domingo, 17 de mayo de 2026

De la IA y Otras Fatalidades

 



ENCUESTA LA CALVARIA LITERATURA

 

¿Desaparecerá el libro impreso?

 


Durante siglos, los libros de papel han sobrevivido a guerras, incendios, censuras y revoluciones tecnológicas. Pero hoy las pantallas dominan el mundo y muchos aseguran que el futuro será completamente digital.
 
Algunos creen que el libro físico terminará convertido en una reliquia romántica. Otros afirman que jamás desaparecerá el placer de tocar sus páginas, olerlas y subrayarlas.
¿Usted qué piensa?
Sí. El libro impreso desaparecerá lentamente.
No. El libro de papel sobrevivirá siempre.
Ambos formatos convivirán.
Los jóvenes ya no tienen interés por la lectura profunda.
El problema no es el formato: es que cada vez se lee menos.
Déjenos su comentario y explique por qué. 
Las opiniones más interesantes serán destacadas en Con-Fines Culturales. 
“Quizás estamos viendo el principio del fin… o el renacimiento del libro.”

De Genios e Inventivas

 

Los Hombres que le Robaron 
Oscuridad al Mundo 


Por Gilberto García Mercado




Hubo un tiempo en que la noche era una bestia negra. Las ciudades se apagaban temprano, las cartas tardaban semanas en llegar, una infección sencilla podía convertirse en sentencia de muerte y los caminos eran trochas interminables de barro y cansancio. Entonces aparecieron unos hombres extraños, testarudos, medio locos, con ojeras de lámpara y manos de taller. Hombres que, sin proponérselo del todo, terminaron cambiando el destino de la humanidad.
Thomas Edison — El Hombre Que Domestificó El Relámpago

Thomas Edison nació en 1847, en una pequeña casa de Ohio, cuando Estados Unidos todavía olía a carbón húmedo y a guerra próxima. De niño era inquieto, distraído y preguntón hasta el cansancio. En la escuela duró poco: sus maestros lo consideraban lento. Su madre, una mujer obstinada y luminosa, decidió enseñarle en casa. Ahí empezó todo.

Edison tenía la costumbre peligrosa de desmontarlo todo. Relojes, juguetes, botellas, cables. Era un niño con alma de huracán. Vendía periódicos en trenes para ganar dinero y convertir vagones abandonados en pequeños laboratorios. Más de una vez provocó incendios diminutos por sus experimentos absurdos. Desde joven entendió que el fracaso era apenas una puerta mal cerrada.

La época que le tocó vivir hervía de fábricas, humo y ambición. Estados Unidos crecía como un gigante desordenado. Las ciudades necesitaban luz. Las calles pedían extender el día. Y Edison, terco como mula vieja, se encerró miles de noches buscando un filamento que no muriera tan rápido.

Dormía poco. Comía a deshoras. Era intenso, competitivo y maniático. Podía pasar horas en silencio mirando una bombilla como quien observa un eclipse. Su vida sentimental fue complicada: se casó dos veces, pero el trabajo devoraba casi todo. Para Edison, el amor parecía tener forma de laboratorio.

Cuando por fin la luz eléctrica comenzó a iluminar hogares, el mundo dejó de temerle tanto a la noche. La oscuridad retrocedió como un ejército vencido.
Alexander Graham Bell — El hombre que atrapó la voz humana

Alexander Graham Bell nació en 1847, en Escocia, entre libros, silencios y sonidos extraños. Su familia trabajaba enseñando dicción y lenguaje. Su madre era sorda, y quizá por eso Bell creció obsesionado con los misterios de la voz humana. Mientras otros niños perseguían pelotas, él perseguía ecos.

Era tímido, sensible y profundamente curioso. De muchacho construía máquinas absurdas con su hermano. Una vez inventaron un aparato para limpiar trigo usando cepillos giratorios. Bell parecía vivir con la cabeza metida en un sueño mecánico.

Pero la tragedia lo rodeó temprano. Sus hermanos murieron de tuberculosis y la familia emigró a Canadá buscando aire más limpio y una vida nueva. Luego se trasladó a Boston, donde Bell enseñó a personas sordas. Allí conoció el silencio verdadero: ese silencio inmenso que no puede romper ni una tormenta.

Bell hablaba poco, pero pensaba muchísimo. Era romántico, delicado y algo distraído. Se enamoró de una de sus alumnas sordas, Mabel Hubbard, quien terminaría siendo su esposa y apoyo fundamental. Ella creyó en él incluso cuando muchos consideraban ridícula la idea de transmitir voces por cables.

La sociedad de entonces avanzaba a vapor. Había trenes, telégrafos y fábricas rugiendo como monstruos metálicos. Sin embargo, las distancias seguían siendo crueles. Las noticias viajaban lento. Las despedidas eran eternas.

Bell trabajó hasta el agotamiento. Probó cables, membranas, vibraciones. Y un día, casi por accidente, una frase atravesó el alambre y cambió la historia:

—“Señor Watson, venga aquí, quiero verlo”.

La voz humana había aprendido a viajar sin cuerpo.
Alexander Fleming — El hombre que Encontró Vida en el Moho

Alexander Fleming vino al mundo en 1881, en una granja humilde de Escocia. Su infancia fue verde, lluviosa y silenciosa. Caminaba kilómetros para llegar a la escuela, cruzando campos donde las vacas parecían pensar más que las personas.

