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sábado, 28 de febrero de 2026

La Evolución de Internet

 

Los primeros destellos:
Cuando la red era un susurro

Por Gilberto García Mercado


Antes de que el mundo cupiera en un bolsillo, antes de que la palabra “nube” flotara sobre nuestras cabezas con promesas de eternidad digital, hubo sótanos, cables gruesos como serpientes dormidas y computadoras que respiraban calor como bestias mecánicas.

La historia comienza en 1969 con ARPANET, una red experimental financiada por el Departamento de Defensa de Estados Unidos. Cuatro nodos universitarios —UCLA, Stanford, UC Santa Barbara y Utah— intercambiaron el primer mensaje. Intentaron escribir “LOGIN”. El sistema colapsó tras las dos primeras letras: “LO”. Como si la tecnología, en su infancia, ya supiera pronunciar el asombro.

Antes de eso estaban los colosos. La ENIAC, nacida en 1945, ocupaba una habitación entera: treinta toneladas de circuitos, 18.000 tubos de vacío y un apetito eléctrico insaciable. No había pantallas; había paneles. No había ratones; había interruptores. La computadora no era un objeto doméstico: era un templo.

En los años setenta, dos hombres —Vinton Cerf y Robert Kahn— imaginaron un lenguaje común para que distintas redes pudieran conversar. Crearon el protocolo TCP/IP, el alfabeto secreto que permitió que millones de máquinas, distintas en forma y función, pudieran entenderse. Si ARPANET fue el balbuceo, TCP/IP fue la gramática.

En 1989, un físico británico llamado Tim Berners-Lee trabajaba en el CERN. Observó que los científicos compartían datos sin un sistema uniforme. Propuso algo simple y revolucionario: documentos enlazados mediante hipertexto. Así nació la World Wide Web. No Internet —que ya existía—, sino su rostro amable. El puente visible sobre el océano invisible.
Cómo eran las máquinas: del monstruo al susurro portátil

Las primeras computadoras eran arquitecturas. Había que atravesar puertas pesadas para encontrarlas. Zumbaban como fábricas en miniatura. El operador era un sacerdote que entendía códigos y tarjetas perforadas.

Hoy, un teléfono móvil supera en potencia a aquellas gigantes. Lo que antes requería un edificio ahora cabe en la palma de la mano. La miniaturización —gracias al transistor y luego al microprocesador— permitió que el silicio reemplazara al vacío, que el calor cediera ante la eficiencia.

La computadora pasó de ser infraestructura estatal a ser extensión del cuerpo. Se volvió prótesis cognitiva. 
El milagro de que no colapse

Internet no es un hilo único, sino una red distribuida. Ese es su secreto y su salvación. No hay un corazón central que, al detenerse, mate al sistema. Está compuesto por:

Servidores: máquinas que almacenan y distribuyen información.

Dominios: nombres que traducen números IP en palabras recordables.

DNS: el sistema que convierte “www” en coordenadas numéricas.

Protocolos: reglas de tránsito digital (TCP/IP, HTTP, HTTPS).

Centros de datos: catedrales de acero donde habitan millones de archivos.

La red se sostiene porque está fragmentada. Si un nodo cae, otros asumen la carga. Es como un bosque donde cada árbol comparte la sombra.

Sin embargo, no es invulnerable. Ataques masivos —como los DDoS— pueden saturar servidores. Virus y ransomware pueden paralizar hospitales o empresas. El milagro no es que no se caiga nunca; es que, pese a su magnitud, casi siempre se levanta.
Los arquitectos invisibles

Vinton Cerf, con su barba blanca de sabio renacentista, parece más un bibliotecario del infinito que un ingeniero. Robert Kahn imaginó redes que no obedecieran fronteras. Tim Berners-Lee defendió que la web fuera abierta y gratuita. Podrían haberla privatizado. No lo hicieron.

Cuenta una anécdota que cuando enviaron el primer mensaje por ARPANET y el sistema se cayó tras escribir “LO”, nadie se desesperó. Rieron. Habían probado que la conexión era posible. A veces el progreso se inaugura con un error.

Estos hombres no inventaron un aparato; inventaron una metáfora: la interconexión.
¿Puede la red volverse contra nosotros?

Vinton Cerf
La pregunta es inevitable. Si el mundo depende de la electricidad y la electricidad depende de sistemas digitales, ¿qué ocurre si alguien apaga la luz?

Un ataque cibernético coordinado podría afectar bancos, aeropuertos, hospitales, redes eléctricas. Países enteros invierten en ciberdefensa. La guerra ya no necesita trincheras: necesita código.

Pero el peligro no es solo técnico. Es informativo. La manipulación masiva, la desinformación, la polarización amplificada. La red no piensa; amplifica. Puede elevar la verdad o propagar la mentira.

Internet es herramienta. El filo depende de la mano.
La evolución: de páginas estáticas a inteligencia artificial

En los noventa, las páginas eran estáticas, lentas, ingenuas. Luego llegaron las redes sociales, el comercio electrónico, la nube, el streaming. Hoy convivimos con algoritmos que recomiendan, predicen, escriben.

La inteligencia artificial ya no es promesa sino presencia. Sistemas capaces de diagnosticar enfermedades, optimizar inversiones, pilotar vehículos. Mañana, quizá, prótesis inteligentes que amplíen memoria y percepción.

En salud: diagnósticos asistidos por IA, cirugía robótica de precisión milimétrica.
En economía: automatización de procesos, mercados guiados por datos en tiempo real.
En defensa: drones autónomos, guerra algorítmica.
En el hogar: asistentes virtuales, robots que limpian, vigilan, acompañan.

La pregunta vibra: ¿será el hombre relegado?

Robert Kahn
La historia sugiere que cada revolución tecnológica elimina oficios y crea otros. El telar no acabó con el artesano: lo transformó. La imprenta no mató al copista: democratizó la lectura. Tal vez la máquina no nos sustituya; nos obligue a redefinirnos.
¿El ocaso de los escritores?
Aquí el temblor es íntimo.

