miércoles, 5 de agosto de 2026

De Un Monólogo Interior


BURNOUT: PSICODRAMA EN AUTOCONSULTA


Por Francisco Aguiar



En la sala de observación de una clínica psiquiátrica se encuentra la psicóloga Verónica Arciniegas mirando con fijeza el espejo unidireccional (espejo espía) que tiene justo al frente, pues sabe que un conjunto de especialistas la están monitoreando. 

Está descalza, despeinada, tiene ojeras y en las muñecas el vendaje compresivo que se utiliza para detener hemorragias.

Viste un conjunto blanco holgado.

La psicóloga-paciente, Verónica Arciniegas, pese a saberse una rata de laboratorio no se muestra hiperquinética ni angustiada, pero deja entrever una tristeza honda.

De fondo debe escucharse el 1er movimiento de la sonata Claro de Luna de Beetthoven, al menos por un minuto, para dar inicio al psicodrama.

Verónica Arciniegas (Camina hacia el espejo espía. Golpea con los nudillos): Sé que están haciendo anotaciones para sus insulsos informes. Sé que me monitorean cual si fuese una rata de laboratorio. (Deja de golpear. Cínica) Queridos colegas, déjenme decirles que rayan en el ridículo. ¿De verdad creen que, por el simple hecho de mantenerme monitoreada, darán un diagnóstico adecuado? Por cierto, las evaluaciones psicométricas que me hicieron dan asco.  

(Da la espalda. Escudriña la sala) Lo bueno de haber contestado esos estúpidos cuestionarios fue que me permitieron fumar. ¿Y mis cigarros? ¿Dónde están mis cigarros? Hace más de una semana que no fumo y mi cuerpo pide a gritos (Cantandito): Nicotina, nicotina, nicotina, nicotina. (Toma la caja de Marlboro que está en la mesa junto al encendedor. Extrae uno y lo enciende. Voltea. Vuelve a mirar hacia el espejo espía) Esto sí lo hicieron bien: son mis favoritos.  

(Se sienta. Da profundas caladas. Mira el cigarrillo consumirse por unos segundos. Como no tiene ceniceros echará las cenizas en el piso) No me vean así. Toca echar las cenizas en el piso pues los ceniceros, en esta sala de observación, brillan por su ausencia. ¿Los quitaron por seguridad o por joderme la vida? Díganme, les estoy preguntando.

(Visiblemente molesta se levanta de la silla y arroja la colilla hacia el espejo espía) ¡Que no haya un maldito cenicero en esta inmunda sala es una grosería, un insulto! ¿Por qué recibo este trato? ¿Acaso no soy colega de ustedes? ¿Acaso, por mi permanencia aquí, mi hermano Raúl no está pagando un ojo de la cara? Y para qué, para que me mantengan sedada. (Pausa) Ya entiendo. La misión de ustedes es terminar el trabajo que empecé. (Pausa larga) Si la lobotomía fuera legal (Señala a sus colegas) desde hace rato me habrían taladrado el cráneo, pero saben algo: no hay taladro – por grande que sea – que pueda perforar lo que guardo (Se toca el corazón) aquí y (Se toca la cabeza) aquí.   

(Señalando a la neuróloga) Dra. Garcés, el epígrafe de la magna obra de Camus que dice: “Oh, alma mía, no aspires a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible”. ¿Qué te produce? (Pausa larga) ¿Vas a responder? Entiendo, no lo harás en este momento porque eres sumamente analítica… Sin embargo, dentro de cuatro o cinco meses sorprenderás a tus lectores con un ensayo fabuloso. Esa será tu respuesta. Por cierto, te hice la pregunta no porque seas la única neuróloga de esta ratonera, sino por tu vena filosófica.


La cita del poeta Píndaro, que acabo de mencionar, la eligió Camus para abrir El mito de Sísifo. ¿Leyeron esta obra? Espero que sí, y si no, sugiero que lo hagan. Un especialista en salud mental que no conozca este ensayo no debería estar titulado. (Pausa) Los que no lo leyeron, exijo que lo descarguen en este momento. (Autoritaria) Que lo descarguen, les digo.

(Camina por la sala como dando tiempo a que cumplan su orden). ¡Qué lindos, hicieron el trabajo! Ahora diríjanse al primer párrafo del primer capítulo y repitan conmigo: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”. (Pausa) ¿Qué les pareció esta sentencia? ¿Cierto que todos los habitantes de este planeta deberían leer y releer este ensayo? 