No era un estudiante brillante en apariencia. Más bien callado, observador y paciente. Tenía el tipo de inteligencia que florece despacio, como los árboles viejos. Después de servir como médico militar en la Primera Guerra Mundial, vio morir soldados por infecciones miserables. Hombres que sobrevivían a las balas pero no a las bacterias.

Aquella guerra dejó a Europa llena de viudas, humo y hospitales desbordados. Fleming regresó con rabia y tristeza. Sabía que la medicina estaba perdiendo demasiadas batallas invisibles.

Trabajaba en laboratorios modestos, entre frascos desordenados y cultivos olvidados. Tenía fama de poco organizado. Precisamente esa distracción legendaria terminó cambiando el mundo. Un día descubrió que un moho accidental había matado bacterias en una placa abandonada.

Muchos habrían tirado aquello a la basura.

Fleming no.

Era reservado, humilde y más bien incómodo frente a la fama. No buscaba convertirse en héroe. Solo quería entender. Su vida sentimental fue tranquila comparada con otros científicos atormentados. Prefería los silencios largos y el trabajo constante.

La penicilina salvó millones de vidas. Después de ella, una herida dejó de parecer una condena divina.
Henry Ford — El hombre que puso ruedas al sueño humano

Henry Ford nació en 1863, en una granja de Michigan, cuando los caballos todavía gobernaban el mundo. Desde niño odiaba las labores del campo. Mientras su padre soñaba con verlo agricultor, Ford desarmaba relojes para entender sus entrañas diminutas.

Era obstinado, seco en ocasiones y obsesivo con el tiempo. La lentitud lo desesperaba. Quería máquinas rápidas, precisas, infalibles. Trabajó como aprendiz de mecánico y luego como ingeniero en fábricas que olían a aceite y hierro caliente.

La revolución industrial avanzaba con ferocidad. Las ciudades crecían, pero moverse seguía siendo complicado. Los automóviles existían, sí, pero eran juguetes de ricos.

Ford tuvo una idea casi insolente: fabricar carros baratos para la gente común.

Fracasó varias veces. Inversionistas lo abandonaron. Se burlaban de él porque hablaba como campesino y tenía maneras bruscas. Pero Ford poseía una disciplina brutal. Dormía poco y repetía procesos hasta la obsesión.

Su matrimonio con Clara Bryant fue una especie de refugio emocional. Ella soportó sus ausencias, sus manías y sus silencios industriales. Ford podía parecer frío, aunque por dentro ardía como motor recién encendido.

Cuando perfeccionó la cadena de montaje y lanzó el Modelo T, el mundo comenzó a moverse distinto. Las distancias se hicieron más cortas. Los caminos adquirieron velocidad. El hombre dejó de depender del caballo y empezó a perseguir horizontes.

Y así quedaron unidos para siempre estos cuatro hombres extraños.

Edison encendió las calles para que Ford pudiera recorrerlas de noche. Bell permitió que los conductores llamaran a sus familias desde ciudades lejanas. Fleming salvó a los accidentados y a los enfermos de aquellas fábricas iluminadas por Edison. Y Ford llenó de carreteras el mundo donde las voces de Bell viajaban invisibles.

Ninguno fue perfecto. Todos tuvieron defectos, tristezas y obsesiones. Pero juntos hicieron algo extraordinario: lograron que la humanidad caminara más rápido, hablara más lejos, viviera más tiempo y le tuviera menos miedo a la oscuridad.

sábado, 16 de mayo de 2026

¿Mito o Verdad?



Manual Urgente Para Sobrevivir
a los Agüeros sin Morir del Susto


Por Gilberto García Mercado

 

Hay personas que no salen de casa si un gato negro les atraviesa el camino. Otras sienten que el universo entero se les viene encima cuando rompen un espejo o riegan la sal sobre la mesa. Y están también los expertos en tragedias domésticas que aseguran que abrir un paraguas dentro de la casa equivale a invitar siete años de calamidades y visitas inoportunas.
Pero la gran pregunta es esta. ¿Los agüeros se cumplen porque existen o porque nosotros mismos comenzamos a perseguirlos como detectives nerviosos? 
Piense en esto. Usted rompe un espejo por accidente. De inmediato recuerda aquello de los siete años de mala suerte y desde ese momento empieza a caminar como si estuviera atravesando un campo minado. Se golpea el dedo pequeño contra la cama y dice “ya empezó”. Se le quema el arroz y piensa “el espejo me condenó”. Hasta el perro lo mira raro y usted sospecha que la tragedia ya tomó posesión de la sala. 
Lo mismo ocurre con derramar sal. La persona queda tan predispuesta al desastre que cualquier pequeño problema parece señal del apocalipsis. Si además un gato negro aparece cerca ya empiezan a sonar trompetas invisibles en la cabeza. 
Y qué decir de pasar debajo de una escalera. Muchos la rodean como si arriba estuviera esperando un piano dispuesto a caerles encima. 
Tal vez los agüeros no tengan poderes mágicos. Tal vez el verdadero hechizo sea nuestra imaginación trabajando horas extras y convirtiendo simples accidentes en novelas de terror doméstico. 
Aunque siendo sinceros hay algo inquietante en todo esto. Porque después de leer estas líneas quizá usted ya esté pensando cuidadosamente dónde pone la sal y mirando de reojo a los gatos negros de la calle. 
Y entonces dígame. ¿Le gustaría predisponerse a cierto agüero para evitar que le pase?

