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lunes, 26 de octubre de 2026

Clásicos de Todos Los Tiempos


HOMERO: EL HOMBRE DETRÁS
DE LA ETERNIDAD DE SUS OBRAS


Por Gilberto García Mercado

 



Hay nombres que atraviesan los siglos con la fuerza de un río que se niega a desaparecer. Nombres que sobreviven al derrumbe de las civilizaciones, al silencio de las lenguas muertas y al olvido de quienes alguna vez creyeron ser eternos. Homero es uno de ellos. Su nombre pertenece a esa reducida estirpe de creadores cuya obra ha terminado siendo más conocida que su propia existencia.

Pocos escritores en la historia de la humanidad han ejercido una influencia tan prolongada como el autor de La Ilíada y La Odisea. Sus poemas han alimentado la imaginación de generaciones, han inspirado a escritores, dramaturgos, filósofos y artistas, y han contribuido a establecer algunos de los cimientos narrativos sobre los cuales se levantó la literatura occidental. Sin embargo, cuando intentamos acercarnos al hombre que está detrás de semejante legado, nos encontramos con una paradoja: sabemos mucho de sus obras y muy poco de su vida.

¿Quién fue Homero? ¿Existió realmente un poeta con ese nombre? ¿Fue el creador individual de aquellos poemas monumentales o su figura representa la culminación de una larga tradición oral? Estas preguntas, lejos de restarle grandeza, aumentan el misterio que lo rodea. 
EL POETA QUE PERTENECE
A LA HUMANIDAD
La tradición sitúa a Homero en la antigua Grecia, probablemente hacia los siglos VIII o VII antes de nuestra era, aunque las fechas y circunstancias de su existencia continúan siendo objeto de discusión entre los especialistas. Diversas ciudades del mundo griego reclamaron el honor de haber sido su lugar de nacimiento. También se transmitió la imagen de un poeta ciego, una figura que la tradición convirtió en símbolo del creador capaz de contemplar con la imaginación aquello que sus ojos no podían ver.

Pero esas imágenes pertenecen, en buena medida, al territorio de la leyenda. No contamos con documentos contemporáneos que permitan reconstruir con certeza su biografía. Ni siquiera podemos afirmar sin reservas que los dos grandes poemas que llevan su nombre fueran compuestos por una sola persona tal como hoy entendemos la autoría literaria.

La llamada cuestión homérica ha ocupado durante siglos a investigadores y estudiosos. Algunos consideran que detrás de los poemas existió un poeta excepcional que dio forma definitiva a materiales transmitidos oralmente. Otros destacan el papel de generaciones de cantores y narradores que conservaron, transformaron y enriquecieron las historias hasta que estas adquirieron la forma que conocemos.

Lo cierto es que, más allá de las discusiones, el nombre de Homero terminó convirtiéndose en una referencia fundamental para comprender el nacimiento de la literatura occidental.

LA ILÍADA: LA GLORIA Y
LA TRAGEDIA DE LOS HOMBRES
En La Ilíada, Homero nos conduce al mundo de la guerra de Troya. Sin embargo, reducir el poema a una narración de combates sería desconocer su verdadera dimensión. En el centro de la historia se encuentra Aquiles, un guerrero extraordinario cuya cólera desencadena buena parte del conflicto narrativo.

La guerra aparece allí con toda su grandeza y su miseria. Los héroes buscan la gloria, defienden su honor y aspiran a dejar una huella que sobreviva a la muerte. Pero también sufren, aman, temen y lloran. Los enemigos no son simples figuras destinadas a ser destruidas. Tienen familias, recuerdos y razones para luchar.

Uno de los momentos más conmovedores del poema ocurre cuando Príamo, rey de Troya, se presenta ante Aquiles para suplicarle que le devuelva el cuerpo de su hijo Héctor. En ese encuentro, el dolor de un padre consigue abrir una grieta en la dureza del guerrero. Por un instante, la guerra deja de ser una disputa por la gloria y se convierte en una experiencia humana compartida.

Es allí donde reside una de las grandes virtudes de Homero: su capacidad para mostrar que detrás de los héroes hay seres vulnerables, sometidos a la pérdida y al paso inevitable del tiempo. 
LA ODISEA:
EL VIAJE HACIA EL HOGAR
Si La Ilíada explora la guerra, el honor y la muerte, La Odisea convierte el regreso en una aventura que compromete tanto el cuerpo como el espíritu. Odiseo, conocido también como Ulises, emprende un largo viaje para regresar a Ítaca, su hogar, después de la guerra de Troya.

En el camino se enfrenta a monstruos, tentaciones, peligros y fuerzas que parecen superar la voluntad humana. Sin embargo, su mayor desafío no consiste únicamente en sobrevivir. Debe conservar la memoria de quién es y de dónde viene, resistir aquello que podría apartarlo de su destino y encontrar nuevamente el lugar que le pertenece.

La historia de Odiseo se ha convertido en uno de los grandes modelos universales del viaje. Su recorrido puede leerse como una aventura, pero también como una metáfora de la existencia humana. Todos, de alguna manera, buscamos regresar a un lugar, recuperar algo perdido o descubrir quiénes somos después de atravesar las pruebas de la vida.

Por eso la historia no ha dejado de hablarles a lectores de épocas y culturas diferentes. Cambian los mares, los peligros y las circunstancias, pero permanece la necesidad humana de encontrar un hogar.
EL NACIMIENTO DE
UNA TRADICIÓN UNIVERSAL
La importancia de Homero no se mide solamente por la antigüedad de sus poemas. Su trascendencia reside en haber ofrecido a la literatura una reserva inagotable de personajes, conflictos, imágenes y formas de narrar.

La épica posterior encontró en sus obras un referente decisivo. Los relatos de héroes enfrentados a fuerzas superiores, las luchas entre el deber y el deseo, la búsqueda de la gloria y el regreso al hogar se convirtieron en motivos recurrentes de la imaginación literaria.

La influencia homérica se extendió a través de los siglos y llegó a autores que, desde épocas y perspectivas diferentes, dialogaron con ese legado. La literatura romana encontró en la tradición griega una de sus fuentes fundamentales, como demuestra la Eneida de Virgilio. Mucho después, escritores, dramaturgos y poetas continuarían revisitando los conflictos y las figuras del universo homérico.

