domingo, 27 de septiembre de 2026

Incertidumbre


Los Diez Misterios que ni Dios
ni Einsten Quisieron Explicarnos


Por Gilberto García Mercado



Diez preguntas han perseguido al hombre desde que descubrió que pensar también daba problemas.
El hombre lleva miles de años tratando de descubrir de dónde viene, para dónde va y, sobre todo, quién fue el irresponsable que lo puso en este planeta.

Ha construido templos, universidades, observatorios, laboratorios y bibliotecas. Ha inventado telescopios para mirar hacia el infinito y microscopios para mirar lo diminuto. Ha enviado máquinas a otros planetas y ha conseguido que un teléfono celular sepa más cosas que el dueño.

Pero hay algo que no ha conseguido: explicarse completamente a sí mismo. Y eso ya tiene cierta gracia. 
Porque resulta que somos una especie capaz de descifrar el código genético, pero todavía no sabemos exactamente qué demonios es la conciencia. Podemos calcular la edad del universo, pero seguimos preguntándonos qué había antes. Podemos explicar muchas cosas sobre el cerebro, pero todavía no hemos descubierto por qué una canción vieja puede devolvernos, en tres minutos, a una persona que murió hace treinta años.

Por eso vale la pena revisar diez misterios que han hecho sudar a científicos, filósofos, teólogos y a más de un ciudadano que se quedó mirando el techo a las tres de la mañana. 
1. ¿CÓMO APARECIÓ LA VIDA?

Esta pregunta tiene la mala costumbre de aparecer justamente cuando uno cree que ya entendió todo.

Sabemos que la vida está formada por células, moléculas, ADN y una maquinaria biológica extraordinariamente compleja.

Pero viene la pregunta maleducada: ¿Y quién encendió la primera chispa?

Darwin explicó magistralmente cómo las especies pueden cambiar y evolucionar. La biología moderna ha descubierto maravillas sobre la genética. Los científicos han propuesto diferentes escenarios para explicar cómo pudo surgir la primera vida.

Pero una cosa es explicar cómo evoluciona la vida y otra muy distinta explicar cómo comenzó.

La humanidad lleva siglos mirando la primera página del libro.

Y todavía estamos tratando de descubrir quién escribió la frase inicial. 
2. ¿QUÉ DEMONIOS ES LA CONCIENCIA?

Aquí comienza el verdadero problema.

Porque usted puede estudiar un cerebro, pesarlo, fotografiarlo, analizar sus neuronas y observar cómo determinadas zonas se activan.

Pero ninguna máquina ha encontrado todavía el lugar exacto donde vive ese señor que, dentro de nuestra cabeza, dice: “Yo soy yo”. 
Descartes intentó resolverlo con aquella famosa frase: “Pienso, luego existo”. Muy bonito. Pero la pregunta siguiente es inevitable: ¿Y quién está pensando? 
La neurociencia ha avanzado enormemente, pero la naturaleza subjetiva de la experiencia consciente continúa siendo uno de los grandes problemas de la filosofía y de la ciencia. Es decir, conocemos muchísimo sobre el cerebro. Lo que todavía no sabemos del todo es cómo ese montón de neuronas termina convirtiéndose en usted. Y eso sí que es un truco de magia.

        3. ¿PARA QUÉ ESTAMOS AQUÍ?

Esta pregunta ha producido filósofos durante miles de años.

Aristóteles buscó la buena vida. Sócrates interrogaba a todo el mundo. Platón imaginó mundos de ideas. Kant se metió hasta con la moral. Nietzsche decidió dinamitar buena parte de las certezas heredadas.

Y nosotros, después de semejante desfile intelectual, seguimos preguntando: ¿Cuál es el sentido de la vida? Hay quienes dicen que venimos a amar. Otros dicen que venimos a servir. Otros, a sufrir y aprender. Otros creen que no existe ningún propósito predeterminado. Y otros simplemente dicen: “Yo vine a ver qué pasaba”. 
Lo curioso es que ninguna respuesta ha conseguido sentar a toda la humanidad en una misma mesa y decir: “Señores, asunto resuelto”. Así que seguimos viviendo. Y preguntando. Y pagando los recibos. 
4. ¿QUÉ HAY DESPUÉS DE LA MUERTE?

Aquí la cosa se pone seria. Porque todos tenemos una cita con la muerte, pero ninguno ha podido conseguir que le adelanten información. Las religiones han hablado del cielo, del infierno, de la resurrección y de la reencarnación. Los filósofos han reflexionado sobre la muerte desde la Antigüedad. Los científicos estudian el cerebro, el cuerpo y los procesos biológicos relacionados con la muerte. Pero hay un pequeño inconveniente: el principal testigo del asunto no puede regresar a declarar. Por eso la muerte continúa siendo el gran misterio. Quizás por eso nos da miedo. O quizás porque, en el fondo, lo que verdaderamente nos aterra no es morir, sino no saber qué viene después. 
5. ¿QUÉ TAN GRANDE ES EL UNIVERSO?

Aquí Einstein, Newton, Galileo y compañía nos dejaron una herencia bastante incómoda: el universo es muchísimo más grande de lo que nuestro cerebro quisiera aceptar. Galileo levantó la mirada y descubrió que la Tierra no era el centro de todo. Newton encontró leyes capaces de describir el movimiento de los cuerpos. Einstein cambió nuestra manera de entender el espacio y el tiempo.

Y después llegaron los telescopios modernos, que comenzaron a mostrarnos un universo lleno de galaxias, estrellas, planetas y fenómenos que parecen inventados por un escritor de ciencia ficción con exceso de imaginación. Y entonces surge otra pregunta: ¿Estamos solos? Hasta ahora no tenemos una respuesta confirmada. El universo, por su parte, continúa expandiéndose tranquilamente. Como si no le importara nuestra preocupación. 
6. ¿SOMOS REALMENTE LIBRES?

Esta pregunta puede provocar una discusión familiar de tres horas. Usted cree que decidió levantarse de la cama. Pero alguien podría preguntarle: ¿Lo decidió libremente o influyeron su cuerpo, sus genes, su educación, sus recuerdos, sus necesidades y las circunstancias? ¿Elegimos realmente? ¿O somos el resultado de una gigantesca cadena de causas que comenzó mucho antes de que naciéramos? Los filósofos llevan siglos discutiendo. Y mientras ellos discuten, nosotros seguimos tomando decisiones. Lo peor es que hasta para decidir si somos libres necesitamos tomar una decisión. Qué problema tan poco colaborador. 
7. ¿DE DÓNDE SALE EL MAL?