Don Quijote

 

El Fantasma Agradecido de Cervantes


Por Gilberto García Mercado 

 

 

En una España olorosa a vino agrio y establos húmedos nació un hombre flaco como una pregunta sin respuesta. Se llamaba Miguel de Cervantes Saavedra y vino al mundo en 1547 mientras los reyes dormían sobre terciopelos y los pobres soñaban con un pedazo de pan duro remojado en sopa. Nadie imaginó que aquel niño de mirada cansada iba a escribir el libro que terminaría cabalgando sobre los siglos como un caballo asmático pero inmortal.

La tierra donde creció Cervantes era un teatro de soldados mutilados, curas severos y tabernas llenas de fanfarrones. España se sentía dueña del planeta mientras el oro de América entraba por los puertos y la miseria se colaba por las ventanas. Los poetas escribían versos empolvados para nobles perfumados y los escritores famosos del momento caminaban inflados como pavos reales. Allí estaban Lope de Vega con su fama de relámpago y Quevedo disparando palabras como cuchillos de cantina. Cervantes mientras tanto sobrevivía como podía. Fue soldado y perdió el movimiento de una mano en la batalla de Lepanto. Más tarde cayó preso de piratas y pasó años mirando el mar desde una cárcel en Argel mientras soñaba con escapar montado en una nube.

Aquel hombre parecía perseguido por una mala estrella. Trabajó cobrando impuestos y terminó varias veces en prisión porque las cuentas nunca cuadraban y porque la pobreza suele ser acusada hasta cuando bosteza. Dicen algunos historiadores que fue precisamente en una cárcel donde comenzó a imaginar a un hidalgo loco que confundía ventas con castillos y prostitutas con princesas. Allí nació Don Quijote de la Mancha como nacen las tormentas y las carcajadas. Primero tímido y luego inevitable.

Cuando el libro apareció en 1605 el planeta era un lugar áspero y supersticioso. Había pestes, guerras y hogueras religiosas. Los hombres discutían sobre el honor mientras escondían piojos bajo las pelucas. Entonces llegó aquel caballero huesudo montado en Rocinante y acompañado por Sancho Panza que era redondo como una empanada filosófica. El público comenzó a reír. Los nobles se sintieron retratados. Los campesinos encontraron en Sancho la voz de la barriga y del sentido común. Y los soñadores descubrieron que un loco podía ser más digno que mil personas sensatas.

El libro contaba la historia de Alonso Quijano un hombre que leía tantas novelas de caballería que terminó perdiendo el juicio. Decidió convertirse en caballero andante y salir a desfacer agravios por los caminos polvorientos de España. Confundió molinos con gigantes y rebaños con ejércitos enemigos. Pero debajo de aquellas escenas cómicas respiraba una tristeza inmensa. Don Quijote era un hombre luchando contra un mundo que ya no creía en la nobleza ni en los sueños. Era un loco hermoso intentando salvar la poesía en una época dominada por contadores y verdugos.

Cervantes nunca se volvió rico. Ahí está la ironía más feroz de la literatura. El hombre que escribió la novela más vendida de todos los tiempos murió en 1616 casi sin dinero y con el cuerpo agotado. Mientras Europa comenzaba a descubrir telescopios y continentes nuevos él apenas tenía fuerzas para despedirse de la vida. Murió el mismo año que Shakespeare como si el destino hubiese querido apagar dos velas gigantes en una misma noche.

Hay una anécdota deliciosa sobre Cervantes. Algunos enemigos decían que estaba viejo y acabado. Él respondía con una sonrisa torcida y escribiendo todavía más. Parecía un mendigo enfrentando al universo con una pluma de gallina. Lope de Vega que era célebre y admirado llegó a burlarse de él. El tiempo terminó haciendo justicia con esa lentitud elegante que tienen los siglos. Hoy el mundo entero sigue pronunciando el nombre de Don Quijote mientras muchos rivales de Cervantes duermen olvidados como zapatos viejos.

Y desde entonces algo extraño sucede. Cada lector que abre el libro escucha un ruido lejano de armaduras oxidadas y cascos de caballo. Algunos juran que por las noches aparece el fantasma de Cervantes sentado junto a la cama con una sonrisa burlona y un vaso de vino invisible entre las manos. No asusta a nadie. Apenas inclina la cabeza y da las gracias. Luego desaparece lentamente mientras Don Quijote sigue cabalgando por las páginas con la lanza rota y el corazón intacto.

viernes, 15 de mayo de 2026

Crónica Íntima

 

Ahora cae nieve sobre sus vidas



Por Gilberto García Mercado



Las madres de edad avanzada, de cabellos grises y rostros tiernos, han atravesado distintas estaciones de la vida. Primero fueron niñas que asistieron a la escuela y comenzaron a formar su carácter. Después llegaron los sueños juveniles, los primeros amores, las ilusiones y los esfuerzos por prepararse para la vida. Más tarde levantaron hogares y sembraron los cimientos sobre los cuales crecimos todos los hijos de este universo.