(Un poco más calmada deja de desplazarse por la sala de observación) Me internaron hace trece días por haberme cortado las venas (Muestra el vendaje compresivo que tiene en las muñecas) y ahora el mundo quiere saber qué llevó a la prestigiosa doctora en psicología Verónica Arciniegas a tomar esa decisión. ¿Ven el morbo que hay en todo esto? La gente se pregunta: ¿Cómo llegan al suicidio especialistas en salud mental, prominentes médicos, enfermeras, educadores, en fin, personas que – según la opinión general – son ejemplos a seguir? Y la respuesta es simple: somos humanos y los humanos nos damos a la autodestrucción.

(Pausa. Como si mirara al psiquiatra que le suministra los ansiolíticos que la mantienen sedada) Y usted, doctor Ramírez, no me miré así. Usted mejor que nadie sabe que los psiquiatras y psicólogos presentamos altas tasas de suicidio. Para no ir muy lejos, su padre saltó de la azotea de una de las Torres de Parque Central y el mío se voló la cabeza con un disparo de escopeta. (Cínica) Diferente método, mismo resultado. 

¿Saben qué aprendí de un caleño cuando hice mi doctorado en la Pontificia Universidad Javeriana? Aprendí que “el trabajo embrutece, degenera y al final mata”. Por cierto, este caleño no era ningún letrado… era el señor que se encarga del aseo de la universidad y le escuchaba decir – mientras trapeaba los pasillos – esta sentencia. (Pausa) En ella está mi diagnóstico, pero como son tan insulsos ni en mil vidas captarán el mensaje.

(Queda inmóvil por unos segundos y señala las cenizas de su cigarrillo) Son la metáfora de un síndrome que produce más bajas que los drones de Israel, Irán, Ucrania y Rusia juntos. (Mira hacia la ventana con fijeza) ¿Aún no saben a qué hago alusión? Vaya, estoy siendo monitoreada por oligofrénicos. (Resignada) Bueno, acá les va: hago alusión al burnout.

(Pausa larga) Sé que no hay registros que confirmen mi afirmación. Sin embargo, ninguno puede negar que el estrés laboral crónico y las jornadas extenuantes reducen a cenizas a ingentes cantidades de personas.

(En tono desafiante) Anoten en sus informes que la psicóloga clínica Verónica Arciniegas padece el síndrome de desgaste profesional, que eso fue lo que la llevó a atentar contra su vida. (Pausa) ¿Ven lo buena que soy? Tan buena que entregué el diagnóstico que jamás iban a encontrar.

(Mira en el lateral izquierdo de la sala el reloj digital) Qué reloj tan feo. Es como los edificios modernos: funcionales, asépticos, pero carentes de belleza. (Pausa) Ese reloj digital me muestra, hoy más que nunca, el peso del tiempo. (Pausa larga) ¡Vaya, por fin lo entiendo! Me sobrecargo de ocupaciones para no sentir el aplastante peso del tiempo. (Pausa) ¿Saben a cuántos pacientes atiendo por día? ¿No lo saben? Atiendo a seis, a veces siete y paso consultas de lunes a sábado. Saquen la cuenta. A la semana atiendo a más de treinta y seis… y a diferencia de ustedes: yo sí doy con diagnósticos acertados y logro que mis pacientes se restablezcan.

(Saca otro cigarrillo. Lo enciende. Fuma) Y al llegar al apartamento qué creen, pues estudio caso por caso, hago informes… (Muestra el cigarro que se está fumando) Adquirí este horrible hábito por pasarme la vida trabajando. Hagan un ejercicio de visualización. ¿Están listos? Visualícenme a las dos, a las tres, a las cuatro de la mañana, frente al computador, fumando. (Con ironía) Trabajar y fumar, en eso se traduce mi vida.

(Pausa larga) Burnout significa “consumirse por completo”. (Vuelve a mostrar el cigarrillo. Echa las cenizas en el piso) ¿Comprenden la analogía? (Pausa larga) Lo irónico es que la adicción al trabajo es socialmente aceptable. A los alcohólicos, a los ludópatas, a los cocainómanos los censuramos… pero al que se consume trabajando lo miramos con respeto, como un ejemplo a seguir.

(Vuelve a mirar el reloj) Faltan unos minutos para la hora de la visita y el tiempo me está aplastando. Literalmente siento que me tritura los huesos y todo porque no puedo estar sin hacer nada. (Pausa) Si tuviera mi laptop, estaría revisando lo que tengo atrasado. (Mira sus lentes de lectura, el conjunto de libros y carpetas y la rosa que está sobre la mesa) Ah, ya sé. Me pondré a leer mientras llega Raúl.

