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jueves, 5 de marzo de 2026

Aurelian Vox


EL MUCHACHO QUE APRENDIÓ
A HABLARLE AL MUNDO


Por Gilberto García Mercado 

En una aldea que no aparecía en los mapas —de esas donde el polvo se levanta antes que el sol y las gallinas parecen más sabias que los hombres— nació un muchacho que no traía corona, pero sí una curiosidad peligrosa: la de querer entenderlo todo. Lo llamaron Aurelian Vox. Aurelian, por la luz; Vox, por la voz. Su madre decía que aquel niño no lloraba como los demás. Observaba. Miraba el mundo con un silencio que parecía estar tomando notas. Era un pequeño David: ni alto ni bajo, de estatura discreta, pero con una presencia que hacía pensar que estaba destinado a discutir con gigantes.

La escuela de la aldea tenía tres pupitres, un pizarrón cansado y una maestra que enseñaba geografía señalando el horizonte con el dedo. “El mundo está allá”, decía ella. El muchacho levantaba la mano con la naturalidad de quien aún no sabe que está formulando una pregunta peligrosa. “Entonces, ¿por qué no lo aprendemos completo?”. Nadie respondió. Pero algo en aquella pregunta quedó flotando como una promesa. Nadie lo sabía todavía, pero ese niño terminaría siendo el hombre al que presidentes, reyes y pueblos enteros acudirían para pedir consejo.

Aurelian creció entre libros prestados y preguntas que a veces incomodaban a los adultos. Mientras otros niños corrían detrás de cometas, él corría detrás de palabras. Aprendió primero las de su pueblo, luego las de los pueblos vecinos, y después las de los viajeros que pasaban por la aldea contando historias del mundo. A los quince años hablaba cinco idiomas. A los dieciocho, quince. A los veinte, tantos que ya no llevaba la cuenta. No era un genio arrogante; era peor: un humilde curioso que escuchaba con atención casi religiosa a cualquiera que tuviera algo que decir.

Una tarde, un profesor extranjero que había llegado para estudiar dialectos locales escuchó al muchacho conversar con un viejo pescador en una lengua que apenas sobrevivía en los recuerdos de los ancianos. El profesor quedó perplejo. “¿Dónde aprendiste eso?”, preguntó. “Escuchando”, respondió Aurelian con sencillez. Tres meses después llegó una carta que cambiaría el curso de la historia. Era una beca para estudiar en la Universidad de Harvard. El muchacho que había aprendido geografía mirando el horizonte estaba a punto de conocer el mapa completo.

En Harvard ocurrió algo curioso. Los estudiantes discutían sobre economía global, política internacional, filosofía del poder y diplomacia. Aurelian escuchaba más de lo que hablaba. Una tarde, durante un debate sobre cómo resolver conflictos entre naciones enemigas, el profesor pidió opiniones. Los estudiantes expusieron teorías durante casi media hora. Cuando terminaron, Aurelian levantó la mano con timidez. “Primero habría que aprender cómo se insultan en sus idiomas”, dijo. El profesor parpadeó. “¿Perdón?”. Aurelian sonrió. “Si entendemos cómo se insultan, sabremos qué herida histórica están repitiendo”. Aquella tarde el salón comprendió algo extraordinario: aquel muchacho no solo hablaba idiomas; hablaba civilizaciones.

Pero lo más sorprendente de Aurelian no estaba en Harvard, sino en las historias que contaba con una sonrisa que nadie sabía si era ironía o confesión. Decía que había estado en el mundo antes. En Egipto, aseguraba haber sido un escriba que aconsejaba paciencia a un faraón demasiado ansioso por construir pirámides más rápido que el tiempo. En Grecia había sido un joven orador que perdió un debate en la plaza pública, pero ganó el respeto de los filósofos que lo escucharon. En Roma ocupó un modesto cargo administrativo donde aprendió una lección que repetiría durante toda su vida: los imperios no caen por sus enemigos, caen por el tamaño de los egos que los gobiernan. En China fue un funcionario que aprendió que gobernar se parece mucho a cuidar un jardín: si arrancas todas las malas hierbas de golpe, también te llevas las flores. Y en la Andalucía de los sabios aprendió que ciencia, poesía y paciencia no son cosas distintas, sino tres maneras de buscar la misma verdad.


Nadie sabía si aquellas historias eran metáforas, recuerdos o simples bromas. Pero cuando Aurelian hablaba, incluso los más escépticos guardaban silencio. Tal vez porque sus palabras parecían venir de muy lejos, como si atravesaran siglos antes de llegar a los oídos de quienes lo escuchaban.

La anécdota más famosa ocurrió durante una reunión internacional donde diplomáticos de decenas de países debatían sobre cooperación global. Un traductor enfermó de repente y el evento quedó en suspenso. Había delegados de todos los continentes esperando hablar. Aurelian suspiró con resignación y dijo: “Bueno, parece que hoy seré mi propio departamento de traducción”. Durante horas tradujo discursos entre árabe, mandarín, francés, ruso, swahili, hindi, portugués y español con la naturalidad de quien cambia de camisa. En un momento un diplomático japonés pronunció una frase particularmente compleja. Aurelian la tradujo con precisión y luego añadió con una sonrisa: “Aunque, siendo sinceros, lo que quiso decir es que todos estamos discutiendo demasiado”. La sala estalló en risas. Un presidente africano se puso de pie y dijo algo que luego repetirían los periódicos de todo el mundo: “Si este hombre ya nos entiende a todos, quizás también pueda ayudarnos a gobernarnos un poco”. Así comenzó a circular el nombre que terminaría acompañándolo para siempre: el Presidente del Mundo.