Esta pregunta ha hecho sudar a teólogos y filósofos durante siglos. Si Dios es bueno y poderoso, pregunta el filósofo: ¿Por qué existe el mal? Y si no existe Dios, aparece otra pregunta: ¿Por qué el ser humano puede ser capaz de tanta bondad y de tanta barbaridad? Aquí no hay respuestas sencillas. Porque el hombre puede construir un hospital y, al mismo tiempo, fabricar una bomba. Puede escribir una canción para consolar a alguien y también inventar una manera de destruirlo. Puede alimentar a un desconocido y abandonar a su propio hermano. Somos una especie bastante contradictoria. Quizás por eso seguimos siendo un misterio. 
8. ¿QUÉ ES EL TIEMPO?

El tiempo es posiblemente el personaje más descarado de esta historia. Nunca lo vemos. Nunca lo tocamos. Nunca podemos guardarlo. Pero nos cobra cada segundo. Newton lo estudió. Einstein demostró que espacio y tiempo están profundamente relacionados. Y nosotros seguimos diciendo: “¡Cómo pasa el tiempo!”. Como si el pobre tiempo tuviera la culpa de que nosotros estemos envejeciendo. Lo extraordinario es que podemos recordar el pasado, imaginar el futuro y vivir únicamente en el presente. Y todavía no tenemos una respuesta definitiva para una pregunta aparentemente sencilla: ¿Qué es exactamente eso que llamamos tiempo? Por ahora, lo único seguro es que mientras usted lee esto ya se fue un pedacito. Y no vuelve. 
9. ¿QUÉ ES LA FELICIDAD?

Aquí sí hemos hecho un verdadero desastre. El hombre lleva siglos buscando la felicidad. Unos la buscaron en la riqueza. Otros en la religión. Otros en el conocimiento. Otros en el amor. Otros en el poder. Y algunos creen encontrarla comprando un automóvil nuevo, hasta que aparece la primera cuota. Aristóteles habló de la vida buena y de la realización humana. Epicuro defendió una vida orientada al placer entendido de manera mucho más sobria de lo que muchos creen. Los modernos tenemos psicólogos, libros de autoayuda, aplicaciones de meditación y frases motivacionales.

Y seguimos preguntando: ¿Cómo se consigue la felicidad? Quizás el problema consiste en que queremos atraparla. Y la felicidad, como algunos pájaros, parece preferir que uno no intente encerrarla. 
10. ¿QUIÉNES SOMOS?

Y llegamos al último misterio. El más cercano. El más incómodo. Nosotros mismos. Sabemos cada vez más sobre el universo, pero todavía nos cuesta comprender al vecino.

Sabemos secuenciar genes, pero no siempre sabemos por qué nos enamoramos de quien no nos conviene.

Podemos enviar una nave al espacio, pero a veces no somos capaces de cruzar una habitación para pedir perdón.

Podemos estudiar la historia de la humanidad y, al día siguiente, repetir los mismos errores.

Somos capaces de escribir Don Quijote, levantar catedrales, descubrir vacunas y escuchar una melodía hasta llorar.

Pero también podemos destruir aquello que amamos.

Somos una mezcla extraña de razón, instinto, memoria, deseo, miedo, esperanza y contradicción. 
Quizás el ser humano no sea solamente quien busca los misterios.

Quizás sea el mayor de ellos. 
Y ENTONCES, ¿NOS RENDIMOS?

No. Eso sería demasiado fácil. El hombre no se ha rendido. Se ha acostumbrado a no tener todas las respuestas. Y posiblemente ahí está nuestra grandeza. 
Porque si todo estuviera explicado, la vida sería una oficina con horario de entrada y salida. Pero no. Todavía queda el misterio del nacimiento. El misterio de la conciencia. El misterio del amor. El misterio de la muerte. El misterio del universo. El misterio del tiempo. El misterio de Dios para quienes creen. El misterio de la nada para quienes no creen. Y, en medio de todos ellos, nosotros. Preguntando. Buscando. Discutiendo. Equivocándonos. Volviendo a preguntar.

Quizás por eso la humanidad lleva miles de años mirando hacia arriba. Porque sospecha que las respuestas están allá afuera. Y quizás todavía no se ha dado cuenta de algo: algunas de las respuestas podrían estar escondidas dentro de nosotros.
Mientras tanto, sigamos buscando.

Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa puede hacer un animal que tuvo la ocurrencia de inventar la filosofía?

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viernes, 25 de septiembre de 2026

Los Cuentos más Antiguos del Mundo



EL CUENTO DE LOS DOS HERMANOS

(Una historia escrita hace más de tres mil años)


