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domingo, 30 de agosto de 2026

Adiós a La Chiva



EL DOMINGO EN QUE EL
PERIÓDICO OLÍA A TINTA


Por Gilberto García Mercado




En 1998 yo esperaba los domingos como quien espera una carta de amor. Desde la madrugada comenzaba a contar las horas, los minutos y hasta los segundos. Me despertaba a las cuatro de la mañana, cuando Cartagena todavía dormía bajo el silencio de sus calles, y sabía que faltaban varias horas para que los expendios de periódicos abrieran sus puertas. Pero la espera no me impacientaba. Al contrario, tenía algo de ceremonia. A las ocho o nueve de la mañana saldría en busca de mi tesoro.
 
Por aquellos días, comprar El Tiempo de Bogotá era para mí mucho más que comprar un periódico. Era cumplir un rito. Lo esperaba con la misma ansiedad con que otros esperaban el almuerzo del domingo o la visita de un pariente. Allí estaba su magazín, sus páginas de literatura, sus grandes reportajes y esa sensación maravillosa de que, al abrirlo, el mundo entero cabía entre las manos. 
Me iba a pie por los alrededores del antiguo Tránsito, cerca del SENA de la avenida Pedro de Heredia. Cartagena comenzaba entonces a despertar. Algunos vendedores levantaban las puertas de sus negocios y las calles todavía conservaban esa tranquilidad que hoy parece pertenecer a otra ciudad. Yo caminaba con una especie de felicidad anticipada, pensando en lo que encontraría en aquellas páginas.
Y entonces ocurría el milagro. 
Regresaba a casa aspirando el olor de la tinta. Sí, el olor de la tinta. Ese olor que hoy quizá nadie extraña porque casi nadie lo conoce. Para mí era parte del periódico, como las letras, las fotografías y las noticias. Abrir aquellas páginas era como abrir una ventana hacia un mundo desconocido. 
Me esperaba el deleite del magazín dominical de El Espectador, las crónicas, los enviados especiales, la famosa «chiva», las noticias del último Premio Pulitzer y las columnas de hombres que habían convertido el periodismo en una forma de literatura. Allí estaban las columnas de Juan Gossaín y D’Artagnan, y aquellas crónicas de televisión y periodísticas de Ernesto McCausland, capaces de convertir una historia cotidiana en un relato que uno terminaba leyendo como si fuera un cuento. 
En el Portal de los Dulces aparecían algunos voceadores anunciando los diarios y gritando la «chiva» del día. Aquellos hombres parecían saber que no vendían simplemente papel. Vendían curiosidad. Vendían asombro. Vendían la posibilidad de enterarse de lo que estaba ocurriendo en Colombia y en el mundo mientras uno se tomaba un café o una Coca-Cola. 
Yo podía pasar horas con el periódico extendido sobre la mesa. Era una compañía. Uno lo leía sin prisa, regresaba a una página, doblaba una esquina, subrayaba una frase y volvía después sobre aquella noticia que había quedado dando vueltas en la cabeza. El domingo tenía otro ritmo porque el periódico también tenía otro ritmo. 
Con el tiempo, aquella ceremonia comenzó a desaparecer. La inmediatez se sentó en la sala de redacción y terminó expulsando a la literatura. La noticia dejó de esperar al periódico del día siguiente. Ahora llega antes que nosotros, corre por el teléfono, aparece en una pantalla y desaparece unos minutos después para ser reemplazada por otra. La prosa periodística, aquella que se respiraba con el cuerpo, fue cediendo terreno ante una prosa de etiqueta, rápida, urgente, diseñada para ser consumida y olvidada. 
También desaparecieron muchos periódicos impresos. Y con ellos se produjo un duelo silencioso entre quienes pertenecemos a una generación que aprendió a informarse pasando las páginas. 
Sin embargo, la historia tiene sus ironías. Mientras nosotros perdíamos el olor de la tinta, la madre tierra ganó un poco de respiro. Se dejaron de talar innumerables árboles para convertirlos en toneladas de papel. La tecnología, que nos robó aquella ceremonia, también le concedió a los bosques una pequeña tregua. 
A veces pienso que no extraño solamente los periódicos. Extraño al hombre que fui mientras los leía. Aquel muchacho que despertaba a las cuatro de la madrugada para esperar un domingo que todavía no había comenzado. 
Y quizá eso sea lo que realmente desapareció: no el periódico, sino aquella manera nuestra de esperar el mundo.

