaje sencillo, personajes humildes y finales sorpresivos y emotivos.

Entre sus cuentos más conocidos están:
La última hoja
El regalo de los magos
El policía y el himno

Murió en New York City en 1910, pero sus cuentos siguen siendo leídos en todo el mundo por su sensibilidad humana y su capacidad para emocionar en pocas páginas.

        

Con Una Disciplina Casi Militar

Germán Vargas Lleras y
el Sueño Inconcluso del Poder

 

Por Gilberto García Mercado

 


La muerte de Germán Vargas Lleras cayó sobre Colombia como caen las lluvias de mayo sobre los tejados de Bogotá, con estruendo y con nostalgia. Un hombre que parecía hecho de concreto, de discursos afilados y de madrugadas interminables, terminó convertido en silencio. Y en ese silencio quedó el eco de una figura que durante décadas caminó los pasillos del poder como quien conoce cada baldosa de una casa antigua.

Nació en Bogotá el 19 de febrero de 1962 dentro de una familia donde la política no era una profesión sino una atmósfera. Su abuelo fue Carlos Lleras Restrepo y desde niño aprendió que en las sobremesas familiares se hablaba de ministerios, reformas y elecciones con la misma naturalidad con que otras familias hablaban del clima o de los goles del domingo. Creció entre bibliotecas cargadas de historia y apellidos pesados como campanas de catedral.

En la pubertad no fue un muchacho bohemio ni un soñador distraído. Tenía el temperamento rápido y una disciplina casi militar. Quienes lo conocieron en aquellos años recuerdan a un joven elegante, impaciente y competitivo, de mirada dura y memoria feroz. Estudió Derecho en Universidad del Rosario y luego viajó a España para estudiar Gobierno y Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid. Allí comenzó a moldearse el político que más tarde llenaría plazas y encabezaría tormentas.

En la juventud se acercó al liberalismo y al movimiento de Luis Carlos Galán. Le seducía aquella idea de una Colombia moderna y feroz contra la corrupción. Era la época en que el país ardía entre bombas, carteles y magnicidios. Y mientras otros jóvenes buscaban serenatas o discotecas, Vargas Lleras buscaba micrófonos y tribunas. Había descubierto demasiado temprano el veneno delicioso del poder.

Comenzó en la política distrital como concejal de Bogotá. Tenía apenas el ímpetu de los treinta años y ya hablaba como un veterano. Luego llegó al Senado en 1994 y desde entonces su figura empezó a crecer como esas construcciones inmensas que avanzan lentamente pero terminan dominando el horizonte. En el Congreso fue temido y admirado. Sus debates eran duros, veloces y teatrales. Tenía fama de no perdonar la mediocridad y de repartir regaños con la misma facilidad con que otros estrechan manos.

Fundó Cambio Radical cuando el liberalismo empezó a fragmentarse. Quería una maquinaria propia y terminó construyendo uno de los partidos más decisivos del país. Muchos decían que no caminaba sino que avanzaba como locomotora. Otros lo acusaban de arrogante. Él parecía disfrutar ambas cosas.

No fue empresario en el sentido clásico del comerciante que funda fábricas o vende mercancías. Su verdadero imperio fue político. Su empresa era el Estado entendido como ingeniería, carreteras, viviendas y contratos. Allí edificó su poder. Sus aliados eran gobernadores, alcaldes, congresistas y constructores. Sus enemigos eran innumerables y a veces cambiaban cada semana.

Quizás el cargo que más satisfizo su vida fue la Vicepresidencia durante el gobierno de Juan Manuel Santos. Desde allí se convirtió en el gran ejecutor de obras públicas. Recorrió el país inaugurando carreteras, puentes y proyectos de vivienda gratuita. Le gustaba el cemento porque el cemento no discute y deja huella visible. Sus seguidores lo admiraban por esa capacidad de ejecutar sin descanso. Sus críticos decían que gobernaba como capataz. Pero incluso ellos reconocían que trabajaba hasta el agotamiento.

