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viernes, 20 de marzo de 2026

La Nostalgia de los Días

 

LA CHIVA: DEL OLOR A TINTA
AL VÉRTIGO DIGITAL

De los reporteros infiltrados a la
 inmediatez que devora la exclusiva


Por Gilberto García Mercado


Hubo un tiempo en que la verdad no se publicaba: se cazaba.

No llegaba dócil a la puerta de la redacción ni se deslizaba en forma de notificación luminosa. Había que perseguirla como a un animal esquivo, seguirle las huellas en callejones, prostíbulos, oficinas cerradas con llave y pasillos donde el poder hablaba en voz baja. A ese instante —el primero, el irrepetible— se le llamó siempre la chiva: la exclusiva, la noticia en estado puro, aún tibia, aún peligrosa.

Entonces, el periodismo no era un oficio: era una forma de infiltración.

El reportero se desdoblaba. Era actor, espía, mendigo, delincuente si hacía falta. Se disfrazaba de lo que el silencio exigiera. Hubo quien se hizo pasar por enfermo para entrar a hospitales donde la muerte tenía horarios ocultos; quien fingió ser criminal para ganar la confianza de las pandillas; quien adoptó nombres ajenos, ropas ajenas, vidas ajenas. La verdad, en aquellos días, no se concedía: había que arrancársela al mundo con astucia y paciencia.

En 1887, una periodista se internó en un manicomio fingiendo locura. Durante días convivió con el abandono, la negligencia y el abuso. Cuando salió, escribió. Y lo que escribió no fue solo una denuncia: fue un terremoto que obligó a reformar instituciones enteras. Aquello fue una chiva. Pero también fue una herida abierta en la conciencia de una sociedad que prefería no mirar.

Porque la chiva, cuando era verdadera, tenía consecuencias.

No era un titular más: era un golpe. Podía liberar a un inocente, condenar a un culpable, derrumbar un gobierno. Como ocurrió cuando una acusación mal tejida contra un militar en Francia fue desnudada por la pluma de un escritor que decidió no callar. Su texto, lanzado como una piedra contra el poder, dividió al país y reescribió la historia. La exclusiva, en ese caso, no solo informaba: incendiaba.

Décadas después, en Estados Unidos, dos periodistas siguieron el rastro de un delito menor. Un robo, apenas eso. Pero la sospecha era más grande que el hecho. Persistieron. Insistieron. Tocaron puertas que no querían abrirse. Y en la penumbra apareció una voz: un hombre sin rostro, una garganta que susurraba desde las entrañas del sistema. “Sigan el dinero”, dijo. Y ellos siguieron.

 
Lo que encontraron fue una red de espionaje, corrupción y mentiras que trepaba hasta la cima del poder. La investigación creció como una grieta en un muro hasta hacerlo caer. Un presidente renunció. Un país se miró al espejo. Y el periodismo, una vez más, demostró que podía ser más fuerte que el poder cuando se aferraba a la verdad.

Así se construían las chivas: con tiempo, con riesgo, con obsesión.

Las redacciones eran entonces territorios vivos. Olían a tinta fresca, a café recalentado, a noches sin sueño. Las rotativas rugían como bestias mecánicas mientras los periodistas llegaban con la noticia latiendo en las manos. El editor decidía si aquello merecía la primera plana, ese altar donde la verdad se volvía pública y, a veces, irreversible.

Había también un impulso silencioso, casi secreto: el deseo de alcanzar la consagración. No se hablaba mucho de ello, pero flotaba en el aire. El reconocimiento mayor, el premio que convertía una investigación en historia, que elevaba al reportero al rango de testigo imprescindible. La chiva no solo era una victoria contra el silencio: era también una puerta hacia la posteridad.

Y entonces llegó el vértigo.

La información dejó de esconderse. Empezó a multiplicarse.

Hoy, la noticia no se persigue: se reproduce. Aparece en simultáneo, se fragmenta, se comparte, se distorsiona. Lo que antes era exclusivo durante horas o días, ahora dura lo que tarda un dedo en deslizarse sobre una pantalla. La chiva, como trofeo, ha sido desplazada por la inmediatez. Todo es urgente. Todo es ahora. Todo es de todos.

Pero en esa abundancia hay una pérdida.

Se ha ido diluyendo el riesgo, la espera, el arte de narrar lo descubierto. La noticia, muchas veces, ya no respira: se limita a existir. No hay infiltración, no hay acecho, no hay esa tensión casi literaria que convertía cada hallazgo en un relato. La verdad sigue ahí, sí, pero rodeada de ruido, de prisa, de versiones que se superponen hasta volverse indistinguibles.

Y, sin embargo, algo persiste.

En algún lugar —quizá en una libreta olvidada, en una sospecha que nadie ha querido seguir, en una historia que aún no ha sido contada— late la posibilidad de una nueva chiva. No la que se viraliza, sino la que incomoda. No la que circula, sino la que revela.

Porque el periodismo, en su forma más pura, sigue siendo eso: una cacería.

Una obstinación.

Un hombre o una mujer dispuestos a cruzar la línea de lo evidente, a disfrazarse si hace falta, a perderse en la noche con tal de encontrar una verdad que otros prefieren mantener oculta.

Y quizá, solo quizá, cuando todo ese ruido digital se apague por un instante, volveremos a escuchar el viejo sonido de la rotativa.

Ese que anunciaba, sin notificaciones ni algoritmos, que alguien había llegado primero.

Que alguien había conseguido la chiva.

miércoles, 18 de marzo de 2026

Brebajes vs. Medicina


Aquella Madrugada en que
la Palabra Derrotó al Dolor

Por Gilberto García Mercado

Hubo un tiempo —mucho antes de que el cuerpo fuera medido, pesado y descifrado por máquinas— en que la enfermedad se sentaba a escuchar. No era combatida con fórmulas escritas en frascos ni con luces frías apuntando a la carne, sino con la voz pausada de un hombre o una mujer que conocía el temblor secreto de las cosas. Aquella madrugada, como tantas otras, un cuerpo ardía en fiebre y, sin embargo, no fue el agua ni la raíz lo primero que acudió a salvarlo, sino la palabra. Una palabra dicha al oído, repetida con la cadencia del viento, cargada de una fe antigua que no necesitaba pruebas porque era, en sí misma, la prueba.

