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viernes, 16 de octubre de 2026

Inocenciay candor



MARCELINO, SU FAMILIA Y EL METRO 
QUE SE TRAGABA A LA GENTE


Por Gilberto García Mercado



Marcelino Paternina era un campesino de manos anchas, sombrero de palma y una filosofía tan sencilla que cabía en el bolsillo de su camisa. Para él, el mundo se dividía en tres partes: la parcela, el pueblo y el camino que unía ambas cosas. Lo demás eran inventos para complicarle la existencia a la gente.

Vivía con su esposa, Tomasa, sus dos hijas adolescentes, Yuliana y Patricia, y un suegro llamado don Próspero, quien llevaba veinte años anunciando que estaba a punto de morirse, aunque gozaba de una salud que habría despertado envidia en cualquier caballo.

La familia se trasladó a Medellín después de que un primo de Marcelino les ofreciera trabajo en un restaurante. Según él, la ciudad era una máquina de producir dinero.

—Allá nadie pasa hambre —les aseguró—. El que no trabaja es porque no quiere.

Marcelino vendió unos cerdos, guardó los ahorros en una bolsa de tela y emprendió el viaje convencido de que pronto regresaría con suficiente dinero para comprar una parcela más grande.

Apenas llegaron, Tomasa tuvo que sentarse en una banca. Frente a ellos se levantaban edificios que parecían competir por alcanzar el cielo. Los vehículos pasaban sin descanso, y el humo de los tubos de escape formaba una neblina que le irritó los ojos a don Próspero.

—¿Aquí queman las cocinas desde la mañana? —preguntó el anciano.

—No, abuelo —respondió Yuliana—. Eso es contaminación.

Don Próspero frunció el ceño.

—Pues que dejen de contaminar. Uno viene a conocer la ciudad y lo primero que le ofrecen es una ahumada gratis.

El primer trabajo de Marcelino consistió en ayudar en la cocina del restaurante. Era cumplidor, madrugador y obediente, pero tenía una dificultad: no entendía por qué los clientes exigían que todo estuviera listo inmediatamente, como si las vacas se ordeñaran solas y los tomates nacieran picados.

—¡Un almuerzo para llevar! —gritaba un hombre con corbata.

—¿Y dónde se lo va a llevar? —preguntaba Marcelino—. Porque si es para una finca, puedo recomendarle un buen camino.

El administrador estuvo a punto de despedirlo el primer día.

Tomasa consiguió empleo por horas limpiando apartamentos. Allí descubrió que algunas personas tenían tantas habitaciones que podían perderse dentro de su propia casa.

Una señora le mostró un aparato automático para limpiar el piso y le explicó que no necesitaba barrer.

—¿Y entonces para qué me contrataron? —preguntó Tomasa.

La mujer no encontró una respuesta convincente.

Las hijas, entretanto, se adaptaron con mayor rapidez. Aprendieron a usar el teléfono para consultar rutas, comprar ropa y conversar con sus nuevas amistades. Marcelino, que apenas sabía contestar llamadas, las observaba con recelo.

—Estas muchachas hablan más con una pantalla que conmigo.

—Papá, es que aquí todo se hace por internet —dijo Patricia.

—¿Y las cosas que no están en internet?

—Pues no existen.

Marcelino guardó silencio. Aquella respuesta le pareció más peligrosa que una serpiente en el gallinero.

El verdadero conflicto llegó el día en que tuvieron que utilizar el metro. Un compañero de trabajo le explicó que era el transporte más rápido y cómodo para atravesar la ciudad.

Marcelino reunió a la familia y descendieron a una estación.

Al ver las escaleras eléctricas, Tomasa retrocedió.

—¡Eso se mueve solo!

—Claro, mamá —dijo Yuliana.

—Pues que se mueva solo, pero sin nosotros.

Marcelino decidió demostrar que no tenía miedo. Puso un pie en el primer escalón y, al sentir que el aparato lo arrastraba hacia arriba, levantó los brazos como un equilibrista.

—¡Agárrenme! ¡Esta escalera tiene voluntad propia!

Un joven lo sujetó del codo antes de que cayera. Las hijas se taparon la cara, Tomasa rezó un padrenuestro y don Próspero, desde abajo, gritó que no pensaba subir a ninguna máquina que no tuviera un conductor visible.

En el andén, Marcelino descubrió que la gente esperaba detrás de una línea amarilla. Cuando llegó el tren, las puertas se abrieron y una multitud salió mientras otra intentaba entrar. Él quedó atrapado en medio del movimiento.

—¡Despacio, señores! ¡Que no estamos repartiendo una herencia!

Una mujer lo empujó, un estudiante le pisó un zapato y un ejecutivo pasó hablando por teléfono, sin siquiera mirarlo.

Finalmente, Marcelino logró entrar, pero las puertas se cerraron antes de que don Próspero alcanzara el vagón.

El anciano quedó en el andén, indignado.

—¡Marcelino! ¡Ese cajón se ha llevado a mi familia!

El tren partió. Durante dos estaciones, Marcelino viajó pálido, abrazado a la bolsa donde guardaba sus documentos. Cuando se abrieron las puertas, salió como quien escapa de un naufragio y corrió a buscar a su suegro.

Lo encontraron sentado junto a un vigilante, explicándole que los trenes eran animales metálicos que se tragaban a la gente por tandas.

Aquella noche, en el pequeño apartamento que compartían con otra familia, Marcelino hizo cuentas. El arriendo, los pasajes, la comida y los servicios consumían casi todo lo que ganaban. Para colmo, el restaurante había reducido sus horas de trabajo.

Tomasa extrañaba su patio. Las muchachas echaban de menos el espacio. Don Próspero quería volver a dormir sin escuchar el ascensor, que a sus oídos sonaba como un ataúd subiendo y bajando toda la noche.

Marcelino miró por la ventana. Las luces de la ciudad brillaban como estrellas atrapadas detrás de una reja.

—¿Saben una cosa? —dijo—. En el campo, cuando uno no tiene dinero, al menos puede sentarse bajo un árbol y pensar. Aquí, si uno no tiene dinero, ni siquiera puede sentarse tranquilo, porque hasta las bancas parecen estar reservadas para alguien.