Su ideología era una mezcla de liberalismo pragmático, autoridad y desarrollo económico. Creía en un Estado fuerte y en la seguridad. Veía a Colombia como una nación destinada a ser potencia regional si lograba vencer el caos y la improvisación. Tenía una visión profundamente institucional del país. América Latina le parecía un continente condenado a tropezar con sus propios caudillos y por eso desconfiaba de los populismos de izquierda y de derecha.

Pocos recuerdan que también ejerció el periodismo político desde las columnas de opinión. Escribía con el mismo tono con que hablaba, directo, severo y punzante. Sus textos parecían redactados con un martillo. No buscaba adornos sino impacto.

En cuanto a sus hábitos recreacionales, no era hombre de fiestas interminables ni de bohemias tropicales. Su vida tenía el ritmo de un funcionario perpetuo. Dormía poco. Leía informes hasta altas horas. Disfrutaba las conversaciones políticas y los encuentros discretos con amigos cercanos. Era hincha de Millonarios Fútbol Club y padecía el fútbol con esa mezcla de rabia y esperanza tan colombiana. En religión mantenía una tradición católica heredada de familia aunque nunca fue hombre de exhibiciones piadosas.

Sobrevivió a atentados y amenazas. Las FARC intentaron asesinarlo y en una ocasión perdió varios dedos al abrir un libro bomba. Desde entonces su figura adquirió un aire de sobreviviente. Caminaba como quien ha visto demasiado de cerca la muerte y ya no le teme del todo.

Tenía amigos poderosos y adversarios feroces. Algunos lo querían por lealtad. Otros por conveniencia. Y muchos lo respetaban por miedo. Pero quienes estuvieron cerca de él cuentan que podía ser generoso, bromista y sorprendentemente cálido en la intimidad. Detrás del rostro adusto había un hombre que disfrutaba las anécdotas familiares y las conversaciones largas sobre historia colombiana.

Su gran sueño fue llegar a la Presidencia de Colombia. Lo intentó varias veces y nunca pudo alcanzarla. Tal vez allí reside la tristeza secreta de su historia. Fue uno de los hombres más poderosos del país y aun así la silla principal siempre quedó unos pasos más adelante. Como esos trenes que se escuchan en la noche pero nunca terminan de llegar a la estación.

Murió dejando una Colombia dividida entre quienes lo admiraban como ejecutor incansable y quienes lo rechazaban como símbolo de la vieja política. Pero incluso sus detractores saben que figuras como la suya no aparecen todos los años. Era un político de otra época. Una especie de animal antiguo de la república. Un hombre que parecía hecho para discutir en los salones del Capitolio mientras afuera llovía sobre Bogotá y el país seguía buscando su destino.

Ahora queda su voz en los archivos. Sus columnas. Sus discursos. Sus carreteras atravesando montañas. Y el recuerdo de aquel hombre que caminaba rápido, hablaba duro y soñó toda la vida con gobernar un país que jamás terminó de rendirse ante él.

lunes, 20 de abril de 2026

Mirada Indolente



BASURAS AL RITMO DE CHAMPETA
EN LA CARTAGENA CARIBE

 

Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes

 



Causa singular tristeza caminar por las calles de Cartagena y encontrarse con una bolsa o funda que rueda o vuela por los aires, buscando un lugar donde posarse para adornar el cuadro sucio de cualquier calle de la ciudad. Es increíble ver a una persona lanzar sobre el pavimento un resto de basura que no quiere llevar a una caneca, ni mantener en su poder hasta encontrar el lugar indicado para depositarla.

Se necesita, de manera urgente, iniciar una campaña educativa relacionada con la limpieza de la ciudad.

Los gobernantes no han hecho lo necesario para que la ciudad permanezca limpia. Deberían establecer multas contra las personas que arrojen basura a la calle, como lo han hecho en otros países.

La basura es un elemento que contribuye a incrementar las enfermedades.

La urbe convive con la basura, y uno de los casos más notorios es el que se presenta en el Mercado de Bazurto. Allí, los alimentos se exponen en contacto con los desechos.

Y nada pasa. Parece que los gobernantes fueran incapaces de establecer penas o castigos ejemplarizantes por ensuciar.