El enfermo no era solo un cuerpo: era un cruce de fuerzas invisibles, un territorio donde el sol, la luna y el agua disputaban silenciosamente su equilibrio. Y así, mientras la noche respiraba sobre la tierra, el curandero comenzó a nombrar lo que dolía, como quien enciende una lámpara en medio de la oscuridad. Nombrar era delimitar, y delimitar era empezar a vencer. Entonces, en ese instante suspendido entre la sombra y el alba, ocurrió lo que hoy parecería imposible: el dolor retrocedió, no ante un instrumento, sino ante el poder de una voz que sabía exactamente qué decir y cuándo decirlo.

En los albores de la humanidad, cuando la medicina preventiva aún no se distinguía del instinto, la enfermedad era entendida como una ruptura. No solo del cuerpo consigo mismo, sino del hombre con el orden secreto del universo. El sol no era únicamente luz, sino purificación; la luna no era solo compañía nocturna, sino guardiana de los fluidos y los sueños; el agua, más que sustancia, era tránsito y memoria. En ese mundo, sanar era reconciliar. Volver a entrar en el ritmo perdido, pedir permiso a lo invisible, restituir el pacto antiguo entre la carne y aquello que la habita.

Dios —o los dioses— no estaban lejos. Habitaban la fiebre, la herida, el temblor. La enfermedad podía ser castigo por la desobediencia, pero también advertencia, señal de que algo en el alma había extraviado su camino. Curar implicaba, entonces, algo más que aliviar el síntoma: era un acto de restitución espiritual. Se pedía perdón, se ofrecían palabras, humo, agua, silencio. El cuerpo doliente era también un lenguaje, y quien sabía leerlo tenía el don —y la responsabilidad— de intervenir en su destino.

Por eso, la palabra era un instrumento de precisión. Decir “el mal se disuelve como la sal en el agua” o “tu cuerpo recuerda la salud que le pertenece” no era un consuelo, sino una forma de acción. La repetición creaba un ritmo, el ritmo una entrega, y la entrega abría la puerta a la transformación. Hoy lo llamaríamos sugestión; entonces, era simplemente verdad. El alma, persuadida, cedía. Y el cuerpo, obediente a ese mandato invisible, comenzaba a sanar.

Ni siquiera los poderosos escaparon a este modo de entender la vida y la muerte. Cleopatra se sumergía en baños perfumados con hierbas y aceites, convencida de que el cuerpo absorbía la armonía del mundo que lo rodeaba. No era un gesto de vanidad, sino de regeneración. Por su parte, Qin Shi Huang, en su obsesión por vencer a la muerte, ordenó la creación de elixires que prometían la inmortalidad. Aquellos brebajes, hoy vistos con recelo, eran ingeridos con fe absoluta, como si cada sorbo contuviera un pacto con el tiempo.

De esa época nos llegan nombres que parecen invocar más que describir. “Agua de luna para el descanso del espíritu”, dejada al sereno nocturno y bebida al amanecer, prometía calmar la inquietud del alma. “Infusión de raíz amarga para expulsar la fiebre” mezclaba plantas y palabras, como si el hervor necesitara también de la voz para completarse. Estas recetas, lejos de desaparecer, sobreviven en la memoria doméstica, en las manos de quienes aún creen que la naturaleza guarda respuestas que no caben en un laboratorio.

La literatura ha sabido conservar ese temblor. En las páginas de Gabriel García Márquez, los remedios caseros conviven con lo prodigioso, sin que nadie se atreva a separarlos del todo. Miguel de Cervantes, con su ironía luminosa, dejó constancia de bálsamos imposibles que, sin embargo, se sostienen por la fe de quien los bebe. Y Jorge Luis Borges, en sus laberintos de símbolos, insinúa que el conocimiento —a veces escondido en una fórmula o en una palabra— puede alterar la realidad.

Entre los contemporáneos, esa herencia no se ha extinguido. Isabel Allende traza personajes que encuentran en las hierbas y los rituales una forma de identidad. Laura Esquivel convierte la cocina en un territorio donde cada receta transforma el ánimo y el destino. Y Paulo Coelho insiste en que toda sanación comienza por una alineación interior, donde el espíritu dicta lo que el cuerpo debe seguir.

Hoy, frente a la medicina moderna, con sus máquinas exactas y su tecnología de punta, aquellos brebajes parecen lejanos, casi irreales. Sin embargo, hay algo que aún resiste: la necesidad de sentido. La máquina mide, detecta, corrige; pero no siempre nombra. Y el ser humano, incluso en medio de la precisión más avanzada, sigue necesitando que alguien le diga qué le duele y por qué.

Entre el humo del sahumerio y el resplandor de la pantalla, entre la raíz hervida y el diagnóstico digital, no hay una guerra, sino una tensión antigua. La medicina moderna ha conquistado territorios que antes eran impensables, pero la medicina ancestral aún habita en un lugar que la tecnología no logra ocupar del todo: el de la fe, la palabra y el misterio. Allí, donde la voz todavía puede inclinar la balanza del dolor, la humanidad sigue recordando —aunque sea en silencio— aquella madrugada en que la palabra derrotó al dolor.


 

martes, 17 de marzo de 2026

Fiel Modelo

LA CALLE DEL LAGO DE CHAMBACÚ

 

Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes

 

Chambacú fue un barrio que existió como tugurio hasta aproximadamente los años 1970, cuando fue erradicado.

Se erigía en los terrenos que hoy ocupan el Parque Espíritu del Manglar, el Centro Comercial Mallplaza, el Edificio Inteligente, el Nuevo Chambacú y la Estación de Policía.

Era una calle recta que nacía en la esquina de la casa de Gabriel Torres y terminaba en la entrada de la carretera de Torices. Antes cruzaba parte de la Calle de las Flores, esta última cantada por el Tuerto López.