Nunca se escribió tanto como ahora. Se calcula que en el mundo se publican varios millones de libros al año. Solo en plataformas como Amazon se suben miles de títulos diarios entre libros tradicionales y autopublicados. Algunas estimaciones globales hablan de más de 2 a 3 millones de libros nuevos anuales, lo que implicaría varios miles por día.

Si sumamos ebooks, impresos bajo demanda y publicaciones independientes, el número es vertiginoso.

¿Hay suficientes lectores para tanta tinta digital?

Se dice —con cierta ironía amarga— que hay más gente escribiendo que leyendo. La democratización de la publicación ha roto el filtro editorial. Cualquiera puede lanzar su obra al océano.

El panorama parece sombrío: millones de voces compitiendo por segundos de atención.

Pero hay otra lectura: nunca hubo tanta posibilidad de ser leído sin intermediarios. El escritor ya no necesita permiso; necesita comunidad.

La abundancia no implica muerte; implica ruido. Y en el ruido, a veces, surge una música inesperada.
Anecdotario de la red

En 1995, cuando Internet empezaba a expandirse comercialmente, muchos dudaban de su futuro. Un famoso artículo de prensa predijo que la red sería una moda pasajera. Hoy, esa predicción parece una pieza arqueológica.

También hubo quien rechazó el correo electrónico por considerarlo frío e impersonal. Ahora enviamos millones de mensajes por minuto.

Cada avance tecnológico generó escepticismo. El miedo acompaña al progreso como sombra inevitable.
¿El mundo doblegado por un clic?

Sí, es posible que un ataque masivo genere caos. Pero también es cierto que la misma red permite coordinación, respuesta rápida, cooperación internacional.

Internet ha sido herramienta de educación masiva, de denuncia social, de comercio global, de medicina remota. Ha conectado a familias separadas por océanos. Ha permitido que un escritor en Cartagena publique para lectores en Tokio.

La red puede ser arma o puente. Depende de la intención humana.
El hombre frente a la máquina

¿Será relegado? Tal vez en tareas repetitivas. Tal vez en cálculos complejos. Pero la conciencia, la ética, la intuición poética siguen siendo humanas.

La máquina procesa; el hombre interpreta.
La máquina calcula; el hombre sueña.

Quizá el futuro no sea competencia sino simbiosis.
Y hoy, ¿para qué usamos Internet?

Tim Berners-Lee
Para trabajar, estudiar, amar a distancia. Para vender libros, leer noticias, escuchar música. Para consultar diagnósticos médicos y transferir dinero. Para escribir artículos como este.

Internet es mercado, biblioteca, plaza pública y confesionario. Es archivo y escenario. Es memoria y presente continuo.

La telaraña que comenzó con un tímido “LO” sostiene hoy la conversación planetaria.

Y mientras algunos temen el ocaso del escritor, otros —como usted, Gilberto— siguen preguntando, escribiendo, reflexionando. Quizá la verdadera evolución no sea tecnológica sino humana: aprender a usar la red sin perder la voz.

Porque si algún día las máquinas escriben millones de libros perfectos, seguirá siendo necesaria una imperfección auténtica que los contradiga.

La red no es el fin del hombre. Es el espejo donde decide quién quiere ser. 



viernes, 27 de febrero de 2026

Séniles y Sabios


LA ESQUINA DE LOS VIEJOS
(Consejos que no vienen en Google)

 

Por Gilberto García Mercado

  


Hay un lugar que no aparece en los mapas ni en las aplicaciones de tránsito, pero que sigue existiendo con admirable terquedad: la esquina de los viejos. No tiene nombre oficial ni placa, pero basta con que el sol empiece a bajar para que aparezcan las sillas, los bastones y las voces curtidas por el tiempo. Desde allí, la generación pasada observa el mundo moderno con una mezcla de ironía, paciencia y una sabiduría que no presume diplomas.

En esa esquina no se dan órdenes. Se dan consejos, como quien ofrece un caramelo antiguo: sin envoltura, pero efectivo.

Sobre el cuerpo, los viejos son claros: muévalo, pero no lo castigue. El cuerpo —dicen— no es de hule, pero tampoco de cristal. Caminar hasta la tienda, barrer el patio, subir escaleras renegando… todo cuenta como ejercicio, siempre que uno llegue sudado pero vivo.

Desconfían de las dietas milagrosas y de los productos que prometen juventud eterna. “Si algo promete demasiado, es porque miente”, sentencia uno mientras se toma un café cargado, prohibido por todos los médicos modernos. Comer bien, según la esquina, es comer de todo, pero poco; y repetir solo cuando el corazón esté contento, no el ego.

Dormir es sagrado. Dormir de noche cuando se puede, dormir siesta cuando el cuerpo lo pide. “El sueño es el médico que no cobra consulta”, repiten, mientras cabecean en la silla.

Y una advertencia seria: no ignore los dolores. El cuerpo avisa primero en voz baja; si no se le escucha, grita.

Sobre la mente, en la esquina no se habla de ansiedad, pero se la conoce bien. Antes se llamaba “nervios” o “preocupaciones” y se combatía con conversación, silencio o una risa bien puesta.

El consejo mental más repetido es simple: no piense tanto. Pensar es bueno; rumiar, no. “Si no tiene solución, ¿para qué se preocupa? Y si la tiene, ¿para qué también?”, dice uno, convencido de haber descubierto el equilibrio universal.

Hablar es fundamental. Guardarse todo es una mala costumbre que termina enfermando. Los viejos creen que una charla larga cura más que muchas pastillas, sobre todo si incluye café, pan o recuerdos exagerados.

También recomiendan reírse de uno mismo. El que se toma demasiado en serio envejece mal. La risa afloja la cabeza y endereza el ánimo.

Y algo que hoy parece revolucionario: no compararse. Cada quien vive a su ritmo, con su propio reloj. Compararse es una forma elegante de arruinarse el día.

Sobre el espíritu, la esquina baja la voz, pero no se pone solemne. No siempre se habla de religión, pero sí de algo más grande que uno mismo. Los viejos creen en agradecer: el día, el pan, la conversación, el simple hecho de despertar. La gratitud, dicen, mantiene el alma en funcionamiento.