No se trata de afirmar que toda la literatura posterior proceda directamente de Homero, ni que una sola persona haya creado por sí misma una tradición tan vasta. Se trata de reconocer que sus poemas representan uno de los pilares de la épica occidental y un punto de referencia para comprender la evolución de la narración literaria.

Su grandeza consiste también en haber convertido historias vinculadas con una cultura particular en relatos capaces de ser interpretados por lectores de otros tiempos y lugares. 
EL MISTERIO DEL HOMBRE

Y aquí regresamos a la paradoja inicial. Sabemos que La Ilíada y La Odisea han sobrevivido durante milenios. Podemos estudiar sus versos, examinar sus estructuras, discutir su composición y rastrear su influencia. Sin embargo, el hombre llamado Homero continúa oculto detrás de una niebla histórica.

No conocemos con certeza su rostro, su lugar de nacimiento ni los detalles de su existencia. Ignoramos cuánto de lo que se le atribuye corresponde a un individuo y cuánto procede de la memoria colectiva de una civilización que transmitió sus relatos de generación en generación.

Quizá nunca consigamos resolver por completo ese enigma. Pero la ausencia de una biografía segura no ha impedido que sus poemas sigan vivos. Al contrario, nos obliga a considerar que la literatura puede alcanzar una dimensión que rebasa la vida de su creador.

Homero parece recordarnos que una obra puede sobrevivir incluso cuando su autor se vuelve inaccesible. El poeta desaparece en las profundidades del tiempo, pero sus personajes continúan caminando por las páginas de los libros, sus preguntas siguen inquietando a los lectores y sus historias encuentran nuevas formas de renacer.

Tal vez esa sea la verdadera victoria de un escritor frente al olvido. No que la humanidad conserve intactos todos los datos de su existencia, sino que siga encontrando en sus palabras algo que le pertenece.

Homero permanece entre nosotros porque Aquiles todavía conoce la cólera, Príamo todavía llora a su hijo y Odiseo todavía busca el camino de regreso. Sus nombres han dejado de pertenecer exclusivamente a la antigua Grecia. Se han convertido en parte de la memoria universal.

Y el hombre que los cantó, sea cual haya sido su verdadera historia, alcanzó una forma singular de eternidad: aquella en la que la obra sobrevive al misterio de su creador.
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Ensayo Universal

 

ANDRÉ BRETON: EL HOMBRE QUE QUISO
PONER A SOÑAR A LA LITERATURA

Por Gilberto García Mercado


En 1924, un escritor francés publicó un manifiesto que parecía una invitación a desobedecer al sentido común. La literatura, sostenía André Breton, debía explorar los sueños, el inconsciente y las asociaciones inesperadas de la mente. En vez de vigilar cada palabra como un profesor corrigiendo exámenes, el escritor debía permitir que la imaginación se desatara. Así nació oficialmente el surrealismo, una corriente que pretendía descubrir una realidad más profunda detrás de la realidad cotidiana. 
DE LA MEDICINA AL DELIRIO CREADOR 
Breton nació en 1896 en Tinchebray, Normandía, en una familia de comerciantes. Su juventud transcurrió durante una época de grandes transformaciones científicas y culturales. Aunque se inclinó por la literatura, estudió medicina y se interesó especialmente por la psiquiatría. No fue, por tanto, un muchacho que simplemente decidiera escribir disparates para escandalizar a sus vecinos: poseía una formación científica que acabaría alimentando su rebelión artística. 
Durante la Primera Guerra Mundial trabajó en servicios psiquiátricos y entró en contacto con soldados traumatizados. Allí descubrió la importancia de los procesos mentales que escapan al control consciente. La lectura de Sigmund Freud, cuyos planteamientos sobre el inconsciente revolucionaban la comprensión de la mente, le proporcionó nuevas preguntas. En 1921 conoció personalmente al célebre médico vienés, aunque sus relaciones intelectuales no significaron que Freud aprobara el movimiento surrealista. 
Breton también admiraba a escritores como Arthur Rimbaud y Charles Baudelaire, que habían desafiado las convenciones de su tiempo. De Rimbaud le interesaba la rebelión de la poesía; de Freud, la posibilidad de explorar territorios mentales que la razón mantenía encerrados. 
UNA ESCUELA CON MANIFIESTO
Y VOCACIÓN DE ESCÁNDALO
El surrealismo no apareció de la nada. Antes estuvo el dadaísmo, movimiento provocador que se burlaba de las convenciones artísticas y de una civilización que había conducido a Europa a la catástrofe bélica. Breton participó en aquel ambiente, pero deseaba algo más que destruir las reglas: quería construir una nueva manera de escribir y comprender el mundo. 
En 1919 fundó con Louis Aragon y Philippe Soupault la revista Littérature. Junto con Soupault experimentó con la escritura automática, una técnica que buscaba registrar el pensamiento sin someterlo inmediatamente a la censura racional. De esas pruebas surgió Los campos magnéticos, publicado en 1920. 
La anécdota parece sencilla, pero encierra una revolución: escribir sin detenerse demasiado a corregir, dejando que las palabras se asocien libremente. No se trataba de renunciar a toda inteligencia, sino de investigar qué podía aparecer cuando el censor interior se tomaba unas vacaciones. 
En 1924, Breton publicó el Manifiesto del surrealismo y definió el movimiento en términos de automatismo psíquico. A diferencia de la tradición homérica, el surrealismo sí tuvo una voluntad explícita de fundación: textos programáticos, revistas, reuniones, polémicas y una comunidad de artistas. Breton no solo escribía; organizaba, defendía y discutía su escuela. Su apodo de «papa del surrealismo» reflejaba tanto su autoridad como su conocida inclinación a imponer disciplina entre los rebeldes. 
DE PARÍS AL MUNDO 
El ambiente parisino de entreguerras favoreció el encuentro entre poetas, pintores y pensadores. Publicar seguía siendo difícil para muchos escritores, que dependían de revistas pequeñas, editoriales independientes y círculos intelectuales. Sin embargo, aquellas publicaciones permitieron que las ideas surrealistas circularan y se convirtieran en un movimiento internacional. 
La influencia alcanzó a artistas como Salvador Dalí, René Magritte y Max Ernst, y cruzó el Atlántico. En Hispanoamérica, Pablo Neruda recibió influencias surrealistas en parte de su poesía, mientras que Octavio Paz dialogó intensamente con el movimiento y dedicó un importante ensayo a sus ideas. Paz no fue un discípulo obediente en todos los aspectos: precisamente por eso demuestra que una escuela puede inspirar incluso a quienes discuten sus principios. 
Breton también escribió Nadja (1928), una obra que mezcla experiencias cotidianas, encuentros enigmáticos y reflexión literaria. En sus páginas, París parece una ciudad donde una calle cualquiera puede abrir una puerta hacia lo insólito. 
Su legado demuestra que las corrientes literarias no siempre nacen espontáneamente. Algunas necesitan un fundador que reúna intuiciones dispersas, formule una teoría y convenza a otros de que vale la pena intentarlo. Breton estudió, leyó, experimentó y polemizó antes de proclamar su revolución. 