Aurelian no era imponente. Medía lo suficiente para mirar a cualquiera a los ojos, pero no para intimidar. Se movía con agilidad, como si cada paso estuviera calculado para llegar justo antes de que la historia cometiera una tontería irreversible. En su despacho —que no era un palacio sino una biblioteca con demasiadas tazas de café— recibía presidentes, reyes, campesinos y generales. Un militar le preguntó una vez cuál era la mejor estrategia de guerra. Aurelian respondió sin levantar la voz: “La que te evita tener que pelearla”. En otra ocasión, un ministro de economía quiso saber cómo salvar su país. “Empiece por pagarle bien a los maestros”, respondió. El ministro protestó diciendo que eso no era economía. Aurelian lo miró con paciencia y dijo: “Es la única economía que dura cien años”.

Pero detrás de aquel hombre que parecía conversar con el planeta entero había una presencia discreta y decisiva: Livia. No aparecía en discursos ni en tratados, pero estaba siempre. Se conocieron en Harvard, en una biblioteca donde ambos buscaban el mismo libro. Ella lo tomó primero. “Lo siento”, dijo. “No importa”, respondió Aurelian. “Yo quería leerlo después de que alguien inteligente lo subrayara”. Livia lo miró con una mezcla de sorpresa y diversión. Era historiadora y tenía una habilidad que a veces lo desarmaba: hacía preguntas que nadie más se atrevía a hacerle. Una noche, cuando el reconocimiento internacional empezaba a rodearlo, ella le dijo con serenidad: “Ten cuidado de creer que puedes salvar al mundo solo”. Aurelian sonrió. “Por eso estás tú”, respondió.

Con el paso de los años el planeta se volvió más peligroso. Las naciones acumulaban armas capaces de borrar ciudades con un gesto. En algunas salas de guerra existía el famoso botón rojo, un pequeño artefacto capaz de desencadenar la debacle definitiva. Aurelian visitó varias de esas salas. Observaba el botón como quien mira una serpiente dormida. Durante una reunión con líderes de potencias enfrentadas dijo algo que quedó grabado en la memoria de todos: “El problema del mundo no es que tengamos armas”. Los presentes esperaron. “El problema es que tenemos orgullo. Y el orgullo nunca ha sabido calcular bien las consecuencias”.

Aurelian viajaba sin descanso. No como un emperador, sino como un mensajero. En Medio Oriente habló con líderes que llevaban décadas mirándose con desconfianza. En Europa discutió tratados que parecían imposibles. En África impulsó acuerdos que mezclaban desarrollo y dignidad. En Asia resolvió disputas comerciales con paciencia casi monástica. Y en América Latina descubrió que a veces una mesa larga, café fuerte y conversación sincera podían resolver conflictos que cien diplomáticos complicaban.

Una de las anécdotas más divertidas ocurrió en un aeropuerto. Un agente migratorio le pidió su pasaporte. Aurelian buscó en su maletín sin éxito. “Nacionalidad”, preguntó el agente. Aurelian pensó un momento. “Del mundo”, respondió. El agente frunció el ceño. “Eso no existe”. En ese instante apareció un ministro que lo reconoció y exclamó: “¡Señor Presidente!”. El agente quedó paralizado. Aurelian sonrió con simpatía. “Tranquilo”, dijo. “Ni yo mismo sé cómo llenar ese formulario”.

Con el tiempo, las tensiones entre potencias amenazaron con desatar una guerra irreparable. Estados Unidos, Israel e Irán cruzaban declaraciones duras y los analistas hablaban abiertamente de un conflicto que podría incendiar el planeta. El mundo volvió entonces la mirada hacia Aurelian Vox. Cuando habló, no levantó la voz ni señaló culpables. “La Tierra es el único hogar que tenemos”, dijo. Los líderes guardaron silencio. “Si destruyen este planeta, no habrá victoria. Solo cenizas”. Luego pronunció lo que más tarde sería conocido como el decreto de la vida: “La humanidad no fue creada para dominar la muerte, sino para aprender a vivir juntos”.

Hoy nadie sabe exactamente de dónde vino Aurelian Vox. Algunos dicen que es un hombre extraordinario. Otros creen que es la suma de todas las sabidurías humanas acumuladas a lo largo de los siglos. Livia suele bromear diciendo que todo es más sencillo: “Es solo un muchacho curioso que nunca dejó de hacer preguntas”. Pero cuando el Presidente del Mundo habla, las guerras se detienen un instante para escuchar. Tal vez ese sea su verdadero poder: no las armas, ni los tratados, ni los discursos grandilocuentes, sino la capacidad de recordarnos que antes de ser países, ideologías o ejércitos somos habitantes de la misma casa. Y que quizás, solo quizás, el planeta pueda salvarse si un humilde muchacho de una aldea sigue recordándonos cómo conversar.

Gilberto García Mercado. Editor

 

lunes, 2 de marzo de 2026

Cartagena En Letras

 

EL MAPA ÍNTIMO DE MIS PÁGINAS


Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes




RECONOCIMIENTO A TODA UNA VIDA LITERARIA

Juan Vicente Gutiérrez Magallanes

Tiempos Convulsos

 

EL CANTO DEL VIDENTE ERRANTE

 

Por Gilberto García Mercado

 

Desde que el primer humano miró el cielo nocturno y creyó que las estrellas eran agujeros por donde se filtraban los secretos del mañana, comenzó la historia de los videntes. En Mesopotamia, cuentan que los magos leían el destino en el hígado de los corderos; en Egipto, los sacerdotes descifraban el rumbo del mundo en el vuelo de los ibis; y en Grecia, la pitonisa de Delfos, envuelta en vapores sagrados, murmuraba verdades a medias que podían torcer la historia de un imperio.

Y, sin embargo, el linaje del vidente siempre fue peligroso. No es casualidad que Tiresias pagara con ceguera el atrevimiento de comprender lo prohibido, o que Michael Servet fuera arrojado al fuego por mirar demasiado lejos. Los adivinos nacieron para hablar, pero el mundo siempre quiso que hablaran menos. 
Yo, en cambio, nací para decirlo todo, aunque me tiemble la voz de mentiroso profesional.

