viernes, 15 de mayo de 2026

Crónica Íntima

 

Ahora cae nieve sobre sus vidas



Por Gilberto García Mercado



Las madres de edad avanzada, de cabellos grises y rostros tiernos, han atravesado distintas estaciones de la vida. Primero fueron niñas que asistieron a la escuela y comenzaron a formar su carácter. Después llegaron los sueños juveniles, los primeros amores, las ilusiones y los esfuerzos por prepararse para la vida. Más tarde levantaron hogares y sembraron los cimientos sobre los cuales crecimos todos los hijos de este universo.

Son madres dignas y ejemplares. Mujeres sufridas y abnegadas. Cada una vivió su propia batalla silenciosa. Está la madre que rechazó su propia ración de pan para alimentar a su pequeño; la que pasó noches enteras en vela vigilando la fiebre del hijo enfermo; y también aquella que no cabía de felicidad cuando vio a sus hijos graduarse y abrirse camino en esta tierra áspera, fría y muchas veces injusta.

Ahora cae nieve sobre sus vidas.

Con estoicismo y valentía cumplieron la tarea de ser madres. Y nosotros, que alguna vez caminamos aferrados a la falda de aquella mamá joven, no nos cambiábamos por nada con tal de vivir ese instante de protección y ternura.

Cada quien guarda una manera distinta de recordar a esa mujer fuerte como el acero y dulce como el pan recién hecho. En mi caso particular, se me arruga el corazón al recordar a aquella mujer de mi infancia. No había dama más bella que aquella sonriente adolescente ante la cual parecían inclinarse todos los hombres que la miraban.

Aún hoy, en mis años de hombre maduro, llevo intacta en la memoria aquella imagen de mamá caminando por las calles de Fundación con su jean azul ajustado al cuerpo, despertando la admiración de quienes la contemplaban. Y yo, inocente y orgulloso, disfrutando aquel reconocimiento silencioso, quizá convencido de que tenía a la madre más hermosa del mundo.

Gracias a ellas somos lo que hoy somos. Nuestra paciencia, nuestras virtudes y aun nuestras fuerzas provienen muchas veces de su amor y comprensión.

Quienes todavía la tienen viva, ámenla siempre. Abrácenla mientras puedan. Porque hay un dolor lento y silencioso al descubrir que el tiempo comienza a marchitar aquello que creíamos eterno. No es fácil contemplar cómo los años van apagando sus energías. Sus movimientos ya no son los mismos. Sus cuerpos han envejecido; el cabello se vuelve un cono de nieve y sus pasos, antes firmes, ahora son indecisos y temblorosos.

Pero si de algo debemos estar seguros es de esto: hoy son más bellas que nunca.

Son las reinas del hogar, aun con sus arrugas y terquedad. En este siglo de redes sociales e internet, el recuerdo de quienes ya no tienen a sus madres debe ser el de aquella mujer bondadosa que sabía aliviar nuestras tristezas con la cucharada luminosa de una sonrisa.

En este Día de las Madres elevamos una oración al Todopoderoso por ese ser para quien, ante cualquier adversidad, lo más importante siempre serán sus hijos. Existen madres solteras, viudas, cabezas de hogar; madres cansadas y silenciosas, pero también madres capaces de sacrificarlo todo por el bienestar de sus hijos.

Y a las madres de Boston y La Candelaria, así como hemos dicho tantas veces que estos son los mejores barrios de Cartagena, hoy también proclamamos con orgullo que las mejores madres de Cartagena están en Boston y La Candelaria.

Así que hijos, visitantes y hermanos de la Iglesia Emmanuel de Boston: hagan de los consejos de sus madres una regla de vida. Ninguna de las madres aquí reunidas desea el mal para sus hijos. Si alguna vez ella te pide no asistir a un lugar o apartarte de un mal camino, escúchala. Sus canas hablan por sí solas: son la experiencia, la sabiduría y el amor puestos al servicio de la vida.

Y recuerda siempre que la vida puede ser más grata y larga si aprendes a honrarla y obedecerla, tal como dice la palabra de Dios en Éxodo:

“Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.”

No lo digo yo. Lo dice la palabra de Dios.

Felicitaciones y bendiciones para todas las madres en su día.

jueves, 14 de mayo de 2026

La Larga Fiesta del Premio Planeta

 

El Millón de Euros que Persigue a los Soñadores


Por Gilberto García Mercado



En octubre de 1952, mientras el planeta todavía olía a humo de guerra, a ruinas recién maquilladas y a cafés donde los hombres discutían el destino del mundo con un cigarrillo temblando entre los dedos, en España nació un premio literario que parecía una extravagancia de millonarios y románticos: el Premio Planeta.

Afuera, el mundo aún caminaba con la herida abierta de la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos y la Unión Soviética se miraban como dos pistoleros en medio del desierto nuclear. Europa intentaba levantarse del polvo. En las casas comenzaban a entrar los primeros televisores. La ciencia soñaba con conquistar el espacio. Y en las librerías, los escritores seguían peleando contra el hambre con una máquina de escribir y una taza de café frío.

Fue entonces cuando José Manuel Lara Hernández decidió crear un premio de novela para darles gloria y lectores a los autores en español. La primera bolsa fue de 40.000 pesetas. Una cifra que hoy parecería modesta, pero que en aquella época sonaba a tesoro pirata.