Por Autor Desconocido



Había una vez dos hermanos nacidos de los mismos padres.
El mayor se llamaba Anubis y el menor, Bata.
Anubis tenía una casa, una esposa y tierras que cultivar. Bata vivía con ellos y trabajaba para su hermano. Era un hombre fuerte y extraordinariamente trabajador. Cuidaba los animales, araba la tierra, llevaba las semillas al campo y regresaba cada tarde cargado con hierbas para el ganado.
Los animales parecían quererlo. Bata sabía dónde encontrar los mejores pastos y los conducía hacia ellos. Gracias a sus cuidados, los rebaños crecían y prosperaban.
Cada noche, después de trabajar, Bata dormía junto a los animales.
Así transcurrieron muchos días.
Hasta que una mañana Anubis le dijo:
—Prepara los bueyes y lleva las semillas al campo. Mañana comenzaremos a arar.
Bata hizo lo que su hermano le había ordenado.
Al día siguiente ambos estaban trabajando en el campo. Pero después de un tiempo Anubis necesitó más semillas.
—Ve a la casa y tráelas —le dijo a Bata—. No tardes.
Bata regresó.
Encontró a la esposa de su hermano arreglándose el cabello.
—Dame las semillas —le dijo—. Mi hermano me ha enviado por ellas.
La mujer le indicó que entrara al almacén y tomara cuanto necesitara.
Bata cargó una gran cantidad de grano sobre sus hombros.
Entonces ella lo observó.
Y vio en él la fuerza de un hombre acostumbrado al trabajo.
Lo deseó.
—Quédate conmigo un momento —le dijo—. Podemos descansar juntos.
Bata quedó horrorizado.
—¿Cómo puedes decirme semejante cosa? Tú eres como mi madre y mi hermano es como mi padre. Él es quien me ha dado alimento y un lugar donde vivir. No vuelvas a hablarme así.
Y salió de la casa con las semillas.
Pero la mujer sintió miedo.
Había sido rechazada.
Y decidió convertir su deseo en venganza.
Cuando Anubis regresó aquella tarde, encontró a su esposa acostada, fingiendo estar enferma.
No había preparado agua para que él se lavara las manos. La casa estaba oscura.
Anubis preguntó:
—¿Qué te ha ocurrido?
Ella respondió:
—Tu hermano intentó abusar de mí.
Anubis quedó paralizado.
Su esposa le contó una historia completamente diferente de lo sucedido.
Le dijo que Bata había intentado convencerla de acostarse con él y que, cuando ella se negó, la había golpeado.
La ira se apoderó de Anubis.
Tomó un cuchillo y se escondió detrás de la puerta del establo.
Esperaría allí a Bata.
Lo mataría.
Pero cuando Bata llegó con los animales, una de las vacas le advirtió:
—Tu hermano está escondido detrás de la puerta. Tiene un cuchillo y quiere matarte.
Bata miró.
Vio los pies de Anubis.
Soltó su carga y corrió.
Anubis salió detrás de él.
Bata pidió ayuda al dios Ra-Horajti.
Entonces ocurrió algo extraordinario.
Entre los dos hermanos apareció de repente un enorme río lleno de cocodrilos.
Anubis quedó en una orilla.
Bata, en la otra.
Por fin, Bata pudo hablar.
—¿Por qué quieres matarme sin escuchar mi versión? Tú eres mi hermano mayor. Eres como un padre para mí. Tu esposa es como una madre. Cuando me enviaste por las semillas, ella intentó seducirme. Yo la rechacé. Eso es todo.
Entonces Bata hizo un juramento ante el dios.
Para demostrar que decía la verdad, tomó un cuchillo y se mutiló, arrojando al agua la parte de su cuerpo que había sido utilizada en la acusación.
Anubis comprendió entonces que había sido engañado.
Lloró.
Pero ya era demasiado tarde.
Bata le dijo:
—Regresa a casa. Cuida de tus animales. Yo no volveré a vivir contigo.
Y le explicó que se marcharía al Valle de la Acacia.
Antes de separarse, Bata le reveló un secreto.
—Voy a colocar mi corazón en lo alto de una flor de acacia. Si alguna vez cortan el árbol y mi corazón cae, sabrás que algo me ha ocurrido. Búscalo. Aunque tengas que tardar siete años, no te rindas. Cuando lo encuentres, ponlo en agua fresca y volveré a vivir.
Después Bata desapareció.
Anubis regresó a casa.
Y cuando descubrió toda la verdad, mató a su esposa.
Mientras tanto, Bata vivía solo en el Valle de la Acacia.
Construyó una casa.
Cazaba durante el día y descansaba por la noche bajo el árbol donde había escondido su corazón.
Hasta que los dioses se encontraron con él.
Vieron su soledad y sintieron compasión.
Entonces el dios Jnum creó para Bata una mujer extraordinariamente hermosa.
Los dioses habían puesto en ella parte de su propia naturaleza.
Pero las siete Hathor, que conocían el destino, pronunciaron una sentencia terrible: aquella mujer moriría de muerte violenta.
Bata amó a su nueva esposa y trató de protegerla.
Le advirtió:
—No salgas de la casa. El río podría llevarte y yo no podría salvarte.
Pero un día ella salió.
El río la vio.
Y una corriente arrancó un mechón de sus cabellos.
El agua llevó aquel cabello hasta Egipto.
Llegó a los lavaderos del faraón.
Los vestidos reales comenzaron a desprender un perfume desconocido.
Los encargados de lavar las ropas fueron acusados de ocultar algo.
Finalmente encontraron el mechón de cabello.
Los magos del faraón lo examinaron.
Y dijeron:
—Este cabello pertenece a una mujer en cuyo cuerpo están presentes los poderes de todos los dioses.
El faraón ordenó buscarla.
Los hombres enviados al Valle de la Acacia regresaron derrotados. Bata había acabado con ellos.
Entonces el faraón mandó un ejército.
La mujer fue llevada a Egipto.
El faraón quedó fascinado por su belleza y la convirtió en su favorita.
Pero ella todavía recordaba a Bata.
Y sabía dónde estaba su corazón.
Le dijo al faraón:
—Ordena cortar la acacia.
El faraón aceptó.
Los hombres llegaron al valle.
Cortaron el árbol.
Y en ese mismo instante Bata murió.
Al día siguiente, Anubis recibió una señal.
Le entregaron una jarra de cerveza.
La cerveza comenzó a agitarse.
Entonces comprendió que algo terrible había ocurrido.
Anubis viajó inmediatamente al Valle de la Acacia.
Encontró muerto a su hermano.
Durante tres años buscó el corazón de Bata.
No lo encontró.
Pero cuando comenzó el cuarto año, el corazón decidió regresar a Egipto.
Al día siguiente, Anubis volvió a buscar.
Y finalmente encontró una pequeña baya.
Dentro estaba el corazón de Bata.
Lo colocó en agua fresca.
Durante la noche ocurrió el milagro.
Bata volvió a la vida.
Los dos hermanos se abrazaron.
Pero Bata todavía tenía una deuda pendiente.
Le dijo a Anubis:
—Mañana me convertiré en un gran toro. Llévame ante el faraón.
Así ocurrió.
Al amanecer, Bata se transformó en un toro magnífico.
Anubis montó sobre él y lo llevó hasta el palacio.
El faraón quedó maravillado.
Nunca había visto semejante animal.
Lo recibió con honores y recompensó a Anubis con riquezas.
Pero Bata no había regresado solamente para ser admirado.
Un día entró en el palacio y habló con la mujer.
—¿Me reconoces?
Ella tuvo miedo.
—Soy Bata —dijo él—. Tú hiciste cortar la acacia donde estaba mi corazón. Me convertí en este toro y regresé.
La mujer comprendió que su pasado había vuelto para buscarla.
Y volvió a actuar
Pidió al faraón que sacrificara el toro y le diera de comer su corazón.
El faraón, aunque entristecido, aceptó.
El toro fue sacrificado.
Pero cuando llevaban su cuerpo, dos gotas de sangre cayeron ante las puertas del palacio.
Durante la noche crecieron dos grandes árboles.
Eran árboles de persea.
El faraón salió a contemplarlos.
La mujer salió con él.
Y cuando se sentó bajo uno de los árboles, el árbol comenzó a hablar.
—Yo soy Bata. Tú ordenaste cortar la acacia donde estaba mi corazón. Después me convertí en toro y también provocaste mi muerte.
La mujer volvió a sentir miedo.
Y pidió al faraón que cortara los dos árboles.
El faraón volvió a obedecer.
Cuando los árboles fueron cortados, una astilla entró en la boca de la mujer.
Ella la tragó.
Y quedó embarazada.
Meses después nació un niño.
El faraón lo reconoció como hijo real.
El niño creció.
Pasaron los años.
Y llegó a ser príncipe heredero.
Cuando el faraón murió, el joven ascendió al trono.
Entonces Bata recuperó su verdadera identidad.
Mandó llamar a los grandes consejeros del reino.
Y delante de ellos contó toda la historia.
La mujer fue juzgada.
Anubis, su hermano mayor, recibió el honor de convertirse en heredero.
Y cuando el nuevo rey murió, después de muchos años de gobierno, Anubis ocupó su lugar.
Así terminó la historia de los dos hermanos.
Y el escriba que la había puesto por escrito cerró el relato con una invocación al dios Thot, protector de los escribas.
Más de tres mil años después, el papiro todavía conserva la historia.
Y Bata todavía está allí.