La Calle del Lago permanecía seca, pues había sido rellenada con caracolejo extraído del caño Juan Angola. Las casas que la bordeaban tenían pretiles grandes y altos, algunos embaldosados y otros con pisos lisos que se utilizaban como deslizaderos cuando llovía en invierno. En este lugar se formaron hombres que luego figuraron en la intelectualidad cartagenera.

La calle guardaba un silencio casi eterno, interrumpido apenas por la voz cantarina de «El Boyeyo» en su imitación del anacoreta Daniel Santos.

Era muy común ver al señor Castro con su bolsa de papel, en la que llevaba plantas curativas que ofrecía con delicada bondad. Era el abuelo de aquel estudiante sobresaliente que, galardonado con una beca, estudiaría Física Atómica en México, donde terminó sus estudios y se quedó ejerciendo su profesión. 
Era frecuente encontrarse con algunos miembros de la familia Pereira, entre ellos Pedro Manuel, un gran señor y empresario que tuvo un hijo que más tarde sería alcalde mayor de la ciudad de Cartagena. También de aquella familia salió un químico que fue decano de la Facultad de Química y Farmacia de la Universidad de Cartagena. 
La calle estaba adornada por la presencia de una mujer pionera de las artes, Petronita Villalobos. 
La del Lago no era una calle del mal llamado barrio Esponja. Era la Calle del Lago de Chambacú, paralela a la Calle de la Esperanza, que entre parroquianos se denominaba Calle del Mondongo. 
Allí estaba la casa de los Arévalo, de la cual salieron dos profesionales que hicieron parte de la oficialidad de las fuerzas gubernamentales y que se pensionaron como coroneles. 

También vivía la familia Pájaro. Entre ellos estaba Cosme, beisbolista de la Selección Colombia.

Residían los Monteros, comerciantes de la ciudad en el transporte. También es bueno recordar a los Avendaño, entre ellos Roberto, licenciado e historiador, quien fue rector en la Universidad del Cauca.

Eran familias muy honestas y trabajadoras, tales como los Guzmán, los Torres, los Maldonado, los Miranda y la encabezada por Juan Canabal.

La Calle del Lago fue un fiel modelo de un lugar donde el silencio se hacía presente para escuchar un bolero o una cumbia.



 

lunes, 16 de marzo de 2026

Última Entrega

 

CERVANTES Y LA DÉCIMA


Por Juan Mares Poteas



-C
-Arboles yerbas y plantas
Que en aqueste estilo estáis
Tan altos, verdes y tantas,
Si de mi mal no os holgáis
Escuchad mis quejas santas
-Mi dolor no os alborote
Aunque más terrible sea
Pues, por pagaros escote
Aquí lloró Don Quijote
Ausencias de Dulcinea
Del Toboso.
-Es aquí el lugar a donde
el amador más leal
de su señora se esconde
y ha venido a tanto mal
Sin haber cómo y por dónde.
- Tráele Amor al estricote,
que es de muy mala ralea;
y así, hasta henchir un pipote
aquí lloró Don Quijote
ausencias de Dulcinea
Del Toboso.
-Buscando las aventuras
Por entre las duras peñas,
Maldiciendo entrañas duras
Que entre riscos y entre breñas
Halla las tristes desventuras.
-Hirióle Amor con su azote,
No con su blanda correa;
Y en tocándole el cogote,
Aquí lloró Don Quijote
Ausencias de dulcinea
Del Toboso.

Téngase en cuenta que la rima de estas queda de la siguiente manera:

1, 3, 5; 2, 4; 6, 8, 9; 7, 10. 
A no dudar, Cervantes, por medio de su narrador celebra la ocurrencia, poniendo estos textos sobre la corteza de los árboles patentizando el romance de Don Quijote y que me viene a cuento los mensajes semióticos de nuestros campesinos grabando mensajes de amor directos e indirectos, con corazones atravesados por las flechas de Cupido, unos, y dibujando penes y vaginas sintetizadas en triángulos y líneas, otros, cuando no son los mensajes directos en pencas de maguey, en las varetas de las puertas de golpe, en donde quedan mensajes de toda índole y que en las ciudades llaman grafitis y una lista grande de similares, homenajeados aquí en esa página por el Gran Cálamo. Veamos lo que sigue después de estos versos pioneros de la décima: “No causó poca risa en los que hallaron los versos referidos la añadidura -del Toboso- al nombre de Dulcinea, porque imaginaron que debió de imaginar Don Quijote que, si en nombrando a Dulcinea no decía también -del Toboso- , no se podría entender la copla;…” 
En el capítulo veintisiete están tres décimas cortesanas; con métrica variada en los primeros seis versos, versos pareados de nueve y tres sílabas para terminar con cuatro versos de nueve sílabas.

La rima queda así:

1, 2; 3, 4; 5, 6, 7, 10; 8, 9.

Versos de esta décima que aparecen en boca de Cardenio por la espinuda rosa de Lucinda.

Veamos:

-D-

I

¿Quién menoscaba mis bienes?
Y ¿quién aumenta mis duelos?
De ese modo, en mi dolencia
¿Quién me causa este dolor?
Y ¿Quién mi gloria repugna?
Y ¿quién consiente en mi duelo?
¿Quién mejorará mi suerte?
Y sus males, ¿quién los cura?
De ese modo, no es cordura
Desdenes
Los celos
Y ¿quién prueba mi paciencia?
Ausencia
Ningún remedio se alcanza
Pues me matan la esperanza
Desdenes, celos y ausencias.

II

Amor
Fortuna
El Cielo
De ese modo, yo recelo
Morir de este mal extraño,
Pues se aúnan en mi daño,
Amor, Fortuna y el Cielo.

III

La Muerte.
Y el bien Amor, ¿quién le alcanza?
Mudanza.
Locura.
Querer curar la pasión
Cuando los remedios son
Muerte, mudanza y locura.

Nótese también, cómo los versos dos, cuatro y seis (2, 4, 6) terminan como ardid para rematar el décimo verso de cada décima. En cuanto a la métrica, predominan los octosílabos y de tres los versos del artificio. Estas décimas fueron una de las geniales invenciones de Cervantes y que se dio en llamar ovillejos, pues nuestro guerrero lepantino no solo creo la novela de múltiples figuraciones renovando la visión narrativa de forma integradora con todo el arsenal de las palabras y filología de las mismas: hizo malabares jugueteando con esos artificios llamados décimas.