Perdonar es otro acto de higiene espiritual. No porque el otro lo merezca, sino porque el rencor pesa demasiado. Cargar odio es como andar con una maleta llena de piedras que nadie pidió.

También creen en los rituales simples: prender una vela, rezar a su manera, escuchar música antigua, visitar a los muertos con flores o con memoria. Todo eso sostiene el espíritu cuando el mundo aprieta.

Y hay un consejo que repiten como si fuera ley: no perder la capacidad de asombro. El que se asombra, vive; el que se acostumbra a todo, se apaga.

Cuando la tarde cae y la esquina se vacía, siempre queda flotando un último consejo, dicho con media sonrisa:

“No corra tanto. La vida no se va a escapar… y si se escapa, tampoco iba a esperarlo.”

Los viejos saben algo que el mundo moderno suele olvidar: vivir no es llegar primero, sino llegar entero. Con el cuerpo usado, la mente liviana y el espíritu en paz.

La esquina de los viejos sigue ahí, esperando a que alguien se detenga un momento, se siente… y escuche.

Gilberto García M. Editor

 

jueves, 26 de febrero de 2026

Ojo Avizor


LA EDUCACION:
EL ARTE DE ENTENDER LO HUMANO
Por Gilberto García Mercado

Este ensayo sobre la educación reflexiona sobre su papel en la conciencia humana y su impacto en la transformación social contemporánea.
La educación no es un edificio. No es un conjunto de pupitres alineados bajo una luz blanca ni un horario que fragmenta el día en bloques de cincuenta minutos. Tampoco es un decreto ministerial ni una reforma anunciada con solemnidad y olvidada con rapidez. La educación es algo más frágil y más poderoso: es la posibilidad de que un ser humano transforme su conciencia y, al hacerlo, transforme el mundo.

Nacemos con la capacidad de aprender, pero no con la sabiduría. La infancia es una apertura radical hacia lo desconocido. Todo asombra. Todo interroga. En ese territorio inaugural, la educación debería ser un acto de acompañamiento: alguien que guía sin imponer, que orienta sin sofocar. Sin embargo, a menudo ocurre lo contrario. Se interrumpe la curiosidad natural con respuestas prematuras; se sustituye la pregunta viva por la lección memorizada.

Desde la antigüedad, la educación fue entendida como un camino hacia la luz. Platón imaginó a los seres humanos encadenados en una caverna, confundiendo sombras con realidad. Educar era salir al exterior, enfrentar el resplandor de la verdad, regresar luego para compartirla. La metáfora sigue vigente: la ignorancia no es oscuridad absoluta, sino confusión de reflejos.

Siglos después, Jean-Jacques Rousseau propuso que el niño no debía ser moldeado a la fuerza, sino respetado en su naturaleza. Y en el siglo XX, Paulo Freire denunció la “educación bancaria”: esa práctica en la que el maestro deposita contenidos en alumnos convertidos en recipientes pasivos. Para Freire, enseñar era dialogar, problematizar, despertar conciencia crítica.

Pero el tiempo contemporáneo ha transformado el sentido de la escuela. La lógica del mercado penetró el aula. Se mide el rendimiento como si fuera productividad industrial. Se compite por puntajes. Se clasifican instituciones según estadísticas. En ese escenario, el estudiante corre el riesgo de convertirse en número, y el maestro en ejecutor de un programa rígido.

La obsesión por evaluar ha desplazado la pasión por comprender. El examen sustituye la conversación. La respuesta correcta desplaza la duda fecunda. Sin embargo, el pensamiento auténtico nace precisamente en la incertidumbre. Solo quien duda investiga. Solo quien pregunta se aproxima a la verdad.

La educación, cuando es genuina, no tranquiliza: inquieta. No ofrece certezas definitivas, sino herramientas para explorar. Enseñar historia no debería consistir en repetir fechas, sino en comprender procesos. Enseñar literatura no es enumerar autores, sino sentir cómo el lenguaje revela lo invisible. Enseñar ciencias no es memorizar fórmulas, sino entender la maravilla del orden natural.

En América Latina, la educación se debate entre la esperanza y la precariedad. Ha sido bandera política, promesa de movilidad social, discurso de campaña. Pero en muchos barrios la escuela resiste con recursos limitados, sostenida por la vocación silenciosa de docentes que trabajan más allá de sus condiciones. Allí, educar se convierte en acto de resistencia.

La desigualdad marca la experiencia educativa desde la infancia. No todos llegan al aula con las mismas oportunidades. Algunos traen libros en casa; otros, carencias. Algunos reciben estímulos culturales; otros enfrentan contextos de violencia. Pretender que todos compitan en igualdad es ignorar la realidad. La educación debería compensar esas brechas, no reproducirlas.

No obstante, sería injusto reducir la escuela a sus fracasos estructurales. Hay momentos luminosos que justifican toda esperanza. Un maestro que logra que un alumno descubra su talento. Una lectura que despierta vocación. Una conversación que cambia el rumbo de una vida. Esos instantes no aparecen en estadísticas, pero constituyen el núcleo invisible del aprendizaje.

Educar implica confianza. El maestro cree que el otro puede crecer; el estudiante cree que el conocimiento tiene sentido. Sin esa doble fe, el proceso se vacía. La pedagogía no es solo técnica, es relación humana. Se aprende mejor cuando hay respeto, cuando la palabra circula sin miedo.

En una época saturada de información, el desafío ya no es acceder a datos, sino discernir. La tecnología multiplica contenidos, pero no garantiza comprensión. Saber usar una herramienta digital no equivale a pensar críticamente. La educación del siglo XXI debería formar criterio, sensibilidad ética y responsabilidad social.

Existe también una dimensión moral. Toda educación transmite valores, incluso cuando pretende ser neutral. El modo de enseñar comunica una visión del mundo. Si se premia únicamente la competencia, se fomenta el individualismo. Si se estimula el diálogo, se fortalece la convivencia. La escuela no solo transmite conocimientos: modela formas de relación.

En este sentido, la educación es profundamente política, aunque no partidista. Forma ciudadanos. Enseña a convivir en la diferencia. Prepara para participar en la vida pública. Una sociedad que descuida su educación debilita su democracia.