(Se sienta. Toma sus lentes de lectura. Se los coloca. Revisa los títulos) A ver qué tenemos por acá (Lee) ¿Cómo ganar amigos e influir sobre las personas? De Dale Carnegie. Colegas, este libro es una basura (Lo arroja con fuerza hacia el lateral izquierdo). Y aquí qué tenemos (Lee) Piense y hágase rico, de Napoleon Hill. (Lo arroja) Este libro es una basura… y por acá qué tenemos (Lee) El vendedor más grande del mundo, de Og Mandino. (Lo arroja). ¿Es en serio? ¿Ustedes recomiendan la “filosofía del éxito” de los yankees a sus pacientes? Qué asco me dan. (Pausa) Me dan asco las personas que promueven el pensamiento mágico-pendejo. (Sigue buscando. Toma un libro que llamó su atención. Lee) El hombre en busca de sentido, de Viktor Frank. ¡Por fin algo que vale la pena! Lo he leído muchas veces, me sé pasajes de memoria y sin embargo… (Sigue revisando. Lee) La empresa perdona un momento de locura, de Rodolfo Santana. (Con fruición) Una joya del dramaturgo más grande de Venezuela.

(Pausa. Se levanta de la silla. Deja el libro en la mesa) Esta es la historia de una psicóloga industrial que manipula a un obrero para que le caiga a coñazos a un muñeco. (Como la psicóloga industrial de la obra de Santana): “Señor Orlando – como si mostrara al muñeco de tamaño natural – este es el señor González y representa esta empresa, las troqueladoras que le trituraron la mano al muchacho, la plusvalía que te roban… En fin, representa la opresión y sanarás sólo si lo golpeas, si descargas en él toda tu ira, tu frustración”. (Pausa) El resto de la historia ya la saben. El señor Orlando, al final del psicodrama: golpea, muerde y despedaza al muñeco que representa al tirano explotador.

(Pausa) Esta es la obra más representada de Santana. Le ha dado la vuelta al mundo como catorce veces. (Pausa) ¿Sabían que Santana escribió esta pieza por un artículo que leyó sobre los obreros de Japón en los años 70?

En Japón construían muñecos parecidos a los dueños de las fábricas, para que los obreros descargaran su ira contra ellos. Si, por ejemplo, a media jornada un obrero sentía la necesidad de golpear al patrono explotador… zas, golpeaba e insultaba al muñeco. Luego, más calmado, volvía a su tarea. (Pausa) Esta terapia lograba obreros eficientes y felices.


Hablando de psicodramas, ¿les parece si represento el mío en este momento? Total, salvo El hombre en busca de sentido y La empresa perdona un momento de locura, en esta sala no hay una obra que valga la pena. Entonces, ¿presento mi psicodrama? Creo que no me será difícil. En la UCV pertenecí al Teatro Universitario y mi histrionismo asombraba. (Vuelve a mirar el reloj) Será sólo hasta que llegue mi hermano Raúl.

(Pausa. A modo de advertencia) No desperdicien este histórico momento pues mañana, sí o sí, deben darme de alta. Esto quedó acordado el día de mi ingreso. Conozco mis derechos. No están frente a una pendeja. (Con pedantería) Están frente a una psicóloga clínica con varias especializaciones y un IQ de 144.  

En esta sala hay micrófonos escondidos. Pregunten lo que les venga en gana o, si prefieren – cual Hamlet – responderé mis propias preguntas. Ahora que lo menciono, el príncipe de Dinamarca no estaba loco: sólo era un hombre con una severa depresión. (Con orgullo) Soy de la estampa de Hamlet y aseguro que las palabras que están grabando, en un futuro, serán estudiadas en universidades e institutos de oratoria.

Voz en off: Doctora Arciniegas, estamos de acuerdo, proceda con el psicodrama.

(Con asombro): Vaya, hasta que capté su atención. Está bien, empezaré mi autoconsulta. 

(Coloca el mueble que está en el lateral izquierdo de la sala justo al lado de la silla donde estaba sentada. Se arregla el cabello y ajusta los lentes. Toma una de las carpetas que están sobre la mesa y se sienta en la silla).

(Mientras esté en la silla, usará las gafas de lectura y actuará como psicóloga clínica; cuando pase al mueble, se las quitará y hará de paciente. Transición)

Psicóloga (Revisando la carpeta): A ver, antes de empezar la consulta, dejemos los puntos sobre la mesa. ¿Estamos de acuerdo? (Pausa. Como si mirara a la paciente) Sé que eres Dra. en Psicología, pero tienes que asumir que eres mi paciente. Esto es importante aclararlo. Ahora bien, quisiera saber si escribiste alguna carta o si dejaste una grabación antes de cortarte las venas, o si – por el contrario – te las cortaste en un arrebato de crisis existencial.