Porque, si yo fuera un vidente —uno verdadero, de esos que huelen a incienso viejo y cargan un bastón lleno de símbolos incomprensibles—, alzaría mi voz en este tiempo convulso y diría profecías que retumbarían en las paredes de cualquier palacio o rancho humilde.

LA VOZ QUE SE ELEVA

Si yo fuera un vidente, anunciaría que en el viento viene rodando el nombre de una mujer con destino grande. No diré quién es, porque un adivino prudente deja siempre un misterio entre los pliegues de su palabra. Pero afirmaría —con la mano en la bola de cristal— que será ella quien, en mis visiones ficticias, se siente en la silla más caliente de la nación, esa silla que ha hecho sudar a tantos. 
Y afirmaría que, bajo su sombra, derecha, centro e izquierda, esas tres viejas comadres de barrio que se viven peleando por una taza de café, deciden al fin trabajar sin rabias, sin odios, sin esconderse monedas en los bolsillos.

Porque, en mi profecía de humo, el país descubrirá que una mesa sin ladrones es posible, que el tributo del pueblo no nació para alimentar castillos privados, y que un acuerdo honesto puede ser más poderoso que un ejército.

LA CONTINUIDAD DE LOS INMORTALES 
Tiresias
Si yo fuera adivino, diría con toda la teatralidad del oficio que Gabriel García Márquez jamás ha muerto. Que anda caminando por ahí, transformado en libro, en párrafo, en lector emocionado. Y que en febrero —pero solo en mis sueños más delirantes— aparece un manuscrito suyo flotando sobre el Caribe, como si el mismo Poseidón lo hubiera escrito con un tridente de tinta azul.

Ese libro imaginario será, en mi relato profético, su despedida final. Un guiño desde la eternidad literaria.

BESTIAS POLITICAS Y SOMBRAS DEL TIEMPO

Si yo fuera un vidente sin miedo, me atrevería a decir que, en mis visiones, ciertos líderes tropicales parecen animales extraños, criaturas formadas con retazos de ideologías y pasiones desbordadas. No bestias malignas, no monstruos; simplemente seres complejos que caminan sobre la cuerda floja de su propio ego. 
Los veo rugiendo, cambiando de color, multiplicándose en reflejos, como si el poder fuera un pantano donde todos terminan llenos de barro y espejismos.

Y también vería a otro dirigente, uno de mirada severa y palabra dura, desapareciendo de los escenarios, no por tragedia, sino porque así opera el olvido: silencioso, frío, inevitable. En mi profecía, ese personaje abandona la trama mundial y se pierde en los archivos donde van a dormir quienes alguna vez creyeron que gobernar era reinar.

Y cruzando océanos llego a un magnate norteño, un titán mediático, un hombre que se acostumbró a escuchar sus propios aplausos como si fueran oraciones. En mis visiones, su reinado teatral termina entre sollozos sinceros y suspiros de nostalgia, porque pocos seres humanos resisten perder el brillo del reflector sin llorar un poco.

EL FUTURO LEJANO: 22026

Si yo fuera un pitoniso sin vergüenza, levantaría un pergamino y proclamaría: 
—“¡Oídme, mortales! ¡En el año 2026 el mundo conocerá la paz de la atmósfera!”

Un año sin lluvias que arrasen, sin montañas temblorosas, sin mares enfurecidos. El clima global —según mi visión fantasiosa— marchará como un caballo dócil, tranquilo, obediente.

Los automóviles de humo serán piezas de museo, reliquias que la gente usará solo para sacarse fotos. Los eléctricos reinarán como caballos silenciosos en las autopistas, y la humanidad respirará un aire menos herido.

Y en ese mundo futuro, surgirán bailes nuevos: 
El salto cuántico,
la vuelta orbital,
el tropi-cósmico,
y el ombligo sideral,
ritmos que la gente ejecutará para desestresarse del trabajo, del jefe, del algoritmo, del reloj y hasta de sí misma. 
Porque bailar siempre ha sido la manera más sencilla de desobedecer al destino.

LA CONTRADICCIÓN FINAL

Pero aquí viene la gran revelación:

No me crean.
Ni una palabra.
Ni una sílaba.

Michael Servet
Porque yo no soy más que un farsante glorioso, un embustero con vocación de poeta, un vidente que vive entre metáforas y carcajadas. Soy un personaje inventado por algún periodista, escritor o político que quiere sonar interesante cuando está aburrido.

Citaría, para coronar mi acto, a un filósofo contemporáneo, el inquietante Byung-Chul Han, quien advierte que “la transparencia total es el infierno moderno”. Y yo, desde mi tienda de predicciones, le respondo: 
—Maestro, tranquilo, conmigo jamás habrá transparencia. Solo humo, historias y exageraciones.

Porque al final, la única profecía verdadera es que los seres humanos seguirán creyendo en profecías

sábado, 28 de febrero de 2026

La Evolución de Internet

 

Los primeros destellos:
Cuando la red era un susurro

Por Gilberto García Mercado


Antes de que el mundo cupiera en un bolsillo, antes de que la palabra “nube” flotara sobre nuestras cabezas con promesas de eternidad digital, hubo sótanos, cables gruesos como serpientes dormidas y computadoras que respiraban calor como bestias mecánicas.

La historia comienza en 1969 con ARPANET, una red experimental financiada por el Departamento de Defensa de Estados Unidos. Cuatro nodos universitarios —UCLA, Stanford, UC Santa Barbara y Utah— intercambiaron el primer mensaje. Intentaron escribir “LOGIN”. El sistema colapsó tras las dos primeras letras: “LO”. Como si la tecnología, en su infancia, ya supiera pronunciar el asombro.

Antes de eso estaban los colosos. La ENIAC, nacida en 1945, ocupaba una habitación entera: treinta toneladas de circuitos, 18.000 tubos de vacío y un apetito eléctrico insaciable. No había pantallas; había paneles. No había ratones; había interruptores. La computadora no era un objeto doméstico: era un templo.