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*La presente adaptación narrativa en español ha sido preparada para Con-Fines Culturales, tomando como base el relato conservado en el Papiro d'Orbiney y contrastándolo con la edición histórica de Gaston Maspero de 1882.sperando que alguien vuelva a leerla.

NOTA DE PUBLICACIÓN
Esta versión no reproduce literalmente ninguna traducción moderna.
La presente adaptación narrativa en español ha sido preparada para La Calvaria Literatura — Con-Fines Culturales, tomando como base el relato conservado en el Papiro d'Orbiney y contrastándolo con la edición histórica de Gaston Maspero de 1882.
Versión y adaptación narrativa: Gilberto García Mercado

La obra egipcia original pertenece al patrimonio literario de la Antigüedad. La edición histórica de Maspero de 1882 es una fuente de época disponible en repositorios de textos de dominio público.

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FUENTES CONSULTADAS
British Museum, The D'Orbiney Papyrus, EA10183.
Gaston Maspero, Les Contes populaires de l'Égypte ancienne, Maisonneuve et Cie., París, 1882, Le conte des Deux Frères, pp. 1–28.
British Museum, Page turners: literature in ancient Egypt, 2023.
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lunes, 21 de septiembre de 2026

Un Despertar


La Existencia se la
Llevó la Mierda



Por Gilberto García Mercado




Despertar se está volviendo un acto hermético y sombrío. Cada vez se despierta con la convicción de que a esta existencia se la llevó la mierda. Nos hemos vuelto egoístas y soberbios. Seres incapaces de guardar las distancias ni de reconocer los límites que separan el bien del mal.
El paso del tiempo nos ha cobrado todas esas facturas que dejamos sin pagar y que ahora vemos reflejadas en la manera en que la tierra protesta contra las conductas del ser humano, el peor depredador que creó Dios, muy a pesar de haberlo dotado de conciencia y razón. Tsunamis, terremotos, pandemias, un clima alterado adrede, parecen ser la respuesta de un planeta vilipendiado. 
Es la cultura de lo efímero, de los desvaríos. El sujeto necesita ser reconocido porque ese reconocimiento alimenta su ego. 
El futbolista no puede vivir sin ser el centro de atención en los estadios ni sin los aplausos exacerbados de sus hinchas. 
Los influencers viven inmersos en el resplandor de los flashes y en la ebullición de unas multitudes que los aplauden como si no fueran a morir jamás. 
Los empresarios se desviven por crear empresas, rodeados del despliegue de un personal de seguridad que acordona la zona tres kilómetros a la redonda. En su argot empresarial no hay cabida sino para un lenguaje que contempla la transformación de zonas naturales, fuentes de agua desplazadas por el concreto frío de los centros comerciales, iluminados con una energía que poco a poco se consume sin ninguna clase de reparo por el atropello. 
¿En qué momento equivocamos el camino? 
En estos tiempos en que la inteligencia de los hombres se ha desbordado, paradójicamente nos enfrentamos al peligro de esa sombra que habita en cada ciudadano, llámese presidente de una potencia, científico o gurú de internet. Todos juegan con el planeta como si este fuera un objetivo al que se le pudiera disparar todo el egocentrismo y la soberbia de los hombres. 
Estamos destruyéndonos entre nosotros mismos. Da grima que, en vez de razonar y utilizar la inteligencia con la cual nos dotó el Señor, la estemos empleando para acumular riqueza y poder, como si con ello pudiéramos garantizar la inmortalidad. 
Todos, de una u otra forma, seremos devueltos al polvo del cual salimos. Vamos a morir. Entonces, ¿por qué ese afán de acumular riqueza? ¿Por qué amenazar a otros pueblos con intervenirlos y apropiarse de sus territorios? 
La guerra entre Ucrania y Rusia, ¿qué sentido tiene? Zonas arrasadas, ciudades en ruinas, gente desplazada, pérdidas millonarias de los Estados. ¿A qué conduce semejante despliegue bélico? Cuántas escuelas y hospitales se podrían construir con todo ese capital que se pierde en la guerra. 
La sabiduría de los pueblos es muy particular. Cada cabeza es un mundo y nadie puede ser como el narrador. Hay personas con una sensibilidad y un carácter que las llevaría, primero muertas, antes que hacerle daño a su prójimo. Otros que, en cambio, en las iglesias roban los diezmos a Jesucristo. No se necesita ser graduado de Harvard para entender que la maldad, tarde o temprano, te va a conducir a un templo en llamas. 
Por lógica, deberíamos entender que vivir unidos por una causa, el bien en general, nos llevaría a vivir de una forma civilizada, en donde de verdad se pudiera disfrutar la vida. 
Pero cada cabeza es un mundo. El capitalista acumula más riqueza mientras cree que vivir ocupado en sus negocios, de alguna forma, le regula la tensión arterial. 
Pareciera que cada habitante de este sórdido planeta necesitara aplaudir a una cantante como Shakira o a un futbolista como Cristiano Ronaldo o Messi. Por más estatuas que se alcen en su honor, siempre conservarán la fragilidad del olvido y un féretro para el reposo final.
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domingo, 13 de septiembre de 2026