Y, sin embargo, la paradoja final es deliciosa: el hombre que quiso liberar la escritura de las riendas de la razón terminó creando una escuela con manifiestos, normas y discusiones interminables. Incluso los soñadores necesitan organizar sus reuniones. Pero el surrealismo consiguió algo duradero: enseñó a la literatura que, a veces, una imagen absurda revela más de la realidad que un discurso perfectamente razonable.
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sábado, 24 de octubre de 2026

El Sueño de los 175.000 Dólares

 

CUANDO UNA NOVELA PUEDE
 CAMBIAR UN DESTINO

Premio Alfaguara 2027: una puerta 
hacia el mundo para quienes escriben 
lejos de los reflectores editoriales

Por Gilberto García Mercado 
                                                      
España es un país bendito por la literatura. Tierra de Cervantes, de García Lorca, de Machado y de una tradición que ha convertido el idioma español en una patria compartida por millones de lectores. Allí, donde las palabras tienen memoria y los libros forman parte de una larga conversación cultural, un premio literario puede transformar la vida de un escritor y llevar su obra hasta territorios que jamás imaginó conquistar.

Ese es el horizonte que representa el Premio Alfaguara de Novela, uno de los galardones más atractivos para quienes sueñan con vivir de la literatura o, sencillamente, conseguir que sus historias encuentren lectores más allá de su círculo inmediato.

La convocatoria de 2027 ofrece 175.000 dólares al ganador, antes de los impuestos aplicables en España, además de una escultura conmemorativa y, sobre todo, la publicación de la novela por el sello Alfaguara, del grupo Penguin Random House, con distribución simultánea en España, Estados Unidos y los países latinoamericanos donde tiene presencia.

Para un escritor desconocido, ese reconocimiento puede significar mucho más que una suma de dinero. Significa entrar en el radar de librerías, periodistas culturales, críticos, agentes literarios y lectores que quizá nunca habrían reparado en su nombre. Significa contar con el respaldo de una editorial internacional y abrir posibilidades para que sus siguientes libros sean leídos con mayor atención. No garantiza el éxito de futuras obras, pero sí puede proporcionar una plataforma difícil de conseguir por otros caminos. 
 
En un mercado editorial tan competitivo, publicar no es lo mismo que ser leído. Solo en España se editaron 87.542 títulos durante 2024, según datos del sector editorial. Detrás de cada libro hay una aspiración, una inversión y una batalla por conquistar espacio en las mesas de novedades. Incluso una obra bien escrita puede pasar inadvertida si carece de distribución, publicidad o recursos para promoverla. El dinero ayuda a lanzar un libro, pero ni siquiera una campaña costosa garantiza sus ventas.

Por eso, un premio de esta magnitud representa una oportunidad extraordinaria. Lo demuestra una lista de ganadores en la que figuran escritores como la colombiana Laura Restrepo, autora de Delirio; el también colombiano Juan Gabriel Vásquez, con El ruido de las cosas al caer; la colombiana Pilar Quintana, con Los abismos, y el mexicano Jorge Volpi, con Una novela criminal. Sus trayectorias muestran la diversidad de voces que han encontrado en este certamen una plataforma de proyección internacional.

¿Quiénes pueden participar
y cómo hacerlo?
Las bases son sencillas. Pueden concursar escritores mayores de edad, de cualquier nacionalidad, siempre que presenten una novela original, inédita, escrita en castellano y que tenga al menos 200 páginas. La obra no debe haber ganado otro concurso ni estar pendiente del fallo de otro premio.

El procedimiento comienza en la plataforma oficial, www.premioalfaguara.com   
Allí se registran los datos personales, el título y un seudónimo, y se carga el manuscrito en PDF o Word, con un tamaño máximo de nueve megabytes. Después, es obligatorio enviar el original impreso y encuadernado a la dirección correspondiente al país seleccionado. Ambos pasos deben cumplirse dentro del plazo establecido.

La recepción se cierra el 2 de noviembre de 2026 y el fallo está previsto para enero de 2027. Por tanto, quienes tengan una novela terminada deben revisar de inmediato las bases completas y los requisitos del envío.

 
No todos los días se abre una puerta semejante. Quizá detrás de una computadora, en una casa humilde, en un pueblo apartado o en una ciudad caribeña, exista alguien escribiendo la novela que todavía no conoce el mundo. El Premio Alfaguara no promete convertir cada manuscrito en una obra triunfadora, pero ofrece una posibilidad real de competir en un escenario internacional.

A veces, la literatura comienza en la soledad de una habitación. Y a veces, cuando una historia encuentra la oportunidad que merece, deja de pertenecer únicamente a quien la escribió para empezar a vivir en la memoria de miles de lectores.