Tomasa asintió.

A la mañana siguiente, Marcelino llamó al primo que los había convencido de mudarse. Le pidió ayuda para conseguir el transporte de regreso.

—¿Tan pronto te vas? —preguntó el hombre—. ¡Pero si apenas estás empezando a progresar!

—Tienes razón —respondió Marcelino—. He progresado tanto que ya sé dónde queda la estación, cómo funciona una escalera y cuánto cuesta vivir sin ver el cielo. ¡Ahora vámonos para el terruño, porque prefiero sudar sembrando yuca que pasarme la vida montado en un tren que se traga a la gente y me devuelve más pobre de lo que me encontró!
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domingo, 11 de octubre de 2026

Prosa Rural




EL DÍA QUE EUSEBIO DESCUBRIÓ
QUE LA CIUDAD NO TENÍA
DÓNDE AMARRAR UN BURRO

 

Por Gilberto García Mercado

 



Eusebio Marrugo llevaba cuarenta y ocho años viviendo en una vereda donde las noticias llegaban montadas en mula y las preocupaciones se resolvían, casi siempre, debajo de un palo de mango. Su esposa, Remedios, tenía la virtud de discutir con las gallinas y ganarles siempre. Sus hijos, Anacleto y Milagros, habían crecido entre el olor del maíz recién molido, el canto de los gallos y las cuentas interminables de una tienda donde el crédito se concedía según la cara del cliente y la paciencia del tendero.

Pero un día, Anacleto regresó de una visita a Bogotá con la cabeza llena de edificios y la lengua untada de promesas.

—Papá, allá hay oportunidades. Uno puede progresar, conseguir empleo, comprar apartamento y hasta vivir cerca de un centro comercial.

Eusebio, que jamás había visto un centro comercial y sospechaba que debía tratarse de una plaza de mercado con pretensiones, decidió vender dos terneros, empacar sus pertenencias y llevarse a la familia a conquistar la capital.

El viaje fue largo. Cuando finalmente descendieron del autobús, Eusebio quedó inmóvil ante una avenida por donde rugían automóviles, motocicletas, buses y camiones. El aire olía a gasolina quemada, caucho caliente y algo indefinible que le recordó una vaca enferma.

—¿Aquí también se cocina con petróleo? —preguntó.

Remedios se acomodó el pañolón.

—Cállate, hombre. No vayas a demostrar que somos nuevos.

Pero era demasiado tarde. La ciudad ya los había descubierto.

Anacleto sacó el teléfono para consultar la dirección del apartamento que les había conseguido un conocido. Mientras tanto, Milagros miraba hacia arriba, fascinada por los rascacielos que parecían haber sido construidos por gigantes aburridos de vivir sobre la tierra.

—Mamá, ¿y si a uno le dan ganas de barrer el techo?

—Primero aprende a barrer el piso —contestó Remedios—. Que bastante trabajo me das en una sola dimensión.

Para llegar al apartamento tuvieron que cruzar un puente peatonal. Eusebio se agarró de la baranda y observó el tráfico desde arriba.

—¡Ave María! ¡Esta gente anda a toda velocidad! ¿Y si a alguno se le queda olvidada la cabeza en la casa?

Nadie le respondió. Todos corrían.

En el edificio, el ascensor les produjo la primera gran desgracia doméstica. Cuando las puertas se cerraron, Remedios gritó que los estaban metiendo en una nevera vertical. Eusebio buscó el machete, convencido de que aquel cajón metálico pretendía transportarlos al otro mundo.

—No se preocupen —dijo Anacleto, tratando de conservar la dignidad—. Esto es moderno.

—Pues que la modernidad abra la puerta —respondió su padre—, porque yo todavía tengo asuntos pendientes con la vida.

Los días siguientes fueron una colección de desastres. En el supermercado, Remedios encontró huevos empacados en cajas transparentes y preguntó quién había cometido la crueldad de separar a las gallinas de sus productos. Eusebio quiso comprar una libra de plátanos, pero terminó pagando casi lo mismo que por una gallina entera en la vereda.

En el centro comercial, la familia caminó durante dos horas sin comprar absolutamente nada. Milagros entró en una tienda de ropa, Remedios se perdió en un almacén de electrodomésticos y Eusebio acabó sentado frente a una fuente artificial.

—Esto es lo más parecido a un río que he visto desde que llegamos —dijo—, con la diferencia de que aquí ni siquiera se puede pescar una mojarra.

La inseguridad también les enseñó sus propias lecciones. Un muchacho les arrebató una bolsa mientras cruzaban una calle.

Eusebio salió detrás de él, pero tuvo que detenerse ante un semáforo en rojo.

—¡Ladrón! ¡Devuélvame mis cosas!

El muchacho desapareció entre la multitud. Eusebio permaneció en la acera, indignado porque hasta los delincuentes parecían conocer mejor las reglas de la ciudad que él.

La noche del sábado fueron al cine. Anacleto compró entradas para una película de acción. Eusebio, al ver la pantalla gigantesca, se levantó de la silla.

—¡Muchacho, bájale el volumen a ese televisor! ¡Van a despertar a todo el barrio!

Los demás espectadores protestaron. Remedios lo sentó de un tirón y le explicó que allí nadie conversaba, nadie preguntaba y nadie se levantaba a saludar a un conocido. Eusebio concluyó que aquel lugar era una iglesia donde se adoraba a unos muñecos que gritaban.

Al cabo de un mes, la familia empezó a extrañar la vereda. Extrañaban el silencio, las conversaciones largas, el olor de la tierra mojada y hasta las gallinas que Remedios regañaba al amanecer. Eusebio, sobre todo, echaba de menos poder caminar sin que alguien le pitara, lo empujara o le cobrara por respirar cerca de un establecimiento.

Una mañana, mientras contemplaba desde la ventana las interminables filas de vehículos, tomó una decisión.

—Anacleto, empaca las maletas. Nos vamos.

—¿Y las oportunidades, papá?