En el capítulo treinta y tres (XXXIII), de la primera parte, donde está la internovela del curioso impertinente, es citado un poeta anónimo (donde se puede inferir el autor: Cervantes), por boca de Lotario, reconviniendo, a su amigo Anselmo, para instarlo a ser prudente, con una décima de ocho sílabas por verso, quedando estructurada así: 1, 4; 2, 3, 5; 6, 7, 10; 8, 9. Cervantes sigue haciendo malabares con la métrica y con la rima de la décima. La otra curiosidad es la presencia de siete sinalefas donde unas aprovecha y otras no, en concordancia con la licencia para el conteo de las ocho sílabas del verso clásico castellano.

Veamos: 
-E- 
Busco en la muerte la vida,
Salud en la enfermedad,
En la prisión libertad,
En lo cerrado salida
Y en el traidor lealtad.
Pero mi suerte, de quién
Jamás espera algún bien,
Con el cielo ha estatuido,
qué, pues lo imposible pido,
Lo posible aún no me dé. 
En cuanto a su temática, este poema, se puede equiparar con el “Soberbia” de nuestro Porfirio Barba Jacob.

En el capítulo dieciocho (XVIII), de la segunda parte del Quijote, aparece la décima que desglosa glosas* (a la manera de pies forzado), por boca de don Lorenzo, con métrica de ocho sílabas y estructura de la rima así: 1, 3, 5; 2, 4; 6, 7, 10; 8, 9.

-F- ¡Si mi “fue” tornase a “es”,
Sin esperar más “será”,
O viniese el tiempo ya
De lo que será después…!

GLOSAS 

Al fin como todo pasa,
Se pasó el bien que me dio
Fortuna en tiempo no escasa,
Y nunca me lo volvió,
Ni abundante, ni por tasa.
Siglos ha ya que me ves,
Fortuna, puesto a tus pies;
Vuélveme a ser venturoso;
Que será mi ser dichoso
“si mi fue tornase a es”
No quiero otro gusto o gloria,
Otra palma o vencimiento,
Otro triunfo, otra victoria,
Si no volver al momento,
Que es pesar en mi memoria.
Si tú me vuelves allá,
Fortuna, templado esta
Todo el rigor de mi fuego,
Y más si este bien es luego,
“sin esperar más será”
Cosas imposibles pido,
Pues volver el tiempo a ser
Después que una vez ha sido,
No hay en la tierra poder
Que tanto se haya extendido.
Corre el tiempo, vuela y va
Ligero, y no volver
Y erraría el que pidiese,
O que el tiempo ya se fuese,
O “viniese el tiempo ya”.
Vivir en perpleja vida,
Ya esperando, ya temiendo,
Es muerte muy conocida,
Y es mucho mejor muriendo
Buscar al dolor salida.
A mí me fuera interés
Acabar; mas no lo es,
Pues, con discurso mejor,
Me da la vida el temor
“de lo que será después”.


Esta particularidad ingeniosa de Cervantes se repite en el capítulo veinte (XX), en vísperas de festejarse las dramáticas bodas de Camacho y Quiteria, con una danza zamorana donde participan ocho ninfas y Cupido (además de músicos y otros personajes) en una serie de mudanzas y donde aparecen cuatro, recordadas por Don Quijote el memorioso, rimadas así:

1, 3, 5; 2, 4; 6, 7, 10; 8, 9.

Veamos, la primera puesta en boca de Cupido así:

-G- 

Yo soy el dios poderoso
En el aire y en la tierra
Y en el ancho mar undoso,
Y en cuanto el abismo encierra
En su báratro espantoso.
Nunca conocí qué es miedo,
Todo cuanto quiero puedo
Aunque quiera lo imposible,
Y en todo lo que es posible
Mando, quito, pongo y vedo.

La segunda, en boca de Interés:

Soy quien puede más que Amor,
Y es Amor el que me guía;
Soy de la estirpe mejor
Que el Cielo y la Tierra crían,
Más conocida y mayor.
Soy el Interés, en quien
Pocos suelen obrar bien,
Y obrar sin mí es gran milagro;
Y cual soy te me consagro,
Por siempre jamás, amén.

A la tercera pone en boca de Poesía así:
En dulcísimos conceptos,
La dulcísima Poesía,
Altos graves y discretos,
Señora el alma te envía
Envuelta en mil sonetos.
Si acaso no te importuna
Mi porfía tu fortuna
De otras muchas envidiada,
Será por mí levantada
Sobre el cerco de la luna.
Y la cuarta se la adjudica a Liberalidad:
Llaman liberalidad
Al dar que el extremo huye
De la prodigalidad,
Y contrario, que arguye
Tibia y floja voluntad.
Mas yo, por te engrandecer,
De hoy más pródiga he de ser;
que, aunque es vicio, es vicio honrado
y de pecho enamorado,
que en el dar se echa de ver.
Y así termina, en un santiamén, con esta tanda de décimas pues lo que sigue luego es: música, teatro, gracia y bufonada.

En el mismo orden del 1, 3, 5; 2, 4; 6, 7, 10; 8, 9. Se da la décima que pone Cervantes en boca de Sansón Carrasco. Décima epitafio que aparece en la última página, del último capítulo, de la segunda parte.

Y es la despedida petrificada en la piedra para la memoria de un Hidalgo soñador y enmendador de entuertos, saneados con el famoso “Bálsamo de Fierabrás”. Y que reza:
-H-
Yace aquí el Hidalgo fuerte
Que a tanto extremo llegó
De valiente, que se advierte
Que la muerte no triunfó
De su vida con su muerte.
Tuvo a todo el mundo en poco;
Fue el espantajo y el coco
Del mundo, en tal coyuntura,
Que acreditó su ventura
Morir cuerdo y vivir loco.
De lo anterior podemos deducir que esta es la rima que Cervantes acoge para sus afectos: suman en total nueve (frente a las nueve con estilo de espinela). En las primeras cuatro cervantinas prima el reclamo; en las siguientes cuatro prima el elogio; y en la última, el homenaje póstumo (repasar los literales -F-, -G-, -H-.)