Asesino Serial


EL PRÍNCIPE QUE SALÍA A MATAR
CUANDO CAÍA LA NOCHE
Por Macario Velarcarcel


Hubo un tiempo en que la noche pertenecía a los lobos, a los bandidos y a los hombres que no tenían nada que perder. Pero en la antigua China hubo alguien que podía salir a matar sin esconderse de nadie. No porque fuera invisible, sino porque llevaba sangre real.

Su nombre era Liu Pengli, príncipe de Jidong y sobrino del emperador Jing de la dinastía Han. Vivió en el siglo II antes de Cristo y su historia quedó registrada por el historiador Sima Qian en Shiji, los Registros del Gran Historiador. Por eso algunos investigadores lo consideran uno de los primeros asesinos seriales documentados de la historia.

Dicen los registros que, cuando la oscuridad cubría los caminos, Pengli abandonaba la seguridad de su residencia acompañado por un grupo de hombres. No buscaban enemigos políticos ni libraban una guerra. Salían a recorrer el territorio para robar y matar.

Las víctimas podían ser personas comunes encontradas durante aquellas incursiones nocturnas. El asesinato, según el relato histórico, no parecía responder a una necesidad militar ni económica. Era parte de una especie de juego macabro.

Más de cien personas habrían muerto de aquella manera.

Y aquí comienza la parte más perturbadora de la historia.

Durante mucho tiempo, el miedo mantuvo cerradas las puertas de las casas cuando llegaba la noche. Nadie parecía capaz de detener al asesino porque el asesino era también un príncipe. La ley tenía un problema elemental: debía enfrentarse a alguien que pertenecía a la misma familia del hombre que gobernaba el imperio.

Finalmente, el hijo de una de las víctimas llevó la acusación hasta la corte.

El emperador tuvo que decidir entre la justicia y la sangre.

No ordenó ejecutar a su sobrino.

Le quitó el título y lo envió al exilio.

Así terminó, según los antiguos registros, la carrera criminal de uno de los personajes que hoy podríamos reconocer como un asesino serial.

No hubo detectives. No hubo laboratorio forense. No hubo fotografías de la escena del crimen.

Solo quedaron los cadáveres, el miedo de un pueblo y una historia escrita muchos siglos antes de que la criminología aprendiera a ponerle nombre al monstruo.

Y quizá lo más oscuro no sea que Liu Pengli matara.

Lo verdaderamente inquietante es que durante un tiempo pudo hacerlo porque nadie se atrevía a detenerlo.

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¿Estamos Solos En El Universo?


El Misterio Que Aún No Tiene Dueño


Por Gilberto García Mercado 






Hay preguntas que la humanidad lleva siglos formulándose y que, pese al extraordinario desarrollo de la ciencia, continúan suspendidas sobre nuestras cabezas como una lámpara encendida en una habitación vacía: ¿estamos solos?

La pregunta dejó de pertenecer exclusivamente a la literatura fantástica cuando organismos científicos y militares comenzaron a registrar fenómenos que no pudieron identificar. En Estados Unidos, el fenómeno tiene incluso una oficina oficial: la All-domain Anomaly Resolution Office, conocida como AARO, encargada de investigar los llamados UAP, objetos o fenómenos anómalos que no pueden identificarse inmediatamente. Su existencia ya no es un secreto. Tampoco lo son algunos de los videos obtenidos por aeronaves militares.

En 2024, AARO publicó una revisión histórica de las investigaciones estadounidenses sobre estos fenómenos. El resultado fue desconcertante: no encontró pruebas verificables de tecnología extraterrestre ni de que el Gobierno estadounidense hubiera recuperado seres de otros mundos. Tampoco encontró evidencia empírica de programas destinados a realizar ingeniería inversa de tecnología alienígena.

Pero existe un detalle que alimenta el misterio. Algunos casos permanecen sin resolver.

La NASA también estudia los UAP. Su conclusión resulta prudente: hasta ahora no existe evidencia creíble de vida extraterrestre ni pruebas de que los UAP tengan origen alienígena. Sin embargo, reconoce que algunos fenómenos carecen de datos suficientes para establecer qué fueron.

Y mientras los gobiernos miran los cielos, el SETI Institute hace algo todavía más fascinante: busca señales de inteligencia más allá de la Tierra mediante radiotelescopios, telescopios ópticos y otras tecnologías.

¿Ha tenido Estados Unidos un marciano encerrado en algún laboratorio secreto?

Hasta hoy, no existe una prueba pública y verificable que permita responder afirmativamente.

Quizá el verdadero misterio sea otro. Tal vez no tengamos todavía visitantes de las estrellas. Tal vez solo estemos comenzando a descubrir que el universo es demasiado grande para que nuestra soledad pueda darse por demostrada.

Y eso, precisamente, es lo inquietante: no sabemos que haya alguien ahí afuera. Pero tampoco hemos demostrado que estemos solos.

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sábado, 5 de septiembre de 2026

El Grito de Los Pájaros

 


TRISTEZA POR UN ARBORICIDIO

Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes

 

 

Aquel árbol de la calle Real del Cabrero era el esplendor por la frescura que transmitía. 
El canto de los pájaros armonizaba los encuentros que se daban debajo de su frondosidad.

Los que estábamos cerca de aquel monumento verde dábamos gracias a Dios por tener tan cerca a aquel ser de la flora.

Cuando despertábamos, lo primero que hacíamos era agradecer al Señor por tener tan cerca aquella bondad de la madre naturaleza.

Creíamos entonces que su presencia majestuosa sería eterna.

Pero un día sentimos el zumbido estridente de la sierra aplicada sobre aquel prodigio de la madre naturaleza. Lo habían mandado a cortar por el bien que hacía a quienes debajo de él se juntaban para comentar los hechos cotidianos, o a quienes simplemente se reunían para disfrutar del frescor que de sus ramas y troncos brotaba.