El primer ganador fue Juan José Mira con En la noche no hay caminos, una novela cuyo título ya parecía anunciar el espíritu del oficio literario: escribir a tientas, alumbrándose con fósforos en medio de la oscuridad. La ceremonia se celebró en el restaurante Lhardy de Madrid, el 12 de octubre de 1952, entre trajes elegantes, humo espeso y el rumor de quienes sospechaban que la literatura todavía podía cambiar la vida de alguien.

Desde entonces, el premio jamás dejó de entregarse. Ni siquiera las crisis económicas, los cambios políticos, las dictaduras, las recesiones o las tormentas editoriales lograron apagar esa ceremonia anual. Lleva más de siete décadas celebrándose de forma ininterrumpida.

Y el dinero creció como crecen las leyendas.

De 40.000 pesetas pasó a 100.000, luego a millones de pesetas, hasta convertirse hoy en un monstruo dorado de un millón de euros para el ganador y 200.000 para el finalista.

Un millón de euros.

La cifra produce vértigo.

Hay escritores que nunca han visto junto tanto dinero ni siquiera sumando todas las regalías de su vida. Hay poetas que escriben con zapatos rotos y novelistas que corrigen manuscritos en buses atestados mientras sueñan con esa llamada telefónica imposible.

Por el Planeta han pasado nombres gigantescos: Mario Vargas Llosa, Camilo José Cela, Ana María Matute, Juan Marsé, Antonio Gala y decenas más.

Pero la gran pregunta sigue flotando en las tabernas literarias y en los grupos secretos de escritores frustrados:

¿Puede ganar un desconocido?

En teoría, sí.

En la práctica, el debate nunca termina. Hay quienes creen que el premio todavía puede descubrir talentos nuevos. Otros sospechan que las grandes editoriales prefieren apostar por autores ya famosos, rostros televisivos o nombres que garanticen ventas masivas. Internet entero discute eso con furia de inquisición medieval.

Y sin embargo…

Miles siguen enviando manuscritos.

Porque el escritor es el último ser humano que todavía cree en milagros.

Lo curioso es que este millón de euros aparece justo cuando el mundo del libro parece haber entrado en otra guerra silenciosa. Ahora existe Amazon, donde cualquiera puede publicar una novela desde una habitación húmeda en Cartagena, Bogotá o Buenos Aires y vender ejemplares impresos bajo demanda sin pedir permiso a ningún emperador editorial.

Hoy el mercado cambió.

El lector compra desde el celular. El algoritmo recomienda novelas. Las redes sociales convierten desconocidos en best sellers de la noche a la mañana. El libro ya no llega únicamente desde las vitrinas solemnes: ahora también nace en un apartamento pequeño, entre notificaciones de WhatsApp y cafés instantáneos.

¿Es la muerte del libro impreso?

Tal vez no.

Porque el ser humano todavía necesita tocar las páginas como quien toca la piel de un recuerdo.

Aunque sí es cierto que leemos distinto. Más rápido. Más distraídos. Más fragmentados. En 2026, el tiempo parece perseguirnos con un látigo digital. La atención dura segundos. El teléfono vibra como un insecto nervioso. Y aun así, millones siguen buscando novelas para escapar del ruido.

Quizás ahí reside la verdadera victoria del Premio Planeta.

No el millón.

No la gala.

No las fotografías.

Sino recordarle al mundo que todavía existen personas capaces de sentarse solas durante años frente a una página en blanco para inventar universos.

Y quién sabe…

Tal vez esta noche, mientras alguien corrige una novela secreta en una ciudad húmeda del Caribe, el próximo ganador del Planeta esté dudando si borrar el primer capítulo.

Quizás no debería hacerlo.

Porque las leyendas literarias casi siempre comienzan igual: con un desconocido escribiendo bajo la lluvia.

Y dicen que en la ceremonia del Premio Planeta de 2026, cuando anunciaron el nombre del ganador, una lluvia mítica cayó sobre Madrid como si los dioses antiguos hubieran decidido bendecir, por un instante, a otro loco que creyó en las palabras.

Manías de Balzac


Dormía de Día y Escribía
 Poseído por las Noches


Por Gilberto García Mercado



¿Usted sabía que Honoré de Balzac podía pasar días enteros encerrado, vestido con una túnica blanca de monje, escribiendo bajo la luz vacilante de las velas, mientras consumía cantidades absurdas de café… hasta el punto de sufrir palpitaciones y delirios?

Dicen que dormía apenas unas horas. Se acostaba al atardecer como si huyera del mundo, y despertaba cerca de la medianoche para iniciar otra batalla contra el papel. Mientras París dormía entre carruajes húmedos y calles cubiertas de niebla, Balzac comenzaba a escribir como un condenado.

Pero aquí viene lo extraño.

No escribía como un hombre tranquilo. Escribía como alguien perseguido.

Se levantaba sobresaltado. Caminaba de un lado a otro. Corregía una misma página hasta quince veces. Los impresores lo odiaban porque cambiaba párrafos completos cuando el libro ya estaba en máquinas. A veces, sus manuscritos parecían campos de batalla cubiertos de tachones furiosos.

Y el café…

Ah, el café.

No una taza cualquiera. Se habla de cincuenta tazas al día. Algunos amigos aseguraban que masticaba granos secos cuando el cansancio comenzaba a vencerlo. Él mismo decía que el café “ponía en movimiento las ideas como batallones de un gran ejército”.