Eusebio se rascó la cabeza, miró los edificios y respondió con la solemnidad de un hombre que acababa de descubrir una gran verdad económica:

—¡Hijo, en esta ciudad hasta las oportunidades vienen atornilladas, y uno tiene que pagar para que se las desatornillen! Vámonos para el terruño, donde el burro no necesita ascensor y el aire todavía se puede respirar sin pedir permiso.

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sábado, 3 de octubre de 2026

LOS RELATOS MÁS ANTIGUOS DE LA HUMANIDAD


EL CUENTO DEL NÁUFRAGO

 Un relato del antiguo Egipto hacia 2000-1900 a. C.


Por Autor Desconocido

 


Un funcionario regresaba a Egipto después de una expedición que no había salido como esperaba.
Su corazón estaba lleno de temor.
Un compañero intentó tranquilizarlo:
—No tengas miedo. Hemos regresado con vida. Hemos llegado nuevamente a nuestra tierra. Eso ya es motivo para agradecer a los dioses.
Pero el hombre continuaba preocupado.
Entonces su compañero decidió contarle una historia.
—Yo mismo viví algo mucho peor —le dijo—. Y sobreviví.
Mucho tiempo atrás, había embarcado rumbo a las lejanas tierras donde los hombres del faraón buscaban riquezas.
La nave era enorme y llevaba ciento cincuenta marineros.
Eran hombres experimentados. Conocían el cielo, el viento y el mar. Ninguno imaginaba que aquella travesía terminaría en desgracia.
De repente, apareció una tormenta.
El viento golpeó la embarcación con una fuerza terrible.
Las olas crecieron hasta convertirse en enormes montañas de agua.
La nave fue destruida.
Todos los hombres murieron.
Todos menos uno.
El marinero consiguió aferrarse a un pedazo de madera y permaneció a la deriva durante tres días y tres noches.
Finalmente, las olas lo arrojaron sobre una isla.
Estaba solo.
Pero cuando recuperó las fuerzas descubrió algo extraordinario.
La isla estaba llena de árboles frutales, plantas, aves y peces.
Había comida por todas partes.
El náufrago encendió un fuego y dio gracias a los dioses por haberle permitido vivir.
Entonces escuchó un ruido terrible.
Los árboles comenzaron a estremecerse.
La tierra tembló.
El hombre levantó la mirada.
Frente a él apareció una serpiente gigantesca.
Su cuerpo parecía cubierto de oro.
Sus cejas brillaban como el lapislázuli.
El marinero cayó al suelo, aterrorizado.
La enorme criatura habló:
—¿Quién te ha traído hasta aquí?
El hombre contó su historia.
Entonces la serpiente le dijo:
—No tengas miedo. Los dioses te han permitido vivir.
Y le explicó que aquella isla pertenecía a los dioses y que allí nada le faltaría.
El marinero permaneció cuatro meses en aquel lugar.
Durante ese tiempo, la serpiente le contó también su propia desgracia.
Había vivido allí con su familia.
Eran setenta y cinco serpientes.
Pero un día una estrella cayó del cielo y destruyó a todos los que amaba.
Solo él había sobrevivido.
El marinero quiso ofrecerle riquezas cuando regresara a Egipto.
La serpiente sonrió.
—¿Qué podrías ofrecerme? —le preguntó—. Yo soy dueña de todas las riquezas de esta isla.
Después le anunció:
—Pronto llegará una embarcación. Regresarás a tu tierra y volverás a ver a tu familia.
Y así ocurrió.
Después de algún tiempo, apareció un barco.
El marinero subió a bordo.
La isla comenzó a desaparecer de su vista.
Finalmente llegó a Egipto.
Cuando terminó de contar su historia, el hombre que lo escuchaba quedó en silencio.
Había escuchado relatos sobre monstruos, islas misteriosas y serpientes gigantes.
Pero la enseñanza era sencilla:
El hombre que ha sobrevivido a una gran desgracia puede mirar de otra manera el miedo de quien todavía está atravesando la suya.
Y el antiguo marinero terminó su relato.
Había perdido su barco.
Había perdido a sus compañeros.
Había quedado solo en medio del mar.
Pero había regresado.
Y a veces, en las historias más antiguas de la humanidad, sobrevivir ya era una forma de victoria.


* ¿Qué habrías hecho tú si, después de sobrevivir a un naufragio, hubieras encontrado una isla gobernada por una serpiente gigante?
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domingo, 27 de septiembre de 2026

Incertidumbre


Los Diez Misterios que ni Dios
ni Einsten Quisieron Explicarnos


Por Gilberto García Mercado



Diez preguntas han perseguido al hombre desde que descubrió que pensar también daba problemas.
El hombre lleva miles de años tratando de descubrir de dónde viene, para dónde va y, sobre todo, quién fue el irresponsable que lo puso en este planeta.

Ha construido templos, universidades, observatorios, laboratorios y bibliotecas. Ha inventado telescopios para mirar hacia el infinito y microscopios para mirar lo diminuto. Ha enviado máquinas a otros planetas y ha conseguido que un teléfono celular sepa más cosas que el dueño.

Pero hay algo que no ha conseguido: explicarse completamente a sí mismo. Y eso ya tiene cierta gracia. 
Porque resulta que somos una especie capaz de descifrar el código genético, pero todavía no sabemos exactamente qué demonios es la conciencia. Podemos calcular la edad del universo, pero seguimos preguntándonos qué había antes. Podemos explicar muchas cosas sobre el cerebro, pero todavía no hemos descubierto por qué una canción vieja puede devolvernos, en tres minutos, a una persona que murió hace treinta años.

Por eso vale la pena revisar diez misterios que han hecho sudar a científicos, filósofos, teólogos y a más de un ciudadano que se quedó mirando el techo a las tres de la mañana. 
1. ¿CÓMO APARECIÓ LA VIDA?

Esta pregunta tiene la mala costumbre de aparecer justamente cuando uno cree que ya entendió todo.

Sabemos que la vida está formada por células, moléculas, ADN y una maquinaria biológica extraordinariamente compleja.

Pero viene la pregunta maleducada: ¿Y quién encendió la primera chispa?