Son madres dignas y ejemplares. Mujeres sufridas y abnegadas. Cada una vivió su propia batalla silenciosa. Está la madre que rechazó su propia ración de pan para alimentar a su pequeño; la que pasó noches enteras en vela vigilando la fiebre del hijo enfermo; y también aquella que no cabía de felicidad cuando vio a sus hijos graduarse y abrirse camino en esta tierra áspera, fría y muchas veces injusta.

Ahora cae nieve sobre sus vidas.

Con estoicismo y valentía cumplieron la tarea de ser madres. Y nosotros, que alguna vez caminamos aferrados a la falda de aquella mamá joven, no nos cambiábamos por nada con tal de vivir ese instante de protección y ternura.

Cada quien guarda una manera distinta de recordar a esa mujer fuerte como el acero y dulce como el pan recién hecho. En mi caso particular, se me arruga el corazón al recordar a aquella mujer de mi infancia. No había dama más bella que aquella sonriente adolescente ante la cual parecían inclinarse todos los hombres que la miraban.

Aún hoy, en mis años de hombre maduro, llevo intacta en la memoria aquella imagen de mamá caminando por las calles de Fundación con su jean azul ajustado al cuerpo, despertando la admiración de quienes la contemplaban. Y yo, inocente y orgulloso, disfrutando aquel reconocimiento silencioso, quizá convencido de que tenía a la madre más hermosa del mundo.

Gracias a ellas somos lo que hoy somos. Nuestra paciencia, nuestras virtudes y aun nuestras fuerzas provienen muchas veces de su amor y comprensión.

Quienes todavía la tienen viva, ámenla siempre. Abrácenla mientras puedan. Porque hay un dolor lento y silencioso al descubrir que el tiempo comienza a marchitar aquello que creíamos eterno. No es fácil contemplar cómo los años van apagando sus energías. Sus movimientos ya no son los mismos. Sus cuerpos han envejecido; el cabello se vuelve un cono de nieve y sus pasos, antes firmes, ahora son indecisos y temblorosos.

Pero si de algo debemos estar seguros es de esto: hoy son más bellas que nunca.

Son las reinas del hogar, aun con sus arrugas y terquedad. En este siglo de redes sociales e internet, el recuerdo de quienes ya no tienen a sus madres debe ser el de aquella mujer bondadosa que sabía aliviar nuestras tristezas con la cucharada luminosa de una sonrisa.

En este Día de las Madres elevamos una oración al Todopoderoso por ese ser para quien, ante cualquier adversidad, lo más importante siempre serán sus hijos. Existen madres solteras, viudas, cabezas de hogar; madres cansadas y silenciosas, pero también madres capaces de sacrificarlo todo por el bienestar de sus hijos.

Y a las madres de Boston y La Candelaria, así como hemos dicho tantas veces que estos son los mejores barrios de Cartagena, hoy también proclamamos con orgullo que las mejores madres de Cartagena están en Boston y La Candelaria.

Así que hijos, visitantes y hermanos de la Iglesia Emmanuel de Boston: hagan de los consejos de sus madres una regla de vida. Ninguna de las madres aquí reunidas desea el mal para sus hijos. Si alguna vez ella te pide no asistir a un lugar o apartarte de un mal camino, escúchala. Sus canas hablan por sí solas: son la experiencia, la sabiduría y el amor puestos al servicio de la vida.

Y recuerda siempre que la vida puede ser más grata y larga si aprendes a honrarla y obedecerla, tal como dice la palabra de Dios en Éxodo:

“Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.”

No lo digo yo. Lo dice la palabra de Dios.

Felicitaciones y bendiciones para todas las madres en su día.

jueves, 14 de mayo de 2026

La Larga Fiesta del Premio Planeta

 

El Millón de Euros que Persigue a los Soñadores


Por Gilberto García Mercado



En octubre de 1952, mientras el planeta todavía olía a humo de guerra, a ruinas recién maquilladas y a cafés donde los hombres discutían el destino del mundo con un cigarrillo temblando entre los dedos, en España nació un premio literario que parecía una extravagancia de millonarios y románticos: el Premio Planeta.

Afuera, el mundo aún caminaba con la herida abierta de la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos y la Unión Soviética se miraban como dos pistoleros en medio del desierto nuclear. Europa intentaba levantarse del polvo. En las casas comenzaban a entrar los primeros televisores. La ciencia soñaba con conquistar el espacio. Y en las librerías, los escritores seguían peleando contra el hambre con una máquina de escribir y una taza de café frío.

Fue entonces cuando José Manuel Lara Hernández decidió crear un premio de novela para darles gloria y lectores a los autores en español. La primera bolsa fue de 40.000 pesetas. Una cifra que hoy parecería modesta, pero que en aquella época sonaba a tesoro pirata.

El primer ganador fue Juan José Mira con En la noche no hay caminos, una novela cuyo título ya parecía anunciar el espíritu del oficio literario: escribir a tientas, alumbrándose con fósforos en medio de la oscuridad. La ceremonia se celebró en el restaurante Lhardy de Madrid, el 12 de octubre de 1952, entre trajes elegantes, humo espeso y el rumor de quienes sospechaban que la literatura todavía podía cambiar la vida de alguien.