Sin embargo, quienes lo conocieron de cerca contaban algo más inquietante: en ciertas madrugadas hablaba solo. Murmuraba frases enteras. Discutía con personajes inexistentes. Como si las criaturas de sus novelas hubiesen comenzado a invadir la habitación.

Tal vez por eso sus historias parecían respirar.

Tal vez por eso sus personajes tenían el cansancio y la fiebre de alguien real.

Y quizá también por eso murió relativamente joven: agotado por el exceso, las deudas, las noches interminables y aquella obsesión salvaje de escribir hasta consumir el cuerpo.

Algunos escritores buscan inspiración.

Balzac, en cambio, parecía estar huyendo de algo invisible.

miércoles, 13 de mayo de 2026

Legados y Sombras


Gaitán bajo la lluvia:
elegía para un país roto


Por Gilberto García Mercado

 


En la mañana del 9 de abril de 1948, Bogotá parecía una ciudad suspendida entre la neblina y el presentimiento. Las campanas sonaban con esa solemnidad de misa antigua, los tranvías chirriaban sobre los rieles húmedos y un viento frío descendía desde los cerros como si alguien hubiera abierto una puerta invisible hacia la desgracia. Dicen que aquel viernes el cielo amaneció ceniciento, con un sol enfermo que apenas lograba atravesar las nubes. Hasta los vendedores de tinto hablaban en voz baja. La ciudad, sin saberlo, estaba afinando el violín de su tragedia.

Y en medio de aquel clima de víspera fatal caminaba Jorge Eliécer Gaitán, el hombre que hablaba como si tuviera un incendio en la garganta.

Había nacido en un hogar humilde del barrio Las Cruces, en Bogotá, aunque algunos historiadores discuten si vino al mundo en Cucunubá. Lo cierto es que no nació entre candelabros ni apellidos de alcurnia. Su infancia tuvo más necesidades que comodidades. Su madre, maestra de ideas liberales, le inculcó el amor por los libros; su padre, librero de espíritu errante, le enseñó que el país cabía entero dentro de una conversación apasionada. El muchacho creció entre páginas usadas, discusiones políticas y el rumor de una nación desigual.

Desde joven descubrió que las palabras podían ser un látigo y una caricia. Estudió Derecho en la Universidad Nacional de Colombia y luego viajó a Roma, donde se doctoró mientras caminaba entre plazas antiguas y columnas imperiales. Regresó convertido en un orador formidable. Cuando hablaba, las plazas parecían inclinarse hacia él. No pronunciaba discursos: desataba tempestades. El pueblo lo seguía porque sentía que, por primera vez, alguien hablaba con el idioma de los descalzos.

Había denunciado la masacre de las bananeras, combatido la oligarquía liberal y conservadora, y levantado una bandera popular que aterraba a las élites. Su ideología era una mezcla de nacionalismo social, liberalismo popular y fervor reformista. Para unos era esperanza; para otros, una amenaza con zapatos lustrados.

Aquel 9 de abril desayunó temprano. Revisó documentos, recibió visitantes y caminó hacia su oficina ubicada en la carrera Séptima. Algunos recuerdan que estaba particularmente alegre; otros, que parecía distraído. Nunca creyó demasiado en agüeros, aunque le fascinaban los símbolos históricos y las rarezas humanas. Era lector voraz, amante de los debates interminables y de las noches donde la política se mezclaba con café y cigarrillos.

El país hervía. El gobierno conservador de Mariano Ospina Pérez enfrentaba una nación partida por el odio partidista. En Bogotá se realizaba la Conferencia Panamericana y el continente entero tenía los ojos puestos sobre Colombia. Mientras diplomáticos brindaban en salones elegantes, en las calles crecía la rabia de un pueblo cansado de la desigualdad.

Y entonces ocurrió.

A la 1:05 de la tarde, frente al edificio Agustín Nieto, sonaron los disparos.

Tres detonaciones secas.

Tres relámpagos diminutos que cambiaron la historia de Colombia.

Gaitán cayó sobre el andén como cae un árbol inmenso en mitad de la selva. La multitud enmudeció un segundo, apenas uno, antes de convertirse en un animal furioso. El presunto asesino, Juan Roa Sierra, huyó desesperado y terminó refugiado en una droguería. Allí fue capturado y linchado por la multitud. Su cadáver, arrastrado por las calles, parecía la prolongación grotesca del caos.

Pero desde entonces Colombia nunca dejó de preguntarse si Roa Sierra actuó solo.

Las teorías florecieron como maleza: conspiraciones políticas, intereses extranjeros, enemigos internos, sombras del poder. Algunos señalaron a sectores conservadores; otros insinuaron la participación de agencias internacionales. La verdad quedó atrapada entre expedientes polvorientos y rumores de café.

La ciudad ardió.

Tranvías incendiados, vitrinas hechas añicos, iglesias saqueadas, disparos desde las azoteas. El Bogotazo no fue solamente una revuelta: fue el instante exacto en que Colombia se partió en dos mitades irreconciliables. De aquellas cenizas nació el largo período conocido como La Violencia. El país comenzó a mirarse con odio en los espejos.

El entierro del caudillo fue un río humano. Mujeres vestidas de negro lloraban como si hubieran perdido a un hijo; hombres endurecidos por la guerra se quitaban el sombrero en silencio. Bogotá olía a flores marchitas y pólvora mojada. Desde entonces, Gaitán dejó de ser un político para convertirse en un fantasma nacional.