La basura se pregona como cualquier champeta bailable. Se danza con el mayor entusiasmo y despreocupación. Ya se ha creado una en honor a la basura:

Ay, basura de mis amores,
convivo con tu bondad.
Sobre ti vuela la mosca
y canta una bella melodía…

Da mucha grima verla sin ninguna clase de contemplación. Ella baila una nota muy singular de la noble cotidianidad cartagenera.

domingo, 12 de abril de 2026

Por Vestir Diferente

 Violencia en los Estadios: 
el Fracaso de la Fraternidad


Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes

 

 

En estos tiempos es difícil mostrar fraternidad. Esta cualidad debería manifestarse con mayor fuerza en momentos en que el ser humano busca asistir a un evento con la disposición de encontrar alegría, como ocurre en los encuentros deportivos.

Sin embargo, parece mentira, porque es allí donde afloran las manifestaciones más violentas del individuo. Se agrede a quien está al lado por vestir una camiseta diferente o por expresar satisfacción ante el triunfo del contrario.

Así, da la impresión de que el colombiano se ha desprendido de todo vestigio de hermandad. El ser humano pierde con facilidad el control y ataca a quien tiene cerca, hasta el punto de matarlo. Quien actúa de esta manera necesita ser sometido a una terapia psicológica que le permita mejorar su comportamiento social.

Por ello, sería conveniente que, por un tiempo, se suspendieran los encuentros deportivos y se invitara a los ciudadanos a reflexionar sobre la fraternidad. Resulta muy triste presenciar la violencia que se desata en estos eventos. Basta observar cómo terminan algunos encuentros, incluso aquellos destinados a celebrar el Día de las Madres, que acaban en golpes y discusiones.

En este contexto, la palabra fraternidad es sinónimo de hermandad. No obstante, parece que los espacios donde deberían prevalecer la familiaridad y la armonía se han convertido en escenarios que evocan la acción de Caín. De ahí surge la necesidad de una profunda reflexión en cada miembro de la familia.

Después de 53 Años

Fidelidad, memoria y encuentro
En El Gran Liceo de Bolivar

Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes 
 

En esta época de 2026, la inteligencia artificial parece intentar deshumanizar las relaciones humanas. En contraste, en el grupo de egresados del Liceo de Bolívar de 1973 aflora la solidaridad y la fraternidad entre quienes, desde siempre, respiraron bondad como compañeros.

Desde entonces, cada año se repiten las anécdotas de aquellos adolescentes bullangueros, cargados de sueños de singular grandeza. Todos aspiraban a ingresar a la Universidad de Cartagena, la institución pública de enseñanza superior de aquellos años.

Los jóvenes del Liceo de Bolívar, ubicado en la avenida Pedro de Heredia, en el sector de Escallón Villa, sabían detectar los dolores de la urbe y les resultaba natural enarbolar banderas de protesta.

Hoy, cuando han pasado cincuenta y tres años, seguimos reuniéndonos con el mismo entusiasmo de aquellos encuentros en los recreos escolares. Cada uno está dispuesto a acudir al llamado del compañero. Así lo demuestra Rodolfo Sabogal, quien atraviesa el Atlántico y deja el centro de Europa para estar presente en esta gran cofradía liceísta.

De igual manera, aparecen las imágenes en videollamadas de quienes no han podido asistir, que son muy pocos, porque la gran mayoría no quiere perderse esta entrañable asamblea.

En todos aflora un espíritu de inmensa solidaridad. Quienes son médicos están prestos a brindar sus servicios, como lo vemos en Rubén, Armando, Gabriel y muchos otros que, en aras de la fraternidad engendrada por el gran liceo, siempre están dispuestos a socorrer al necesitado.

Roberto González, conocido como “El Tun Tun”, lidera con entusiasmo los futuros encuentros.

Esta gran asamblea de liceístas es una sublime muestra de amistad entre los seres humanos.