En los años setenta, dos hombres —Vinton Cerf y Robert Kahn— imaginaron un lenguaje común para que distintas redes pudieran conversar. Crearon el protocolo TCP/IP, el alfabeto secreto que permitió que millones de máquinas, distintas en forma y función, pudieran entenderse. Si ARPANET fue el balbuceo, TCP/IP fue la gramática.

En 1989, un físico británico llamado Tim Berners-Lee trabajaba en el CERN. Observó que los científicos compartían datos sin un sistema uniforme. Propuso algo simple y revolucionario: documentos enlazados mediante hipertexto. Así nació la World Wide Web. No Internet —que ya existía—, sino su rostro amable. El puente visible sobre el océano invisible.
Cómo eran las máquinas: del monstruo al susurro portátil

Las primeras computadoras eran arquitecturas. Había que atravesar puertas pesadas para encontrarlas. Zumbaban como fábricas en miniatura. El operador era un sacerdote que entendía códigos y tarjetas perforadas.

Hoy, un teléfono móvil supera en potencia a aquellas gigantes. Lo que antes requería un edificio ahora cabe en la palma de la mano. La miniaturización —gracias al transistor y luego al microprocesador— permitió que el silicio reemplazara al vacío, que el calor cediera ante la eficiencia.

La computadora pasó de ser infraestructura estatal a ser extensión del cuerpo. Se volvió prótesis cognitiva. 
El milagro de que no colapse

Internet no es un hilo único, sino una red distribuida. Ese es su secreto y su salvación. No hay un corazón central que, al detenerse, mate al sistema. Está compuesto por:

Servidores: máquinas que almacenan y distribuyen información.

Dominios: nombres que traducen números IP en palabras recordables.

DNS: el sistema que convierte “www” en coordenadas numéricas.

Protocolos: reglas de tránsito digital (TCP/IP, HTTP, HTTPS).

Centros de datos: catedrales de acero donde habitan millones de archivos.

La red se sostiene porque está fragmentada. Si un nodo cae, otros asumen la carga. Es como un bosque donde cada árbol comparte la sombra.

Sin embargo, no es invulnerable. Ataques masivos —como los DDoS— pueden saturar servidores. Virus y ransomware pueden paralizar hospitales o empresas. El milagro no es que no se caiga nunca; es que, pese a su magnitud, casi siempre se levanta.
Los arquitectos invisibles

Vinton Cerf, con su barba blanca de sabio renacentista, parece más un bibliotecario del infinito que un ingeniero. Robert Kahn imaginó redes que no obedecieran fronteras. Tim Berners-Lee defendió que la web fuera abierta y gratuita. Podrían haberla privatizado. No lo hicieron.

Cuenta una anécdota que cuando enviaron el primer mensaje por ARPANET y el sistema se cayó tras escribir “LO”, nadie se desesperó. Rieron. Habían probado que la conexión era posible. A veces el progreso se inaugura con un error.

Estos hombres no inventaron un aparato; inventaron una metáfora: la interconexión.
¿Puede la red volverse contra nosotros?

Vinton Cerf
La pregunta es inevitable. Si el mundo depende de la electricidad y la electricidad depende de sistemas digitales, ¿qué ocurre si alguien apaga la luz?

Un ataque cibernético coordinado podría afectar bancos, aeropuertos, hospitales, redes eléctricas. Países enteros invierten en ciberdefensa. La guerra ya no necesita trincheras: necesita código.

Pero el peligro no es solo técnico. Es informativo. La manipulación masiva, la desinformación, la polarización amplificada. La red no piensa; amplifica. Puede elevar la verdad o propagar la mentira.

Internet es herramienta. El filo depende de la mano.
La evolución: de páginas estáticas a inteligencia artificial

En los noventa, las páginas eran estáticas, lentas, ingenuas. Luego llegaron las redes sociales, el comercio electrónico, la nube, el streaming. Hoy convivimos con algoritmos que recomiendan, predicen, escriben.

La inteligencia artificial ya no es promesa sino presencia. Sistemas capaces de diagnosticar enfermedades, optimizar inversiones, pilotar vehículos. Mañana, quizá, prótesis inteligentes que amplíen memoria y percepción.

En salud: diagnósticos asistidos por IA, cirugía robótica de precisión milimétrica.
En economía: automatización de procesos, mercados guiados por datos en tiempo real.
En defensa: drones autónomos, guerra algorítmica.
En el hogar: asistentes virtuales, robots que limpian, vigilan, acompañan.

La pregunta vibra: ¿será el hombre relegado?

Robert Kahn
La historia sugiere que cada revolución tecnológica elimina oficios y crea otros. El telar no acabó con el artesano: lo transformó. La imprenta no mató al copista: democratizó la lectura. Tal vez la máquina no nos sustituya; nos obligue a redefinirnos.
¿El ocaso de los escritores?
Aquí el temblor es íntimo.

Nunca se escribió tanto como ahora. Se calcula que en el mundo se publican varios millones de libros al año. Solo en plataformas como Amazon se suben miles de títulos diarios entre libros tradicionales y autopublicados. Algunas estimaciones globales hablan de más de 2 a 3 millones de libros nuevos anuales, lo que implicaría varios miles por día.

Si sumamos ebooks, impresos bajo demanda y publicaciones independientes, el número es vertiginoso.

¿Hay suficientes lectores para tanta tinta digital?

Se dice —con cierta ironía amarga— que hay más gente escribiendo que leyendo. La democratización de la publicación ha roto el filtro editorial. Cualquiera puede lanzar su obra al océano.

El panorama parece sombrío: millones de voces compitiendo por segundos de atención.

Pero hay otra lectura: nunca hubo tanta posibilidad de ser leído sin intermediarios. El escritor ya no necesita permiso; necesita comunidad.