El estruendo causado por las aves que allí anidaban era ensordecedor. Los vecinos sentimos que el grito de los pájaros era por el desalojo que se estaba produciendo.

El árbol fue despojado de su follaje. Solo quedó el tronco con unas pocas hojas.

Ahora el lugar causa desolación. Aún persiste en la memoria el llanto de las aves que no sabían qué estaba sucediendo.

Una señora que a diario comentaba sobre la bondad del almendro derramó algunas lágrimas y prometió elevar oraciones para que el árbol jamás muriera.

Hoy, solo queda el tronco desvaído con pocas hojas y el lamento que de día y de noche no se detiene. Aún hay quienes ven el árbol en la fogosidad de un agosto indomable.

El árbol no ha muerto y se alza con toda la frondosidad de quienes conocieron su esplendor.

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domingo, 30 de agosto de 2026

Adiós a La Chiva



EL DOMINGO EN QUE EL
PERIÓDICO OLÍA A TINTA


Por Gilberto García Mercado




En 1998 yo esperaba los domingos como quien espera una carta de amor. Desde la madrugada comenzaba a contar las horas, los minutos y hasta los segundos. Me despertaba a las cuatro de la mañana, cuando Cartagena todavía dormía bajo el silencio de sus calles, y sabía que faltaban varias horas para que los expendios de periódicos abrieran sus puertas. Pero la espera no me impacientaba. Al contrario, tenía algo de ceremonia. A las ocho o nueve de la mañana saldría en busca de mi tesoro.
 
Por aquellos días, comprar El Tiempo de Bogotá era para mí mucho más que comprar un periódico. Era cumplir un rito. Lo esperaba con la misma ansiedad con que otros esperaban el almuerzo del domingo o la visita de un pariente. Allí estaba su magazín, sus páginas de literatura, sus grandes reportajes y esa sensación maravillosa de que, al abrirlo, el mundo entero cabía entre las manos. 
Me iba a pie por los alrededores del antiguo Tránsito, cerca del SENA de la avenida Pedro de Heredia. Cartagena comenzaba entonces a despertar. Algunos vendedores levantaban las puertas de sus negocios y las calles todavía conservaban esa tranquilidad que hoy parece pertenecer a otra ciudad. Yo caminaba con una especie de felicidad anticipada, pensando en lo que encontraría en aquellas páginas.
Y entonces ocurría el milagro. 
Regresaba a casa aspirando el olor de la tinta. Sí, el olor de la tinta. Ese olor que hoy quizá nadie extraña porque casi nadie lo conoce. Para mí era parte del periódico, como las letras, las fotografías y las noticias. Abrir aquellas páginas era como abrir una ventana hacia un mundo desconocido. 
Me esperaba el deleite del magazín dominical de El Espectador, las crónicas, los enviados especiales, la famosa «chiva», las noticias del último Premio Pulitzer y las columnas de hombres que habían convertido el periodismo en una forma de literatura. Allí estaban las columnas de Juan Gossaín y D’Artagnan, y aquellas crónicas de televisión y periodísticas de Ernesto McCausland, capaces de convertir una historia cotidiana en un relato que uno terminaba leyendo como si fuera un cuento. 
En el Portal de los Dulces aparecían algunos voceadores anunciando los diarios y gritando la «chiva» del día. Aquellos hombres parecían saber que no vendían simplemente papel. Vendían curiosidad. Vendían asombro. Vendían la posibilidad de enterarse de lo que estaba ocurriendo en Colombia y en el mundo mientras uno se tomaba un café o una Coca-Cola. 
Yo podía pasar horas con el periódico extendido sobre la mesa. Era una compañía. Uno lo leía sin prisa, regresaba a una página, doblaba una esquina, subrayaba una frase y volvía después sobre aquella noticia que había quedado dando vueltas en la cabeza. El domingo tenía otro ritmo porque el periódico también tenía otro ritmo. 
Con el tiempo, aquella ceremonia comenzó a desaparecer. La inmediatez se sentó en la sala de redacción y terminó expulsando a la literatura. La noticia dejó de esperar al periódico del día siguiente. Ahora llega antes que nosotros, corre por el teléfono, aparece en una pantalla y desaparece unos minutos después para ser reemplazada por otra. La prosa periodística, aquella que se respiraba con el cuerpo, fue cediendo terreno ante una prosa de etiqueta, rápida, urgente, diseñada para ser consumida y olvidada. 
También desaparecieron muchos periódicos impresos. Y con ellos se produjo un duelo silencioso entre quienes pertenecemos a una generación que aprendió a informarse pasando las páginas. 
Sin embargo, la historia tiene sus ironías. Mientras nosotros perdíamos el olor de la tinta, la madre tierra ganó un poco de respiro. Se dejaron de talar innumerables árboles para convertirlos en toneladas de papel. La tecnología, que nos robó aquella ceremonia, también le concedió a los bosques una pequeña tregua. 
A veces pienso que no extraño solamente los periódicos. Extraño al hombre que fui mientras los leía. Aquel muchacho que despertaba a las cuatro de la madrugada para esperar un domingo que todavía no había comenzado. 
Y quizá eso sea lo que realmente desapareció: no el periódico, sino aquella manera nuestra de esperar el mundo.

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sábado, 29 de agosto de 2026

Paraguas En La Tormenta



LA CULTURA COMO ELÍXIR DE LARGA VIDA

Por Gilberto García Mercado


Dicen que vivir cien años es un arte, y no precisamente el de coleccionar estampitas de santos ni de beber jugos verdes con cara de mártir. El secreto, más bien, ha estado en la cultura: esa gimnasia del espíritu que, desde las cavernas hasta las bibliotecas digitales, ha enseñado al hombre a no vivir “a la loca” cuando llegan las famosas vacas flacas. Porque sí, la cultura es como ese amigo sabio que te dice: “Guarda pan para mayo, y libros para siempre”.

📚 LA CULTURA COMO SEGURO DE VIDA

Desde los primeros rituales de fuego y danza, el ser humano entendió que formarse no era solo aprender a cazar mamuts, sino también a sobrevivir al tedio, a la guerra y a la incertidumbre. La cultura ha sido el paraguas en la tormenta, la brújula en el desierto, el manual de instrucciones para no perder la cordura. Y quien la practica, suele vivir más, porque sabe que la vida no es solo comer y dormir, sino también pensar, reír y recordar.