LA RESPUESTA

¿Qué hay detrás de todo esto? Cervantes lo que hace es demostrar su facilidad y dominio para explorar otras formas de rima en la décima, quitarle bombo a las famosas décimas espinelas, puesto que empieza ridiculizándolas y termina con una modalidad nueva, luego de rastrear los orígenes a la vez que pone de manifiesto formas del Medioevo el Pre- Renacimiento y del Renacimiento.

Así se tiene de la respuesta al título de este texto: conocimiento, destreza y singularidad en el manejo de la décima por parte de Cervantes.

Miguel Antonio Caicedo Mena, en un breve texto sobre La Décima y la Espinela construye un cuadro comparativo sobre las formas de rimar los versos de las décimas en distintas épocas, por cuatro destacados representantes, y un quinto que agrego así:

(Medioevo) (Renacimiento) (Siglo de oro) (Siglo de oro) (Siglo de Oro Español)

Santillana Castillejo Fray Luís de León Espinel Miguel de Cervantes

1, 4, 5(8) 1, 4 1, 4 1, 4, 5 1, 3, 5

2, 3 2, 3, 5 2, 3, 5 2, 3 2, 4

6, 7 6, 8, 10 6, 8. 9 6, 7, 10 6, 7, 10

9, 10 7, 9 7, 10 8, 9 8, 9

Y el quinto en discordia, Cervantes, perteneciendo al mismo Siglo de Oro Español, contemporáneo de Espinel teje otras cuatro formas de rimar la décima. Le quita misterio y trascendencia a esa particularidad de rimar versos, no le agrega más cuerdas a la guitarra pero construye un enorme monumento polifónico, que aún hoy, a más de quinientos años después, hace reír pensando a quienes dejen deslizar sus miradas por las páginas de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Manch

Algunas Aclaraciones

Según el Diccionario de Retórica de Ángelo Marchese y Forradellas: “…se llama Glosa a una composición poética que, partiendo de un texto anterior del mismo poeta o ajeno, se le denomina mote*, desarrolla un número de estrofas de tal forma que cada una de ellas acaba (finaliza) con uno o más versos del mote, bien los últimos de éste, bien en cada estrofa algunos de aquél para reproducirlos todos.”.

El Diccionario de la lengua española (RAE) recoge el término en su cuarta acepción como: “Composición poética a cuyo final, o al de cada una de sus estrofas, se hacen entrar rimando y formando sentido uno o más versos anticipadamente propuestos”.

*Mote, en este contexto, según el Pequeño Larousse, es una sentencia breve y enigmática y a su vez empresa de los antiguos caballeros. El RAE, igual recoge estas dos acepciones y amplía: “Frase o tema inicial de un pasatiempo literario, generalmente dialogado y cortesano, que era frecuente entre damas y galanes de los siglos XVI y XVII y consistía en glosar y ampliar dicha frase, también llamada cabeza de mote, con donaires y requiebros a los que servía como de pie forzado.” Y agrega: “Este pasatiempo y sus glosas”.

Y como epítome, pongo aquí un homenaje a esa larga tradición, escuchada cantar en el Alto Sinú, en una noche de velorio, entre campesinos y en boca de Vicente Borjas, de la cual no sé si era repentismo de él o se la sabía de memoria, pero su eco quedó en la mía y doy constancia de ella, con su particularidad, puesto que era una especie de pies forzado donde con el mismo verso que se iniciaba se debía terminar: 1, 4, 9, 10; 2, 3; 5; 6; 7, 8.

Yo soy la llave del mundo
de la temible oscurana
de la tierra soberana
soy poeta y no segundo
la calentura la sudo
la brisa la pongo calma
y soy como el rayo veloz
y de la tierra soy el dios
y en el cantar yo me fundo
yo soy la llave del mundo
Yo soy la llave del mundo
De la temible oscurana
La calentura la sudo
la brisa la pongo calma
soy el agua cristalina
la luz de los navegantes
yo soy un sol que ilumina
rica mina entre la luna menguante
y de la veta en lo profundo.
Yo soy la llave del mundo
Yo soy la llave del mundo
Soy poeta no soy segundo
Soy como un rayo veloz
De la tierra soy el Dios
De lo efímero y lo eterno
Y en el cantar no me fundo
Con este canto feroz
Soy el uno nunca el dos
Lo sentencio muy rotundo
Yo soy la llave del mundo
Remataba con esta décima donde agregaba dos versos.
Yo soy la llave del mundo
Y del mundo soy la exigencia
Y en las letras lo más bueno
Yo soy la estrella de Venus
Soy un doctor en mi ciencia
Fui creado en la obediencia
Y en el mundo lo que engaña
De lo firme soy montaña
De lo claro soy el día
Soy el dulce de alegría
De la temible oscurana.
Yo soy la llave del mundo.

BIBLIOGRAFÍA
Cervantes Saavedra, Miguel de. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Alba Libros, S.L. Madrid. Edición 1996.

Marchese, Angelo – Forradellas, Joaquín. Diccionario de Retórica, Crítica y Terminología Literaria. Editorial Ariel. Barcelona. 4° edición: julio 1994.

--Diccionario de la Lengua Española. Vigésima Segunda Edición. España, 2002.

Caicedo Mena, Miguel Antonio. La Décima y la Espinela. Medellín. Editorial Lealón 1992.

Mann, Thomas. Travesía con Don Quijote. Ediciones de Instituto de Lenguas Modernas. Barranquilla-Colombia 1995.

Mejía Vallejo, Manuel. El viento lo dijo: décimas. Ediciones Universidad de Antioquia, 1981. 114 p. (100 décimas).

Carrasquilla, Tomás. La Marquesa de Yolombó. Obras completas, tomo segundo. Editorial Bedout. Medellín – Colombia. 1958.