Darwin explicó magistralmente cómo las especies pueden cambiar y evolucionar. La biología moderna ha descubierto maravillas sobre la genética. Los científicos han propuesto diferentes escenarios para explicar cómo pudo surgir la primera vida.

Pero una cosa es explicar cómo evoluciona la vida y otra muy distinta explicar cómo comenzó.

La humanidad lleva siglos mirando la primera página del libro.

Y todavía estamos tratando de descubrir quién escribió la frase inicial. 
2. ¿QUÉ DEMONIOS ES LA CONCIENCIA?

Aquí comienza el verdadero problema.

Porque usted puede estudiar un cerebro, pesarlo, fotografiarlo, analizar sus neuronas y observar cómo determinadas zonas se activan.

Pero ninguna máquina ha encontrado todavía el lugar exacto donde vive ese señor que, dentro de nuestra cabeza, dice: “Yo soy yo”. 
Descartes intentó resolverlo con aquella famosa frase: “Pienso, luego existo”. Muy bonito. Pero la pregunta siguiente es inevitable: ¿Y quién está pensando? 
La neurociencia ha avanzado enormemente, pero la naturaleza subjetiva de la experiencia consciente continúa siendo uno de los grandes problemas de la filosofía y de la ciencia. Es decir, conocemos muchísimo sobre el cerebro. Lo que todavía no sabemos del todo es cómo ese montón de neuronas termina convirtiéndose en usted. Y eso sí que es un truco de magia.

        3. ¿PARA QUÉ ESTAMOS AQUÍ?

Esta pregunta ha producido filósofos durante miles de años.

Aristóteles buscó la buena vida. Sócrates interrogaba a todo el mundo. Platón imaginó mundos de ideas. Kant se metió hasta con la moral. Nietzsche decidió dinamitar buena parte de las certezas heredadas.

Y nosotros, después de semejante desfile intelectual, seguimos preguntando: ¿Cuál es el sentido de la vida? Hay quienes dicen que venimos a amar. Otros dicen que venimos a servir. Otros, a sufrir y aprender. Otros creen que no existe ningún propósito predeterminado. Y otros simplemente dicen: “Yo vine a ver qué pasaba”. 
Lo curioso es que ninguna respuesta ha conseguido sentar a toda la humanidad en una misma mesa y decir: “Señores, asunto resuelto”. Así que seguimos viviendo. Y preguntando. Y pagando los recibos. 
4. ¿QUÉ HAY DESPUÉS DE LA MUERTE?

Aquí la cosa se pone seria. Porque todos tenemos una cita con la muerte, pero ninguno ha podido conseguir que le adelanten información. Las religiones han hablado del cielo, del infierno, de la resurrección y de la reencarnación. Los filósofos han reflexionado sobre la muerte desde la Antigüedad. Los científicos estudian el cerebro, el cuerpo y los procesos biológicos relacionados con la muerte. Pero hay un pequeño inconveniente: el principal testigo del asunto no puede regresar a declarar. Por eso la muerte continúa siendo el gran misterio. Quizás por eso nos da miedo. O quizás porque, en el fondo, lo que verdaderamente nos aterra no es morir, sino no saber qué viene después. 
5. ¿QUÉ TAN GRANDE ES EL UNIVERSO?

Aquí Einstein, Newton, Galileo y compañía nos dejaron una herencia bastante incómoda: el universo es muchísimo más grande de lo que nuestro cerebro quisiera aceptar. Galileo levantó la mirada y descubrió que la Tierra no era el centro de todo. Newton encontró leyes capaces de describir el movimiento de los cuerpos. Einstein cambió nuestra manera de entender el espacio y el tiempo.

Y después llegaron los telescopios modernos, que comenzaron a mostrarnos un universo lleno de galaxias, estrellas, planetas y fenómenos que parecen inventados por un escritor de ciencia ficción con exceso de imaginación. Y entonces surge otra pregunta: ¿Estamos solos? Hasta ahora no tenemos una respuesta confirmada. El universo, por su parte, continúa expandiéndose tranquilamente. Como si no le importara nuestra preocupación. 
6. ¿SOMOS REALMENTE LIBRES?

Esta pregunta puede provocar una discusión familiar de tres horas. Usted cree que decidió levantarse de la cama. Pero alguien podría preguntarle: ¿Lo decidió libremente o influyeron su cuerpo, sus genes, su educación, sus recuerdos, sus necesidades y las circunstancias? ¿Elegimos realmente? ¿O somos el resultado de una gigantesca cadena de causas que comenzó mucho antes de que naciéramos? Los filósofos llevan siglos discutiendo. Y mientras ellos discuten, nosotros seguimos tomando decisiones. Lo peor es que hasta para decidir si somos libres necesitamos tomar una decisión. Qué problema tan poco colaborador. 
7. ¿DE DÓNDE SALE EL MAL?

Esta pregunta ha hecho sudar a teólogos y filósofos durante siglos. Si Dios es bueno y poderoso, pregunta el filósofo: ¿Por qué existe el mal? Y si no existe Dios, aparece otra pregunta: ¿Por qué el ser humano puede ser capaz de tanta bondad y de tanta barbaridad? Aquí no hay respuestas sencillas. Porque el hombre puede construir un hospital y, al mismo tiempo, fabricar una bomba. Puede escribir una canción para consolar a alguien y también inventar una manera de destruirlo. Puede alimentar a un desconocido y abandonar a su propio hermano. Somos una especie bastante contradictoria. Quizás por eso seguimos siendo un misterio. 
8. ¿QUÉ ES EL TIEMPO?

El tiempo es posiblemente el personaje más descarado de esta historia. Nunca lo vemos. Nunca lo tocamos. Nunca podemos guardarlo. Pero nos cobra cada segundo. Newton lo estudió. Einstein demostró que espacio y tiempo están profundamente relacionados. Y nosotros seguimos diciendo: “¡Cómo pasa el tiempo!”. Como si el pobre tiempo tuviera la culpa de que nosotros estemos envejeciendo. Lo extraordinario es que podemos recordar el pasado, imaginar el futuro y vivir únicamente en el presente. Y todavía no tenemos una respuesta definitiva para una pregunta aparentemente sencilla: ¿Qué es exactamente eso que llamamos tiempo? Por ahora, lo único seguro es que mientras usted lee esto ya se fue un pedacito. Y no vuelve. 
9. ¿QUÉ ES LA FELICIDAD?