Entretanto, la cámara de Illueca y de “El Tun Tun” registra estos momentos para la posteridad.

miércoles, 8 de abril de 2026

Fragilidad Humana

Retrato Íntimo del Caos

"El caos no llegó: siempre estuvo sentado a la mesa, removiendo el café con una cucharilla invisible"

 

Por Gilberto García Mercado



Mucho antes de que la ciencia lo nombrara con la gravedad de una ecuación, los antiguos ya lo intuían como un rumor primigenio. Para los griegos, el Khaos no era desorden sino abismo: una grieta fértil de donde emergían dioses y tragedias. Hesíodo lo dejó escrito en su Teogonía, como quien advierte que el origen no es limpio ni ordenado, sino una turbulencia inaugural. Siglos después, Isaac Newton creyó domesticar el universo con leyes precisas, pero bastó que la realidad respirara un poco más hondo para desobedecerle.

La llamada teoría del caos —esa que formalizaron científicos como Edward Lorenz— nos susurra que una mariposa puede torcer el destino de un huracán. Pero el hombre, tan dado a la soberbia, ha preferido imaginar que es él quien agita las alas. Y así, entre ecuaciones y profecías, hemos ido redactando nuestra propia caída con una caligrafía impecable.

Las religiones, siempre atentas al temblor del mundo, han descrito el caos con imágenes que arden. En la Biblia, el Apocalipsis no es solo el fin, sino una revelación: sellos que se rompen, trompetas que anuncian la ruina, ciudades que se desploman como si fueran de papel mojado. Jesucristo habló de guerras, de hambres, de falsos profetas, como si describiera un noticiero anticipado. Y en otras tradiciones, desde los ciclos del Kali Yuga en la India hasta las visiones escatológicas del islam, el caos no es accidente, sino destino circular.

Pero también los hombres de poder han jugado a ser profetas. Winston Churchill advirtió sobre sombras que se cernían sobre Europa antes de que el mundo ardiera por segunda vez. Más tarde, durante la Guerra Fría, la posibilidad de una tercera guerra mundial se volvió un susurro constante, una amenaza tan cotidiana como el pan. Hoy, ese miedo no ha desaparecido: se ha vuelto más sofisticado, más digital, más silencioso.

Porque el caos ya no necesita ejércitos visibles: le bastan algoritmos. En los dominios de lo virtual, donde las redes sociales amplifican la mentira con la velocidad de la luz, el orden se disuelve en una multitud de versiones. Yuval Noah Harari ha advertido que el poder ya no reside solo en la fuerza, sino en la capacidad de manipular narrativas. Y mientras tanto, la inteligencia artificial —ese espejo cada vez más nítido del hombre— comienza a preguntarse, acaso con ironía, quién programa a quién.

No es necesario imaginar demasiado: el caos se filtra en lo cotidiano. Incendios que arrasan continentes, océanos que suben como si quisieran recuperar lo que es suyo, pandemias que detienen el pulso del planeta. Albert Einstein dijo alguna vez que no sabía con qué armas se pelearía la tercera guerra mundial, pero sí que la cuarta sería con palos y piedras. Tal vez no era una predicción, sino un recuerdo del futuro.

Y sin embargo, el hombre insiste en domesticar el abismo. Construye ciudades inteligentes, fabrica armas químicas que podrían borrar generaciones enteras, diseña máquinas que aprenden más rápido que sus creadores. Es como si, en su afán de control, estuviera cavando con precisión el hueco donde piensa resguardarse.

¿Estamos ya en el caos? Quizá la pregunta está mal formulada. Tal vez el caos no es un punto de llegada, sino una condición permanente, una música de fondo que a veces se vuelve estruendo. Hay quienes lo ven en la fractura de las sociedades, en la pérdida de sentido, en la saturación de información que termina por vaciarlo todo. Otros lo esperan como un cataclismo definitivo: un mundo sin electricidad, sin agua potable, sin alimentos; ciudades convertidas en esqueletos; pequeñas facciones humanas disputándose lo poco que queda, mientras máquinas autónomas patrullan un silencio sin memoria.

La Biblia lo describe con fuego y juicio. El hombre moderno, en cambio, lo imagina con apagones y pantallas negras.

Pero tal vez ambos coinciden en algo esencial: el caos no es solo destrucción, sino revelación. Una caída de máscaras. Un instante en que todo lo construido —imperios, ideologías, certezas— se derrumba para mostrar lo que siempre estuvo debajo: la fragilidad.