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https://ko-fi.com/gilgarmer

EL CUENTO DE LA SEMANA

 

El Príncipe Feliz 

 

Por Oscar Wilde

   

Una mujer abre la ventana y ve un pájaro.En lo alto de la ciudad, sobre una alta columna, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz. Estaba completamente cubierto de finas láminas de oro, tenía dos brillantes zafiros por ojos y un gran rubí rojo resplandecía en la empuñadura de su espada.
Era muy admirado, sin duda. «Es tan bello como una veleta», comentó uno de los concejales que deseaba ganarse una reputación de tener buen gusto artístico; «solo que no tan útil», añadió, temiendo que la gente lo considerara poco práctico, cosa que en realidad no era. 
—¿Por qué no puedes ser como el Príncipe Feliz? —le preguntó una madre sensata a su hijito que lloraba por la luna—. El Príncipe Feliz jamás sueña con llorar por nada. 
—Me alegra que haya alguien en el mundo que sea feliz —murmuró un hombre decepcionado mientras contemplaba la maravillosa estatua. 
“Parece un ángel”, dijeron los Niños de la Caridad al salir de la catedral con sus brillantes capas escarlata y sus limpios delantales blancos. 
—¿Cómo lo sabes? —dijo el Maestro de Matemáticas—, nunca has visto uno. 
—¡Ah! Pero sí que lo hemos hecho, en nuestros sueños —respondieron los niños; y el Maestro de Matemáticas frunció el ceño y puso cara de severidad, pues no aprobaba que los niños soñaran. 
Una noche, una pequeña golondrina sobrevoló la ciudad. Sus amigos se habían marchado a Egipto seis semanas antes, pero él se había quedado, pues estaba enamorado de la bellísima Junco. La había conocido a principios de la primavera, mientras volaba río abajo tras una gran polilla amarilla, y su esbelta cintura lo había cautivado tanto que se había detenido a hablar con ella. 
—¿Te amaré? —preguntó la golondrina, que iba al grano, y el junco le hizo una reverencia. Entonces él voló a su alrededor, rozando el agua con sus alas y creando ondas plateadas. Este fue su cortejo, y duró todo el verano. 
«Es un apego ridículo», gorjearon las otras golondrinas; «no tiene dinero y tiene demasiados parientes»; y, en efecto, el río estaba repleto de juncos. Entonces, cuando llegó el otoño, todos se marcharon volando. 
Tras su partida, se sintió solo y empezó a cansarse de su amada. «No tiene conversación», dijo, «y me temo que es una coqueta, pues siempre está jugando con el viento». Y, en efecto, cada vez que soplaba el viento, Reed hacía las reverencias más elegantes. «Admito que es hogareña», continuó, «pero me encanta viajar, y por consiguiente, a mi esposa también debería gustarle». 
—¿Te vendrías conmigo? —le preguntó finalmente; pero Reed negó con la cabeza, estaba muy apegada a su hogar. 
—¡Me habéis estado tomando el pelo! —exclamó—. Me voy a las pirámides. ¡Adiós! —y se fue volando.
Voló todo el día y al anochecer llegó a la ciudad. 
—¿Dónde puedo alojarme? —preguntó—. Espero que la ciudad haya hecho preparativos. 
Entonces vio la estatua en la alta columna. 
—¡Me instalaré allí arriba! —exclamó—; es un sitio estupendo, con mucho aire fresco. Así que se posó justo entre los pies del Príncipe Feliz. 
«Tengo una habitación dorada», se dijo en voz baja mientras miraba a su alrededor y se disponía a dormir; pero justo cuando iba a meter la cabeza bajo su ala, una gran gota de agua cayó sobre él. «¡Qué cosa más extraña!», exclamó; «no hay ni una sola nube en el cielo, las estrellas brillan con claridad y, sin embargo, está lloviendo. El clima en el norte de Europa es realmente terrible. A la Junco le gustaba la lluvia, pero eso era pura vanidad». 
Entonces cayó otra gota. 
—¿De qué sirve una estatua si no puede proteger de la lluvia? —dijo—; tengo que buscar una buena chimenea —y decidió marcharse volando. 
Pero antes de que abriera sus alas, cayó una tercera gota, y miró hacia arriba y vio... ¡Ah! ¿Qué vio? 
Los ojos del Príncipe Feliz se llenaron de lágrimas, y estas corrían por sus mejillas doradas. Su rostro era tan hermoso a la luz de la luna que la pequeña Golondrina sintió lástima. 
—¿Quién eres? —dijo. 
“Yo soy el Príncipe Feliz.” 
—¿Por qué lloras entonces? —preguntó la golondrina—. Me has empapado por completo.
Oscar Wilde
«Cuando vivía y tenía corazón humano», respondió la estatua, «no sabía lo que eran las lágrimas, pues residía en el Palacio de Sans-Souci, donde la tristeza no tiene cabida. De día jugaba con mis compañeros en el jardín, y de noche dirigía el baile en el Gran Salón. Alrededor del jardín se extendía un muro altísimo, pero jamás me importó preguntar qué había más allá, pues todo a mi alrededor era tan hermoso. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz, y feliz era en verdad, si el placer es felicidad. Así viví, y así morí. Y ahora que he muerto me han colocado aquí, tan alto que puedo contemplar toda la fealdad y toda la miseria de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no puedo evitar llorar». 
«¡¿Qué?! ¿Acaso no es de oro macizo?», se dijo la golondrina a sí misma. Era demasiado educada para hacer comentarios personales en voz alta. 
«Lejos», continuó la estatua con voz suave y melodiosa, «lejos, en una callejuela, hay una humilde casa. Una de las ventanas está abierta, y a través de ella veo a una mujer sentada a una mesa. Su rostro es delgado y demacrado, y tiene manos ásperas y rojas, todas pinchadas por la aguja, pues es costurera. Está bordando pasionarias en un vestido de satén para que la más bella de las damas de honor de la Reina lo luzca en el próximo baile de la corte. En una cama en un rincón de la habitación yace enfermo su hijito. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no tiene nada que darle salvo agua del río, así que llora. Golondrina, golondrina, pequeña golondrina, ¿no le traerás el rubí de la empuñadura de mi espada? Mis pies están sujetos a este pedestal y no puedo moverme». 
«Me esperan en Egipto», dijo la golondrina. «Mis amigos vuelan arriba y abajo del Nilo, hablando con las grandes flores de loto. Pronto descansarán en la tumba del gran rey. Allí está el rey, en su ataúd pintado. Está envuelto en lino amarillo y embalsamado con especias. Alrededor de su cuello lleva una cadena de jade verde pálido, y sus manos son como hojas marchitas». 