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sábado, 29 de agosto de 2026

Paraguas En La Tormenta



LA CULTURA COMO ELÍXIR DE LARGA VIDA

Por Gilberto García Mercado


Dicen que vivir cien años es un arte, y no precisamente el de coleccionar estampitas de santos ni de beber jugos verdes con cara de mártir. El secreto, más bien, ha estado en la cultura: esa gimnasia del espíritu que, desde las cavernas hasta las bibliotecas digitales, ha enseñado al hombre a no vivir “a la loca” cuando llegan las famosas vacas flacas. Porque sí, la cultura es como ese amigo sabio que te dice: “Guarda pan para mayo, y libros para siempre”.

📚 LA CULTURA COMO SEGURO DE VIDA

Desde los primeros rituales de fuego y danza, el ser humano entendió que formarse no era solo aprender a cazar mamuts, sino también a sobrevivir al tedio, a la guerra y a la incertidumbre. La cultura ha sido el paraguas en la tormenta, la brújula en el desierto, el manual de instrucciones para no perder la cordura. Y quien la practica, suele vivir más, porque sabe que la vida no es solo comer y dormir, sino también pensar, reír y recordar.

🌍 EJEMPLO QUE HACEN HISTORIA

África: Los griots, narradores de historias, han sido guardianes de la memoria colectiva. Su sabiduría no solo los mantenía vivos en la mente de su pueblo, sino que les daba un lugar privilegiado en la comunidad, prolongando su existencia más allá de la carne.

India: Los yoguis, con su disciplina espiritual y física, demostraron que la cultura del cuerpo y la mente podía llevar a longevidades sorprendentes. No era raro verlos llegar a edades que parecían imposibles, gracias a la meditación y la dieta consciente.

China: Los sabios confucianos enseñaron que la armonía social y el respeto por la tradición eran la receta para una vida larga y ordenada. La cultura era su medicina, y la filosofía, su gimnasio.

Japón: Los maestros del té y los poetas zen hicieron de la contemplación un arte vital. En Okinawa, la práctica cultural de la comunidad y el “ikigai” (razón de ser) aún hoy se traduce en centenarios sonrientes.

Occidente: Desde Sócrates hasta Cervantes, la cultura ha sido el escudo contra la ignorancia y la desesperación. Los humanistas del Renacimiento, por ejemplo, vivieron convencidos de que leer y pensar era tan vital como respirar.

👴 PERSONAJES QUE VENCIERON EL TIEMPO

Confucio, cuya filosofía aún respira en millones de vidas.

Rabindranath Tagore, poeta indio que convirtió la palabra en medicina del alma.

Leonardo da Vinci, que no solo pintó sonrisas eternas, sino que vivió con la curiosidad como combustible.

Nelson Mandela, que demostró que la cultura de la resistencia podía prolongar la vida incluso en prisión.

Todos ellos entendieron que la cultura no era un adorno, sino un salvavidas.

🥳 REQUISITOS PARA VIVIR MÁS AÑOS CON CULTURA

Disciplina: leer, aprender, practicar.

Humor: porque reír es tan vital como respirar.

Memoria: recordar quiénes somos y de dónde venimos.

Comunidad: compartir saberes, porque la cultura aislada se marchita.

🎉 HOY Y SIEMPRE

Hasta el día de hoy, los hombres siguen practicando la cultura como herramienta para vivir más años. Desde los clubes de lectura hasta los festivales de música, desde los museos hasta los memes (sí, también son cultura), seguimos buscando en el conocimiento un antídoto contra la fugacidad. Porque quien cultiva su mente, alarga su vida, aunque sea en la memoria de los demás.

En conclusión, la cultura es el verdadero dios de la vida: no promete milagros, pero sí longevidad con estilo. Y si no llegamos a los cien años, al menos nos aseguramos de que nuestra risa, nuestras historias y nuestras ideas sigan vivas mucho después de que las vacas flacas se hayan ido a dormir.

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jueves, 27 de agosto de 2026

Tristeza y Desolación

 

La Tierra Bajo Los Escombros

 

Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes

 


El 10 de agosto, el occidente colombiano experimentó un terremoto de magnitud 7,4, quizás uno de los más grandes ocurridos en Colombia. Una tercera parte del territorio sintió el movimiento telúrico, ocasionando muerte y desolación en el área de influencia.

El sismo produjo la destrucción de muchas entidades, edificios y centros habitacionales. Colombia entró en un proceso de calamidad nacional. Hoy estamos sometidos a grandes necesidades. Necesitamos la ayuda del mundo para poder subsanar esta catástrofe que conmueve al territorio nacional.

COLOMBIA ESTÁ DE LUTO

Hospitales, colegios y zonas residenciales han sido destruidos, ocasionando grandes necesidades.