Y ahí, en medio de ese paisaje ruinoso, acaso sobreviva lo único que no hemos sabido dominar: la pregunta. Esa que late desde Hesíodo hasta nuestros días, como una grieta luminosa.

¿Y si el caos no fuera el fin del mundo, sino el comienzo de una verdad que nos negamos a mirar?

domingo, 5 de abril de 2026

De Lo Intocable

Entre el Microscopio y la Eternidad


Por Gilberto García Mercado 



El hombre, criatura de barro y asombro, ha pasado la historia estirando sus manos hacia lo posible y también hacia lo imposible, como un niño que quiere atrapar el sol sin entender que se quema. Desde que encendió el primer fuego hasta que hizo parpadear el mundo dentro de una pantalla, ha cruzado fronteras que antes parecían reservadas a los dioses. Cura enfermedades, prolonga la vida, funda familias, edifica ciudades, educa generaciones y convierte el silencio en datos que viajan a la velocidad de la luz. Ha rozado la cura del cáncer y del VIH, ha multiplicado su voz en el internet y, con un pulso temerario, ha fabricado armas capaces de borrar la historia en un suspiro.

Pero hay límites, líneas invisibles que no ceden ante bisturí, algoritmo ni ambición. El hombre no puede concederse la vida eterna, no puede detener el reloj sin romperlo, no puede asomarse con certeza al otro lado de la muerte y regresar con pruebas en la mano como quien vuelve del mercado. Tampoco puede, aunque lo intente con orgullo de torre antigua, superar el poder de Dios. Esa frontera no es científica, es ontológica, dirían los sabios, o más sencillo, es la diferencia entre el creador y la criatura.

Desde los albores de la historia, el ser humano ha querido saber más de lo que le corresponde, no por maldad sino por esa mezcla deliciosa de curiosidad y soberbia. Ahí aparece la psicología, con figuras como Sigmund Freud, quien escarbó en los sueños y en los abismos del inconsciente intentando descifrar al hombre desde dentro. Freud no buscaba a Dios, pero terminó rodeando el misterio de la mente, ese teatro donde lo divino y lo oscuro se dan la mano sin pedir permiso. Y aunque avanzamos, seguimos sin comprender del todo quién sueña dentro de nosotros.

La historia también ha conocido científicos brillantes que negaron la existencia de lo divino hasta su último aliento. Stephen Hawking habló de un universo que podía explicarse sin Dios, mientras que Richard Dawkins ha defendido el ateísmo con la precisión de un bisturí intelectual. Y sin embargo, incluso en sus certezas, hay una grieta humana, porque negar a Dios no es demostrar su ausencia, es simplemente declarar que no se le ha encontrado en los instrumentos disponibles. Como quien busca el amor con microscopio y concluye que no existe porque no lo vio.

Ahora bien, hay fenómenos que escapan al manual. La oración, por ejemplo. ¿Cómo explicar que millones de personas, en distintos rincones del mundo, doblen las rodillas y encuentren consuelo, fuerza, incluso respuestas? La teoría humana más cercana es que la fe reorganiza el espíritu, que al creer se alinean pensamientos, emociones y voluntad, y entonces el hombre actúa con una potencia distinta. No mueve montañas de roca, pero sí montañas internas, que a veces son más pesadas.

Los escritores, esos seres sospechosos, viven en otra frontera. No están locos, aunque conversen con sombras y escuchen voces que nadie más oye. Escriben, quizás, para no volverse locos, para ordenar el caos, para domesticar la tormenta interior. Cada palabra es una cuerda lanzada al abismo. Algunos regresan con historias, otros con cicatrices, pero todos confirman que la imaginación es un territorio que roza lo sagrado.

¿Y qué decir de la telepatía, la premonición, los milagros? La ciencia duda, mide, desconfía. La fe afirma, acepta, se entrega. Entre ambas hay un puente frágil donde habitan los testimonios de hombres y mujeres que aseguran haber sanado con la imposición de manos, como si la luz pudiera transmitirse de cuerpo a cuerpo. ¿Es sugestión, energía, intervención divina? Nadie lo sabe con certeza, y ahí reside su encanto.