Si hubiera vivido, hoy tendría 127 años.

Quizá habría llegado a la presidencia. Quizá Colombia habría tomado otro rumbo. O quizá este país, experto en devorar sus esperanzas, habría encontrado otra manera de despedazarlo.

Sin embargo, su voz todavía resuena.

En las plazas.
En los estudiantes.
En los discursos encendidos.
En cada colombiano que siente que la historia le debe una oportunidad.

Porque hay hombres que mueren.

Y hay otros —como Gaitán— que continúan caminando bajo la lluvia de Bogotá, eternamente heridos, eternamente vivos.

Una Particular Historia


Kafka o el hombre que escribía
como quien cava su propia tumba

 

Por Gilberto García Mercado

 


En la vieja Praga, donde las campanas parecían doblar por adelantado la tristeza de sus habitantes y las calles olían a pan húmedo, carbón y burocracia imperial, nació Franz Kafka, un niño que miraba el mundo con el espanto de quien sospecha que la vida es una oficina donde nadie sabe exactamente qué trámite vino a hacer.

Llegó al mundo en 1883, bajo el severo techo de un padre gigantesco: Hermann Kafka, comerciante de voz de trueno y corazón administrado como caja registradora. El pequeño Franz creció entre vitrinas, regaños y el estruendo invisible de la humillación doméstica. Mientras otros niños perseguían trompos o aprendían a silbar en las esquinas, él observaba los rostros de los adultos como quien estudia monstruos encerrados en trajes elegantes.

Praga, entonces, era un teatro de idiomas y tensiones. Los checos desconfiaban de los alemanes; los alemanes despreciaban a los judíos; y los judíos, pobres criaturas del medio, caminaban como huéspedes incómodos en todas partes. Kafka aprendió temprano que el hombre puede sentirse extranjero incluso dentro de su propia sombra.

Dicen que desde niño se enamoró de la escritura con la misma fatalidad con que otros muchachos descubren el vino o la fiebre. Escribía cartas, escenas, pensamientos diminutos, pequeñas jaulas de palabras donde encerraba su angustia. En la escuela era brillante, aunque poseía el aire enfermizo de quien pide permiso hasta para respirar. Alto, flaco, silencioso, parecía un paraguas triste abandonado en una cafetería vienesa.

Estudió Derecho en la Charles University. No porque soñara con leyes ni tribunales, sino porque el Derecho era una carrera respetable, suficientemente aburrida para tranquilizar a su padre y suficientemente amplia para no comprometer el alma. Ah, las universidades: esos cementerios elegantes donde muchos jóvenes entierran su verdadera vocación bajo montañas de papeles sellados.

Allí conoció a Max Brod, el hombre que terminaría salvándolo de la muerte absoluta. Brod era expansivo, sociable, optimista; Kafka, en cambio, parecía un murciélago intelectual alimentado de insomnio y café frío. Sin embargo, fueron amigos inseparables. Max comprendió algo que el propio Franz ignoraba: que aquel hombre inseguro escribía como los profetas bíblicos después de sufrir un ataque de nervios.

Kafka trabajó luego en compañías de seguros laborales. Imaginen el espectáculo: uno de los mayores escritores del siglo XX sentado frente a montañas de expedientes, calculando accidentes fabriles mientras el alma le crujía como una puerta vieja. De día redactaba informes; de noche escribía páginas atravesadas por pesadillas. En sus oficinas veía obreros mutilados, máquinas devorando dedos, hombres reducidos a números. Allí comprendió que la modernidad podía ser más cruel que cualquier inquisición medieval.

Admiraba a Fyodor Dostoevsky, a Johann Wolfgang von Goethe, a Gustave Flaubert y a Charles Dickens. Le fascinaban las almas perseguidas, los hombres aplastados por sistemas invisibles. También sentía una extraña fascinación por las figuras de autoridad: jueces, funcionarios, directores, emperadores administrativos. Los temía y los admiraba al mismo tiempo, como quien contempla una guillotina perfectamente afilada.

Y estaban las mujeres.

Ah, Kafka amaba a las mujeres con la desesperación tímida de un violinista enfermo. Se comprometió varias veces y varias veces huyó del matrimonio como un conejo aterrorizado por la escopeta del cazador. Su relación más famosa fue con Felice Bauer, mujer paciente que recibió cartas kilométricas donde Kafka analizaba el amor como si fuera un proceso judicial. También estuvieron Milena Jesenská, luminosa e imposible, y Dora Diamant, quien lo acompañó en sus últimos días, cuando la tuberculosis ya le devoraba el cuerpo como una rata blanca y silenciosa.

Frecuentó cafés literarios de Praga y círculos intelectuales judíos. Allí flotaban nombres, discusiones filosóficas y humo de tabaco espeso como sopa. Escuchaba a escritores debatir sobre imperios, revoluciones y estética mientras él permanecía callado, observando el techo, como si ya sospechara que el verdadero horror no estaba en la política sino en el interior del hombre.

Publicó poco en vida. Muy poco. Algunos cuentos, fragmentos, textos dispersos que casi nadie leyó. Kafka murió en 1924, en un sanatorio cercano a Vienna, consumido por la tuberculosis y por esa tristeza fina que nunca lo abandonó. Tenía apenas cuarenta años. Murió creyéndose un escritor menor, una especie de oficinista delirante que había desperdiciado demasiadas noches hablando con fantasmas de tinta.