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —dijo el príncipe—, ¿no te quedarías conmigo una noche y serías mi mensajera? El niño tiene mucha sed y la madre está muy triste. 
—No creo que me gusten los chicos —respondió la golondrina—. El verano pasado, cuando me alojaba en el río, había dos muchachos maleducados, los hijos del molinero, que no paraban de tirarme piedras. Claro que nunca me dieron; las golondrinas volamos demasiado bien para eso, y además, provengo de una familia famosa por su agilidad; pero aun así, fue una falta de respeto. 
Pero el Príncipe Feliz parecía tan triste que la pequeña golondrina sintió lástima. «Hace mucho frío aquí», dijo; «pero me quedaré contigo una noche y seré tu mensajero». 
—Gracias, pequeña golondrina —dijo el príncipe. 
Entonces la golondrina escogió el gran rubí de la espada del príncipe y voló con él en su pico sobre los tejados de la ciudad. 
Pasó junto a la torre de la catedral, donde estaban esculpidos los ángeles de mármol blanco. Pasó junto al palacio y oyó el sonido de una danza. Una hermosa joven salió al balcón con su amado. 
«¡Qué maravillosas son las estrellas!», le dijo, «¡y qué maravilloso es el poder del amor!». 
—Espero que mi vestido esté listo a tiempo para el baile de Estado —respondió—; he encargado que le borden flores de la pasión, pero las costureras son muy perezosas. 
Cruzó el río y vio las linternas colgadas de los mástiles de los barcos. Pasó por el gueto y vio a los ancianos judíos regateando entre sí y pesando dinero en balanzas de cobre. Finalmente llegó al asilo de pobres y miró dentro. El niño se revolvía febrilmente en su cama, y ​​la madre se había quedado dormida, agotada. Saltó dentro y dejó el gran rubí sobre la mesa junto al dedal de la mujer. Luego voló suavemente alrededor de la cama, abanicando la frente del niño con sus alas. «¡Qué fresco me siento!», dijo el niño, «debo estar mejorando»; y se sumió en un delicioso sueño. 
Entonces la golondrina voló de regreso al Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho. «Es curioso», comentó, «pero ahora siento bastante calor, aunque hace mucho frío». 
—Eso es porque has hecho una buena acción —dijo el Príncipe. Y la pequeña golondrina se puso a pensar, y luego se durmió. Pensar siempre le daba sueño. 
Al amanecer, voló hasta el río y se bañó. «¡Qué fenómeno tan extraordinario!», exclamó el profesor de ornitología al cruzar el puente. «¡Una golondrina en invierno!». Y escribió una larga carta al periódico local contándolo. Todos la citaron; estaba llena de tantas palabras que resultaban incomprensibles. 
—Esta noche voy a Egipto —dijo la golondrina, muy ilusionada con la idea. Visitó todos los monumentos públicos y se sentó un buen rato en lo alto del campanario de la iglesia. Por dondequiera que iba, los gorriones piaban y se decían entre sí: «¡Qué forastero tan distinguido!». Así que disfrutó muchísimo. 
Cuando salió la luna, voló de regreso al Príncipe Feliz. 
—¿Tienes algún encargo para Egipto? —gritó—. Apenas estoy empezando. 
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —dijo el príncipe—, ¿no te quedarás conmigo una noche más? 
—Me esperan en Egipto —respondió la golondrina—. Mañana mis amigos volarán hasta la Segunda Catarata. Allí descansa el caballo de río entre los juncos, y en un gran trono de granito se sienta el dios Memnón. Toda la noche contempla las estrellas, y cuando brilla la estrella de la mañana, lanza un grito de alegría y luego guarda silencio. Al mediodía, los leones amarillos bajan a la orilla del agua a beber. Tienen ojos como berilos verdes, y su rugido es más fuerte que el de la catarata. 
«Golondrina, golondrina, pequeña golondrina», dijo el Príncipe, «a lo lejos, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre un escritorio cubierto de papeles, y en un vaso a su lado hay un ramo de violetas marchitas. Su cabello es castaño y áspero, sus labios rojos como una granada y tiene ojos grandes y soñadores. Intenta terminar una obra para el director del teatro, pero tiene demasiado frío para escribir más. No hay fuego en la chimenea y el hambre lo ha dejado desmayado». 
—Esperaré contigo una noche más —dijo la golondrina, que en realidad tenía buen corazón—. ¿Quieres que le lleve otro rubí? 
—¡Ay! Ya no tengo ningún rubí —dijo el Príncipe—; solo me quedan mis ojos. Son de zafiros preciosos, traídos de la India hace mil años. Sácale uno y llévaselo. Él se lo venderá al joyero, comprará comida y leña, y terminará su obra. 
—Querido príncipe —dijo la golondrina—, no puedo hacer eso; y rompió a llorar. 
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —dijo el príncipe—, haz lo que te ordeno. 
Entonces la golondrina le arrancó el ojo al príncipe y voló hacia la buhardilla del estudiante. Entrar fue fácil, pues había un agujero en el techo. Se coló por él y entró en la habitación. El joven tenía la cabeza entre las manos, así que no oyó el aleteo del ave, y cuando levantó la vista, encontró el hermoso zafiro sobre las violetas marchitas. 
«Empiezo a ser apreciado», exclamó; «esto viene de un gran admirador. Ahora puedo terminar mi obra», y parecía muy contento. 
Al día siguiente, la golondrina voló hasta el puerto. Se posó en el mástil de un gran barco y observó a los marineros sacar grandes cofres de la bodega con cuerdas. «¡Arriba!», gritaban al subir cada cofre. «¡Me voy a Egipto!», exclamó la golondrina, pero a nadie le importó, y cuando salió la luna, voló de regreso junto al Príncipe Feliz. 
—He venido a despedirme —exclamó. 
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —dijo el príncipe—, ¿no te quedarás conmigo una noche más? 
—Es invierno —respondió la golondrina—, y pronto llegará la nieve. En Egipto, el sol calienta las verdes palmeras, y los cocodrilos se revuelcan en el barro, observando perezosamente a su alrededor. Mis compañeras construyen un nido en el Templo de Baalbek, y las palomas blancas y rosadas las vigilan, arrullándose entre sí. Querido príncipe, debo dejarte, pero jamás te olvidaré, y la próxima primavera te traeré dos hermosas joyas en lugar de las que me has regalado. El rubí será más rojo que una rosa roja, y el zafiro, tan azul como el gran mar. 