A Dios no lo vemos, dicen, porque verlo implicaría reducirlo a objeto, y lo infinito no cabe en la retina. El alma, por su parte, es ese rumor que nos habita, esa sensación de ser más que carne. Convivimos con ella sin manual, como quien comparte casa con un huésped invisible que a veces susurra y otras guarda silencio.

Así, el hombre avanza, conquista, inventa, pero también se detiene, duda y reza. Porque hay fronteras que puede cruzar con su ingenio, y otras que, por más que insista, siguen custodiadas por el misterio. Y tal vez ahí, justo ahí, en ese límite que no cede, es donde comienza lo verdaderamente eterno.

jueves, 2 de abril de 2026

Donde el Tiempo se Arrodilla:

Crónica Poética de la Semana Santa


Por Gilberto García Mercado

 

Hay un momento del año en que el tiempo se inclina, como si reconociera una antigua herida que aún respira. Ese momento es la Semana Santa, cuya raíz se hunde en los primeros siglos del cristianismo, cuando, hacia el siglo IV, comunidades de fieles en Jerusalén comenzaron a conmemorar —con pasos lentos y memoria ardiente— la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Corría entonces el tiempo del emperador Constantino, y la fe, antes perseguida, empezaba a organizar sus ritos con solemnidad.

En aquellos días iniciales, la celebración era austera, casi secreta. Los peregrinos recorrían los mismos caminos donde, según la tradición, Cristo había cargado la cruz. No había aún procesiones fastuosas ni imágenes talladas; había silencio, oración y una devoción que ardía como una llama discreta en la noche. Con los siglos, Europa tejió alrededor de esta conmemoración un manto de símbolos: túnicas, incienso, campanas mudas y tambores que laten como un corazón colectivo.

Pero no todo ha sido recogimiento. La historia también ha marcado esta semana con sombras. Durante la Edad Media, en algunos territorios, quien no respetara los preceptos —como ayunar o asistir a los oficios— podía enfrentar sanciones sociales, castigos públicos o incluso penas legales. La fe era ley, y la ley no admitía herejías. En contraste, durante la Reforma Protestante del siglo XVI, en regiones de Europa, estas celebraciones fueron suprimidas o reducidas, consideradas excesivas o idolátricas. Así, la Semana Santa fue también campo de disputa, espejo de tensiones religiosas.

Y sin embargo, entre la ceniza y el rigor, brotaron relatos que rozan lo prodigioso. Se cuenta, por ejemplo, que en Sevilla, durante una procesión del siglo XVII, una imagen de Cristo inclinó levemente la cabeza ante una multitud que imploraba lluvia en medio de una sequía devastadora; días después, el cielo se abrió. Milagro o coincidencia, la fe lo guardó como signo. Porque la Semana Santa también es eso: un territorio donde lo visible y lo invisible se dan la mano.

La hermandad, en aquellos tiempos y ahora, es columna vertebral de estas celebraciones. Cofradías que nacieron como agrupaciones de ayuda mutua, donde ricos y pobres compartían el peso —literal— de los pasos. Hermanos de fe que, más allá de la liturgia, construían comunidad. Era la fe convertida en vínculo, en pan compartido, en hombro ofrecido.


Hoy, la Semana Santa ha mutado sin perder su esencia. Su significado sigue siendo el mismo: recordar el sacrificio, la redención, la esperanza que resucita. Pero también se ha vuelto espejo de la conducta humana. Hay quien la vive como pausa espiritual, quien la transforma en turismo, quien la ignora. Sin embargo, incluso en su forma más secular, deja una huella: invita —aunque sea por un instante— a la introspección, al silencio en medio del ruido.

Si miramos el mundo, hay países donde esta celebración alcanza dimensiones casi míticas. España, con sus procesiones que son poemas en movimiento; Italia, donde el Vaticano marca el pulso de la cristiandad; México, con representaciones vivas que convierten las calles en escenarios sagrados; Colombia, donde ciudades como Popayán y Mompox parecen detener el tiempo; y Filipinas, donde la devoción roza lo extremo, con fieles que recrean la pasión de manera literal. Entre todos, quizás España y Filipinas encarnan los extremos: una solemnidad barroca frente a una fe visceral, casi dolorosa.