Antes de morir le pidió a Max Brod que quemara todos sus manuscritos.

Pero Brod, bendito traidor, desobedeció.

Y gracias a aquella desobediencia, el mundo conoció The Trial, The Castle y Metamorphosis. Porque a veces la amistad consiste precisamente en no obedecer al amigo cuando el amigo quiere desaparecer.

Hoy Kafka es inmortal. Ironías del destino: el hombre que pasó la vida sintiéndose invisible terminó convertido en adjetivo universal. “Kafkiano”, dicen ahora los jueces, los periodistas y los ciudadanos atrapados en oficinas absurdas.

Y quizás él, desde alguna nube gris administrada por ángeles burócratas, sonríe con melancolía.

Después de todo, nadie entendió mejor que Franz Kafka que vivir también era despertarse una mañana convertido en algo incomprensible.

martes, 12 de mayo de 2026

Los Puntos sobre las ...


Los Tres Gallos del Balcón Presidencial

domingo, 10 de mayo de 2026

Crónica

Cómo Votaban los Abuelos
en los Años 70

 

Por Gilberto García Mercado

 


En los años setenta la democracia en Colombia parecía una fiesta patronal. No había redes sociales incendiando los desayunos ni ejércitos de opinadores peleando desde un teléfono. El país todavía olía a café recién colado, a petróleo barato y a tierra mojada después de la lluvia. Mis abuelos hablaban de las elecciones como quien se prepara para asistir a una boda o a una corrida de toros. La política era seria, sí, pero también tenía algo de carnaval provinciano.

Nosotros, niños de escuela de banquitos de madera y cuadernos forrados con papel de regalo, observábamos aquellos comicios como si fueran un desfile heroico. El liberalismo y el conservatismo dividían los corazones, las esquinas y hasta algunas cocinas, pero rara vez dividían el saludo. Había discusiones fuertes en las tiendas y en las plazas, aunque después todos terminaban tomando tinto bajo la misma sombra.

Lo más emocionante era el dedo índice. A unos se los pintaban de rojo y a otros de azul. Rojo liberal. Azul conservador. Aquello parecía una competencia entre equipos de béisbol organizados por la patria. El dedo coloreado era exhibido con orgullo, como si el ciudadano hubiera regresado de una guerra épica contra el abstencionismo.

La compra de votos existía, claro, pero todavía era tímida, casi artesanal. Algún tamal, una botella de ron, un billete doblado con discreción dentro del bolsillo de la camisa. Nada comparado con las caravanas multimillonarias y las estrategias digitales de hoy. En aquel entonces el político todavía tenía que sudar la suela del zapato visitando pueblos, abrazando ancianas y prometiendo puentes donde apenas cruzaban burros.

Las noches eran distintas. Muchos veíamos televisión en blanco y negro en la casa del vecino más pudiente del barrio. Allí cabíamos veinte personas mirando una novela, un discurso presidencial o un partido de fútbol con una antena torcida que exigía que alguien gritara desde el patio: “¡Ahí se ve mejor!”. Mientras tanto, en Aracataca, el cura tocaba dos o tres veces la campana para advertir si la película del fin de semana podía ser vista sin poner en peligro el alma cristiana. La iglesia todavía tenía más censores que Hollywood.

El planeta también parecía respirar con menos angustia. La explosión demográfica no había llenado las ciudades de motocicletas furiosas ni de humo interminable. El cambio climático todavía era un concepto que dormía escondido en oficinas científicas. Los ríos eran más transparentes, los árboles parecían eternos y las noches conservaban un silencio que hoy costaría millones.

En Colombia desfilaban nombres que aún sobreviven en las conversaciones de los viejos: Carlos Lleras Restrepo, Misael Pastrana Borrero y después Alfonso López Michelsen, hombres que hablaban con una solemnidad casi sacerdotal. En el mundo mandaban figuras enormes como Richard Nixon, Leonid Brézhnev y Mao Zedong. Era la época de la Guerra Fría, cuando el planeta vivía dividido entre el capitalismo y el comunismo, y cualquier discurso parecía capaz de iniciar una guerra o conquistar la Luna.

El petróleo era el rey silencioso de la economía. Todavía movía fábricas, carreteras y sueños industriales sin demasiados remordimientos ecológicos. Los carros enormes devoraban gasolina con orgullo y nadie imaginaba que décadas después hablaríamos de energías limpias y carros eléctricos. Mientras tanto, la ciencia avanzaba a pasos gigantes: el hombre ya había llegado a la Luna, las vacunas salvaban millones de vidas y las primeras computadoras comenzaban a parecer monstruos inteligentes encerrados en oficinas refrigeradas.

La expectativa de vida era menor que hoy, pero quizá las personas vivían más despacio. Había menos tecnología y más conversación. Menos pantallas y más mecedoras en los portales. Los candidatos políticos pronunciaban discursos largos, elegantes, cargados de metáforas patrióticas. Hoy las campañas parecen competencias de mercadeo, algoritmos y escándalos virales. Antes bastaban dos colores; ahora existen cientos de movimientos, coaliciones y estrategias digitales capaces de gastar fortunas en segundos.