La abundancia no implica muerte; implica ruido. Y en el ruido, a veces, surge una música inesperada.
Anecdotario de la red

En 1995, cuando Internet empezaba a expandirse comercialmente, muchos dudaban de su futuro. Un famoso artículo de prensa predijo que la red sería una moda pasajera. Hoy, esa predicción parece una pieza arqueológica.

También hubo quien rechazó el correo electrónico por considerarlo frío e impersonal. Ahora enviamos millones de mensajes por minuto.

Cada avance tecnológico generó escepticismo. El miedo acompaña al progreso como sombra inevitable.
¿El mundo doblegado por un clic?

Sí, es posible que un ataque masivo genere caos. Pero también es cierto que la misma red permite coordinación, respuesta rápida, cooperación internacional.

Internet ha sido herramienta de educación masiva, de denuncia social, de comercio global, de medicina remota. Ha conectado a familias separadas por océanos. Ha permitido que un escritor en Cartagena publique para lectores en Tokio.

La red puede ser arma o puente. Depende de la intención humana.
El hombre frente a la máquina

¿Será relegado? Tal vez en tareas repetitivas. Tal vez en cálculos complejos. Pero la conciencia, la ética, la intuición poética siguen siendo humanas.

La máquina procesa; el hombre interpreta.
La máquina calcula; el hombre sueña.

Quizá el futuro no sea competencia sino simbiosis.
Y hoy, ¿para qué usamos Internet?

Tim Berners-Lee
Para trabajar, estudiar, amar a distancia. Para vender libros, leer noticias, escuchar música. Para consultar diagnósticos médicos y transferir dinero. Para escribir artículos como este.

Internet es mercado, biblioteca, plaza pública y confesionario. Es archivo y escenario. Es memoria y presente continuo.

La telaraña que comenzó con un tímido “LO” sostiene hoy la conversación planetaria.

Y mientras algunos temen el ocaso del escritor, otros —como usted, Gilberto— siguen preguntando, escribiendo, reflexionando. Quizá la verdadera evolución no sea tecnológica sino humana: aprender a usar la red sin perder la voz.

Porque si algún día las máquinas escriben millones de libros perfectos, seguirá siendo necesaria una imperfección auténtica que los contradiga.

La red no es el fin del hombre. Es el espejo donde decide quién quiere ser. 



viernes, 27 de febrero de 2026

Séniles y Sabios


LA ESQUINA DE LOS VIEJOS
(Consejos que no vienen en Google)

 

Por Gilberto García Mercado

  


Hay un lugar que no aparece en los mapas ni en las aplicaciones de tránsito, pero que sigue existiendo con admirable terquedad: la esquina de los viejos. No tiene nombre oficial ni placa, pero basta con que el sol empiece a bajar para que aparezcan las sillas, los bastones y las voces curtidas por el tiempo. Desde allí, la generación pasada observa el mundo moderno con una mezcla de ironía, paciencia y una sabiduría que no presume diplomas.

En esa esquina no se dan órdenes. Se dan consejos, como quien ofrece un caramelo antiguo: sin envoltura, pero efectivo.

Sobre el cuerpo, los viejos son claros: muévalo, pero no lo castigue. El cuerpo —dicen— no es de hule, pero tampoco de cristal. Caminar hasta la tienda, barrer el patio, subir escaleras renegando… todo cuenta como ejercicio, siempre que uno llegue sudado pero vivo.

Desconfían de las dietas milagrosas y de los productos que prometen juventud eterna. “Si algo promete demasiado, es porque miente”, sentencia uno mientras se toma un café cargado, prohibido por todos los médicos modernos. Comer bien, según la esquina, es comer de todo, pero poco; y repetir solo cuando el corazón esté contento, no el ego.

Dormir es sagrado. Dormir de noche cuando se puede, dormir siesta cuando el cuerpo lo pide. “El sueño es el médico que no cobra consulta”, repiten, mientras cabecean en la silla.

Y una advertencia seria: no ignore los dolores. El cuerpo avisa primero en voz baja; si no se le escucha, grita.

Sobre la mente, en la esquina no se habla de ansiedad, pero se la conoce bien. Antes se llamaba “nervios” o “preocupaciones” y se combatía con conversación, silencio o una risa bien puesta.

El consejo mental más repetido es simple: no piense tanto. Pensar es bueno; rumiar, no. “Si no tiene solución, ¿para qué se preocupa? Y si la tiene, ¿para qué también?”, dice uno, convencido de haber descubierto el equilibrio universal.

Hablar es fundamental. Guardarse todo es una mala costumbre que termina enfermando. Los viejos creen que una charla larga cura más que muchas pastillas, sobre todo si incluye café, pan o recuerdos exagerados.

También recomiendan reírse de uno mismo. El que se toma demasiado en serio envejece mal. La risa afloja la cabeza y endereza el ánimo.

Y algo que hoy parece revolucionario: no compararse. Cada quien vive a su ritmo, con su propio reloj. Compararse es una forma elegante de arruinarse el día.

Sobre el espíritu, la esquina baja la voz, pero no se pone solemne. No siempre se habla de religión, pero sí de algo más grande que uno mismo. Los viejos creen en agradecer: el día, el pan, la conversación, el simple hecho de despertar. La gratitud, dicen, mantiene el alma en funcionamiento.

Perdonar es otro acto de higiene espiritual. No porque el otro lo merezca, sino porque el rencor pesa demasiado. Cargar odio es como andar con una maleta llena de piedras que nadie pidió.

También creen en los rituales simples: prender una vela, rezar a su manera, escuchar música antigua, visitar a los muertos con flores o con memoria. Todo eso sostiene el espíritu cuando el mundo aprieta.

Y hay un consejo que repiten como si fuera ley: no perder la capacidad de asombro. El que se asombra, vive; el que se acostumbra a todo, se apaga.

Cuando la tarde cae y la esquina se vacía, siempre queda flotando un último consejo, dicho con media sonrisa:

“No corra tanto. La vida no se va a escapar… y si se escapa, tampoco iba a esperarlo.”