Aquí sí hemos hecho un verdadero desastre. El hombre lleva siglos buscando la felicidad. Unos la buscaron en la riqueza. Otros en la religión. Otros en el conocimiento. Otros en el amor. Otros en el poder. Y algunos creen encontrarla comprando un automóvil nuevo, hasta que aparece la primera cuota. Aristóteles habló de la vida buena y de la realización humana. Epicuro defendió una vida orientada al placer entendido de manera mucho más sobria de lo que muchos creen. Los modernos tenemos psicólogos, libros de autoayuda, aplicaciones de meditación y frases motivacionales.

Y seguimos preguntando: ¿Cómo se consigue la felicidad? Quizás el problema consiste en que queremos atraparla. Y la felicidad, como algunos pájaros, parece preferir que uno no intente encerrarla. 
10. ¿QUIÉNES SOMOS?

Y llegamos al último misterio. El más cercano. El más incómodo. Nosotros mismos. Sabemos cada vez más sobre el universo, pero todavía nos cuesta comprender al vecino.

Sabemos secuenciar genes, pero no siempre sabemos por qué nos enamoramos de quien no nos conviene.

Podemos enviar una nave al espacio, pero a veces no somos capaces de cruzar una habitación para pedir perdón.

Podemos estudiar la historia de la humanidad y, al día siguiente, repetir los mismos errores.

Somos capaces de escribir Don Quijote, levantar catedrales, descubrir vacunas y escuchar una melodía hasta llorar.

Pero también podemos destruir aquello que amamos.

Somos una mezcla extraña de razón, instinto, memoria, deseo, miedo, esperanza y contradicción. 
Quizás el ser humano no sea solamente quien busca los misterios.

Quizás sea el mayor de ellos. 
Y ENTONCES, ¿NOS RENDIMOS?

No. Eso sería demasiado fácil. El hombre no se ha rendido. Se ha acostumbrado a no tener todas las respuestas. Y posiblemente ahí está nuestra grandeza. 
Porque si todo estuviera explicado, la vida sería una oficina con horario de entrada y salida. Pero no. Todavía queda el misterio del nacimiento. El misterio de la conciencia. El misterio del amor. El misterio de la muerte. El misterio del universo. El misterio del tiempo. El misterio de Dios para quienes creen. El misterio de la nada para quienes no creen. Y, en medio de todos ellos, nosotros. Preguntando. Buscando. Discutiendo. Equivocándonos. Volviendo a preguntar.

Quizás por eso la humanidad lleva miles de años mirando hacia arriba. Porque sospecha que las respuestas están allá afuera. Y quizás todavía no se ha dado cuenta de algo: algunas de las respuestas podrían estar escondidas dentro de nosotros.
Mientras tanto, sigamos buscando.

Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa puede hacer un animal que tuvo la ocurrencia de inventar la filosofía?

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viernes, 25 de septiembre de 2026

Los Cuentos más Antiguos del Mundo



EL CUENTO DE LOS DOS HERMANOS

(Una historia escrita hace más de tres mil años)