Y, sin embargo, algo permanece. El deseo humano de elegir, discutir y soñar con un país mejor. Solo que antes el dedo pintado de rojo o azul bastaba para resumir la historia política de una familia. Hoy, en cambio, harían falta pantallas gigantes, bodegas digitales y media galaxia de expertos para explicar el caos.

sábado, 9 de mayo de 2026

Cuento de la Semana

 La Última Hoja

Por O. Henry


En un pequeño barrio de artistas de Nueva York vivían Sue y Johnsy, dos jóvenes pintoras que compartían un modesto estudio. Habían llegado desde distintos lugares del país persiguiendo el sueño del arte y de una vida mejor.

Pero aquel invierno fue cruel.

Una epidemia de neumonía recorría la ciudad, y Johnsy cayó enferma. Permanecía acostada junto a la ventana, cada día más débil y silenciosa.

El médico habló con Sue en voz baja:

—Tiene pocas ganas de vivir. Y cuando una persona pierde la esperanza, las medicinas sirven de muy poco.

Sue intentó animarla con historias, dibujos y conversaciones alegres, pero Johnsy parecía mirar siempre hacia otro lugar: la vieja pared de ladrillos del edificio vecino, cubierta por una enredadera casi seca.

Las hojas caían una tras otra bajo la lluvia y el viento de noviembre.

Una tarde, Johnsy murmuró:

—Cuando caiga la última hoja… yo también me iré.

Sue quedó horrorizada.

—¡No digas tonterías! Las hojas no tienen nada que ver contigo.

Pero Johnsy seguía mirando la ventana.

—Once… diez… nueve…

Las hojas iban desprendiéndose lentamente.

Desesperada, Sue bajó a buscar a Behrman, un viejo pintor que vivía en la planta baja. Era un hombre gruñón, de barba desordenada y manos temblorosas, que soñaba desde hacía años con pintar una gran obra maestra que nunca comenzaba.

Cuando Sue le contó lo que ocurría, el anciano golpeó el suelo con furia.

—¡Qué tontería! ¿Morirse porque caen hojas de una planta?

Aquella noche hubo una tormenta terrible. El viento azotó las ventanas y la lluvia cayó sin descanso.

Johnsy apenas dormía.

Al amanecer pidió que levantaran la cortina.

Sue obedeció lentamente.

Y entonces ambas miraron la pared.

Allí estaba todavía una hoja.

Una sola hoja verde oscura aferrada a la enredadera.

Había resistido toda la tormenta.

Johnsy la observó durante largo rato.

Después susurró:

—Creo… creo que he sido mala. Esa hoja quiso quedarse allí para demostrarme que no debo rendirme.

Ese día pidió un poco de sopa.

Al siguiente quiso sentarse.

Y poco a poco comenzó a recuperarse.

Pero esa misma tarde el médico visitó nuevamente el estudio.

—Tu amiga está fuera de peligro —dijo sonriendo—. Ahora debe cuidarse.

Luego añadió con tristeza:

—Pero el viejo Behrman murió hoy en el hospital. Lo encontraron enfermo después de haber pasado toda una noche bajo la lluvia y el frío.

Sue permaneció en silencio un instante.

Después se acercó a Johnsy y señaló la ventana.

—¿Te preguntaste alguna vez por qué aquella última hoja nunca se movió con el viento?

Johnsy la miró sorprendida.

—Era la obra maestra de Behrman —dijo Sue suavemente—. La pintó en la pared aquella noche de tormenta.

O. Henry. Seudónimo del escritor estadounidense William Sydney Porter, nacido en Greensboro en 1862. Es considerado uno de los grandes maestros del cuento corto en la literatura universal.
Tuvo una vida difícil y llena de altibajos. Trabajó como farmacéutico, dibujante, periodista y empleado bancario. En una etapa complicada de su vida fue acusado de problemas financieros en un banco y pasó un tiempo en prisión. Durante esos años comenzó a escribir cuentos con más disciplina.

Al salir, adoptó el nombre de “O. Henry” y empezó a publicar relatos en periódicos y revistas. Sus historias se hicieron famosas por su lenguaje sencillo, personajes humildes y finales sorpresivos y emotivos.

Entre sus cuentos más conocidos están:
La última hoja
El regalo de los magos
El policía y el himno

Murió en New York City en 1910, pero sus cuentos siguen siendo leídos en todo el mundo por su sensibilidad humana y su capacidad para emocionar en pocas páginas.

        

Con Una Disciplina Casi Militar

Germán Vargas Lleras y
el Sueño Inconcluso del Poder

 

Por Gilberto García Mercado

 


La muerte de Germán Vargas Lleras cayó sobre Colombia como caen las lluvias de mayo sobre los tejados de Bogotá, con estruendo y con nostalgia. Un hombre que parecía hecho de concreto, de discursos afilados y de madrugadas interminables, terminó convertido en silencio. Y en ese silencio quedó el eco de una figura que durante décadas caminó los pasillos del poder como quien conoce cada baldosa de una casa antigua.

Nació en Bogotá el 19 de febrero de 1962 dentro de una familia donde la política no era una profesión sino una atmósfera. Su abuelo fue Carlos Lleras Restrepo y desde niño aprendió que en las sobremesas familiares se hablaba de ministerios, reformas y elecciones con la misma naturalidad con que otras familias hablaban del clima o de los goles del domingo. Creció entre bibliotecas cargadas de historia y apellidos pesados como campanas de catedral.