Los viejos saben algo que el mundo moderno suele olvidar: vivir no es llegar primero, sino llegar entero. Con el cuerpo usado, la mente liviana y el espíritu en paz.

La esquina de los viejos sigue ahí, esperando a que alguien se detenga un momento, se siente… y escuche.

Gilberto García M. Editor

 

jueves, 26 de febrero de 2026

Ojo Avizor


LA EDUCACION:
EL ARTE DE ENTENDER LO HUMANO
Por Gilberto García Mercado

Este ensayo sobre la educación reflexiona sobre su papel en la conciencia humana y su impacto en la transformación social contemporánea.
La educación no es un edificio. No es un conjunto de pupitres alineados bajo una luz blanca ni un horario que fragmenta el día en bloques de cincuenta minutos. Tampoco es un decreto ministerial ni una reforma anunciada con solemnidad y olvidada con rapidez. La educación es algo más frágil y más poderoso: es la posibilidad de que un ser humano transforme su conciencia y, al hacerlo, transforme el mundo.

Nacemos con la capacidad de aprender, pero no con la sabiduría. La infancia es una apertura radical hacia lo desconocido. Todo asombra. Todo interroga. En ese territorio inaugural, la educación debería ser un acto de acompañamiento: alguien que guía sin imponer, que orienta sin sofocar. Sin embargo, a menudo ocurre lo contrario. Se interrumpe la curiosidad natural con respuestas prematuras; se sustituye la pregunta viva por la lección memorizada.

Desde la antigüedad, la educación fue entendida como un camino hacia la luz. Platón imaginó a los seres humanos encadenados en una caverna, confundiendo sombras con realidad. Educar era salir al exterior, enfrentar el resplandor de la verdad, regresar luego para compartirla. La metáfora sigue vigente: la ignorancia no es oscuridad absoluta, sino confusión de reflejos.

Siglos después, Jean-Jacques Rousseau propuso que el niño no debía ser moldeado a la fuerza, sino respetado en su naturaleza. Y en el siglo XX, Paulo Freire denunció la “educación bancaria”: esa práctica en la que el maestro deposita contenidos en alumnos convertidos en recipientes pasivos. Para Freire, enseñar era dialogar, problematizar, despertar conciencia crítica.

Pero el tiempo contemporáneo ha transformado el sentido de la escuela. La lógica del mercado penetró el aula. Se mide el rendimiento como si fuera productividad industrial. Se compite por puntajes. Se clasifican instituciones según estadísticas. En ese escenario, el estudiante corre el riesgo de convertirse en número, y el maestro en ejecutor de un programa rígido.

La obsesión por evaluar ha desplazado la pasión por comprender. El examen sustituye la conversación. La respuesta correcta desplaza la duda fecunda. Sin embargo, el pensamiento auténtico nace precisamente en la incertidumbre. Solo quien duda investiga. Solo quien pregunta se aproxima a la verdad.

La educación, cuando es genuina, no tranquiliza: inquieta. No ofrece certezas definitivas, sino herramientas para explorar. Enseñar historia no debería consistir en repetir fechas, sino en comprender procesos. Enseñar literatura no es enumerar autores, sino sentir cómo el lenguaje revela lo invisible. Enseñar ciencias no es memorizar fórmulas, sino entender la maravilla del orden natural.

En América Latina, la educación se debate entre la esperanza y la precariedad. Ha sido bandera política, promesa de movilidad social, discurso de campaña. Pero en muchos barrios la escuela resiste con recursos limitados, sostenida por la vocación silenciosa de docentes que trabajan más allá de sus condiciones. Allí, educar se convierte en acto de resistencia.

La desigualdad marca la experiencia educativa desde la infancia. No todos llegan al aula con las mismas oportunidades. Algunos traen libros en casa; otros, carencias. Algunos reciben estímulos culturales; otros enfrentan contextos de violencia. Pretender que todos compitan en igualdad es ignorar la realidad. La educación debería compensar esas brechas, no reproducirlas.

No obstante, sería injusto reducir la escuela a sus fracasos estructurales. Hay momentos luminosos que justifican toda esperanza. Un maestro que logra que un alumno descubra su talento. Una lectura que despierta vocación. Una conversación que cambia el rumbo de una vida. Esos instantes no aparecen en estadísticas, pero constituyen el núcleo invisible del aprendizaje.

Educar implica confianza. El maestro cree que el otro puede crecer; el estudiante cree que el conocimiento tiene sentido. Sin esa doble fe, el proceso se vacía. La pedagogía no es solo técnica, es relación humana. Se aprende mejor cuando hay respeto, cuando la palabra circula sin miedo.

En una época saturada de información, el desafío ya no es acceder a datos, sino discernir. La tecnología multiplica contenidos, pero no garantiza comprensión. Saber usar una herramienta digital no equivale a pensar críticamente. La educación del siglo XXI debería formar criterio, sensibilidad ética y responsabilidad social.

Existe también una dimensión moral. Toda educación transmite valores, incluso cuando pretende ser neutral. El modo de enseñar comunica una visión del mundo. Si se premia únicamente la competencia, se fomenta el individualismo. Si se estimula el diálogo, se fortalece la convivencia. La escuela no solo transmite conocimientos: modela formas de relación.

En este sentido, la educación es profundamente política, aunque no partidista. Forma ciudadanos. Enseña a convivir en la diferencia. Prepara para participar en la vida pública. Una sociedad que descuida su educación debilita su democracia.

Pero más allá de su función social, educar es un acto íntimo. Es acompañar el crecimiento interior de alguien. Es ayudarle a nombrar sus emociones, a entender sus límites, a descubrir su potencial. La educación auténtica no produce máquinas eficientes, sino personas conscientes.

Hay algo casi sagrado en el instante en que alguien comprende. El rostro se ilumina. La mente conecta ideas dispersas. Se experimenta una pequeña revelación. Ese momento justifica el esfuerzo pedagógico. Allí ocurre el verdadero aprendizaje.