Por Autor Desconocido



Había una vez dos hermanos nacidos de los mismos padres.
El mayor se llamaba Anubis y el menor, Bata.
Anubis tenía una casa, una esposa y tierras que cultivar. Bata vivía con ellos y trabajaba para su hermano. Era un hombre fuerte y extraordinariamente trabajador. Cuidaba los animales, araba la tierra, llevaba las semillas al campo y regresaba cada tarde cargado con hierbas para el ganado.
Los animales parecían quererlo. Bata sabía dónde encontrar los mejores pastos y los conducía hacia ellos. Gracias a sus cuidados, los rebaños crecían y prosperaban.
Cada noche, después de trabajar, Bata dormía junto a los animales.
Así transcurrieron muchos días.
Hasta que una mañana Anubis le dijo:
—Prepara los bueyes y lleva las semillas al campo. Mañana comenzaremos a arar.
Bata hizo lo que su hermano le había ordenado.
Al día siguiente ambos estaban trabajando en el campo. Pero después de un tiempo Anubis necesitó más semillas.
—Ve a la casa y tráelas —le dijo a Bata—. No tardes.
Bata regresó.
Encontró a la esposa de su hermano arreglándose el cabello.
—Dame las semillas —le dijo—. Mi hermano me ha enviado por ellas.
La mujer le indicó que entrara al almacén y tomara cuanto necesitara.
Bata cargó una gran cantidad de grano sobre sus hombros.
Entonces ella lo observó.
Y vio en él la fuerza de un hombre acostumbrado al trabajo.
Lo deseó.
—Quédate conmigo un momento —le dijo—. Podemos descansar juntos.
Bata quedó horrorizado.
—¿Cómo puedes decirme semejante cosa? Tú eres como mi madre y mi hermano es como mi padre. Él es quien me ha dado alimento y un lugar donde vivir. No vuelvas a hablarme así.
Y salió de la casa con las semillas.
Pero la mujer sintió miedo.
Había sido rechazada.
Y decidió convertir su deseo en venganza.
Cuando Anubis regresó aquella tarde, encontró a su esposa acostada, fingiendo estar enferma.
No había preparado agua para que él se lavara las manos. La casa estaba oscura.
Anubis preguntó:
—¿Qué te ha ocurrido?
Ella respondió:
—Tu hermano intentó abusar de mí.
Anubis quedó paralizado.
Su esposa le contó una historia completamente diferente de lo sucedido.
Le dijo que Bata había intentado convencerla de acostarse con él y que, cuando ella se negó, la había golpeado.
La ira se apoderó de Anubis.
Tomó un cuchillo y se escondió detrás de la puerta del establo.
Esperaría allí a Bata.
Lo mataría.
Pero cuando Bata llegó con los animales, una de las vacas le advirtió:
—Tu hermano está escondido detrás de la puerta. Tiene un cuchillo y quiere matarte.
Bata miró.
Vio los pies de Anubis.
Soltó su carga y corrió.
Anubis salió detrás de él.
Bata pidió ayuda al dios Ra-Horajti.
Entonces ocurrió algo extraordinario.
Entre los dos hermanos apareció de repente un enorme río lleno de cocodrilos.
Anubis quedó en una orilla.
Bata, en la otra.
Por fin, Bata pudo hablar.
—¿Por qué quieres matarme sin escuchar mi versión? Tú eres mi hermano mayor. Eres como un padre para mí. Tu esposa es como una madre. Cuando me enviaste por las semillas, ella intentó seducirme. Yo la rechacé. Eso es todo.
Entonces Bata hizo un juramento ante el dios.
Para demostrar que decía la verdad, tomó un cuchillo y se mutiló, arrojando al agua la parte de su cuerpo que había sido utilizada en la acusación.
Anubis comprendió entonces que había sido engañado.
Lloró.
Pero ya era demasiado tarde.
Bata le dijo:
—Regresa a casa. Cuida de tus animales. Yo no volveré a vivir contigo.
Y le explicó que se marcharía al Valle de la Acacia.
Antes de separarse, Bata le reveló un secreto.
—Voy a colocar mi corazón en lo alto de una flor de acacia. Si alguna vez cortan el árbol y mi corazón cae, sabrás que algo me ha ocurrido. Búscalo. Aunque tengas que tardar siete años, no te rindas. Cuando lo encuentres, ponlo en agua fresca y volveré a vivir.
Después Bata desapareció.
Anubis regresó a casa.
Y cuando descubrió toda la verdad, mató a su esposa.
Mientras tanto, Bata vivía solo en el Valle de la Acacia.
Construyó una casa.
Cazaba durante el día y descansaba por la noche bajo el árbol donde había escondido su corazón.
Hasta que los dioses se encontraron con él.
Vieron su soledad y sintieron compasión.
Entonces el dios Jnum creó para Bata una mujer extraordinariamente hermosa.
Los dioses habían puesto en ella parte de su propia naturaleza.
Pero las siete Hathor, que conocían el destino, pronunciaron una sentencia terrible: aquella mujer moriría de muerte violenta.
Bata amó a su nueva esposa y trató de protegerla.
Le advirtió:
—No salgas de la casa. El río podría llevarte y yo no podría salvarte.
Pero un día ella salió.
El río la vio.
Y una corriente arrancó un mechón de sus cabellos.
El agua llevó aquel cabello hasta Egipto.
Llegó a los lavaderos del faraón.
Los vestidos reales comenzaron a desprender un perfume desconocido.
Los encargados de lavar las ropas fueron acusados de ocultar algo.
Finalmente encontraron el mechón de cabello.
Los magos del faraón lo examinaron.
Y dijeron:
—Este cabello pertenece a una mujer en cuyo cuerpo están presentes los poderes de todos los dioses.
El faraón ordenó buscarla.
Los hombres enviados al Valle de la Acacia regresaron derrotados. Bata había acabado con ellos.
Entonces el faraón mandó un ejército.
La mujer fue llevada a Egipto.
El faraón quedó fascinado por su belleza y la convirtió en su favorita.
Pero ella todavía recordaba a Bata.
Y sabía dónde estaba su corazón.
Le dijo al faraón:
—Ordena cortar la acacia.
El faraón aceptó.
Los hombres llegaron al valle.
Cortaron el árbol.
Y en ese mismo instante Bata murió.
Al día siguiente, Anubis recibió una señal.
Le entregaron una jarra de cerveza.
La cerveza comenzó a agitarse.
Entonces comprendió que algo terrible había ocurrido.
Anubis viajó inmediatamente al Valle de la Acacia.
Encontró muerto a su hermano.
Durante tres años buscó el corazón de Bata.
No lo encontró.
Pero cuando comenzó el cuarto año, el corazón decidió regresar a Egipto.
Al día siguiente, Anubis volvió a buscar.
Y finalmente encontró una pequeña baya.
Dentro estaba el corazón de Bata.
Lo colocó en agua fresca.
Durante la noche ocurrió el milagro.
Bata volvió a la vida.
Los dos hermanos se abrazaron.
Pero Bata todavía tenía una deuda pendiente.
Le dijo a Anubis:
—Mañana me convertiré en un gran toro. Llévame ante el faraón.
Así ocurrió.
Al amanecer, Bata se transformó en un toro magnífico.
Anubis montó sobre él y lo llevó hasta el palacio.
El faraón quedó maravillado.
Nunca había visto semejante animal.
Lo recibió con honores y recompensó a Anubis con riquezas.
Pero Bata no había regresado solamente para ser admirado.
Un día entró en el palacio y habló con la mujer.
—¿Me reconoces?
Ella tuvo miedo.
—Soy Bata —dijo él—. Tú hiciste cortar la acacia donde estaba mi corazón. Me convertí en este toro y regresé.
La mujer comprendió que su pasado había vuelto para buscarla.
Y volvió a actuar
Pidió al faraón que sacrificara el toro y le diera de comer su corazón.
El faraón, aunque entristecido, aceptó.
El toro fue sacrificado.
Pero cuando llevaban su cuerpo, dos gotas de sangre cayeron ante las puertas del palacio.
Durante la noche crecieron dos grandes árboles.
Eran árboles de persea.
El faraón salió a contemplarlos.
La mujer salió con él.
Y cuando se sentó bajo uno de los árboles, el árbol comenzó a hablar.
—Yo soy Bata. Tú ordenaste cortar la acacia donde estaba mi corazón. Después me convertí en toro y también provocaste mi muerte.
La mujer volvió a sentir miedo.
Y pidió al faraón que cortara los dos árboles.
El faraón volvió a obedecer.
Cuando los árboles fueron cortados, una astilla entró en la boca de la mujer.
Ella la tragó.
Y quedó embarazada.
Meses después nació un niño.
El faraón lo reconoció como hijo real.
El niño creció.
Pasaron los años.
Y llegó a ser príncipe heredero.
Cuando el faraón murió, el joven ascendió al trono.
Entonces Bata recuperó su verdadera identidad.
Mandó llamar a los grandes consejeros del reino.
Y delante de ellos contó toda la historia.
La mujer fue juzgada.
Anubis, su hermano mayor, recibió el honor de convertirse en heredero.
Y cuando el nuevo rey murió, después de muchos años de gobierno, Anubis ocupó su lugar.
Así terminó la historia de los dos hermanos.
Y el escriba que la había puesto por escrito cerró el relato con una invocación al dios Thot, protector de los escribas.
Más de tres mil años después, el papiro todavía conserva la historia.
Y Bata todavía está allí.