(Deja la carpeta y los anteojos en la mesa y, acto seguido, se recuesta en el mueble como si este fuera un diván. Transición)

Paciente (Reflexiva): Un acto como el que realicé – ya lo dijo Camus – “se prepara en el silencio del corazón, lo mismo que una gran obra”. (Pausa larga) Como mi único pariente es mi hermano Raúl, le escribí una carta y se la dejé en el estuche de su guitarra para que pudiera leerla. La dejé allí, porque si la hubiera dejado en la mesa u otro lugar jamás la hubiese visto. (Pausa) Mi hermano es muy despistado. (Como si mirara a la psicóloga que le hace la consulta) ¿Que qué le escribí en la carta? Pues le escribí que me perdonara por dejarlo solo y un montón de sensiblerías.


Como casi nunca estoy en el apartamento Raúl poco me visita, pero como tiene la llave de vez en cuando entra… sobre todo a ensayar. (Pausa) El día que atenté contra mi vida le dio por buscar una letra de su autoría que dejó en el estuche. (Pausa larga) Cuando reaccioné, en la clínica, me dijo que sólo iba a tomar su canción y salir, pero le llamó la atención que el reproductor estuviera sonando a todo volumen. 

(Pausa larga) Al principio pensé en ahorcarme, en la asfixia mecánica, mas no quise estropear mi hermoso cuello (Se lo acaricia). En fin, la vanidad me hizo cambiar de planes y me corté las venas. (Reflexiva) Qué cosa tan tremenda es la vanidad… quería estar muerta, pero no afear mi cuello. (Pausa) Raúl me encontró inconsciente, bañada en sangre, mientras de fondo se escuchaba el 1er movimiento de la sonata Claro de Luna de Beethoven. Un cuadro patético, tan patético como una película de Bergman.  

(Se incorpora para tomar sus lentes de lectura y colocárselos; también toma una carpeta. Da unos pasitos y se sienta en la silla que está al lado del mueble. Transición)

Psicóloga (Abre la carpeta y toma unos apuntes con un bolígrafo imaginario): Usted y yo somos una suerte de basurero. (Pausa) No me mire así. Los pacientes sacan su basura y la depositan en nosotras… y esto, tarde o temprano, termina contaminándonos. (Pausa) En esto, que sabes bien, no quiero ahondar. Pero quiero saber cuál de tus pacientes te afectó más. ¿Si me explico? (Pausa) Bregamos a diario con la fragilidad humana y muchas veces olvidamos que, pese a la coraza del método científico y el distanciamiento profesional, absorbemos el dolor y las angustias de nuestros pacientes.

(Deja la carpeta y los anteojos en la mesa. Toma la rosa y se recuesta en el mueble como si este fuera un diván. Transición)

Paciente (Sosteniendo la rosa sobre su pecho. Yéndose por sus recuerdos): Brindé Primeros Auxilios Psicológicos en el McDonald’s de Caraballeda, el cual sirvió como hospital para atender a los supervivientes del doble terremoto que azotó a la Guaira. (Pausa) ¿Usted leyó el reportaje que salió en El País o vio los videos del McDonald’s que se hicieron virales?

(Como si escuchara la respuesta) Ese reportaje y esos vídeos mostraron al mundo la grave crisis de desatención institucional que hay en Venezuela. (Con rabia) En un país normal los efectivos militares se despliegan en las zonas siniestradas de manera inmediata. Acá brillaron por su ausencia. (Pausa) Si los que nos desgobiernan hubieran actuado con prontitud, se habrían salvado miles de vidas. ¿Sabes qué me gustaría? (Encrespando las manos) Me gustaría desintegrar las fuerzas armadas, destruirlas con mis propias manos, pues no sirven para nada. (Con ironía) Bueno, sirven para que una camarilla se perpetúe en el poder… y sabes qué, mejor no sigo con este vals pues me desviaré de su pregunta.

(Pausa larga) Movida por mi vocación de servicio fui a la Guaira a brindar contención emocional a los supervivientes del terremoto. (Evocativa) En la hamburguesería que convertimos en hospital: trabajé con dos psicólogas egresadas de la Martin Luther King, con una estudiante de la Bicentenaria de Aragua y con el neuropsicólogo Miguel Romero. (Pausa) Romero nos ayudó a actualizar protocolos y después se entregó a su tarea de cirujano. Recuerdo que cuando dejó nuestra área: operó a una muchacha, que había dado a luz en la calle, para evitar que se desangrara.