Desde entonces, el premio jamás dejó de entregarse. Ni siquiera las crisis económicas, los cambios políticos, las dictaduras, las recesiones o las tormentas editoriales lograron apagar esa ceremonia anual. Lleva más de siete décadas celebrándose de forma ininterrumpida.

Y el dinero creció como crecen las leyendas.

De 40.000 pesetas pasó a 100.000, luego a millones de pesetas, hasta convertirse hoy en un monstruo dorado de un millón de euros para el ganador y 200.000 para el finalista.

Un millón de euros.

La cifra produce vértigo.

Hay escritores que nunca han visto junto tanto dinero ni siquiera sumando todas las regalías de su vida. Hay poetas que escriben con zapatos rotos y novelistas que corrigen manuscritos en buses atestados mientras sueñan con esa llamada telefónica imposible.

Por el Planeta han pasado nombres gigantescos: Mario Vargas Llosa, Camilo José Cela, Ana María Matute, Juan Marsé, Antonio Gala y decenas más.

Pero la gran pregunta sigue flotando en las tabernas literarias y en los grupos secretos de escritores frustrados:

¿Puede ganar un desconocido?

En teoría, sí.

En la práctica, el debate nunca termina. Hay quienes creen que el premio todavía puede descubrir talentos nuevos. Otros sospechan que las grandes editoriales prefieren apostar por autores ya famosos, rostros televisivos o nombres que garanticen ventas masivas. Internet entero discute eso con furia de inquisición medieval.

Y sin embargo…

Miles siguen enviando manuscritos.

Porque el escritor es el último ser humano que todavía cree en milagros.

Lo curioso es que este millón de euros aparece justo cuando el mundo del libro parece haber entrado en otra guerra silenciosa. Ahora existe Amazon, donde cualquiera puede publicar una novela desde una habitación húmeda en Cartagena, Bogotá o Buenos Aires y vender ejemplares impresos bajo demanda sin pedir permiso a ningún emperador editorial.

Hoy el mercado cambió.

El lector compra desde el celular. El algoritmo recomienda novelas. Las redes sociales convierten desconocidos en best sellers de la noche a la mañana. El libro ya no llega únicamente desde las vitrinas solemnes: ahora también nace en un apartamento pequeño, entre notificaciones de WhatsApp y cafés instantáneos.

¿Es la muerte del libro impreso?

Tal vez no.

Porque el ser humano todavía necesita tocar las páginas como quien toca la piel de un recuerdo.

Aunque sí es cierto que leemos distinto. Más rápido. Más distraídos. Más fragmentados. En 2026, el tiempo parece perseguirnos con un látigo digital. La atención dura segundos. El teléfono vibra como un insecto nervioso. Y aun así, millones siguen buscando novelas para escapar del ruido.

Quizás ahí reside la verdadera victoria del Premio Planeta.

No el millón.

No la gala.

No las fotografías.

Sino recordarle al mundo que todavía existen personas capaces de sentarse solas durante años frente a una página en blanco para inventar universos.

Y quién sabe…

Tal vez esta noche, mientras alguien corrige una novela secreta en una ciudad húmeda del Caribe, el próximo ganador del Planeta esté dudando si borrar el primer capítulo.

Quizás no debería hacerlo.

Porque las leyendas literarias casi siempre comienzan igual: con un desconocido escribiendo bajo la lluvia.

Y dicen que en la ceremonia del Premio Planeta de 2026, cuando anunciaron el nombre del ganador, una lluvia mítica cayó sobre Madrid como si los dioses antiguos hubieran decidido bendecir, por un instante, a otro loco que creyó en las palabras.

Manías de Balzac


Dormía de Día y Escribía
 Poseído por las Noches


Por Gilberto García Mercado



¿Usted sabía que Honoré de Balzac podía pasar días enteros encerrado, vestido con una túnica blanca de monje, escribiendo bajo la luz vacilante de las velas, mientras consumía cantidades absurdas de café… hasta el punto de sufrir palpitaciones y delirios?

Dicen que dormía apenas unas horas. Se acostaba al atardecer como si huyera del mundo, y despertaba cerca de la medianoche para iniciar otra batalla contra el papel. Mientras París dormía entre carruajes húmedos y calles cubiertas de niebla, Balzac comenzaba a escribir como un condenado.

Pero aquí viene lo extraño.

No escribía como un hombre tranquilo. Escribía como alguien perseguido.

Se levantaba sobresaltado. Caminaba de un lado a otro. Corregía una misma página hasta quince veces. Los impresores lo odiaban porque cambiaba párrafos completos cuando el libro ya estaba en máquinas. A veces, sus manuscritos parecían campos de batalla cubiertos de tachones furiosos.

Y el café…

Ah, el café.

No una taza cualquiera. Se habla de cincuenta tazas al día. Algunos amigos aseguraban que masticaba granos secos cuando el cansancio comenzaba a vencerlo. Él mismo decía que el café “ponía en movimiento las ideas como batallones de un gran ejército”.

Sin embargo, quienes lo conocieron de cerca contaban algo más inquietante: en ciertas madrugadas hablaba solo. Murmuraba frases enteras. Discutía con personajes inexistentes. Como si las criaturas de sus novelas hubiesen comenzado a invadir la habitación.

Tal vez por eso sus historias parecían respirar.

Tal vez por eso sus personajes tenían el cansancio y la fiebre de alguien real.