Pero más allá de su función social, educar es un acto íntimo. Es acompañar el crecimiento interior de alguien. Es ayudarle a nombrar sus emociones, a entender sus límites, a descubrir su potencial. La educación auténtica no produce máquinas eficientes, sino personas conscientes.

Hay algo casi sagrado en el instante en que alguien comprende. El rostro se ilumina. La mente conecta ideas dispersas. Se experimenta una pequeña revelación. Ese momento justifica el esfuerzo pedagógico. Allí ocurre el verdadero aprendizaje.

Quizá el mayor error contemporáneo sea concebir la educación como simple preparación para el empleo. Si bien es legítimo aspirar a una vida digna, reducir la formación a capacitación técnica empobrece el horizonte humano. El trabajo es una dimensión de la existencia, pero no la totalidad.

Educar también es cultivar sensibilidad estética, capacidad de asombro, pensamiento filosófico. Es enseñar a leer el mundo con profundidad. Una persona educada no es solo quien sabe hacer algo, sino quien sabe comprender lo que hace.

Frente a un mundo fragmentado por la violencia y la intolerancia, la educación aparece como puente. Permite dialogar con otras culturas, entender otras perspectivas, reconocer la dignidad ajena. Sin educación crítica, la sociedad se polariza; con ella, se abren espacios de encuentro.

No se trata de idealizar la escuela. Tiene límites, errores, burocracias. Pero sigue siendo uno de los pocos espacios donde la palabra puede transformar realidades. Cuando un niño aprende a leer, adquiere una herramienta irreversible. Cuando aprende a pensar, adquiere libertad interior.

Tal vez educar sea, en última instancia, un acto de esperanza. Significa creer que el futuro puede ser distinto. Cada generación transmite a la siguiente no solo conocimientos, sino sueños. La educación es ese puente invisible entre lo que fue y lo que puede llegar a ser.

En tiempos donde predomina la prisa, educar exige paciencia. En una cultura de inmediatez, exige profundidad. En un mundo ruidoso, exige silencio reflexivo. La educación auténtica es lenta porque el crecimiento humano no admite atajos.

Defender la educación como arte de encender lo humano es un gesto casi subversivo. Implica afirmar que la persona vale más que la productividad. Que el pensamiento importa más que la obediencia. Que la dignidad supera al rendimiento.

Si queremos sociedades más justas, debemos comenzar por aulas más humanas. Si aspiramos a ciudadanos críticos, debemos permitir preguntas incómodas. Si deseamos convivencia, debemos enseñar respeto.

La educación no termina en la escuela. Continúa en la lectura, en el diálogo, en la experiencia cotidiana. Es un proceso permanente. Aprender es una forma de vivir.

Quizá nunca logremos un sistema perfecto. Pero cada maestro comprometido, cada estudiante curioso, cada libro abierto, mantienen viva la posibilidad. Y mientras exista esa chispa, la educación seguirá siendo el arte de encender lo humano.

Gilberto García M. Editor
                                 

miércoles, 25 de febrero de 2026

Fuga Inesperada

LA ANTEDILUVIANA

Por Gilberto García Mercado

Alegre como estaba, no podía decir mucho. El brillo de sus ojos y la respiración entrecortada hicieron que las palabras se le amontonaran en la boca. Amanda era una desconocida en aquel instante, la otra cara de la mujer campestre que vestía falda hasta las rodillas y que, con aire de santurrona, parecía siempre en conflicto con el amor.

Él la observó en el vecindario, caminar con el sigilo de quienes esperan demasiadas cosas de la vida.
«Qué mujer habrá detrás de esos ropajes», pensó, mientras la imaginaba con un vestido de baño en la playa.

Ella siguió altiva, sin advertir las miradas del hombre. En la brevedad de la tarde, él recordó poemas de Neruda. Y ahora las palabras se le agolpaban en la boca.

«Buenos días», había dicho. Luego se sentó en la misma mesa que ocupaba Sergio, en el Café Harrison. Como si lo conociera desde hacía años, habló del hombre de la esquina, el que vende perros calientes en la cafetería de la cuadra. El que siempre tiene una sonrisa en los labios.

—Tipo encantador, ese —dijo, tras una andanada de palabras. Ella apartaba de vez en cuando los mechones de cabello de la frente—. Se llama Sergio. Dígame algo de él, cuando lo conozca.

Desde entonces, no ha podido olvidar a la mujer.

Ella se levantó de la silla en el café, lo miró directo a los ojos, con una indiferencia apenas perceptible, y agregó:

—No lo olvide. Dígame algo de él cuando lo conozca.

Supo entonces que era una chica solitaria y extraña. Que habitaba el piso de abajo, en la casa de las Maldonado. Cuando no estaba en la repostería, de la cual derivaba su sustento, permanecía en el apartamento leyendo novelas de Faulkner y Cortázar.

No parecía tener contactos ni relación alguna con nadie. Podía ser desterrada en cualquier momento y nadie advertiría su ausencia. Alguien podría preguntar por ella y nadie respondería que, en el piso de abajo de la casa de las Maldonado, habitaba aquella mujer.

Evoca la luz de sus ojos, la cadencia y la modulación con que hablaba, luego de revelarle su gran descubrimiento.

—El amor —confesó la mujer—. He descubierto el amor. Es Sergio, el joven que vende perros calientes en la cuadra.

Tuvo que hacer un gran esfuerzo para mantener la calma, sobre todo para descifrar el lenguaje de la dama en medio de su alegría desbordada. Allí, en el Café Harrison, Sergio no advirtió el cielo nublado ni la tarde descompuesta, ni los pasos apresurados de la gente ante la inminencia de la lluvia.

—He descubierto el amor —insistió la mujer.

No fue sino hasta que el cielo se aclaró y las nubes se replegaron en alguna parte, cuando Sergio tuvo noción de la realidad.

La noche descendía cuando creyó verla elevarse. Amanda ascendía entre las nubes con unas alas enormes, ajenas al peso del mundo, como si perteneciera a un tiempo anterior a las palabras.

Desde algún lugar impreciso, su voz seguía nombrándolo.

—Sergio, el joven que vende perros calientes en la cuadra.