(Como si mirara a la psicóloga) ¿Qué cómo la operó? No creo que saber cómo la operó te sirva para algo, pero acá va la respuesta: la operó en una banqueta, a cuarenta grados de temperatura, mientras una enfermera iluminaba con la linterna de su celular. (Con ironía) ¿Satisfice tu curiosidad? ¿Estás contenta?

(Pausa larga) Atendí a tres personas que tenían la mirada de las mil yardas, a nueve con ataques de pánico y ansiedad generalizada, pero – en ese McDonald’s – el síndrome del sobreviviente marcaba la pauta. Una y otra vez escuchaba decir: “¿Por qué murió mi hijo y yo no?”, “¿Por qué murió mi esposa y yo no?”, ¿Por qué murieron todos los integrantes de mi familia y yo no? (Pausa) Esas voces día y noche me atormentan. (Le muestra la rosa a la psicóloga) El mundo debería ser un campo de rosas y, en vez de eso, es un montón de escombros. ¿Ya entiende usted por qué impera la desesperanza?

(Se incorpora, deja la rosa en la mesa. Toma sus lentes de lectura y se los cala. Se dirige a la silla y se sienta. Transición)

Psicóloga: (Conmovida) Qué fuerte lo que cuentas. Ahora entiendo que esa catástrofe minó tu voluntad y por ello no has podido sobrellevar la carga. Y sabes qué: yo tampoco hubiera podido. (Pausa larga) Imagino que a varios de los que les brindaste Primero Auxilios Psicológicos, en la Guaira, se convirtieron en tus pacientes y las consultas fueron gratis. ¿Cierto que tengo razón? 

(Deja los anteojos en la mesa y, paso seguido, se dirige hacia el mueble para recostarse como si este fuera un diván. Transición)

Paciente: (Como si mirara a la psicóloga) ¿Y usted qué come que adivina? Tal como lo cuentas, así ocurrió. (Pausa larga) En ese McDonald’s u hospital, como quieras llamarlo, estuve una semana y siempre me llenará de orgullo saber que trabajé con un equipo interdisciplinario de altura. (Pausa) Conservo, como un tesoro, la foto donde salgo con el cirujano Fernando Jaimes, el neuropsicólogo Miguel Romero, las psicólogas de la Luther King y dos enfermeras. Esta foto la tomó un periodista de El País y, como puedes imaginar, de fondo puede verse un edificio derruido y toneladas de escombros. (Pausa) Por lo que representa esa foto la colgué en mi consultorio.

(Pausa larga) ¿Conoces la historia del cardiólogo René Favaloro? (Como si escuchara la respuesta) Como no la conoces te la contaré. Aquí va: Favaloro era un ferviente defensor del humanismo médico. Tan es así que creó una técnica quirúrgica revolucionaria y la entregó al mundo sin cobrar patentes, es decir, sin cobrar ni medio y no sólo eso, creó una fundación para que la ciencia estuviera al servicio del pueblo argentino. Si la dejamos hasta aquí, sería una bella historia. Pero resulta que el final fue trágico.


(Pausa larga) Su altruismo lo llevó a contraer una deuda millonaria, una gran depresión y acá viene la paradoja: el hombre que salvó miles de corazones… destruyó su propio corazón con un disparo. ¿Sabes por qué te cuento esta historia? Pues, salvando las distancias, mi historia es igual a la de este cardiólogo. (Pausa) Le he devuelto la esperanza a centenares de personas y ¿sabes qué es lo triste?: que no siento esperanza. (Llora amargamente) Ya no siento nada.

(Se calma un poco. Se incorpora. Dirigiéndose a los especialistas) ¿Están conformes? Espero que sí, pues en este momento doy por terminado el psicodrama.

Voz en off: Estamos conformes. (Pausa) Dra. Arciniegas, cuando guste, diríjase al área de visitas: la está esperando su hermano. 

Verónica Arciniegas (A modo de petición): Díganle que en cinco minutos estaré por allá. (Pausa) Me fumaré otro cigarrito. Lo fumaré acá, pues a Raúl no le gusta verme fumar.

(Toma la caja de Marlboro que está sobre la mesa, saca un cigarrillo y lo enciende. – En cuanto lo encienda, a un tiempo, debe sonar de fondo el primer movimiento de la sonata Claro de Luna de Beethoven y se apagarán las luces –. Fuma en la oscuridad de la sala hasta que el cigarro se consuma por completo).

  

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