Hoy necesitamos la ayuda de todos. Chocó, Valle del Cauca, Risaralda, Manizales y otras zonas del país nos necesitan. Claman por una urgente reconstrucción.

Tenemos que estar a la expectativa. La tierra se está moviendo, la naturaleza está inquieta y se están produciendo grandes incendios. Necesitamos estar a la defensiva. Necesitamos la solidaridad de todos los colombianos.

sábado, 22 de agosto de 2026

Mariposas en el Estómago



LA ODISEA DEL AMOR

 

Por Gilberto García Mercado

 


El amor en la historia es un río que nunca se detiene, aunque cambien sus cauces y se transformen sus orillas. Es la lección más antigua y más nueva, porque cada generación lo reinventa, pero siempre conserva su esencia: la entrega que trasciende al individuo y lo convierte en memoria. 
Desde los albores de la literatura, el amor ha sido tragedia y milagro. Romeo y Julieta, en la Verona de Shakespeare, nos enseñaron que la pasión puede desafiar al tiempo, aunque al precio de la vida. Jorge Isaacs, en su María, nos mostró la dulzura de un amor que florece en la inocencia y se marchita en la muerte, dejando tras de sí un perfume eterno. Dante, en su viaje hacia Beatriz, convirtió el amor en puente hacia lo divino; Neruda lo transformó en fuego y sal, en cuerpo y eternidad; Goethe y García Márquez lo hicieron espejo de la condición humana, capaz de elevar y destruir. 
El amor ha sido también un campo de batalla contra las convenciones. En la historia, la diferencia de edad, las barreras sociales, los matrimonios por conveniencia marcaron destinos que se quebraron bajo el peso de la imposición. Y sin embargo, los amantes siguieron desafiando las normas, porque amar era más fuerte que obedecer. La conducta del enamorado, ayer como hoy, se revela en gestos universales: la mirada que se prolonga, la sonrisa involuntaria, la obsesión que roza la locura. 
Hoy, el amor se enfrenta a la fugacidad de lo efímero. Se ama en la transparencia de una pantalla, en la velocidad de un mensaje que se desvanece. Pero el corazón sigue latiendo con la misma intensidad, impulsado por la danza secreta de la dopamina y la oxitocina, que nos elevan hacia la ternura o nos precipitan en la obsesión. El amor obsesivo es un incendio que consume, un río desbordado que arrastra todo a su paso. El amor natural, en cambio, es un jardín que florece sin prisa, donde cada gesto es semilla y cada silencio es raíz. 
La historia nos recuerda que el amor no siempre fue libre, pero siempre fue eterno. Cambian los escenarios, cambian las palabras, pero la esencia permanece: amar es trascender el propio ego, es mirar más allá de uno mismo. Es raíz y fruto, herida y bálsamo, tragedia y milagro. Sin amor, la historia sería un desierto de gestos vacíos; con él, se convierte en un jardín de eternidades. 
Así, el amor en la historia nos enseña que la verdadera grandeza no está en lo que conquistamos, sino en lo que entregamos. Y en esa entrega, silenciosa o ardiente, se escribe el legado que cada corazón deja al mundo, un legado que se convierte en eternidad.
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viernes, 21 de agosto de 2026

¡Temblores!



CUANDO LA TIERRA DECIDIÓ HABLAR

 

Por Gilberto García Mercado

 