🌍 EJEMPLO QUE HACEN HISTORIA

África: Los griots, narradores de historias, han sido guardianes de la memoria colectiva. Su sabiduría no solo los mantenía vivos en la mente de su pueblo, sino que les daba un lugar privilegiado en la comunidad, prolongando su existencia más allá de la carne.

India: Los yoguis, con su disciplina espiritual y física, demostraron que la cultura del cuerpo y la mente podía llevar a longevidades sorprendentes. No era raro verlos llegar a edades que parecían imposibles, gracias a la meditación y la dieta consciente.

China: Los sabios confucianos enseñaron que la armonía social y el respeto por la tradición eran la receta para una vida larga y ordenada. La cultura era su medicina, y la filosofía, su gimnasio.

Japón: Los maestros del té y los poetas zen hicieron de la contemplación un arte vital. En Okinawa, la práctica cultural de la comunidad y el “ikigai” (razón de ser) aún hoy se traduce en centenarios sonrientes.

Occidente: Desde Sócrates hasta Cervantes, la cultura ha sido el escudo contra la ignorancia y la desesperación. Los humanistas del Renacimiento, por ejemplo, vivieron convencidos de que leer y pensar era tan vital como respirar.

👴 PERSONAJES QUE VENCIERON EL TIEMPO

Confucio, cuya filosofía aún respira en millones de vidas.

Rabindranath Tagore, poeta indio que convirtió la palabra en medicina del alma.

Leonardo da Vinci, que no solo pintó sonrisas eternas, sino que vivió con la curiosidad como combustible.

Nelson Mandela, que demostró que la cultura de la resistencia podía prolongar la vida incluso en prisión.

Todos ellos entendieron que la cultura no era un adorno, sino un salvavidas.

🥳 REQUISITOS PARA VIVIR MÁS AÑOS CON CULTURA

Disciplina: leer, aprender, practicar.

Humor: porque reír es tan vital como respirar.

Memoria: recordar quiénes somos y de dónde venimos.

Comunidad: compartir saberes, porque la cultura aislada se marchita.

🎉 HOY Y SIEMPRE

Hasta el día de hoy, los hombres siguen practicando la cultura como herramienta para vivir más años. Desde los clubes de lectura hasta los festivales de música, desde los museos hasta los memes (sí, también son cultura), seguimos buscando en el conocimiento un antídoto contra la fugacidad. Porque quien cultiva su mente, alarga su vida, aunque sea en la memoria de los demás.

En conclusión, la cultura es el verdadero dios de la vida: no promete milagros, pero sí longevidad con estilo. Y si no llegamos a los cien años, al menos nos aseguramos de que nuestra risa, nuestras historias y nuestras ideas sigan vivas mucho después de que las vacas flacas se hayan ido a dormir.

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jueves, 27 de agosto de 2026

Tristeza y Desolación

 

La Tierra Bajo Los Escombros

 

Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes

 


El 10 de agosto, el occidente colombiano experimentó un terremoto de magnitud 7,4, quizás uno de los más grandes ocurridos en Colombia. Una tercera parte del territorio sintió el movimiento telúrico, ocasionando muerte y desolación en el área de influencia.

El sismo produjo la destrucción de muchas entidades, edificios y centros habitacionales. Colombia entró en un proceso de calamidad nacional. Hoy estamos sometidos a grandes necesidades. Necesitamos la ayuda del mundo para poder subsanar esta catástrofe que conmueve al territorio nacional.

COLOMBIA ESTÁ DE LUTO

Hospitales, colegios y zonas residenciales han sido destruidos, ocasionando grandes necesidades.

Hoy necesitamos la ayuda de todos. Chocó, Valle del Cauca, Risaralda, Manizales y otras zonas del país nos necesitan. Claman por una urgente reconstrucción.

Tenemos que estar a la expectativa. La tierra se está moviendo, la naturaleza está inquieta y se están produciendo grandes incendios. Necesitamos estar a la defensiva. Necesitamos la solidaridad de todos los colombianos.

sábado, 22 de agosto de 2026

Mariposas en el Estómago



LA ODISEA DEL AMOR

 

Por Gilberto García Mercado

 


El amor en la historia es un río que nunca se detiene, aunque cambien sus cauces y se transformen sus orillas. Es la lección más antigua y más nueva, porque cada generación lo reinventa, pero siempre conserva su esencia: la entrega que trasciende al individuo y lo convierte en memoria. 
Desde los albores de la literatura, el amor ha sido tragedia y milagro. Romeo y Julieta, en la Verona de Shakespeare, nos enseñaron que la pasión puede desafiar al tiempo, aunque al precio de la vida. Jorge Isaacs, en su María, nos mostró la dulzura de un amor que florece en la inocencia y se marchita en la muerte, dejando tras de sí un perfume eterno. Dante, en su viaje hacia Beatriz, convirtió el amor en puente hacia lo divino; Neruda lo transformó en fuego y sal, en cuerpo y eternidad; Goethe y García Márquez lo hicieron espejo de la condición humana, capaz de elevar y destruir. 
El amor ha sido también un campo de batalla contra las convenciones. En la historia, la diferencia de edad, las barreras sociales, los matrimonios por conveniencia marcaron destinos que se quebraron bajo el peso de la imposición. Y sin embargo, los amantes siguieron desafiando las normas, porque amar era más fuerte que obedecer. La conducta del enamorado, ayer como hoy, se revela en gestos universales: la mirada que se prolonga, la sonrisa involuntaria, la obsesión que roza la locura. 
Hoy, el amor se enfrenta a la fugacidad de lo efímero. Se ama en la transparencia de una pantalla, en la velocidad de un mensaje que se desvanece. Pero el corazón sigue latiendo con la misma intensidad, impulsado por la danza secreta de la dopamina y la oxitocina, que nos elevan hacia la ternura o nos precipitan en la obsesión. El amor obsesivo es un incendio que consume, un río desbordado que arrastra todo a su paso. El amor natural, en cambio, es un jardín que florece sin prisa, donde cada gesto es semilla y cada silencio es raíz. 
La historia nos recuerda que el amor no siempre fue libre, pero siempre fue eterno. Cambian los escenarios, cambian las palabras, pero la esencia permanece: amar es trascender el propio ego, es mirar más allá de uno mismo. Es raíz y fruto, herida y bálsamo, tragedia y milagro. Sin amor, la historia sería un desierto de gestos vacíos; con él, se convierte en un jardín de eternidades. 
Así, el amor en la historia nos enseña que la verdadera grandeza no está en lo que conquistamos, sino en lo que entregamos. Y en esa entrega, silenciosa o ardiente, se escribe el legado que cada corazón deja al mundo, un legado que se convierte en eternidad.
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viernes, 21 de agosto de 2026

¡Temblores!