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*La presente adaptación narrativa en español ha sido preparada para Con-Fines Culturales, tomando como base el relato conservado en el Papiro d'Orbiney y contrastándolo con la edición histórica de Gaston Maspero de 1882.sperando que alguien vuelva a leerla.

NOTA DE PUBLICACIÓN
Esta versión no reproduce literalmente ninguna traducción moderna.
La presente adaptación narrativa en español ha sido preparada para La Calvaria Literatura — Con-Fines Culturales, tomando como base el relato conservado en el Papiro d'Orbiney y contrastándolo con la edición histórica de Gaston Maspero de 1882.
Versión y adaptación narrativa: Gilberto García Mercado

La obra egipcia original pertenece al patrimonio literario de la Antigüedad. La edición histórica de Maspero de 1882 es una fuente de época disponible en repositorios de textos de dominio público.

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FUENTES CONSULTADAS
British Museum, The D'Orbiney Papyrus, EA10183.
Gaston Maspero, Les Contes populaires de l'Égypte ancienne, Maisonneuve et Cie., París, 1882, Le conte des Deux Frères, pp. 1–28.
British Museum, Page turners: literature in ancient Egypt, 2023.
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lunes, 21 de septiembre de 2026

Un Despertar


La Existencia se la
Llevó la Mierda



Por Gilberto García Mercado




Despertar se está volviendo un acto hermético y sombrío. Cada vez se despierta con la convicción de que a esta existencia se la llevó la mierda. Nos hemos vuelto egoístas y soberbios. Seres incapaces de guardar las distancias ni de reconocer los límites que separan el bien del mal.
El paso del tiempo nos ha cobrado todas esas facturas que dejamos sin pagar y que ahora vemos reflejadas en la manera en que la tierra protesta contra las conductas del ser humano, el peor depredador que creó Dios, muy a pesar de haberlo dotado de conciencia y razón. Tsunamis, terremotos, pandemias, un clima alterado adrede, parecen ser la respuesta de un planeta vilipendiado. 
Es la cultura de lo efímero, de los desvaríos. El sujeto necesita ser reconocido porque ese reconocimiento alimenta su ego. 
El futbolista no puede vivir sin ser el centro de atención en los estadios ni sin los aplausos exacerbados de sus hinchas. 
Los influencers viven inmersos en el resplandor de los flashes y en la ebullición de unas multitudes que los aplauden como si no fueran a morir jamás. 
Los empresarios se desviven por crear empresas, rodeados del despliegue de un personal de seguridad que acordona la zona tres kilómetros a la redonda. En su argot empresarial no hay cabida sino para un lenguaje que contempla la transformación de zonas naturales, fuentes de agua desplazadas por el concreto frío de los centros comerciales, iluminados con una energía que poco a poco se consume sin ninguna clase de reparo por el atropello. 
¿En qué momento equivocamos el camino? 
En estos tiempos en que la inteligencia de los hombres se ha desbordado, paradójicamente nos enfrentamos al peligro de esa sombra que habita en cada ciudadano, llámese presidente de una potencia, científico o gurú de internet. Todos juegan con el planeta como si este fuera un objetivo al que se le pudiera disparar todo el egocentrismo y la soberbia de los hombres. 
Estamos destruyéndonos entre nosotros mismos. Da grima que, en vez de razonar y utilizar la inteligencia con la cual nos dotó el Señor, la estemos empleando para acumular riqueza y poder, como si con ello pudiéramos garantizar la inmortalidad. 
Todos, de una u otra forma, seremos devueltos al polvo del cual salimos. Vamos a morir. Entonces, ¿por qué ese afán de acumular riqueza? ¿Por qué amenazar a otros pueblos con intervenirlos y apropiarse de sus territorios? 
La guerra entre Ucrania y Rusia, ¿qué sentido tiene? Zonas arrasadas, ciudades en ruinas, gente desplazada, pérdidas millonarias de los Estados. ¿A qué conduce semejante despliegue bélico? Cuántas escuelas y hospitales se podrían construir con todo ese capital que se pierde en la guerra. 
La sabiduría de los pueblos es muy particular. Cada cabeza es un mundo y nadie puede ser como el narrador. Hay personas con una sensibilidad y un carácter que las llevaría, primero muertas, antes que hacerle daño a su prójimo. Otros que, en cambio, en las iglesias roban los diezmos a Jesucristo. No se necesita ser graduado de Harvard para entender que la maldad, tarde o temprano, te va a conducir a un templo en llamas. 
Por lógica, deberíamos entender que vivir unidos por una causa, el bien en general, nos llevaría a vivir de una forma civilizada, en donde de verdad se pudiera disfrutar la vida. 
Pero cada cabeza es un mundo. El capitalista acumula más riqueza mientras cree que vivir ocupado en sus negocios, de alguna forma, le regula la tensión arterial. 
Pareciera que cada habitante de este sórdido planeta necesitara aplaudir a una cantante como Shakira o a un futbolista como Cristiano Ronaldo o Messi. Por más estatuas que se alcen en su honor, siempre conservarán la fragilidad del olvido y un féretro para el reposo final.
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domingo, 13 de septiembre de 2026

Asesino Serial


EL PRÍNCIPE QUE SALÍA A MATAR
CUANDO CAÍA LA NOCHE
Por Macario Velarcarcel


Hubo un tiempo en que la noche pertenecía a los lobos, a los bandidos y a los hombres que no tenían nada que perder. Pero en la antigua China hubo alguien que podía salir a matar sin esconderse de nadie. No porque fuera invisible, sino porque llevaba sangre real.