Dicen que antes de que la Tierra aprendiera a escribir, ya sabía cómo estremecerse. Mucho antes de que existieran ciudades, carreteras o edificios que tocaran las nubes, el hombre conoció el miedo de sentir que el suelo, aquello que parecía eterno, podía convertirse de pronto en una criatura furiosa. 
En China quedaron algunos de los primeros testimonios. El registro más antiguo de un terremoto se remonta a 1831 antes de Cristo, en Shandong, y existe una documentación más continua desde el año 780 antes de Cristo. Los antiguos escribas anotaban los temblores como quien deja constancia de una visita inesperada de los dioses. 
Los pueblos nómadas no tenían casas que asegurar ni ciudades que abandonar. Miraban el cielo, los animales, las montañas y los ríos. Los sedentarios, en cambio, veían cómo sus muros podían convertirse en tumbas. Algunos sacerdotes, chamanes o hechiceros interpretaban los ruidos subterráneos como señales. Un animal inquieto, una fuente que cambiaba, una grieta nueva en la tierra podían convertirse en anuncios de una desgracia. 
No sabemos cuánto de aquello fue observación y cuánto imaginación. Hoy sabemos que comportamientos extraños de animales, cambios en el agua o pequeños temblores pueden ocurrir antes de algunos terremotos, pero ninguno constituye un método confiable para predecirlos. 
—Mi abuelo sabía cuándo iba a temblar —me dijo una vez un campesino, sentado frente a una casa de bahareque—. Los animales se ponían nerviosos y la tierra olía diferente. 
—Eso puede haber ocurrido —le respondí—, pero una cosa es observar y otra predecir. 
El campesino me miró con cierta desconfianza. 
—¿Y ustedes, los hombres estudiados, qué han conseguido? 
No supe qué responderle inmediatamente. 
Porque durante miles de años también nosotros estuvimos a oscuras. 
Aristóteles, hacia el siglo IV antes de Cristo, observó que los terrenos blandos podían sacudirse más que las rocas. Mucho después, en 1760, el británico John Michell propuso que los terremotos y sus ondas eran producidos por desplazamientos de grandes masas de roca bajo la superficie. La ciencia comenzaba lentamente a quitarle dioses al miedo. 
Luego llegaron los instrumentos. 
Charles Richter desarrolló en 1935 una escala para medir la magnitud de los terremotos. Inge Lehmann descubrió en 1936 el núcleo interno de la Tierra al estudiar las ondas sísmicas. Y en 1964 la teoría de la tectónica de placas consiguió reunir buena parte de los conocimientos acumulados sobre el movimiento de la corteza terrestre. 
—Entonces ya saben por qué tiembla —insistió el campesino. 
—Sabemos bastante más que antes. 
—¿Y pueden impedirlo? 
Volví a quedarme callado. 
Las placas tectónicas se desplazan lentamente. En sus bordes, la fricción puede impedir durante años que se muevan con libertad. La tensión se acumula hasta que la roca cede y libera energía en forma de ondas. Así comienza el terremoto. 
Pero hay otra pregunta que nos incomoda. 
¿Estamos nosotros ayudando a despertar a la Tierra? 
La respuesta es más compleja que un sí o un no. La minería, los embalses, la extracción de fluidos y gases y, especialmente en algunos lugares, la inyección de aguas residuales en profundidad han provocado terremotos inducidos. Algunos han sido pequeños, pero también se han registrado eventos dañinos. En determinadas circunstancias, detener la actividad responsable puede reducir esa sismicidad. 
—¿Lo ve? —dijo el campesino—. La estamos molestando. 
—En algunos casos, sí. Pero no todos los terremotos son culpa del hombre. La mayoría pertenecen a procesos naturales muchísimo mayores que nosotros. 
Entonces miramos el cielo. 
También hubo quienes buscaron respuestas en el universo. La Luna, el Sol, los planetas y sus movimientos han alimentado desde la antigüedad numerosas teorías. Pero la evidencia científica no demuestra que las posiciones planetarias permitan predecir terremotos. La causa fundamental de los grandes sismos está en la dinámica interna de la Tierra. 
Y llegamos al presente. 
Tenemos satélites, sensores, redes sísmicas y sistemas capaces de enviar una alerta segundos después de que comienza un terremoto. Podemos calcular riesgos, estudiar fallas, construir edificios más resistentes y preparar ciudades enteras. Pero todavía no podemos decir: mañana, a las tres y doce minutos, la Tierra temblará aquí con determinada magnitud. La propia USGS reconoce que ningún científico ha logrado predecir de manera fiable un gran terremoto. 
—Entonces seguimos siendo como mis abuelos —dijo el campesino. 
—Quizá en eso tengas razón. 
Porque la humanidad ha aprendido a medir el temblor, pero no ha aprendido a detenerlo. 
Y mientras escribo estas últimas líneas, imagino una Tierra sin nosotros. Ciudades vacías, carreteras partidas, campanarios cubiertos de musgo y edificios vencidos por el tiempo. Ya no habrá nadie para escuchar el primer crujido de las paredes. 
Tal vez entonces la Tierra vuelva a estremecerse sin testigos.
No será un castigo de Dios.
No será la venganza de los muertos.
Será simplemente la antigua materia haciendo lo que siempre hizo.
Moverse. 
Y quizá la última pregunta no sea cuándo desaparecerá la Tierra, sino cuándo desaparecerá el hombre que creyó que podía dominarla. 
Porque la Tierra ha sobrevivido a cataclismos que nosotros apenas podemos imaginar. 
Nosotros, en cambio, apenas somos un breve temblor sobre su memoria.
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Cuando Las Piedras Hablan

 

 

PILATO: ENTRE EL PODER Y LA CULPA

 

Por Gilberto García Mercado




Poncio Pilato nació en algún lugar de Italia, en una fecha que nadie se tomó la molestia de anotar. En aquellos tiempos no existía Facebook, ni registro civil, ni una tía chismosa que conservara las fotografías de la infancia. De manera que de sus primeros años sabemos poco.