Y él supo que el amor, cuando se revela, no siempre pide ser comprendido.
Gilberto García Mercado, Editor

martes, 24 de febrero de 2026

Hipócrita Anatomía


Bestiario del Poder:
Cuando el hombre se mira al espejo y gruñe

Por Gilberto García Mercado

Comparar al hombre con los animales no es rebajarlo; a veces es describirlo con brutal exactitud. Si el hombre fuera perro, movería la cola ante el amo del poder y mordería la mano del débil. Si fuera águila, volaría alto no para contemplar el paisaje, sino para vigilar desde arriba a quién lanzarse en picada. Y si fuera piraña, nadaría en cardumen, oliendo la sangre del adversario, despedazándolo en nombre de la supervivencia. Lo inquietante es que no somos bestias. Somos seres racionales. Podemos pensar antes de actuar. Podemos frenar el zarpazo. Y, sin embargo, nuestra fisonomía moral —esa arquitectura invisible del deseo— parece inclinarse con sospechosa frecuencia hacia lo incorrecto. Como si el instinto tuviera mejor prensa que la conciencia. 
Desde los albores de la historia, el poder ha sido la fruta prohibida más codiciada. En la Biblia, Caín mata a Abel no solo por celos, sino por la herida narcisista de no ser el elegido. El rey David envía a Urías al frente de batalla para quedarse con Betsabé. Judas vende a su maestro por treinta monedas. La fiebre del poder no es moderna; es tan antigua como el miedo a no ser nadie. Y cuando esa fiebre se mezcla con riqueza, el cóctel resulta embriagante. Lo supo Adolf Hitler, cuya ambición desbordada convirtió a una nación herida en maquinaria de exterminio. El ansia de dominio no le bastó con gobernar; necesitó arrasar. El poder, cuando no encuentra límite moral, se vuelve religión personal. 
Algunos pensadores han estudiado este apetito con lupa clínica. Yuval Noah Harari ha reflexionado sobre cómo las ficciones colectivas —dinero, nación, liderazgo— sostienen estructuras de poder. Hannah Arendt diseccionó la banalidad del mal y mostró que el horror puede administrarse desde un escritorio. Robert Greene publicó manuales descarnados sobre las leyes del poder, casi como si escribiera un tratado zoológico del depredador humano. Y Jordan Peterson ha hablado del orden, el caos y la jerarquía como impulsos inscritos en nuestra biología. No son novelistas del escándalo: son anatomistas del deseo. 
En Colombia, el debate se vuelve cercano y punzante. El caso de Álvaro Uribe Vélez divide opiniones. Hay quienes creen que, tras haber ocupado la presidencia y gozar de una pensión generosa, debería retirarse a la vida privada. Otros defienden su derecho a seguir participando en política. El hecho es que la ambición pública rara vez se jubila. Algo parecido ocurre con Abelardo de la Espriella, abogado próspero y empresario que ha manifestado aspiraciones presidenciales. ¿Por qué alguien con fortuna asegurada desea todavía el vértigo del poder? ¿Es servicio, vocación, ego, redención? ¿O una mezcla indescifrable de todo? 
Se ha hecho popular la frase de que hay personajes que, aunque gastaran mil millones de pesos diarios hasta su muerte, seguirían siendo ricos. La riqueza, en esos casos, parece eterna. Pero la historia está llena de magnates que lo tuvieron todo y se arruinaron. Bernie Madoff pasó de gurú financiero a símbolo de estafa colosal. Elizabeth Holmes prometió revolucionar la medicina y terminó condenada por fraude. El poder económico, cuando se alimenta de engaño, se convierte en castillo de arena. Otros fueron más lejos: Pablo Escobar amasó una fortuna obscena y bañó de sangre su imperio. La fiebre de riqueza y control no solo arruina reputaciones; arrasa vidas. 
Y están las historias de seducción y ascenso, donde el deseo se disfraza de romance. Eva Perón transformó su cercanía al poder en influencia política real, convirtiéndose en figura central de un proyecto nacional. Imelda Marcos hizo del lujo y la cercanía al poder un símbolo polémico de exceso. En estos relatos, la ambición no siempre es crimen; a veces es estrategia, otras veces vanidad, y en ocasiones, simple supervivencia en un mundo que premia al más audaz. 
Garavito, La Bestia
Entonces, ¿es la riqueza una enfermedad? No necesariamente. El dinero es herramienta. El poder, posibilidad. Lo patológico surge cuando se convierten en identidad. Cuando el hombre deja de ser hombre y se vuelve perro que defiende su hueso, águila que no tolera otra sombra en el cielo o piraña que no distingue entre hambre y codicia. La avaricia no siempre grita; a veces sonríe en campaña, promete redención y habla de servicio mientras calcula beneficios. 
Quizás el problema no sea que tengamos instintos animales, sino que, a diferencia de ellos, sabemos lo que hacemos. Ellos matan por hambre; nosotros, por ideología, por orgullo, por acumulación. Y aun así nos llamamos racionales. Tal vez la verdadera crisis de valores no sea la ausencia de normas, sino la facilidad con que las acomodamos a nuestra conveniencia. 
La pandemia de COVID-19 dejó más de siete millones de muertes confirmadas en el mundo, según cifras oficiales, y millones más en estimaciones indirectas. Fue una tragedia global que expuso fragilidades sanitarias, económicas y morales. Algunos sostienen que fue un hecho aislado; otros, más suspicaces, hablan de nuevos órdenes mundiales y teorías de laboratorio. Entre el miedo y la desinformación, la humanidad volvió a mostrar su doble rostro: solidaridad y oportunismo, ciencia y sospecha. 
G, García, Escritor
Y ahora, cuando el polvo parece asentarse, queda una pregunta suspendida como vuelo de águila sobre el abismo: ¿aprendimos algo o seguimos siendo pirañas con traje y corbata? ¿Fue la pandemia un episodio más de nuestra historia convulsa o el preludio de un reacomodo global diseñado en las sombras? La respuesta, quizá, no esté en los laboratorios ni en los palacios presidenciales, sino en esa decisión íntima y diaria donde cada hombre elige si ladra, devora… o piensa antes de actuar.

lunes, 23 de febrero de 2026

Una Tradición que Premia la Palabra



CONCURSO LITERARIO “LA FELGUERA” 2026

En tiempos donde la prisa arrasa y la superficialidad se impone, aún existen espacios donde la literatura conserva su fuego. Desde Asturias, España, regresa una convocatoria con historia, prestigio y permanencia: el Concurso Literario “La Felguera”, que en 2026 celebra su LXXVII edición.