Su nombre era Liu Pengli, príncipe de Jidong y sobrino del emperador Jing de la dinastía Han. Vivió en el siglo II antes de Cristo y su historia quedó registrada por el historiador Sima Qian en Shiji, los Registros del Gran Historiador. Por eso algunos investigadores lo consideran uno de los primeros asesinos seriales documentados de la historia.

Dicen los registros que, cuando la oscuridad cubría los caminos, Pengli abandonaba la seguridad de su residencia acompañado por un grupo de hombres. No buscaban enemigos políticos ni libraban una guerra. Salían a recorrer el territorio para robar y matar.

Las víctimas podían ser personas comunes encontradas durante aquellas incursiones nocturnas. El asesinato, según el relato histórico, no parecía responder a una necesidad militar ni económica. Era parte de una especie de juego macabro.

Más de cien personas habrían muerto de aquella manera.

Y aquí comienza la parte más perturbadora de la historia.

Durante mucho tiempo, el miedo mantuvo cerradas las puertas de las casas cuando llegaba la noche. Nadie parecía capaz de detener al asesino porque el asesino era también un príncipe. La ley tenía un problema elemental: debía enfrentarse a alguien que pertenecía a la misma familia del hombre que gobernaba el imperio.

Finalmente, el hijo de una de las víctimas llevó la acusación hasta la corte.

El emperador tuvo que decidir entre la justicia y la sangre.

No ordenó ejecutar a su sobrino.

Le quitó el título y lo envió al exilio.

Así terminó, según los antiguos registros, la carrera criminal de uno de los personajes que hoy podríamos reconocer como un asesino serial.

No hubo detectives. No hubo laboratorio forense. No hubo fotografías de la escena del crimen.

Solo quedaron los cadáveres, el miedo de un pueblo y una historia escrita muchos siglos antes de que la criminología aprendiera a ponerle nombre al monstruo.

Y quizá lo más oscuro no sea que Liu Pengli matara.

Lo verdaderamente inquietante es que durante un tiempo pudo hacerlo porque nadie se atrevía a detenerlo.

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¿Estamos Solos En El Universo?


El Misterio Que Aún No Tiene Dueño


Por Gilberto García Mercado 






Hay preguntas que la humanidad lleva siglos formulándose y que, pese al extraordinario desarrollo de la ciencia, continúan suspendidas sobre nuestras cabezas como una lámpara encendida en una habitación vacía: ¿estamos solos?

La pregunta dejó de pertenecer exclusivamente a la literatura fantástica cuando organismos científicos y militares comenzaron a registrar fenómenos que no pudieron identificar. En Estados Unidos, el fenómeno tiene incluso una oficina oficial: la All-domain Anomaly Resolution Office, conocida como AARO, encargada de investigar los llamados UAP, objetos o fenómenos anómalos que no pueden identificarse inmediatamente. Su existencia ya no es un secreto. Tampoco lo son algunos de los videos obtenidos por aeronaves militares.

En 2024, AARO publicó una revisión histórica de las investigaciones estadounidenses sobre estos fenómenos. El resultado fue desconcertante: no encontró pruebas verificables de tecnología extraterrestre ni de que el Gobierno estadounidense hubiera recuperado seres de otros mundos. Tampoco encontró evidencia empírica de programas destinados a realizar ingeniería inversa de tecnología alienígena.

Pero existe un detalle que alimenta el misterio. Algunos casos permanecen sin resolver.

La NASA también estudia los UAP. Su conclusión resulta prudente: hasta ahora no existe evidencia creíble de vida extraterrestre ni pruebas de que los UAP tengan origen alienígena. Sin embargo, reconoce que algunos fenómenos carecen de datos suficientes para establecer qué fueron.

Y mientras los gobiernos miran los cielos, el SETI Institute hace algo todavía más fascinante: busca señales de inteligencia más allá de la Tierra mediante radiotelescopios, telescopios ópticos y otras tecnologías.

¿Ha tenido Estados Unidos un marciano encerrado en algún laboratorio secreto?

Hasta hoy, no existe una prueba pública y verificable que permita responder afirmativamente.

Quizá el verdadero misterio sea otro. Tal vez no tengamos todavía visitantes de las estrellas. Tal vez solo estemos comenzando a descubrir que el universo es demasiado grande para que nuestra soledad pueda darse por demostrada.

Y eso, precisamente, es lo inquietante: no sabemos que haya alguien ahí afuera. Pero tampoco hemos demostrado que estemos solos.

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sábado, 5 de septiembre de 2026

El Grito de Los Pájaros

 


TRISTEZA POR UN ARBORICIDIO

Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes

 

 

Aquel árbol de la calle Real del Cabrero era el esplendor por la frescura que transmitía. 
El canto de los pájaros armonizaba los encuentros que se daban debajo de su frondosidad.

Los que estábamos cerca de aquel monumento verde dábamos gracias a Dios por tener tan cerca a aquel ser de la flora.

Cuando despertábamos, lo primero que hacíamos era agradecer al Señor por tener tan cerca aquella bondad de la madre naturaleza.

Creíamos entonces que su presencia majestuosa sería eterna.

Pero un día sentimos el zumbido estridente de la sierra aplicada sobre aquel prodigio de la madre naturaleza. Lo habían mandado a cortar por el bien que hacía a quienes debajo de él se juntaban para comentar los hechos cotidianos, o a quienes simplemente se reunían para disfrutar del frescor que de sus ramas y troncos brotaba.

El estruendo causado por las aves que allí anidaban era ensordecedor. Los vecinos sentimos que el grito de los pájaros era por el desalojo que se estaba produciendo.

El árbol fue despojado de su follaje. Solo quedó el tronco con unas pocas hojas.

Ahora el lugar causa desolación. Aún persiste en la memoria el llanto de las aves que no sabían qué estaba sucediendo.

Una señora que a diario comentaba sobre la bondad del almendro derramó algunas lágrimas y prometió elevar oraciones para que el árbol jamás muriera.

Hoy, solo queda el tronco desvaído con pocas hojas y el lamento que de día y de noche no se detiene. Aún hay quienes ven el árbol en la fogosidad de un agosto indomable.

El árbol no ha muerto y se alza con toda la frondosidad de quienes conocieron su esplendor.

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