Barba Jacob, Porfirio. Obras completas. Ediciones Académicas Rafael Montoya y Montoya. Medellín – Colombia. 1962.
Juan Mares Poteas, El  Autor


 

domingo, 15 de marzo de 2026

Bibloteca de La Calvaria

 El Cuento de la Semana


El Collar


Por Guy de Maupassant


La señorita Matilde Loisel era una de esas muchachas bonitas y encantadoras que nacen, como por un error del destino, en una familia de empleados. No tenía dote, ni esperanzas, ni medios para ser conocida, comprendida o amada por un hombre rico; y terminó casándose con un modesto empleado del Ministerio de Instrucción Pública.

Vivía con sencillez, porque no podía permitirse otra cosa; pero sufría sin cesar, sintiéndose nacida para todos los lujos y refinamientos. Padecía por la pobreza de su vivienda, por la miseria de las paredes, por la fealdad de los muebles, por la vulgaridad de los cortinajes. Todas esas cosas, que otra mujer de su misma condición ni siquiera habría notado, la atormentaban.

Soñaba con silenciosos salones tapizados con sedas antiguas, iluminados por altos candelabros de bronce; con grandes salones perfumados, hechos para recibir a los invitados más distinguidos. Soñaba con vajillas finas, con joyas brillantes, con halagos y admiración.

Un día, su esposo llegó a casa con aire triunfante y le entregó una tarjeta.

—Mira —dijo—, he conseguido algo para ti.

Ella leyó: era una invitación para un gran baile en el Ministerio.

Pero en lugar de alegrarse, Matilde arrojó la invitación sobre la mesa con desdén.

—¿Qué quieres que haga con esto?

—Pero, querida —dijo su marido—, pensé que te gustaría. No salimos nunca, y esta es una gran ocasión.

Ella respondió con tristeza:

—¿Y qué quieres que me ponga? No tengo vestido.

Su marido, turbado, respondió:

—Podrías comprar uno. Creo que podríamos gastar unos cuatrocientos francos.

Matilde vaciló, pero aceptó. Sin embargo, unos días después, parecía nuevamente inquieta.

—¿Qué te pasa? —preguntó su marido.

—No tengo joyas —dijo—. Pareceré pobre.

Entonces él sugirió:

—Ve a ver a tu amiga, la señora Forestier, y pídele algo prestado.

Matilde se alegró ante la idea. Al día siguiente fue a casa de su amiga, quien le mostró un cofre lleno de joyas.

Después de dudar entre varias, descubrió un magnífico collar de diamantes.

—¿Podrías prestármelo? —preguntó con ansiedad.

—Claro que sí —respondió la amiga.

La noche del baile fue un triunfo para Matilde. Era la más bella, la más elegante. Todos la miraban, todos la admiraban.

Pero al regresar a casa, frente al espejo, lanzó un grito.

El collar había desaparecido.

Su esposo buscó por todas partes, incluso regresó al camino recorrido. Nada.

Finalmente decidieron reemplazarlo. Encontraron uno idéntico en una joyería. Costaba una suma enorme.

Para pagarlo pidieron préstamos, firmaron pagarés, y se endeudaron de manera terrible.

Matilde devolvió el collar a su amiga sin decir nada.

A partir de ese momento comenzó una vida de sacrificio. Despidieron a la criada, cambiaron de casa, y Matilde aprendió los trabajos más duros: lavar, limpiar, cargar agua, regatear en el mercado.

Pasaron diez años así.

Finalmente pagaron toda la deuda.

Un día Matilde se encontró con la señora Forestier en los Campos Elíseos. La amiga no la reconoció al principio, tan cambiada estaba.

Matilde decidió contarle la verdad.

—Te devolví un collar falso —dijo—. Perdí el tuyo y lo reemplazamos. Nos tomó diez años pagarlo.

La señora Forestier quedó sorprendida.

—¡Oh, pobre Matilde! —exclamó—. ¡Pero si mi collar era falso! ¡No valía más de quinientos francos!
Guy de Maupassant (1850–1893) fue un escritor francés considerado uno de los grandes maestros del cuento moderno. Discípulo de Gustave Flaubert, desarrolló un estilo realista, claro y preciso, con relatos breves que a menudo terminan en giros inesperados. Alcanzó fama con el cuento Boule de Suif y escribió más de trescientos relatos y varias novelas, entre ellas Bel-Ami. Su célebre cuento La Parure (El collar) es uno de los relatos más conocidos de la literatura universal. Murió en París a los 42 años.



 

sábado, 14 de marzo de 2026

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Una Casa Abierta Para la Literatura en Cartagena

 

En una ciudad donde el mar conversa con las murallas y donde cada calle parece guardar un secreto antiguo, existe un rincón en el que las palabras encuentran refugio. Ese lugar se llama La Calvaria Literatura.

No es solo una página, ni simplemente un portal cultural. Es, ante todo, una casa abierta para los amantes de las letras.

Hay lugares donde se venden noticias. Hay otros donde se exhibe entretenimiento pasajero. Pero hay muy pocos espacios donde las palabras se toman el tiempo de respirar, de pensar y de mirar el mundo con la calma que exige la literatura. La Calvaria Literatura nació precisamente con ese propósito: defender el valor de la palabra en una época que muchas veces parece correr demasiado rápido.

Quien llega a esta tribuna cultural descubre que aquí la literatura no es un lujo ni un adorno. Es una forma de entender la vida.

Detrás de este proyecto se encuentra Gilberto García Mercado, director de este espacio cultural y también miembro activo de la Asociación de Escritores de la Costa de Cartagena. Con paciencia, disciplina y una profunda vocación por las letras, ha impulsado este medio para que los escritores —nuevos y veteranos— encuentren un lugar donde compartir su voz.

Porque una ciudad sin escritores es una ciudad que deja de contarse a sí misma.

Y Cartagena, con toda su historia, merece seguir siendo narrada.

Cada día, en La Calvaria Literatura, aparecen nuevas voces, nuevas miradas, nuevas reflexiones. Aquí conviven múltiples formas de expresión artística, aunque la literatura ocupa un lugar central. Las páginas de este medio reciben con entusiasmo cuentos, crónicas, artículos de opinión, poemas, críticas literarias, entrevistas, reflexiones culturales y muchas otras formas de creación.

Cada texto es una ventana.