La alimentación también habla en voz baja durante estos días. Tradicionalmente, se evita la carne roja, dando paso al pescado, a las sopas humildes, a los dulces de tradición conventual. Es una cocina que no busca el exceso, sino la memoria: cada plato es una historia heredada.


Hoy, la Semana Santa sigue siendo un río que atraviesa siglos. Algunos se bañan en él con fervor, otros apenas rozan su superficie. Pero ahí está, persistente, como una campana que suena incluso cuando nadie la escucha. Porque más allá de credos, esta celebración nos recuerda algo esencial: que incluso en la caída más profunda, existe la posibilidad —misteriosa y luminosa— de volver a levantarse.

martes, 31 de marzo de 2026

Cuento de la Semana

El Traje Nuevo del Emperador

 

Por Hans Christian Andersen

 


Hace muchos años vivía un emperador que gustaba tanto de los trajes nuevos, que gastaba en ellos todo su dinero. No se preocupaba de sus soldados, ni le interesaba el teatro o ir de paseo por el bosque, a menos que fuera para lucir sus nuevas vestiduras. Tenía un vestido distinto para cada hora del día; y así como se dice de un rey que está en el consejo, de él se decía siempre: “El emperador está en el vestidor”.

La gran ciudad donde vivía era muy animada; todos los días llegaban muchos extranjeros. Un día se presentaron dos pícaros que se hicieron pasar por tejedores, diciendo que sabían fabricar la tela más hermosa que pudiera imaginarse. No solo eran extraordinarios los colores y el dibujo, sino que las prendas hechas con aquella tela tenían la maravillosa propiedad de ser invisibles para toda persona que no fuera apta para su cargo o que fuera irremediablemente tonta.

—¡Qué vestidos tan extraordinarios! —pensó el emperador—. Si los llevara, podría descubrir qué funcionarios de mi reino no son aptos para su cargo. Podría distinguir a los inteligentes de los tontos. Sí, debo mandar hacerme esa tela inmediatamente.

Y entregó a los dos pícaros una gran cantidad de dinero para que comenzaran su trabajo.

Instalaron dos telares y fingieron trabajar, aunque no tenían nada en ellos. Pedían la seda más fina y el oro más puro, que guardaban en sus bolsas, mientras trabajaban con los telares vacíos hasta altas horas de la noche.

—Me gustaría saber cómo adelantan con la tela —pensó el emperador; pero se sentía un poco inquieto al recordar que quien fuera tonto o incapaz no podría verla.

Sin embargo, creyó que no debía temer por sí mismo, aunque prefirió enviar primero a otro para ver cómo iba el trabajo. Todos en la ciudad conocían la especial propiedad de la tela y estaban deseosos de comprobar cuán inútiles o tontos eran sus vecinos.

—Enviaré a mi viejo y honrado ministro —pensó el emperador—. Él podrá ver la tela, pues es inteligente y nadie desempeña mejor su cargo.

El buen ministro entró en la sala donde los dos pícaros trabajaban en los telares vacíos.

—¡Dios mío! —pensó, abriendo mucho los ojos—. ¡No veo nada! Pero no lo dijo.

Los dos pícaros le rogaron que se acercara y le preguntaron si no le parecía magnífico el dibujo y hermosos los colores. Señalaban el telar vacío, y el pobre ministro continuaba mirando sin ver nada, porque no había nada.

—¡Dios mío! —pensó—. ¿Seré tonto? Nunca lo habría creído, y nadie debe saberlo. ¿Seré incapaz para mi cargo? No, no puedo decir que no veo la tela.

—¡Oh, es muy bonita! —dijo por fin—. Me gusta mucho.

Y dio detalles que no existían, pues no quería confesar que no veía nada.

Los dos pícaros pidieron más dinero, más seda y más oro, diciendo que los necesitaban para continuar el trabajo. Todo lo guardaban en sus bolsas, y en el telar no había nada, pero ellos seguían fingiendo.