Quizá el mayor error contemporáneo sea concebir la educación como simple preparación para el empleo. Si bien es legítimo aspirar a una vida digna, reducir la formación a capacitación técnica empobrece el horizonte humano. El trabajo es una dimensión de la existencia, pero no la totalidad.

Educar también es cultivar sensibilidad estética, capacidad de asombro, pensamiento filosófico. Es enseñar a leer el mundo con profundidad. Una persona educada no es solo quien sabe hacer algo, sino quien sabe comprender lo que hace.

Frente a un mundo fragmentado por la violencia y la intolerancia, la educación aparece como puente. Permite dialogar con otras culturas, entender otras perspectivas, reconocer la dignidad ajena. Sin educación crítica, la sociedad se polariza; con ella, se abren espacios de encuentro.

No se trata de idealizar la escuela. Tiene límites, errores, burocracias. Pero sigue siendo uno de los pocos espacios donde la palabra puede transformar realidades. Cuando un niño aprende a leer, adquiere una herramienta irreversible. Cuando aprende a pensar, adquiere libertad interior.

Tal vez educar sea, en última instancia, un acto de esperanza. Significa creer que el futuro puede ser distinto. Cada generación transmite a la siguiente no solo conocimientos, sino sueños. La educación es ese puente invisible entre lo que fue y lo que puede llegar a ser.

En tiempos donde predomina la prisa, educar exige paciencia. En una cultura de inmediatez, exige profundidad. En un mundo ruidoso, exige silencio reflexivo. La educación auténtica es lenta porque el crecimiento humano no admite atajos.

Defender la educación como arte de encender lo humano es un gesto casi subversivo. Implica afirmar que la persona vale más que la productividad. Que el pensamiento importa más que la obediencia. Que la dignidad supera al rendimiento.

Si queremos sociedades más justas, debemos comenzar por aulas más humanas. Si aspiramos a ciudadanos críticos, debemos permitir preguntas incómodas. Si deseamos convivencia, debemos enseñar respeto.

La educación no termina en la escuela. Continúa en la lectura, en el diálogo, en la experiencia cotidiana. Es un proceso permanente. Aprender es una forma de vivir.

Quizá nunca logremos un sistema perfecto. Pero cada maestro comprometido, cada estudiante curioso, cada libro abierto, mantienen viva la posibilidad. Y mientras exista esa chispa, la educación seguirá siendo el arte de encender lo humano.

Gilberto García M. Editor
                                 

miércoles, 25 de febrero de 2026

Fuga Inesperada

LA ANTEDILUVIANA

Por Gilberto García Mercado

Alegre como estaba, no podía decir mucho. El brillo de sus ojos y la respiración entrecortada hicieron que las palabras se le amontonaran en la boca. Amanda era una desconocida en aquel instante, la otra cara de la mujer campestre que vestía falda hasta las rodillas y que, con aire de santurrona, parecía siempre en conflicto con el amor.

Él la observó en el vecindario, caminar con el sigilo de quienes esperan demasiadas cosas de la vida.
«Qué mujer habrá detrás de esos ropajes», pensó, mientras la imaginaba con un vestido de baño en la playa.

Ella siguió altiva, sin advertir las miradas del hombre. En la brevedad de la tarde, él recordó poemas de Neruda. Y ahora las palabras se le agolpaban en la boca.

«Buenos días», había dicho. Luego se sentó en la misma mesa que ocupaba Sergio, en el Café Harrison. Como si lo conociera desde hacía años, habló del hombre de la esquina, el que vende perros calientes en la cafetería de la cuadra. El que siempre tiene una sonrisa en los labios.

—Tipo encantador, ese —dijo, tras una andanada de palabras. Ella apartaba de vez en cuando los mechones de cabello de la frente—. Se llama Sergio. Dígame algo de él, cuando lo conozca.

Desde entonces, no ha podido olvidar a la mujer.

Ella se levantó de la silla en el café, lo miró directo a los ojos, con una indiferencia apenas perceptible, y agregó:

—No lo olvide. Dígame algo de él cuando lo conozca.

Supo entonces que era una chica solitaria y extraña. Que habitaba el piso de abajo, en la casa de las Maldonado. Cuando no estaba en la repostería, de la cual derivaba su sustento, permanecía en el apartamento leyendo novelas de Faulkner y Cortázar.

No parecía tener contactos ni relación alguna con nadie. Podía ser desterrada en cualquier momento y nadie advertiría su ausencia. Alguien podría preguntar por ella y nadie respondería que, en el piso de abajo de la casa de las Maldonado, habitaba aquella mujer.

Evoca la luz de sus ojos, la cadencia y la modulación con que hablaba, luego de revelarle su gran descubrimiento.

—El amor —confesó la mujer—. He descubierto el amor. Es Sergio, el joven que vende perros calientes en la cuadra.

Tuvo que hacer un gran esfuerzo para mantener la calma, sobre todo para descifrar el lenguaje de la dama en medio de su alegría desbordada. Allí, en el Café Harrison, Sergio no advirtió el cielo nublado ni la tarde descompuesta, ni los pasos apresurados de la gente ante la inminencia de la lluvia.

—He descubierto el amor —insistió la mujer.

No fue sino hasta que el cielo se aclaró y las nubes se replegaron en alguna parte, cuando Sergio tuvo noción de la realidad.

La noche descendía cuando creyó verla elevarse. Amanda ascendía entre las nubes con unas alas enormes, ajenas al peso del mundo, como si perteneciera a un tiempo anterior a las palabras.

Desde algún lugar impreciso, su voz seguía nombrándolo.

—Sergio, el joven que vende perros calientes en la cuadra.