En la pubertad no fue un muchacho bohemio ni un soñador distraído. Tenía el temperamento rápido y una disciplina casi militar. Quienes lo conocieron en aquellos años recuerdan a un joven elegante, impaciente y competitivo, de mirada dura y memoria feroz. Estudió Derecho en Universidad del Rosario y luego viajó a España para estudiar Gobierno y Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid. Allí comenzó a moldearse el político que más tarde llenaría plazas y encabezaría tormentas.

En la juventud se acercó al liberalismo y al movimiento de Luis Carlos Galán. Le seducía aquella idea de una Colombia moderna y feroz contra la corrupción. Era la época en que el país ardía entre bombas, carteles y magnicidios. Y mientras otros jóvenes buscaban serenatas o discotecas, Vargas Lleras buscaba micrófonos y tribunas. Había descubierto demasiado temprano el veneno delicioso del poder.

Comenzó en la política distrital como concejal de Bogotá. Tenía apenas el ímpetu de los treinta años y ya hablaba como un veterano. Luego llegó al Senado en 1994 y desde entonces su figura empezó a crecer como esas construcciones inmensas que avanzan lentamente pero terminan dominando el horizonte. En el Congreso fue temido y admirado. Sus debates eran duros, veloces y teatrales. Tenía fama de no perdonar la mediocridad y de repartir regaños con la misma facilidad con que otros estrechan manos.

Fundó Cambio Radical cuando el liberalismo empezó a fragmentarse. Quería una maquinaria propia y terminó construyendo uno de los partidos más decisivos del país. Muchos decían que no caminaba sino que avanzaba como locomotora. Otros lo acusaban de arrogante. Él parecía disfrutar ambas cosas.

No fue empresario en el sentido clásico del comerciante que funda fábricas o vende mercancías. Su verdadero imperio fue político. Su empresa era el Estado entendido como ingeniería, carreteras, viviendas y contratos. Allí edificó su poder. Sus aliados eran gobernadores, alcaldes, congresistas y constructores. Sus enemigos eran innumerables y a veces cambiaban cada semana.

Quizás el cargo que más satisfizo su vida fue la Vicepresidencia durante el gobierno de Juan Manuel Santos. Desde allí se convirtió en el gran ejecutor de obras públicas. Recorrió el país inaugurando carreteras, puentes y proyectos de vivienda gratuita. Le gustaba el cemento porque el cemento no discute y deja huella visible. Sus seguidores lo admiraban por esa capacidad de ejecutar sin descanso. Sus críticos decían que gobernaba como capataz. Pero incluso ellos reconocían que trabajaba hasta el agotamiento.

Su ideología era una mezcla de liberalismo pragmático, autoridad y desarrollo económico. Creía en un Estado fuerte y en la seguridad. Veía a Colombia como una nación destinada a ser potencia regional si lograba vencer el caos y la improvisación. Tenía una visión profundamente institucional del país. América Latina le parecía un continente condenado a tropezar con sus propios caudillos y por eso desconfiaba de los populismos de izquierda y de derecha.

Pocos recuerdan que también ejerció el periodismo político desde las columnas de opinión. Escribía con el mismo tono con que hablaba, directo, severo y punzante. Sus textos parecían redactados con un martillo. No buscaba adornos sino impacto.

En cuanto a sus hábitos recreacionales, no era hombre de fiestas interminables ni de bohemias tropicales. Su vida tenía el ritmo de un funcionario perpetuo. Dormía poco. Leía informes hasta altas horas. Disfrutaba las conversaciones políticas y los encuentros discretos con amigos cercanos. Era hincha de Millonarios Fútbol Club y padecía el fútbol con esa mezcla de rabia y esperanza tan colombiana. En religión mantenía una tradición católica heredada de familia aunque nunca fue hombre de exhibiciones piadosas.

Sobrevivió a atentados y amenazas. Las FARC intentaron asesinarlo y en una ocasión perdió varios dedos al abrir un libro bomba. Desde entonces su figura adquirió un aire de sobreviviente. Caminaba como quien ha visto demasiado de cerca la muerte y ya no le teme del todo.

Tenía amigos poderosos y adversarios feroces. Algunos lo querían por lealtad. Otros por conveniencia. Y muchos lo respetaban por miedo. Pero quienes estuvieron cerca de él cuentan que podía ser generoso, bromista y sorprendentemente cálido en la intimidad. Detrás del rostro adusto había un hombre que disfrutaba las anécdotas familiares y las conversaciones largas sobre historia colombiana.

Su gran sueño fue llegar a la Presidencia de Colombia. Lo intentó varias veces y nunca pudo alcanzarla. Tal vez allí reside la tristeza secreta de su historia. Fue uno de los hombres más poderosos del país y aun así la silla principal siempre quedó unos pasos más adelante. Como esos trenes que se escuchan en la noche pero nunca terminan de llegar a la estación.

Murió dejando una Colombia dividida entre quienes lo admiraban como ejecutor incansable y quienes lo rechazaban como símbolo de la vieja política. Pero incluso sus detractores saben que figuras como la suya no aparecen todos los años. Era un político de otra época. Una especie de animal antiguo de la república. Un hombre que parecía hecho para discutir en los salones del Capitolio mientras afuera llovía sobre Bogotá y el país seguía buscando su destino.