Una cifra que no es solo número: es tradición, continuidad y fe en la narrativa breve.

Convoca la Sociedad de Festejos San Pedro, institución cultural que año tras año abre sus puertas a escritores del mundo hispanohablante.

El certamen otorgará:

🏆 4.000 EUROS AL MEJOR RELATO

Un premio único, indivisible, que reconoce excelencia, profundidad y dominio del oficio.
✍️ ¿Quiénes pueden participar?
Autores y autoras mayores de edad, sin distinción de nacionalidad, que escriban en lengua española.
El tema es libre.
La única exigencia real es la calidad.
📄 Condiciones del Relato:
Un solo texto por autor/a.
Inédito y no premiado anteriormente.
Extensión: entre 6 y 8 páginas.
Formato A4.
Times New Roman, 12 puntos.
Doble espacio.
Sin artificios formales ni recursos para “engrosar” el texto.
Aquí no se premia el volumen: se premia la intensidad.
🗓 Plazo de envío
📌 Desde el 15 de noviembre de 2025
📌 Hasta el 28 de febrero de 2026 (23:59 h)
El fallo será anunciado en mayo de 2026.
📩 Envío Electrónico
Los trabajos deben enviarse a:
cuentos@festejossanpedro.com
En el asunto del correo:
Cuentos 2026 – Título – Seudónimo
Adjuntar:
El relato en formato DOC o DOCX.
Archivo aparte (Plica) con datos personales y breve currículum literario.
⚖️ Sobre el Premio
El galardón está sujeto a la legislacion tributaria española, será entregado durante el Pregón de apertura de las Fiestas de San Pedro 2026.
La decisión del jurado será inapelable. El premio podrá declararse desierto si la calidad no alcanza el nivel esperado.
Porque en la literatura, a veces, el silencio también es una forma de justicia.
📚 Derechos
La obra premiada pasará a ser propiedad de la entidad convocante, que adquirirá sus derechos de reproducción y edición.
En La Calvaria Literariam celebramos y difundimos aquellas convocatorias que mantienen vivo el rigor, la tradición y el compromiso con la palabra escrita.
Si tienes un relato que arde en la mesa, si hay una historia que no te deja dormir, este puede ser su destino.
📌 Convoca: Sociedad de Festejos San Pedro.
📍 País: España

En La Calvaria Literatura creemos en los concursos que resisten el paso del tiempo. Setenta y siete ediciones no son una casualidad: son una declaración de permanencia.
Difundir esta convocatoria no es un acto mecánico de agenda cultural; es una invitación a escribir con rigor, a enviar lo mejor que se tenga, a medirse con la tradición y con uno mismo.
La narrativa breve exige precisión, tensión y oficio. No hay espacio para el descuido ni para la retórica vacía. Cada página debe sostenerse como una estructura viva.
Celebramos certámenes que premian la calidad y no la complacencia. Que, incluso, se reservan el derecho de declarar desierto el premio si la obra no alcanza el nivel esperado. Esa exigencia es saludable para la literatura.
A nuestros lectores y colaboradores: si tienen un relato que verdaderamente los representa, que no lo duden. Participar también es una forma de afirmación literaria.

La palabra, cuando es honesta, siempre encuentra su lugar.

Gilberto García Mercado             

Ciencia de la Especulación

NOS MIRAN DESDE LA LUZ
(Y SE RÍEN BAJITO)
 
Por Gilberto García Mercado


Mucho antes de que la palabra “ovni” sonara a sigla burocrática o a expediente desclasificado, la humanidad ya levantaba la vista con sospecha. En las cavernas no hay platillos voladores dibujados con matrícula interestelar —que sepamos—, pero sí hay cielos pintados con reverencia y temor. Los antiguos sumerios hablaban de los Anunnaki; los romanos describieron en sus crónicas “escudos ardientes” cruzando el firmamento; en el año 1561, en Núremberg, se registró una supuesta batalla aérea de objetos luminosos que dejó a más de uno con el desayuno a medio digerir. El cielo siempre ha sido escenario y enigma. Y el ser humano, testigo predispuesto.

En la literatura, los extraterrestres aparecieron mucho antes de que la ciencia tuviera telescopios respetables. En el siglo II, Luciano de Samosata escribió Historia verdadera, donde narraba viajes a la Luna y guerras interplanetarias con una ironía tan fina que aún hoy parece moderna. Más tarde, en el siglo XVII, Johannes Kepler imaginó en su Somnium criaturas lunares que sobrevivían a cambios extremos de temperatura. El siglo XIX ya no se anduvo con metáforas: H. G. Wells publicó La guerra de los mundos y nos puso a correr despavoridos ante marcianos poco diplomáticos. Y en el XX, H. P. Lovecraft nos sugirió que lo verdaderamente terrible no era que vinieran de lejos, sino que siempre hubieran estado aquí, agazapados en dimensiones que apenas rozamos con la imaginación.

Pero el término moderno —OVNI, objeto volador no identificado— tomó vuelo tras un incidente célebre en 1947, cuando el piloto Kenneth Arnold describió objetos “como platillos saltando sobre el agua” en el cielo de Washington. Poco después, el famoso caso de Roswell convirtió al desierto en un teatro de sospechas: ¿globo meteorológico o nave caída con tripulantes poco conversadores? Desde entonces, la cultura popular decidió que el universo tenía visitantes y que, además, preferían aterrizar en zonas áridas y discretas.

Ahora bien, si aceptamos —aunque sea por un instante literario— que estos seres existen, surge la hipótesis que más me seduce: que no viajan en naves, sino en estados de desmaterialización. No se desplazan como nosotros, atravesando distancias con combustible y paciencia, sino convirtiéndose en pura información luminosa. Seres que vibran en frecuencias invisibles, que se pliegan sobre el espacio-tiempo como quien dobla una servilleta. Viajarían a la velocidad de la luz no como quien pisa el acelerador, sino como quien regresa a su estado natural. Y si la luz no envejece, ellos tampoco. Inmortales no por capricho biológico, sino porque no están hechos de carne sino de energía consciente.