CUANDO LA TIERRA DECIDIÓ HABLAR

 

Por Gilberto García Mercado

 


Dicen que antes de que la Tierra aprendiera a escribir, ya sabía cómo estremecerse. Mucho antes de que existieran ciudades, carreteras o edificios que tocaran las nubes, el hombre conoció el miedo de sentir que el suelo, aquello que parecía eterno, podía convertirse de pronto en una criatura furiosa. 
En China quedaron algunos de los primeros testimonios. El registro más antiguo de un terremoto se remonta a 1831 antes de Cristo, en Shandong, y existe una documentación más continua desde el año 780 antes de Cristo. Los antiguos escribas anotaban los temblores como quien deja constancia de una visita inesperada de los dioses. 
Los pueblos nómadas no tenían casas que asegurar ni ciudades que abandonar. Miraban el cielo, los animales, las montañas y los ríos. Los sedentarios, en cambio, veían cómo sus muros podían convertirse en tumbas. Algunos sacerdotes, chamanes o hechiceros interpretaban los ruidos subterráneos como señales. Un animal inquieto, una fuente que cambiaba, una grieta nueva en la tierra podían convertirse en anuncios de una desgracia. 
No sabemos cuánto de aquello fue observación y cuánto imaginación. Hoy sabemos que comportamientos extraños de animales, cambios en el agua o pequeños temblores pueden ocurrir antes de algunos terremotos, pero ninguno constituye un método confiable para predecirlos. 
—Mi abuelo sabía cuándo iba a temblar —me dijo una vez un campesino, sentado frente a una casa de bahareque—. Los animales se ponían nerviosos y la tierra olía diferente. 
—Eso puede haber ocurrido —le respondí—, pero una cosa es observar y otra predecir. 
El campesino me miró con cierta desconfianza. 
—¿Y ustedes, los hombres estudiados, qué han conseguido? 
No supe qué responderle inmediatamente. 
Porque durante miles de años también nosotros estuvimos a oscuras. 
Aristóteles, hacia el siglo IV antes de Cristo, observó que los terrenos blandos podían sacudirse más que las rocas. Mucho después, en 1760, el británico John Michell propuso que los terremotos y sus ondas eran producidos por desplazamientos de grandes masas de roca bajo la superficie. La ciencia comenzaba lentamente a quitarle dioses al miedo. 
Luego llegaron los instrumentos. 
Charles Richter desarrolló en 1935 una escala para medir la magnitud de los terremotos. Inge Lehmann descubrió en 1936 el núcleo interno de la Tierra al estudiar las ondas sísmicas. Y en 1964 la teoría de la tectónica de placas consiguió reunir buena parte de los conocimientos acumulados sobre el movimiento de la corteza terrestre. 
—Entonces ya saben por qué tiembla —insistió el campesino. 
—Sabemos bastante más que antes. 
—¿Y pueden impedirlo? 
Volví a quedarme callado. 
Las placas tectónicas se desplazan lentamente. En sus bordes, la fricción puede impedir durante años que se muevan con libertad. La tensión se acumula hasta que la roca cede y libera energía en forma de ondas. Así comienza el terremoto. 
Pero hay otra pregunta que nos incomoda. 
¿Estamos nosotros ayudando a despertar a la Tierra? 
La respuesta es más compleja que un sí o un no. La minería, los embalses, la extracción de fluidos y gases y, especialmente en algunos lugares, la inyección de aguas residuales en profundidad han provocado terremotos inducidos. Algunos han sido pequeños, pero también se han registrado eventos dañinos. En determinadas circunstancias, detener la actividad responsable puede reducir esa sismicidad. 
—¿Lo ve? —dijo el campesino—. La estamos molestando. 
—En algunos casos, sí. Pero no todos los terremotos son culpa del hombre. La mayoría pertenecen a procesos naturales muchísimo mayores que nosotros. 
Entonces miramos el cielo. 
También hubo quienes buscaron respuestas en el universo. La Luna, el Sol, los planetas y sus movimientos han alimentado desde la antigüedad numerosas teorías. Pero la evidencia científica no demuestra que las posiciones planetarias permitan predecir terremotos. La causa fundamental de los grandes sismos está en la dinámica interna de la Tierra. 
Y llegamos al presente. 
Tenemos satélites, sensores, redes sísmicas y sistemas capaces de enviar una alerta segundos después de que comienza un terremoto. Podemos calcular riesgos, estudiar fallas, construir edificios más resistentes y preparar ciudades enteras. Pero todavía no podemos decir: mañana, a las tres y doce minutos, la Tierra temblará aquí con determinada magnitud. La propia USGS reconoce que ningún científico ha logrado predecir de manera fiable un gran terremoto. 
—Entonces seguimos siendo como mis abuelos —dijo el campesino. 
—Quizá en eso tengas razón. 
Porque la humanidad ha aprendido a medir el temblor, pero no ha aprendido a detenerlo. 
Y mientras escribo estas últimas líneas, imagino una Tierra sin nosotros. Ciudades vacías, carreteras partidas, campanarios cubiertos de musgo y edificios vencidos por el tiempo. Ya no habrá nadie para escuchar el primer crujido de las paredes. 
Tal vez entonces la Tierra vuelva a estremecerse sin testigos.
No será un castigo de Dios.
No será la venganza de los muertos.
Será simplemente la antigua materia haciendo lo que siempre hizo.
Moverse. 
Y quizá la última pregunta no sea cuándo desaparecerá la Tierra, sino cuándo desaparecerá el hombre que creyó que podía dominarla. 
Porque la Tierra ha sobrevivido a cataclismos que nosotros apenas podemos imaginar. 
Nosotros, en cambio, apenas somos un breve temblor sobre su memoria.
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