A veces es la ventana de un poeta que observa la lluvia sobre los tejados de la ciudad.
Otras veces es la mirada de un cronista que captura la vida cotidiana de nuestras calles.
En ocasiones es el pensamiento profundo de un ensayista que reflexiona sobre la cultura, la sociedad o el arte.

Todo eso sucede aquí.

En este espacio no importa si el autor es joven o veterano, si está comenzando o si ya tiene libros publicados. Lo importante es la honestidad de la palabra y el deseo de aportar algo a la conversación cultural.

La Calvaria Literatura también cree en algo fundamental: la cultura se construye entre todos.

Un medio cultural no vive solamente del esfuerzo de quien lo dirige. Vive también de sus lectores. Vive de quienes comparten los textos, de quienes comentan, de quienes recomiendan una lectura, de quienes invitan a otros a descubrir este lugar.

Cada vez que alguien comparte un artículo, un poema o una entrevista publicada aquí, está ayudando a que la literatura siga circulando.

Y en tiempos donde la superficialidad domina muchos espacios digitales, defender un lugar para el pensamiento, la sensibilidad y la imaginación es casi un acto de resistencia cultural.

La Calvaria Literatura es un medio local, profundamente arraigado en Cartagena de Indias, en su historia, su gente y su espíritu creativo.

Pero también es un medio global.

Gracias a internet, los textos que nacen en esta ciudad pueden ser leídos en cualquier lugar del mundo. Las palabras escritas aquí pueden viajar más allá del Caribe, más allá de Colombia, más allá de cualquier frontera.

Esa es la magia de la literatura en el siglo XXI.

Un poema escrito en Cartagena puede ser leído en Madrid.
Un cuento publicado aquí puede emocionar a un lector en Buenos Aires.
Una crónica sobre nuestra ciudad puede despertar curiosidad en alguien que vive al otro lado del océano.

Por eso este espacio sigue creciendo.

Porque cada nuevo lector abre otra puerta.

Porque cada seguidor se convierte en un cómplice de la cultura.

Porque cada lectura demuestra que la literatura sigue viva.

Hoy queremos invitarte a hacer parte de esta comunidad de lectores y escritores.

Si te gusta la literatura…
si crees que la cultura debe tener un lugar en la vida cotidiana…
si disfrutas descubrir nuevas voces…
si valoras los espacios donde las palabras todavía se toman en serio…

Entonces este lugar también es tuyo.

Sigue y acompaña a La Calvaria Literatura

Tu apoyo es muy importante para que este proyecto continúe creciendo y para que cada día podamos ofrecer más contenidos culturales, más autores, más historias y más reflexiones.

Porque aquí, todos los días, entre líneas, metáforas y relatos, se respira cultura.

Y la cultura necesita lectores que la mantengan viva.

📚 Visita, sigue y comparte este espacio cultural aquí:

Si alguna vez has sentido que un poema te salvó una tarde, que un cuento te cambió una idea o que un libro te acompañó en silencio… entonces sabes que la literatura no es un lujo.

Es una necesidad del espíritu.

Y esta casa —La Calvaria Literatura— siempre tendrá la puerta abierta para quienes creen en el poder de las palabras.


 

Revolución En Marcha



El Escritor y la Paciencia de los Siglos 


Por Gilberto García Mercado


Hubo un tiempo en que escribir era casi un acto de fe. Antes de que las pantallas iluminaran las madrugadas y antes de que un cursor parpadeara como una luciérnaga obediente esperando la próxima palabra, el escritor dependía de la paciencia de los siglos. Las palabras se depositaban sobre materiales frágiles y obstinados. El papiro. El pergamino. El papel hecho a mano. Cada línea exigía concentración y un respeto casi religioso por el acto de narrar.

Si retrocedemos hasta los albores de la escritura sagrada encontramos a los antiguos copistas inclinados sobre los rollos que luego formarían los textos de la Biblia. Aquellos hombres no solo escribían. Custodiaban el lenguaje. Copiar un texto podía tomar meses o incluso años. Cada palabra se revisaba con un cuidado extremo. No era únicamente un ejercicio intelectual. Era una disciplina espiritual. El error no era solo una equivocación gramatical. Era una pequeña catástrofe.

Durante siglos el destino de la palabra fue el mismo. El escritor escribía despacio. El lector leía despacio. Entre uno y otro se extendía un puente hecho de paciencia.

Luego llegó la imprenta y con ella una revolución silenciosa. En el siglo XV la aparición de la máquina de imprimir multiplicó los libros como si las ideas hubieran encontrado finalmente un río por donde correr. Pero aun así la escritura seguía siendo lenta. Las novelas se escribían durante años. A veces durante décadas. El manuscrito pasaba por revisiones interminables. Los editores corregían con lápiz rojo. Los escritores reescribían páginas enteras. Había un respeto profundo por el oficio.

La corrección era un arte.

Quien quisiera dedicarse a la literatura debía aceptar una verdad sencilla. Escribir no era solo tener talento. Era resistir.

Muchos de los grandes autores que hoy admiramos trabajaban con una disciplina casi monástica. El colombiano Gabriel García Márquez solía decir que escribir era noventa por ciento transpiración y apenas un poco de inspiración. Su novela Cien años de soledad no apareció de la nada como una mariposa amarilla. Fue el resultado de meses de trabajo obsesivo. Durante el proceso llegó a empeñar electrodomésticos de su casa para poder terminar el manuscrito. Cuando finalmente lo envió a la editorial ya había sido corregido una y otra vez.

La ceremonia de la lectura también tenía su liturgia. García Márquez contaba que para leer un buen libro necesitaba silencio y una taza de café. El olor del papel era parte del placer. El libro se abría como quien abre una puerta a otro mundo.

Algo similar ocurría con el argentino Jorge Luis Borges. Borges transformó la lectura en un acto casi sagrado. Leía lentamente. Releía con devoción. En sus entrevistas repetía que el paraíso debía ser una especie de biblioteca infinita. Para él los libros no eran objetos de consumo rápido. Eran territorios.