Imaginemos tres escenas.

La primera: un campesino colombiano, de esos que madrugan antes que el gallo, ve una esfera suspendida sobre el maizal. No emite ruido, no quema, no deja huellas. Solo observa. El hombre siente una paz extraña, como si alguien hubiera apagado el volumen del mundo. La esfera palpita y desaparece, no alejándose, sino diluyéndose. A la mañana siguiente, el maíz está intacto, pero él ya no mira el cielo con ingenuidad. Sabe que fue contemplado.

La segunda: una niña en Tokio despierta en mitad de la noche. Una figura translúcida, casi humana, está junto a su cama. No tiene ojos, pero ella siente que la mira con infinita curiosidad, como quien observa una obra en progreso. La figura se inclina, toca su frente con una luz tenue y se esfuma. La niña crecerá obsesionada con la física cuántica. ¿Sugestión? ¿Sueño? ¿Semilla sembrada?
La tercera: un piloto comercial cruza el Atlántico. En los radares aparece un eco imposible, una presencia que viaja a velocidades absurdas, que se detiene en seco y luego desaparece. Años después, ya jubilado, confesará que aquella noche no sintió miedo, sino la incómoda certeza de que la humanidad es apenas una nota al pie en un libro cósmico.
Documentación hay, y en abundancia. Desde el antiguo Proyecto Blue Book hasta informes más recientes del Departamento de Defensa de los Estados Unidos, el fenómeno ha sido estudiado con mezcla de escepticismo y fascinación. En 2020, el Pentágono reconoció la existencia de programas dedicados al análisis de fenómenos aéreos no identificados, y en 2022 se formalizó la oficina conocida como All-domain Anomaly Resolution Office (AARO), destinada a investigar incidentes extraños en cielo, mar y espacio. Antes, el debate público se agitó con revelaciones sobre el Advanced Aerospace Threat Identification Program (AATIP), un programa del Departamento de Defensa que examinó encuentros inexplicables. La palabra “extraterrestre” no aparece en los comunicados oficiales, pero el misterio sí.

Y si su tecnología es superior —cosa probable si nos visitan desde años luz— ¿cómo se desplazarían? Tal vez no crucen el espacio, sino que lo plieguen. La física teórica ya especula con agujeros de gusano y curvaturas extremas del espacio-tiempo. Para una civilización milenaria, nuestras leyes serían apenas sugerencias. Podrían atravesar océanos sin perturbar una ola, observar nuestras ciudades sin activar una cámara de seguridad, coexistir en una capa de realidad que no registran nuestros sentidos.

¿Nos consideran indefensos? Es posible. También es posible que nos contemplen con una mezcla de ternura y desconcierto. Somos una especie que discute en redes sociales mientras intenta descifrar el genoma y enviar sondas a Marte. Somos contradictorios, brillantes y torpes. Tal vez nos vean como un experimento interesante: una civilización en fase adolescente, capaz de poesía y de guerra con la misma facilidad.

¿Son invisibles? No necesariamente invisibles, sino fuera de fase. Como estaciones de radio que no sintonizamos. Cuando, por accidente o curiosidad, coinciden nuestras frecuencias, los vemos: luces en el cielo, sombras en habitaciones, ecos en radares. Luego vuelven a su discreto anonimato.

En cuanto a gobernantes obsesionados con el tema, la historia reciente señala a Jimmy Carter, quien afirmó haber visto un objeto extraño antes de ser presidente y prometió mayor transparencia sobre los expedientes ovni. También Ronald Reagan habló en varias ocasiones sobre la posibilidad de una amenaza extraterrestre que uniría a la humanidad. ¿Convicción personal o retórica estratégica? Difícil saberlo. El misterio, como buen diplomático, no deja actas firmadas.

Y aquí surge la pregunta inevitable: si son tan desarrollados, ¿por qué no nos han colonizado? La respuesta jocosa sería que nos observan como quien mira un documental interesante pero no desea mudarse al hábitat del protagonista. Tal vez nuestra atmósfera les resulte incómoda, o nuestra violencia, aburrida. O quizá su ética cósmica les impida intervenir en civilizaciones en desarrollo, como quien no interrumpe el crecimiento de una planta para ver si florece sola.

Existe otra posibilidad menos halagadora: que nuestro desarrollo tecnológico les importe un bledo. Somos ruido en una galaxia ruidosa. Un planeta más con criaturas que inventaron el café y la bomba atómica. Puede que estén esperando. No para invadir, sino para ver si superamos la prueba básica de la convivencia.

Mientras tanto, seguimos mirando al cielo. Con telescopios, con radares, con imaginación. Y cada tanto, una luz cruza la noche y alguien dice haber visto lo inexplicable. Tal vez sea un fenómeno atmosférico. Tal vez un dron entrometido. O tal vez, solo tal vez, una conciencia antigua que se asoma, nos estudia y sonríe con indulgencia luminosa.

Porque si existen, y si son inmortales, y si viajan desmaterializándose en la velocidad de la luz, quizá lo más inquietante no sea su tecnología, sino su paciencia. Han esperado millones de años. Pueden esperar un poco más.

Y nosotros, mientras tanto, seguiremos escribiendo artículos, firmándolos con solemnidad terrenal, intentando descifrar si en el silencio del cosmos hay alguien que nos lea por encima del hombro y se ría bajito.