«En la plaza de abajo», dijo el Príncipe Feliz, «hay una pequeña vendedora de cerillas. Se le han caído las cerillas a la cuneta y se han echado a perder. Su padre la castigará si no trae dinero a casa, y está llorando. No lleva zapatos ni medias, y su cabecita está descubierta. Sácame el otro ojo y dáselo a ella, y su padre no la castigará». 
—Me quedaré contigo una noche más —dijo la golondrina—, pero no puedo sacarte el ojo. Te quedarías completamente ciego. 
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —dijo el príncipe—, haz lo que te ordeno. 
Entonces le arrancó el otro ojo al príncipe y se lanzó con él. Pasó rápidamente junto a la vendedora de cerillas y le deslizó la joya en la palma de la mano. «¡Qué preciosa pieza de cristal!», exclamó la niña, y corrió a casa riendo. 
Entonces la golondrina regresó junto al príncipe. «Ahora estás ciego», dijo, «así que me quedaré contigo siempre». 
—No, pequeña Golondrina —dijo el pobre Príncipe—, debes irte a Egipto. 
—Siempre estaré contigo —dijo la golondrina, y se durmió a los pies del príncipe. 
Todo el día siguiente se sentó sobre el hombro del Príncipe y le contó historias de lo que había visto en tierras extrañas. Le habló de los ibis rojos, que se paran en largas filas a orillas del Nilo y atrapan peces dorados con sus picos; de la Esfinge, que es tan antigua como el mundo mismo, vive en el desierto y lo sabe todo; de los mercaderes, que caminan lentamente junto a sus camellos y llevan cuentas de ámbar en sus manos; del Rey de las Montañas de la Luna, que es tan negro como el ébano y adora un gran cristal; de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y tiene veinte sacerdotes que la alimentan con pasteles de miel; y de los pigmeos que navegan sobre un gran lago en grandes hojas planas y están siempre en guerra con las mariposas. 
—Querida golondrina —dijo el príncipe—, me cuentas cosas maravillosas, pero más maravilloso que nada es el sufrimiento de los hombres y de las mujeres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela sobre mi ciudad, pequeña golondrina, y cuéntame qué ves allí. 
Así que la golondrina sobrevoló la gran ciudad y vio a los ricos divirtiéndose en sus hermosas casas, mientras los mendigos se sentaban a las puertas. Voló hacia callejones oscuros y vio los rostros pálidos de niños hambrientos que miraban con desgana las calles negras. Bajo el arco de un puente, dos niños pequeños yacían abrazados para intentar entrar en calor. «¡Qué hambre tenemos!», dijeron. «No debéis estar aquí», gritó el vigilante, y salieron a la lluvia. 
Luego regresó volando y le contó al Príncipe lo que había visto. 
—Estoy cubierto de oro fino —dijo el Príncipe—, debéis quitármelo, hoja por hoja, y dárselo a mis pobres; los vivos siempre creen que el oro puede hacerlos felices. 
Hoja tras hoja del oro fino, la golondrina recogió, hasta que el Príncipe Feliz se veía apagado y gris. Hoja tras hoja del oro fino llevó a los pobres, y los rostros de los niños se sonrojaron, y rieron y jugaron en la calle. «¡Ahora tenemos pan!», gritaron. 
Luego llegó la nieve, y después la escarcha. Las calles parecían de plata, tan brillantes y relucientes; largos carámbanos, como dagas de cristal, colgaban de los aleros de las casas, todos andaban con abrigos de piel, y los niños pequeños llevaban gorros escarlata y patinaban sobre el hielo. 
La pobre golondrina sentía cada vez más frío, pero no quería abandonar al príncipe; lo quería demasiado. Recogía migas de pan frente a la puerta del panadero cuando este no miraba e intentaba mantenerse caliente batiendo sus alas. 
Pero al fin supo que iba a morir. Apenas tuvo fuerzas para volar hasta el hombro del Príncipe una vez más. «¡Adiós, querido Príncipe!», murmuró, «¿me permites besar tu mano?». 
—Me alegra que por fin vayas a Egipto, pequeña Golondrina —dijo el Príncipe—, te has quedado demasiado tiempo aquí; pero debes besarme en los labios, porque te amo. 
—No voy a Egipto —dijo la golondrina—. Voy a la Casa de la Muerte. La muerte es hermana del sueño, ¿no es así? 
Y besó al Príncipe Feliz en los labios, y cayó muerto a sus pies. 
En ese instante, un crujido curioso resonó en el interior de la estatua, como si algo se hubiera roto. De hecho, el corazón de plomo se había partido en dos. Sin duda, hacía un frío terrible. 
A la mañana siguiente, el alcalde paseaba por la plaza junto a los concejales. Al pasar junto a la columna, levantó la vista hacia la estatua y exclamó: «¡Caramba! ¡Qué aspecto tan desaliñado tiene el Príncipe Feliz!». 
“¡Qué aspecto tan deplorable!”, exclamaron los concejales, que siempre estaban de acuerdo con el alcalde, y subieron a verlo. 
“El rubí se le ha caído de la espada, ha perdido la vista y ya no es el rey”, dijo el alcalde, “¡en realidad no es más que un mendigo!”. 
“No es mucho mejor que un mendigo”, dijeron los concejales. 
“¡Y aquí hay un pájaro muerto a sus pies!”, continuó el alcalde. “Debemos emitir una proclamación que prohíba que los pájaros mueran aquí”. Y el secretario municipal tomó nota de la sugerencia. 
Así que derribaron la estatua del Príncipe Feliz. «Como ya no es bello, ya no es útil», dijo el profesor de arte de la universidad. 
Luego fundieron la estatua en un horno, y el alcalde convocó una reunión de la corporación para decidir qué hacer con el metal. «Por supuesto que debemos tener otra estatua», dijo, «y será una estatua mía». 
—Por mi cuenta —dijo cada uno de los concejales, y se pusieron a discutir. La última vez que supe de ellos, seguían discutiendo. 
«¡Qué cosa más extraña!», exclamó el capataz de los obreros de la fundición. «Este corazón de plomo roto no se derretirá en el horno. Debemos tirarlo». Así que lo arrojaron a un montón de escombros donde también yacía la golondrina muerta. 
«Tráeme las dos cosas más preciosas de la ciudad», dijo Dios a uno de sus ángeles; y el ángel le trajo el corazón de plomo y el pájaro muerto. 
«Has elegido bien», dijo Dios, «porque en mi jardín del Paraíso este pajarito cantará para siempre, y en mi ciudad de oro el Príncipe Feliz me alabará».
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viernes, 16 de octubre de 2026