El emperador envió después a otro funcionario honrado, y le ocurrió lo mismo que al ministro: miró y miró, pero como no había nada, no vio nada.

—¿No es una tela magnífica? —preguntaron los pícaros.

Y él respondió como el otro, describiendo lo que no veía.

Finalmente, el emperador decidió ir él mismo. Con un grupo de hombres distinguidos, entre ellos los dos funcionarios que ya habían estado allí, fue a ver a los pícaros.

—¿No es magnífico? —decían los dos hombres honrados—. ¡Fíjese, Majestad, en estos colores y en este dibujo!

El emperador miró… y no vio nada.

—¡Dios mío! —pensó—. ¿No veo nada? ¿Seré tonto? ¿No seré digno de ser emperador? ¡Eso sería terrible!

—¡Oh, es muy hermoso! —dijo en voz alta—. Tiene mi más alta aprobación.

Y todos los que lo acompañaban miraban y remiraban, aunque tampoco veían nada, pero decían lo mismo que el emperador.

Los pícaros trabajaron toda la noche anterior al día en que debía celebrarse la gran procesión. Encendieron más de dieciséis velas, para que la gente viera cuánto se esforzaban en terminar el traje nuevo del emperador. Fingieron quitar la tela del telar, cortarla en el aire con grandes tijeras, coserla con agujas sin hilo, y finalmente dijeron:

—¡El traje está listo!

El emperador llegó con sus más altos dignatarios, y los pícaros levantaron los brazos como si sostuvieran algo.

—Aquí están los pantalones, aquí la casaca, aquí el manto —decían—. Es tan ligero como una telaraña; se diría que no se lleva nada sobre el cuerpo, pero esa es precisamente su mayor virtud.

—¡Sí! —respondieron todos, aunque no veían nada.

—¿Quiere Vuestra Majestad dignarse a desnudarse? —dijeron los pícaros—. Le pondremos el traje nuevo ante el gran espejo.

El emperador se quitó la ropa, y los pícaros fingieron vestirlo pieza por pieza. Él se miraba al espejo, girando y volviéndose.

—¡Dios, qué bien le queda! ¡Qué maravilla! —decían todos—. ¡Qué dibujo! ¡Qué colores!

Y el emperador, aunque se sentía algo extraño, pensó que debía de ser así.

Salió en procesión bajo el dosel, y todos en la calle y en las ventanas decían:

—¡Qué traje tan hermoso lleva el emperador! ¡Qué cola tan magnífica!

Nadie quería confesar que no veía nada, para no parecer tonto o incapaz.

Pero un niño pequeño dijo:

—¡Si no lleva nada!

—¡Dios mío, oíd la voz de la inocencia! —dijo su padre.

Y pronto todos comenzaron a murmurar:

—¡No lleva nada!

El emperador sintió un escalofrío, porque sabía que tenían razón. Pero pensó:

—Debo aguantar hasta el final.

Y así continuó más erguido que nunca, mientras los chambelanes seguían sosteniendo una cola que no existía.

     Hans Christian Andersen

Hans Christian Andersen (1805–1875) nació en Odense, en una familia pobre y con más imaginación que recursos. Hijo de un zapatero y una lavandera, creció entre privaciones, pero también entre historias que parecían demasiado grandes para el mundo que le había tocado.

No fue un niño prodigio ni un genio precoz: fue, más bien, un persistente. Durante años intentó abrirse camino en el teatro, la poesía y la narrativa, acumulando rechazos hasta que la literatura —finalmente— le dio la razón.

Sus cuentos, disfrazados de relatos infantiles, esconden una mirada aguda sobre la vanidad, la hipocresía y la fragilidad humana. En ellos, los reyes pueden ser ridículos, los marginados pueden volverse hermosos y la verdad suele salir de donde nadie la espera.

Obras como El traje nuevo del emperador, La sirenita o El patito feo lo convirtieron en una de las voces más perdurables de la literatura universal.

Murió en 1875. Desde entonces, sigue recordándonos —con una sonrisa apenas irónica— que a veces hace falta un niño para decir lo que todos los demás callan.

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