Narrativa la Calvaria



ARDE BOSTON


 Por Gilberto García Mercado


El hombre despertó a las seis de la mañana.Miró el reloj de pared con fastidio, como si pudiera convencerlo de avanzar tres horas de un salto.        
—Las seis en punto… Mejor hubiera despertado a las nueve.
Hasta que doña Helena se levantara y preparara el desayuno, el tiempo sería una condena. El barrio seguía dormido. Boston amanecía con un cielo tan limpio que parecía mediodía, pero apenas clareaba. 
Pablo salió al patio. El hambre comenzaba a morderle el estómago. 
—No debo pensar en el hambre —murmuró—. Si uno es indiferente, el hambre se va.
Mentía. 
La puerta de la calle estaba asegurada con rejas de hierro y dos candados gruesos. Desde que los pandilleros comenzaron a irrumpir en las casas, el barrio adoptó aquella costumbre: atrincherarse. Boston aprendió a cerrarse por miedo.                  Pero hay cosas que ninguna reja detiene.
Y te arrojarán al mar de las amarguras.
Te ahogarás antes de que mamá despierte. 
“Ven a desayunar, hijo”, dirá, como si el mundo fuera un sitio limpio. 
¿Recuerdas a los Gómez? ¿El dinero que les robaste? ¿Recuerdas la sangre en el callejón de la señora Mayo? 
Las condenas fueron irrisorias. Siempre aparecía alguien que te defendía. Siempre mamá vendía algo. El pequeño patrimonio familiar se deshacía en abogados y fianzas. 
—La vida es así —decías—. Si no, no sería mundo. 
Pero el mundo no olvida.
Yo era el hermano mayor.
El que se encerraba en el cuarto a escribir mientras tú regresabas drogado, creyéndote invencible. 
Compraba libros usados en el Centro. Regateaba por un García Márquez o un Cortázar como si en esas páginas estuviera la clave de la salvación.
Tú incendiabas noches.
Yo incendiaba papeles. 
Nadie respetaba lo que hacía. Mis manuscritos servían para secarse el sudor. A veces pensé que mi encierro también fue una forma de cobardía.
¿Debí detenerte?
¿Debí vigilar el mar embravecido en el que tu nave naufragaba?
Treinta años pueden comprimirse en una hora.
Te veo niño, bajando del viejo Chevrolet, agarrado de la mano de mamá. Te veo adulto, pateando puertas, regresando con dinero sucio y una sonrisa insolente.
Te creías un superhéroe. El rey de Boston.
Pero Boston también arde por dentro. 
El calor comenzó como un rumor.
Un leve chasquido eléctrico en el techo. Una corriente que se cruzó donde no debía.
Pablo sintió que el aire se espesaba. Se quitó la camisa. Luego la franelilla.
La casa parecía respirar fuego. 
—Mamá despertará pronto —se dijo. 
Siempre despertaba a las nueve. Siempre pronunciaba la misma frase, como una absolución:
“Ven a desayunar, Pablo.”
Esa frase borraba la noche.
Borraba las víctimas.
Borraba la culpa.
Pero hoy el tiempo no retrocede. 
Yo también envejecí esperando.
Esperando que alguien llamara para publicar mis cuentos. Esperando que mi nombre apareciera en letras doradas en una librería importante. Esperando que Marcela regresara.
Mi padre murió preguntándome si quería morirme de hambre siendo escritor.
Tú elegiste el crimen.
Yo elegí la espera.
Ambos ardimos. 
El fuego descendió por el cableado como una sentencia.
Primero humo.
Después una llamarada en la sala.
Las rejas que protegían se volvieron trampa.
Pablo intentó levantarse de la poltrona. El calor lo envolvía como una manta de castigo. Los candados seguían puestos. La llave estaba en el cuarto de mamá.
El humo bajó rápido.
Por primera vez, sintió miedo sin soberbia.
“Pero si tengo la puerta cerrada, nadie entrará”, pensó.
No era alguien quien venía por él.
Era el destino. 
Yo desperté con el olor a quemado.
Salí del cuarto tosiendo. La casa ya era un horno.
Escuché un golpe. Luego otro.
Pablo forcejeaba con la puerta.
—¡David! —gritó.
Nunca me llamaba cuando regresaba de madrugada. Nunca me llamaba cuando golpeaba puertas ajenas. Nunca me llamaba cuando acuchillaba sombras.
Ahora gritaba.
Intenté avanzar hacia la sala, pero el fuego me obligó a retroceder. El techo crujía. Las cortinas eran lenguas encendidas.
Mamá salió de su cuarto desorientada.
—Voy a preparar tortas para Pablo…
La frase quedó suspendida en el humo. 
Boston ardía.
Las sirenas tardaron.
Los vecinos gritaban detrás de sus propias rejas.
Las casas, tan protegidas, eran jaulas ardientes.
Desde la calle vi cómo el humo devoraba las ventanas.
Pensé en los Gómez.
Pensé en la sangre que alguna vez corrió por la esquina.
Pensé en mi silencio. 
Cuando lograron abrir la puerta principal, ya era tarde.
Sacaron primero a mamá.
Después a Pablo.
El cuerpo ennegrecido, los ojos abiertos como si todavía intentara comprender.
No hubo júbilo en el barrio.
Nadie celebró.
Solo un silencio pesado. 
Días después, regresé a lo que quedó de la casa.
Entre cenizas encontré restos de mis cuadernos chamuscados. Palabras incompletas. Frases a medio escribir.
Treinta años encerrado esperando reconocimiento.
Treinta años escribiendo sobre tu violencia.
Treinta años sin vivir.
Marcela apareció bajo la lluvia el día del entierro. Me habló de un artículo mío publicado tiempo atrás. Sonrió con una tristeza antigua. 
—No te olvides de vivir, David —me dijo.
No supe qué responder. 
Comprendí entonces que uno también puede incendiar su vida sin prender fuego.
Tú ardías por exceso.
Yo ardía por omisión.
Boston fue solo el escenario.
La verdadera combustión empezó mucho antes: el día en que bajaste del viejo Chevrolet y aceptaste aquel cigarrillo, el día en que yo cerré mi puerta para escribir en vez de salir a buscarte. 
Hoy despierto a las seis.
Ya no espero el desayuno.
El reloj avanza.
El barrio reconstruye sus rejas.
Pero cada amanecer recuerdo el calor, el humo, tu grito llamándome.
Y entiendo que el fuego no fue castigo ni accidente.
Fue la suma.
La suma de tus crímenes.
La suma de mi silencio.
La suma del amor ciego de mamá.
Boston ardió una sola noche.
Nosotros llevábamos ardiendo toda la vida.
Gilberto García Mercado

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