Inocenciay candor



MARCELINO, SU FAMILIA Y EL METRO 
QUE SE TRAGABA A LA GENTE


Por Gilberto García Mercado



Marcelino Paternina era un campesino de manos anchas, sombrero de palma y una filosofía tan sencilla que cabía en el bolsillo de su camisa. Para él, el mundo se dividía en tres partes: la parcela, el pueblo y el camino que unía ambas cosas. Lo demás eran inventos para complicarle la existencia a la gente.

Vivía con su esposa, Tomasa, sus dos hijas adolescentes, Yuliana y Patricia, y un suegro llamado don Próspero, quien llevaba veinte años anunciando que estaba a punto de morirse, aunque gozaba de una salud que habría despertado envidia en cualquier caballo.

La familia se trasladó a Medellín después de que un primo de Marcelino les ofreciera trabajo en un restaurante. Según él, la ciudad era una máquina de producir dinero.

—Allá nadie pasa hambre —les aseguró—. El que no trabaja es porque no quiere.

Marcelino vendió unos cerdos, guardó los ahorros en una bolsa de tela y emprendió el viaje convencido de que pronto regresaría con suficiente dinero para comprar una parcela más grande.

Apenas llegaron, Tomasa tuvo que sentarse en una banca. Frente a ellos se levantaban edificios que parecían competir por alcanzar el cielo. Los vehículos pasaban sin descanso, y el humo de los tubos de escape formaba una neblina que le irritó los ojos a don Próspero.

—¿Aquí queman las cocinas desde la mañana? —preguntó el anciano.

—No, abuelo —respondió Yuliana—. Eso es contaminación.

Don Próspero frunció el ceño.

—Pues que dejen de contaminar. Uno viene a conocer la ciudad y lo primero que le ofrecen es una ahumada gratis.

El primer trabajo de Marcelino consistió en ayudar en la cocina del restaurante. Era cumplidor, madrugador y obediente, pero tenía una dificultad: no entendía por qué los clientes exigían que todo estuviera listo inmediatamente, como si las vacas se ordeñaran solas y los tomates nacieran picados.

—¡Un almuerzo para llevar! —gritaba un hombre con corbata.

—¿Y dónde se lo va a llevar? —preguntaba Marcelino—. Porque si es para una finca, puedo recomendarle un buen camino.

El administrador estuvo a punto de despedirlo el primer día.

Tomasa consiguió empleo por horas limpiando apartamentos. Allí descubrió que algunas personas tenían tantas habitaciones que podían perderse dentro de su propia casa.

Una señora le mostró un aparato automático para limpiar el piso y le explicó que no necesitaba barrer.

—¿Y entonces para qué me contrataron? —preguntó Tomasa.

La mujer no encontró una respuesta convincente.

Las hijas, entretanto, se adaptaron con mayor rapidez. Aprendieron a usar el teléfono para consultar rutas, comprar ropa y conversar con sus nuevas amistades. Marcelino, que apenas sabía contestar llamadas, las observaba con recelo.

—Estas muchachas hablan más con una pantalla que conmigo.

—Papá, es que aquí todo se hace por internet —dijo Patricia.

—¿Y las cosas que no están en internet?

—Pues no existen.

Marcelino guardó silencio. Aquella respuesta le pareció más peligrosa que una serpiente en el gallinero.

El verdadero conflicto llegó el día en que tuvieron que utilizar el metro. Un compañero de trabajo le explicó que era el transporte más rápido y cómodo para atravesar la ciudad.

Marcelino reunió a la familia y descendieron a una estación.

Al ver las escaleras eléctricas, Tomasa retrocedió.

—¡Eso se mueve solo!

—Claro, mamá —dijo Yuliana.

—Pues que se mueva solo, pero sin nosotros.

Marcelino decidió demostrar que no tenía miedo. Puso un pie en el primer escalón y, al sentir que el aparato lo arrastraba hacia arriba, levantó los brazos como un equilibrista.

—¡Agárrenme! ¡Esta escalera tiene voluntad propia!

Un joven lo sujetó del codo antes de que cayera. Las hijas se taparon la cara, Tomasa rezó un padrenuestro y don Próspero, desde abajo, gritó que no pensaba subir a ninguna máquina que no tuviera un conductor visible.

En el andén, Marcelino descubrió que la gente esperaba detrás de una línea amarilla. Cuando llegó el tren, las puertas se abrieron y una multitud salió mientras otra intentaba entrar. Él quedó atrapado en medio del movimiento.

—¡Despacio, señores! ¡Que no estamos repartiendo una herencia!

Una mujer lo empujó, un estudiante le pisó un zapato y un ejecutivo pasó hablando por teléfono, sin siquiera mirarlo.

Finalmente, Marcelino logró entrar, pero las puertas se cerraron antes de que don Próspero alcanzara el vagón.

El anciano quedó en el andén, indignado.

—¡Marcelino! ¡Ese cajón se ha llevado a mi familia!

El tren partió. Durante dos estaciones, Marcelino viajó pálido, abrazado a la bolsa donde guardaba sus documentos. Cuando se abrieron las puertas, salió como quien escapa de un naufragio y corrió a buscar a su suegro.

Lo encontraron sentado junto a un vigilante, explicándole que los trenes eran animales metálicos que se tragaban a la gente por tandas.

Aquella noche, en el pequeño apartamento que compartían con otra familia, Marcelino hizo cuentas. El arriendo, los pasajes, la comida y los servicios consumían casi todo lo que ganaban. Para colmo, el restaurante había reducido sus horas de trabajo.

Tomasa extrañaba su patio. Las muchachas echaban de menos el espacio. Don Próspero quería volver a dormir sin escuchar el ascensor, que a sus oídos sonaba como un ataúd subiendo y bajando toda la noche.

Marcelino miró por la ventana. Las luces de la ciudad brillaban como estrellas atrapadas detrás de una reja.

—¿Saben una cosa? —dijo—. En el campo, cuando uno no tiene dinero, al menos puede sentarse bajo un árbol y pensar. Aquí, si uno no tiene dinero, ni siquiera puede sentarse tranquilo, porque hasta las bancas parecen estar reservadas para alguien.

Tomasa asintió.