Incluso sus hábitos eran ceremoniales. Elegía cuidadosamente el momento del día para leer. Muchas veces lo hacía en voz baja como si conversara con el autor que lo acompañaba desde otro siglo.

El caso de Julio Cortázar también revela esa relación ritual con la palabra. Cortázar escribía de noche. Necesitaba silencio y largas horas de concentración. Revisaba obsesivamente sus textos. Cambiaba palabras. Movía frases. Buscaba el ritmo exacto de una oración como quien afina un instrumento musical.

Para estos escritores la literatura no era un producto. Era un destino.

En las redacciones de los periódicos ocurría algo parecido. Había una solemnidad que hoy parece salida de una fotografía antigua. El jefe de redacción caminaba entre las mesas revisando titulares. Los periodistas entregaban sus crónicas todavía tibias de tinta. En la madrugada las rotativas comenzaban a rugir y el periódico salía a la calle como una criatura recién nacida.

El lector recibía el diario en la puerta de su casa. Lo abría con calma. Tal vez acompañado por el aroma del café. La lectura era un pequeño rito doméstico.

Todo ese mundo comenzó a transformarse con la llegada de lo digital.

Primero llegaron los computadores personales. Después internet. Luego las redes sociales. Finalmente la inteligencia artificial.

Hoy una novela puede escribirse en semanas. A veces en días.

Un autor contemporáneo puede utilizar programas de escritura asistida para organizar tramas. Puede corregir automáticamente la ortografía. Puede pedir sugerencias de estilo. Incluso puede generar capítulos completos con ayuda de modelos de lenguaje.

Lo que antes tomaba años ahora parece comprimirse en un calendario vertiginoso.

Aquí surge una pregunta inevitable.

¿Se pierde calidad cuando la escritura se automatiza?

La respuesta no es sencilla.

Por un lado la tecnología democratiza la palabra. Nunca antes tantas personas habían tenido la posibilidad de escribir y publicar. Las plataformas digitales permiten que un autor desconocido llegue a miles de lectores sin pasar por las antiguas editoriales. La comunicación se ha vuelto horizontal.

Pero al mismo tiempo aparece el riesgo del facilitismo.

 
La velocidad puede convertirse en enemiga de la profundidad. Cuando un texto se produce demasiado rápido puede perder esa lenta maduración que da densidad a las historias. Las grandes novelas de la historia no surgieron en quince días. Fueron el resultado de largos periodos de reflexión.

El escritor antiguo convivía con su obra durante años. Los personajes envejecían junto a él. Las frases se pulían como piedras de río.

Hoy el proceso puede ser distinto. Un autor puede generar un borrador completo con ayuda de inteligencia artificial. Puede editarlo en pocas jornadas. Puede publicarlo casi de inmediato.

En términos técnicos el resultado puede ser correcto. La gramática funciona. La estructura narrativa también.

Pero queda una duda flotando en el aire.

¿Dónde queda el alma del narrador?

La literatura siempre ha sido algo más que un conjunto de palabras bien ordenadas. En cada historia se filtra la experiencia humana. El miedo. La nostalgia. El humor. Las heridas invisibles que cada escritor carga consigo.

Una máquina puede imitar el estilo. Puede reproducir estructuras narrativas. Puede sugerir giros argumentales.

Pero la vida que respira dentro de una historia todavía pertenece al territorio humano.

El verdadero desafío de nuestra época no es resistirse a la tecnología. Sería absurdo. La historia demuestra que cada innovación termina integrándose al oficio.

La imprenta también fue vista con sospecha en su momento. Sin embargo terminó ampliando el mundo de los lectores.

Lo mismo podría ocurrir con la inteligencia artificial.

La diferencia radica en la intención del escritor.

Si la tecnología se utiliza como una herramienta para apoyar el proceso creativo puede convertirse en una aliada. Puede acelerar tareas mecánicas. Puede ayudar a revisar estructuras. Puede ofrecer perspectivas inesperadas.

Pero si se utiliza como sustituto de la imaginación entonces el riesgo es evidente.

El escritor deja de ser creador para convertirse en operador.

Y allí aparece la nostalgia por aquellos tiempos en que la literatura avanzaba con la lentitud de los caracoles.

La generación actual creció en un universo distinto. Muchos jóvenes escritores nunca tocaron una máquina de escribir Olivetti. No escucharon el sonido metálico de las teclas golpeando el papel. Tampoco vivieron la ansiedad de esperar el periódico de la mañana para conocer las noticias del mundo.

Hoy todo ocurre en tiempo real. Las historias circulan a la velocidad de la luz. Los textos aparecen y desaparecen en las pantallas.

Muchos diarios históricos han cerrado. Otros sobreviven en versiones digitales. Los viejos archivos de papel duermen en bibliotecas que pocos visitan.

El mundo se volvió virtual.

Y en medio de esa transformación surge una paradoja curiosa.

Nunca se ha escrito tanto como ahora. Pero tampoco nunca ha habido tantos textos que se olvidan tan rápido.

Las redes sociales están llenas de palabras. Millones de usuarios publican cada día. Sin embargo la lectura profunda parece disminuir. La comunicación se volvió instantánea. Breve. Fragmentaria.

A veces da la impresión de que existen más personas escribiendo que personas leyendo.

Tal vez por eso el verdadero desafío del escritor contemporáneo no sea competir con la inteligencia artificial sino preservar el espíritu del oficio.

La disciplina.
La paciencia.
La voluntad de corregir un párrafo hasta que respire.

Porque al final la literatura sigue siendo un encuentro entre dos soledades. La del autor que escribe en silencio y la del lector que abre un libro buscando algo que todavía no sabe nombrar.

Las herramientas cambian. Las épocas se transforman.

Pero la necesidad de contar historias permanece intacta.

Gilberto García Mercado, Editor

Mientras exista un ser humano dispuesto a escuchar el murmullo de las palabras la literatura seguirá viva.

Y quizá en medio de esta era de algoritmos y pantallas el verdadero escritor será aquel que recuerde una antigua lección que los copistas de los primeros siglos conocían muy bien.

Que cada palabra merece tiempo.

Y que escribir sigue siendo, después de todo, un acto de paciencia frente al infinito.

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