Y quizá también por eso murió relativamente joven: agotado por el exceso, las deudas, las noches interminables y aquella obsesión salvaje de escribir hasta consumir el cuerpo.

Algunos escritores buscan inspiración.

Balzac, en cambio, parecía estar huyendo de algo invisible.

miércoles, 13 de mayo de 2026

Legados y Sombras


Gaitán bajo la lluvia:
elegía para un país roto


Por Gilberto García Mercado

 


En la mañana del 9 de abril de 1948, Bogotá parecía una ciudad suspendida entre la neblina y el presentimiento. Las campanas sonaban con esa solemnidad de misa antigua, los tranvías chirriaban sobre los rieles húmedos y un viento frío descendía desde los cerros como si alguien hubiera abierto una puerta invisible hacia la desgracia. Dicen que aquel viernes el cielo amaneció ceniciento, con un sol enfermo que apenas lograba atravesar las nubes. Hasta los vendedores de tinto hablaban en voz baja. La ciudad, sin saberlo, estaba afinando el violín de su tragedia.

Y en medio de aquel clima de víspera fatal caminaba Jorge Eliécer Gaitán, el hombre que hablaba como si tuviera un incendio en la garganta.

Había nacido en un hogar humilde del barrio Las Cruces, en Bogotá, aunque algunos historiadores discuten si vino al mundo en Cucunubá. Lo cierto es que no nació entre candelabros ni apellidos de alcurnia. Su infancia tuvo más necesidades que comodidades. Su madre, maestra de ideas liberales, le inculcó el amor por los libros; su padre, librero de espíritu errante, le enseñó que el país cabía entero dentro de una conversación apasionada. El muchacho creció entre páginas usadas, discusiones políticas y el rumor de una nación desigual.

Desde joven descubrió que las palabras podían ser un látigo y una caricia. Estudió Derecho en la Universidad Nacional de Colombia y luego viajó a Roma, donde se doctoró mientras caminaba entre plazas antiguas y columnas imperiales. Regresó convertido en un orador formidable. Cuando hablaba, las plazas parecían inclinarse hacia él. No pronunciaba discursos: desataba tempestades. El pueblo lo seguía porque sentía que, por primera vez, alguien hablaba con el idioma de los descalzos.

Había denunciado la masacre de las bananeras, combatido la oligarquía liberal y conservadora, y levantado una bandera popular que aterraba a las élites. Su ideología era una mezcla de nacionalismo social, liberalismo popular y fervor reformista. Para unos era esperanza; para otros, una amenaza con zapatos lustrados.

Aquel 9 de abril desayunó temprano. Revisó documentos, recibió visitantes y caminó hacia su oficina ubicada en la carrera Séptima. Algunos recuerdan que estaba particularmente alegre; otros, que parecía distraído. Nunca creyó demasiado en agüeros, aunque le fascinaban los símbolos históricos y las rarezas humanas. Era lector voraz, amante de los debates interminables y de las noches donde la política se mezclaba con café y cigarrillos.

El país hervía. El gobierno conservador de Mariano Ospina Pérez enfrentaba una nación partida por el odio partidista. En Bogotá se realizaba la Conferencia Panamericana y el continente entero tenía los ojos puestos sobre Colombia. Mientras diplomáticos brindaban en salones elegantes, en las calles crecía la rabia de un pueblo cansado de la desigualdad.

Y entonces ocurrió.

A la 1:05 de la tarde, frente al edificio Agustín Nieto, sonaron los disparos.

Tres detonaciones secas.

Tres relámpagos diminutos que cambiaron la historia de Colombia.

Gaitán cayó sobre el andén como cae un árbol inmenso en mitad de la selva. La multitud enmudeció un segundo, apenas uno, antes de convertirse en un animal furioso. El presunto asesino, Juan Roa Sierra, huyó desesperado y terminó refugiado en una droguería. Allí fue capturado y linchado por la multitud. Su cadáver, arrastrado por las calles, parecía la prolongación grotesca del caos.

Pero desde entonces Colombia nunca dejó de preguntarse si Roa Sierra actuó solo.

Las teorías florecieron como maleza: conspiraciones políticas, intereses extranjeros, enemigos internos, sombras del poder. Algunos señalaron a sectores conservadores; otros insinuaron la participación de agencias internacionales. La verdad quedó atrapada entre expedientes polvorientos y rumores de café.

La ciudad ardió.

Tranvías incendiados, vitrinas hechas añicos, iglesias saqueadas, disparos desde las azoteas. El Bogotazo no fue solamente una revuelta: fue el instante exacto en que Colombia se partió en dos mitades irreconciliables. De aquellas cenizas nació el largo período conocido como La Violencia. El país comenzó a mirarse con odio en los espejos.

El entierro del caudillo fue un río humano. Mujeres vestidas de negro lloraban como si hubieran perdido a un hijo; hombres endurecidos por la guerra se quitaban el sombrero en silencio. Bogotá olía a flores marchitas y pólvora mojada. Desde entonces, Gaitán dejó de ser un político para convertirse en un fantasma nacional.

Si hubiera vivido, hoy tendría 127 años.

Quizá habría llegado a la presidencia. Quizá Colombia habría tomado otro rumbo. O quizá este país, experto en devorar sus esperanzas, habría encontrado otra manera de despedazarlo.