Ahora queda su voz en los archivos. Sus columnas. Sus discursos. Sus carreteras atravesando montañas. Y el recuerdo de aquel hombre que caminaba rápido, hablaba duro y soñó toda la vida con gobernar un país que jamás terminó de rendirse ante él.

lunes, 20 de abril de 2026

Mirada Indolente



BASURAS AL RITMO DE CHAMPETA
EN LA CARTAGENA CARIBE

 

Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes

 



Causa singular tristeza caminar por las calles de Cartagena y encontrarse con una bolsa o funda que rueda o vuela por los aires, buscando un lugar donde posarse para adornar el cuadro sucio de cualquier calle de la ciudad. Es increíble ver a una persona lanzar sobre el pavimento un resto de basura que no quiere llevar a una caneca, ni mantener en su poder hasta encontrar el lugar indicado para depositarla.

Se necesita, de manera urgente, iniciar una campaña educativa relacionada con la limpieza de la ciudad.

Los gobernantes no han hecho lo necesario para que la ciudad permanezca limpia. Deberían establecer multas contra las personas que arrojen basura a la calle, como lo han hecho en otros países.

La basura es un elemento que contribuye a incrementar las enfermedades.

La urbe convive con la basura, y uno de los casos más notorios es el que se presenta en el Mercado de Bazurto. Allí, los alimentos se exponen en contacto con los desechos.

Y nada pasa. Parece que los gobernantes fueran incapaces de establecer penas o castigos ejemplarizantes por ensuciar.

La basura se pregona como cualquier champeta bailable. Se danza con el mayor entusiasmo y despreocupación. Ya se ha creado una en honor a la basura:

Ay, basura de mis amores,
convivo con tu bondad.
Sobre ti vuela la mosca
y canta una bella melodía…

Da mucha grima verla sin ninguna clase de contemplación. Ella baila una nota muy singular de la noble cotidianidad cartagenera.

domingo, 12 de abril de 2026

Por Vestir Diferente

 Violencia en los Estadios: 
el Fracaso de la Fraternidad


Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes

 

 

En estos tiempos es difícil mostrar fraternidad. Esta cualidad debería manifestarse con mayor fuerza en momentos en que el ser humano busca asistir a un evento con la disposición de encontrar alegría, como ocurre en los encuentros deportivos.

Sin embargo, parece mentira, porque es allí donde afloran las manifestaciones más violentas del individuo. Se agrede a quien está al lado por vestir una camiseta diferente o por expresar satisfacción ante el triunfo del contrario.

Así, da la impresión de que el colombiano se ha desprendido de todo vestigio de hermandad. El ser humano pierde con facilidad el control y ataca a quien tiene cerca, hasta el punto de matarlo. Quien actúa de esta manera necesita ser sometido a una terapia psicológica que le permita mejorar su comportamiento social.

Por ello, sería conveniente que, por un tiempo, se suspendieran los encuentros deportivos y se invitara a los ciudadanos a reflexionar sobre la fraternidad. Resulta muy triste presenciar la violencia que se desata en estos eventos. Basta observar cómo terminan algunos encuentros, incluso aquellos destinados a celebrar el Día de las Madres, que acaban en golpes y discusiones.

En este contexto, la palabra fraternidad es sinónimo de hermandad. No obstante, parece que los espacios donde deberían prevalecer la familiaridad y la armonía se han convertido en escenarios que evocan la acción de Caín. De ahí surge la necesidad de una profunda reflexión en cada miembro de la familia.

Después de 53 Años

Fidelidad, memoria y encuentro
En El Gran Liceo de Bolivar

Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes 
 

En esta época de 2026, la inteligencia artificial parece intentar deshumanizar las relaciones humanas. En contraste, en el grupo de egresados del Liceo de Bolívar de 1973 aflora la solidaridad y la fraternidad entre quienes, desde siempre, respiraron bondad como compañeros.

Desde entonces, cada año se repiten las anécdotas de aquellos adolescentes bullangueros, cargados de sueños de singular grandeza. Todos aspiraban a ingresar a la Universidad de Cartagena, la institución pública de enseñanza superior de aquellos años.

Los jóvenes del Liceo de Bolívar, ubicado en la avenida Pedro de Heredia, en el sector de Escallón Villa, sabían detectar los dolores de la urbe y les resultaba natural enarbolar banderas de protesta.

Hoy, cuando han pasado cincuenta y tres años, seguimos reuniéndonos con el mismo entusiasmo de aquellos encuentros en los recreos escolares. Cada uno está dispuesto a acudir al llamado del compañero. Así lo demuestra Rodolfo Sabogal, quien atraviesa el Atlántico y deja el centro de Europa para estar presente en esta gran cofradía liceísta.

De igual manera, aparecen las imágenes en videollamadas de quienes no han podido asistir, que son muy pocos, porque la gran mayoría no quiere perderse esta entrañable asamblea.

En todos aflora un espíritu de inmensa solidaridad. Quienes son médicos están prestos a brindar sus servicios, como lo vemos en Rubén, Armando, Gabriel y muchos otros que, en aras de la fraternidad engendrada por el gran liceo, siempre están dispuestos a socorrer al necesitado.

Roberto González, conocido como “El Tun Tun”, lidera con entusiasmo los futuros encuentros.

Esta gran asamblea de liceístas es una sublime muestra de amistad entre los seres humanos.

Entretanto, la cámara de Illueca y de “El Tun Tun” registra estos momentos para la posteridad.

Translate

Seguidores