Y él supo que el amor, cuando se revela, no siempre pide ser comprendido.
Gilberto García Mercado, Editor

martes, 24 de febrero de 2026

Hipócrita Anatomía


Bestiario del Poder:
Cuando el hombre se mira al espejo y gruñe

Por Gilberto García Mercado

Comparar al hombre con los animales no es rebajarlo; a veces es describirlo con brutal exactitud. Si el hombre fuera perro, movería la cola ante el amo del poder y mordería la mano del débil. Si fuera águila, volaría alto no para contemplar el paisaje, sino para vigilar desde arriba a quién lanzarse en picada. Y si fuera piraña, nadaría en cardumen, oliendo la sangre del adversario, despedazándolo en nombre de la supervivencia. Lo inquietante es que no somos bestias. Somos seres racionales. Podemos pensar antes de actuar. Podemos frenar el zarpazo. Y, sin embargo, nuestra fisonomía moral —esa arquitectura invisible del deseo— parece inclinarse con sospechosa frecuencia hacia lo incorrecto. Como si el instinto tuviera mejor prensa que la conciencia. 
Desde los albores de la historia, el poder ha sido la fruta prohibida más codiciada. En la Biblia, Caín mata a Abel no solo por celos, sino por la herida narcisista de no ser el elegido. El rey David envía a Urías al frente de batalla para quedarse con Betsabé. Judas vende a su maestro por treinta monedas. La fiebre del poder no es moderna; es tan antigua como el miedo a no ser nadie. Y cuando esa fiebre se mezcla con riqueza, el cóctel resulta embriagante. Lo supo Adolf Hitler, cuya ambición desbordada convirtió a una nación herida en maquinaria de exterminio. El ansia de dominio no le bastó con gobernar; necesitó arrasar. El poder, cuando no encuentra límite moral, se vuelve religión personal. 
Algunos pensadores han estudiado este apetito con lupa clínica. Yuval Noah Harari ha reflexionado sobre cómo las ficciones colectivas —dinero, nación, liderazgo— sostienen estructuras de poder. Hannah Arendt diseccionó la banalidad del mal y mostró que el horror puede administrarse desde un escritorio. Robert Greene publicó manuales descarnados sobre las leyes del poder, casi como si escribiera un tratado zoológico del depredador humano. Y Jordan Peterson ha hablado del orden, el caos y la jerarquía como impulsos inscritos en nuestra biología. No son novelistas del escándalo: son anatomistas del deseo. 
En Colombia, el debate se vuelve cercano y punzante. El caso de Álvaro Uribe Vélez divide opiniones. Hay quienes creen que, tras haber ocupado la presidencia y gozar de una pensión generosa, debería retirarse a la vida privada. Otros defienden su derecho a seguir participando en política. El hecho es que la ambición pública rara vez se jubila. Algo parecido ocurre con Abelardo de la Espriella, abogado próspero y empresario que ha manifestado aspiraciones presidenciales. ¿Por qué alguien con fortuna asegurada desea todavía el vértigo del poder? ¿Es servicio, vocación, ego, redención? ¿O una mezcla indescifrable de todo? 
Se ha hecho popular la frase de que hay personajes que, aunque gastaran mil millones de pesos diarios hasta su muerte, seguirían siendo ricos. La riqueza, en esos casos, parece eterna. Pero la historia está llena de magnates que lo tuvieron todo y se arruinaron. Bernie Madoff pasó de gurú financiero a símbolo de estafa colosal. Elizabeth Holmes prometió revolucionar la medicina y terminó condenada por fraude. El poder económico, cuando se alimenta de engaño, se convierte en castillo de arena. Otros fueron más lejos: Pablo Escobar amasó una fortuna obscena y bañó de sangre su imperio. La fiebre de riqueza y control no solo arruina reputaciones; arrasa vidas. 
Y están las historias de seducción y ascenso, donde el deseo se disfraza de romance. Eva Perón transformó su cercanía al poder en influencia política real, convirtiéndose en figura central de un proyecto nacional. Imelda Marcos hizo del lujo y la cercanía al poder un símbolo polémico de exceso. En estos relatos, la ambición no siempre es crimen; a veces es estrategia, otras veces vanidad, y en ocasiones, simple supervivencia en un mundo que premia al más audaz. 
Garavito, La Bestia
Entonces, ¿es la riqueza una enfermedad? No necesariamente. El dinero es herramienta. El poder, posibilidad. Lo patológico surge cuando se convierten en identidad. Cuando el hombre deja de ser hombre y se vuelve perro que defiende su hueso, águila que no tolera otra sombra en el cielo o piraña que no distingue entre hambre y codicia. La avaricia no siempre grita; a veces sonríe en campaña, promete redención y habla de servicio mientras calcula beneficios. 
Quizás el problema no sea que tengamos instintos animales, sino que, a diferencia de ellos, sabemos lo que hacemos. Ellos matan por hambre; nosotros, por ideología, por orgullo, por acumulación. Y aun así nos llamamos racionales. Tal vez la verdadera crisis de valores no sea la ausencia de normas, sino la facilidad con que las acomodamos a nuestra conveniencia. 
La pandemia de COVID-19 dejó más de siete millones de muertes confirmadas en el mundo, según cifras oficiales, y millones más en estimaciones indirectas. Fue una tragedia global que expuso fragilidades sanitarias, económicas y morales. Algunos sostienen que fue un hecho aislado; otros, más suspicaces, hablan de nuevos órdenes mundiales y teorías de laboratorio. Entre el miedo y la desinformación, la humanidad volvió a mostrar su doble rostro: solidaridad y oportunismo, ciencia y sospecha. 
G, García, Escritor
Y ahora, cuando el polvo parece asentarse, queda una pregunta suspendida como vuelo de águila sobre el abismo: ¿aprendimos algo o seguimos siendo pirañas con traje y corbata? ¿Fue la pandemia un episodio más de nuestra historia convulsa o el preludio de un reacomodo global diseñado en las sombras? La respuesta, quizá, no esté en los laboratorios ni en los palacios presidenciales, sino en esa decisión íntima y diaria donde cada hombre elige si ladra, devora… o piensa antes de actuar.

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