Sin embargo, su voz todavía resuena.

En las plazas.
En los estudiantes.
En los discursos encendidos.
En cada colombiano que siente que la historia le debe una oportunidad.

Porque hay hombres que mueren.

Y hay otros —como Gaitán— que continúan caminando bajo la lluvia de Bogotá, eternamente heridos, eternamente vivos.

Una Particular Historia


Kafka o el hombre que escribía
como quien cava su propia tumba

 

Por Gilberto García Mercado

 


En la vieja Praga, donde las campanas parecían doblar por adelantado la tristeza de sus habitantes y las calles olían a pan húmedo, carbón y burocracia imperial, nació Franz Kafka, un niño que miraba el mundo con el espanto de quien sospecha que la vida es una oficina donde nadie sabe exactamente qué trámite vino a hacer.

Llegó al mundo en 1883, bajo el severo techo de un padre gigantesco: Hermann Kafka, comerciante de voz de trueno y corazón administrado como caja registradora. El pequeño Franz creció entre vitrinas, regaños y el estruendo invisible de la humillación doméstica. Mientras otros niños perseguían trompos o aprendían a silbar en las esquinas, él observaba los rostros de los adultos como quien estudia monstruos encerrados en trajes elegantes.

Praga, entonces, era un teatro de idiomas y tensiones. Los checos desconfiaban de los alemanes; los alemanes despreciaban a los judíos; y los judíos, pobres criaturas del medio, caminaban como huéspedes incómodos en todas partes. Kafka aprendió temprano que el hombre puede sentirse extranjero incluso dentro de su propia sombra.

Dicen que desde niño se enamoró de la escritura con la misma fatalidad con que otros muchachos descubren el vino o la fiebre. Escribía cartas, escenas, pensamientos diminutos, pequeñas jaulas de palabras donde encerraba su angustia. En la escuela era brillante, aunque poseía el aire enfermizo de quien pide permiso hasta para respirar. Alto, flaco, silencioso, parecía un paraguas triste abandonado en una cafetería vienesa.

Estudió Derecho en la Charles University. No porque soñara con leyes ni tribunales, sino porque el Derecho era una carrera respetable, suficientemente aburrida para tranquilizar a su padre y suficientemente amplia para no comprometer el alma. Ah, las universidades: esos cementerios elegantes donde muchos jóvenes entierran su verdadera vocación bajo montañas de papeles sellados.

Allí conoció a Max Brod, el hombre que terminaría salvándolo de la muerte absoluta. Brod era expansivo, sociable, optimista; Kafka, en cambio, parecía un murciélago intelectual alimentado de insomnio y café frío. Sin embargo, fueron amigos inseparables. Max comprendió algo que el propio Franz ignoraba: que aquel hombre inseguro escribía como los profetas bíblicos después de sufrir un ataque de nervios.

Kafka trabajó luego en compañías de seguros laborales. Imaginen el espectáculo: uno de los mayores escritores del siglo XX sentado frente a montañas de expedientes, calculando accidentes fabriles mientras el alma le crujía como una puerta vieja. De día redactaba informes; de noche escribía páginas atravesadas por pesadillas. En sus oficinas veía obreros mutilados, máquinas devorando dedos, hombres reducidos a números. Allí comprendió que la modernidad podía ser más cruel que cualquier inquisición medieval.

Admiraba a Fyodor Dostoevsky, a Johann Wolfgang von Goethe, a Gustave Flaubert y a Charles Dickens. Le fascinaban las almas perseguidas, los hombres aplastados por sistemas invisibles. También sentía una extraña fascinación por las figuras de autoridad: jueces, funcionarios, directores, emperadores administrativos. Los temía y los admiraba al mismo tiempo, como quien contempla una guillotina perfectamente afilada.

Y estaban las mujeres.

Ah, Kafka amaba a las mujeres con la desesperación tímida de un violinista enfermo. Se comprometió varias veces y varias veces huyó del matrimonio como un conejo aterrorizado por la escopeta del cazador. Su relación más famosa fue con Felice Bauer, mujer paciente que recibió cartas kilométricas donde Kafka analizaba el amor como si fuera un proceso judicial. También estuvieron Milena Jesenská, luminosa e imposible, y Dora Diamant, quien lo acompañó en sus últimos días, cuando la tuberculosis ya le devoraba el cuerpo como una rata blanca y silenciosa.

Frecuentó cafés literarios de Praga y círculos intelectuales judíos. Allí flotaban nombres, discusiones filosóficas y humo de tabaco espeso como sopa. Escuchaba a escritores debatir sobre imperios, revoluciones y estética mientras él permanecía callado, observando el techo, como si ya sospechara que el verdadero horror no estaba en la política sino en el interior del hombre.

Publicó poco en vida. Muy poco. Algunos cuentos, fragmentos, textos dispersos que casi nadie leyó. Kafka murió en 1924, en un sanatorio cercano a Vienna, consumido por la tuberculosis y por esa tristeza fina que nunca lo abandonó. Tenía apenas cuarenta años. Murió creyéndose un escritor menor, una especie de oficinista delirante que había desperdiciado demasiadas noches hablando con fantasmas de tinta.

Antes de morir le pidió a Max Brod que quemara todos sus manuscritos.

Pero Brod, bendito traidor, desobedeció.