A la mañana siguiente, Marcelino llamó al primo que los había convencido de mudarse. Le pidió ayuda para conseguir el transporte de regreso.

—¿Tan pronto te vas? —preguntó el hombre—. ¡Pero si apenas estás empezando a progresar!

—Tienes razón —respondió Marcelino—. He progresado tanto que ya sé dónde queda la estación, cómo funciona una escalera y cuánto cuesta vivir sin ver el cielo. ¡Ahora vámonos para el terruño, porque prefiero sudar sembrando yuca que pasarme la vida montado en un tren que se traga a la gente y me devuelve más pobre de lo que me encontró!
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domingo, 11 de octubre de 2026

Prosa Rural




EL DÍA QUE EUSEBIO DESCUBRIÓ
QUE LA CIUDAD NO TENÍA
DÓNDE AMARRAR UN BURRO

 

Por Gilberto García Mercado

 



Eusebio Marrugo llevaba cuarenta y ocho años viviendo en una vereda donde las noticias llegaban montadas en mula y las preocupaciones se resolvían, casi siempre, debajo de un palo de mango. Su esposa, Remedios, tenía la virtud de discutir con las gallinas y ganarles siempre. Sus hijos, Anacleto y Milagros, habían crecido entre el olor del maíz recién molido, el canto de los gallos y las cuentas interminables de una tienda donde el crédito se concedía según la cara del cliente y la paciencia del tendero.

Pero un día, Anacleto regresó de una visita a Bogotá con la cabeza llena de edificios y la lengua untada de promesas.

—Papá, allá hay oportunidades. Uno puede progresar, conseguir empleo, comprar apartamento y hasta vivir cerca de un centro comercial.

Eusebio, que jamás había visto un centro comercial y sospechaba que debía tratarse de una plaza de mercado con pretensiones, decidió vender dos terneros, empacar sus pertenencias y llevarse a la familia a conquistar la capital.

El viaje fue largo. Cuando finalmente descendieron del autobús, Eusebio quedó inmóvil ante una avenida por donde rugían automóviles, motocicletas, buses y camiones. El aire olía a gasolina quemada, caucho caliente y algo indefinible que le recordó una vaca enferma.

—¿Aquí también se cocina con petróleo? —preguntó.

Remedios se acomodó el pañolón.

—Cállate, hombre. No vayas a demostrar que somos nuevos.

Pero era demasiado tarde. La ciudad ya los había descubierto.

Anacleto sacó el teléfono para consultar la dirección del apartamento que les había conseguido un conocido. Mientras tanto, Milagros miraba hacia arriba, fascinada por los rascacielos que parecían haber sido construidos por gigantes aburridos de vivir sobre la tierra.

—Mamá, ¿y si a uno le dan ganas de barrer el techo?

—Primero aprende a barrer el piso —contestó Remedios—. Que bastante trabajo me das en una sola dimensión.

Para llegar al apartamento tuvieron que cruzar un puente peatonal. Eusebio se agarró de la baranda y observó el tráfico desde arriba.

—¡Ave María! ¡Esta gente anda a toda velocidad! ¿Y si a alguno se le queda olvidada la cabeza en la casa?

Nadie le respondió. Todos corrían.

En el edificio, el ascensor les produjo la primera gran desgracia doméstica. Cuando las puertas se cerraron, Remedios gritó que los estaban metiendo en una nevera vertical. Eusebio buscó el machete, convencido de que aquel cajón metálico pretendía transportarlos al otro mundo.

—No se preocupen —dijo Anacleto, tratando de conservar la dignidad—. Esto es moderno.

—Pues que la modernidad abra la puerta —respondió su padre—, porque yo todavía tengo asuntos pendientes con la vida.

Los días siguientes fueron una colección de desastres. En el supermercado, Remedios encontró huevos empacados en cajas transparentes y preguntó quién había cometido la crueldad de separar a las gallinas de sus productos. Eusebio quiso comprar una libra de plátanos, pero terminó pagando casi lo mismo que por una gallina entera en la vereda.

En el centro comercial, la familia caminó durante dos horas sin comprar absolutamente nada. Milagros entró en una tienda de ropa, Remedios se perdió en un almacén de electrodomésticos y Eusebio acabó sentado frente a una fuente artificial.

—Esto es lo más parecido a un río que he visto desde que llegamos —dijo—, con la diferencia de que aquí ni siquiera se puede pescar una mojarra.

La inseguridad también les enseñó sus propias lecciones. Un muchacho les arrebató una bolsa mientras cruzaban una calle.

Eusebio salió detrás de él, pero tuvo que detenerse ante un semáforo en rojo.

—¡Ladrón! ¡Devuélvame mis cosas!

El muchacho desapareció entre la multitud. Eusebio permaneció en la acera, indignado porque hasta los delincuentes parecían conocer mejor las reglas de la ciudad que él.

La noche del sábado fueron al cine. Anacleto compró entradas para una película de acción. Eusebio, al ver la pantalla gigantesca, se levantó de la silla.

—¡Muchacho, bájale el volumen a ese televisor! ¡Van a despertar a todo el barrio!

Los demás espectadores protestaron. Remedios lo sentó de un tirón y le explicó que allí nadie conversaba, nadie preguntaba y nadie se levantaba a saludar a un conocido. Eusebio concluyó que aquel lugar era una iglesia donde se adoraba a unos muñecos que gritaban.

Al cabo de un mes, la familia empezó a extrañar la vereda. Extrañaban el silencio, las conversaciones largas, el olor de la tierra mojada y hasta las gallinas que Remedios regañaba al amanecer. Eusebio, sobre todo, echaba de menos poder caminar sin que alguien le pitara, lo empujara o le cobrara por respirar cerca de un establecimiento.

Una mañana, mientras contemplaba desde la ventana las interminables filas de vehículos, tomó una decisión.

—Anacleto, empaca las maletas. Nos vamos.

—¿Y las oportunidades, papá?

Eusebio se rascó la cabeza, miró los edificios y respondió con la solemnidad de un hombre que acababa de descubrir una gran verdad económica:

—¡Hijo, en esta ciudad hasta las oportunidades vienen atornilladas, y uno tiene que pagar para que se las desatornillen! Vámonos para el terruño, donde el burro no necesita ascensor y el aire todavía se puede respirar sin pedir permiso.

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