Y gracias a aquella desobediencia, el mundo conoció The Trial, The Castle y Metamorphosis. Porque a veces la amistad consiste precisamente en no obedecer al amigo cuando el amigo quiere desaparecer.

Hoy Kafka es inmortal. Ironías del destino: el hombre que pasó la vida sintiéndose invisible terminó convertido en adjetivo universal. “Kafkiano”, dicen ahora los jueces, los periodistas y los ciudadanos atrapados en oficinas absurdas.

Y quizás él, desde alguna nube gris administrada por ángeles burócratas, sonríe con melancolía.

Después de todo, nadie entendió mejor que Franz Kafka que vivir también era despertarse una mañana convertido en algo incomprensible.

martes, 12 de mayo de 2026

Los Puntos sobre las ...


Los Tres Gallos del Balcón Presidencial

domingo, 10 de mayo de 2026

Crónica

Cómo Votaban los Abuelos
en los Años 70

 

Por Gilberto García Mercado

 


En los años setenta la democracia en Colombia parecía una fiesta patronal. No había redes sociales incendiando los desayunos ni ejércitos de opinadores peleando desde un teléfono. El país todavía olía a café recién colado, a petróleo barato y a tierra mojada después de la lluvia. Mis abuelos hablaban de las elecciones como quien se prepara para asistir a una boda o a una corrida de toros. La política era seria, sí, pero también tenía algo de carnaval provinciano.

Nosotros, niños de escuela de banquitos de madera y cuadernos forrados con papel de regalo, observábamos aquellos comicios como si fueran un desfile heroico. El liberalismo y el conservatismo dividían los corazones, las esquinas y hasta algunas cocinas, pero rara vez dividían el saludo. Había discusiones fuertes en las tiendas y en las plazas, aunque después todos terminaban tomando tinto bajo la misma sombra.

Lo más emocionante era el dedo índice. A unos se los pintaban de rojo y a otros de azul. Rojo liberal. Azul conservador. Aquello parecía una competencia entre equipos de béisbol organizados por la patria. El dedo coloreado era exhibido con orgullo, como si el ciudadano hubiera regresado de una guerra épica contra el abstencionismo.

La compra de votos existía, claro, pero todavía era tímida, casi artesanal. Algún tamal, una botella de ron, un billete doblado con discreción dentro del bolsillo de la camisa. Nada comparado con las caravanas multimillonarias y las estrategias digitales de hoy. En aquel entonces el político todavía tenía que sudar la suela del zapato visitando pueblos, abrazando ancianas y prometiendo puentes donde apenas cruzaban burros.

Las noches eran distintas. Muchos veíamos televisión en blanco y negro en la casa del vecino más pudiente del barrio. Allí cabíamos veinte personas mirando una novela, un discurso presidencial o un partido de fútbol con una antena torcida que exigía que alguien gritara desde el patio: “¡Ahí se ve mejor!”. Mientras tanto, en Aracataca, el cura tocaba dos o tres veces la campana para advertir si la película del fin de semana podía ser vista sin poner en peligro el alma cristiana. La iglesia todavía tenía más censores que Hollywood.

El planeta también parecía respirar con menos angustia. La explosión demográfica no había llenado las ciudades de motocicletas furiosas ni de humo interminable. El cambio climático todavía era un concepto que dormía escondido en oficinas científicas. Los ríos eran más transparentes, los árboles parecían eternos y las noches conservaban un silencio que hoy costaría millones.

En Colombia desfilaban nombres que aún sobreviven en las conversaciones de los viejos: Carlos Lleras Restrepo, Misael Pastrana Borrero y después Alfonso López Michelsen, hombres que hablaban con una solemnidad casi sacerdotal. En el mundo mandaban figuras enormes como Richard Nixon, Leonid Brézhnev y Mao Zedong. Era la época de la Guerra Fría, cuando el planeta vivía dividido entre el capitalismo y el comunismo, y cualquier discurso parecía capaz de iniciar una guerra o conquistar la Luna.

El petróleo era el rey silencioso de la economía. Todavía movía fábricas, carreteras y sueños industriales sin demasiados remordimientos ecológicos. Los carros enormes devoraban gasolina con orgullo y nadie imaginaba que décadas después hablaríamos de energías limpias y carros eléctricos. Mientras tanto, la ciencia avanzaba a pasos gigantes: el hombre ya había llegado a la Luna, las vacunas salvaban millones de vidas y las primeras computadoras comenzaban a parecer monstruos inteligentes encerrados en oficinas refrigeradas.

La expectativa de vida era menor que hoy, pero quizá las personas vivían más despacio. Había menos tecnología y más conversación. Menos pantallas y más mecedoras en los portales. Los candidatos políticos pronunciaban discursos largos, elegantes, cargados de metáforas patrióticas. Hoy las campañas parecen competencias de mercadeo, algoritmos y escándalos virales. Antes bastaban dos colores; ahora existen cientos de movimientos, coaliciones y estrategias digitales capaces de gastar fortunas en segundos.

Y, sin embargo, algo permanece. El deseo humano de elegir, discutir y soñar con un país mejor. Solo que antes el dedo pintado de rojo o azul bastaba para resumir la historia política de una familia. Hoy, en cambio, harían falta pantallas gigantes, bodegas digitales y media galaxia de expertos para explicar el caos.

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