Me gusta imaginarlo de niño, corriendo detrás de una columna romana, aprendiendo que en Roma hasta las piedras tenían más autoridad que los pobres. Debió crecer entre soldados, funcionarios y hombres que entendían que el poder no consistía solamente en mandar, sino en conseguir que los demás obedecieran creyendo que obedecían voluntariamente.

Su familia pertenecía probablemente al orden ecuestre, una clase acomodada que podía abrir ciertas puertas del imperio. Pilato recibió la educación correspondiente a un joven destinado a servir a Roma. Aprendió administración, disciplina, política y, seguramente, el arte más antiguo de todos: sonreírle al poderoso mientras se piensa otra cosa.

De su juventud no quedó casi nada. Tampoco sabemos cuáles eran sus gustos, sus amantes o sus inclinaciones sexuales. Inventarle un harén sería fácil, pero sería convertir la historia en telenovela romana. Lo cierto es que estuvo casado. El Evangelio de Mateo menciona a su esposa, aunque no proporciona su nombre. La tradición posterior la llamó Claudia Prócula.

Pilato llegó a Judea hacia el año 26, nombrado prefecto por el emperador Tiberio. Allí descubrió que gobernar a los judíos era bastante más complicado que gobernar una legión. El pueblo tenía sus propias leyes, sus sacerdotes, sus tradiciones y una relación con Dios que ningún decreto romano podía modificar.

Pilato no era precisamente un gobernante sentimental. Las fuentes antiguas lo presentan enfrentado varias veces con la población y dispuesto a emplear la fuerza cuando consideraba amenazado el orden romano. Filón y Flavio Josefo conservaron episodios de su administración, y la arqueología confirmó su existencia mediante una inscripción hallada en Cesarea.
Pero entonces apareció Jesús.
Aquella mañana Pilato recibió a un hombre que no parecía peligroso. No llevaba ejército, no vestía armadura y no tenía cara de estar preparando una revolución. Sin embargo, los sacerdotes lo llevaron ante él acusado de presentarse como rey.
Pilato lo miró.
—¿Eres tú el rey de los judíos?
Jesús respondió de una manera que debió irritarlo más que cualquier grito.
Pilato preguntó otra vez. Nada.
Afuera rugía la multitud.
Pilato entendió algo que todavía hoy muchos gobernantes olvidan: que una multitud enfurecida puede ser más peligrosa que un ejército bien armado.
Su esposa había intentado advertirle. Según Mateo, le envió un mensaje diciéndole que no se metiera con aquel hombre inocente porque había sufrido mucho en sueños por causa de él.
Pilato quedó atrapado entre la conciencia y el cargo.
Y escogió el cargo.
Mandó traer agua.
Se lavó las manos delante del pueblo.
Aquel gesto parecía limpio. El agua corrió por sus dedos y cayó al suelo. Pero la historia no se dejó engañar.
Porque hay manchas que no salen con agua.
Después de la crucifixión, puedo imaginar a Pilato regresando a su residencia. Se quitó la túnica, bebió vino y trató de dormir. Pero aquella noche el sueño le negó el permiso.
Vio nuevamente las manos.
Las lavó.
Seguían manchadas.
Las volvió a lavar.
Peor.
Entonces comprendió que uno puede lavarse las manos de una decisión, pero no de sus consecuencias.
Años después, su gobierno terminó. Fue llamado a Roma tras un conflicto en Samaria y desapareció de los registros históricos. No existe certeza sobre cómo murió. Las leyendas posteriores le inventaron distintos finales, incluso el suicidio, pero la historia no posee una respuesta segura.
Y quizá sea mejor así.
Porque algunas vidas quedan más completas cuando terminan con una pregunta.

MONÓLOGO DEL EMPERADOR PILATO 
—Si me levantaran hoy de mi tumba y me entregaran el gobierno del mundo, lo primero que haría sería pedir vacaciones.
¡Qué mundo tan complicado me han dejado!
En mi época tenía problemas con los judíos, los samaritanos y los romanos. Ahora ustedes tienen a los gringos, los rusos, los chinos, los japoneses, los israelíes, los palestinos, los cubanos, los indios, los franceses, los ingleses, los alemanes, los españoles, los mexicanos, los colombianos, los venezolanos y una colección interminable de pueblos convencidos de que Dios les entregó personalmente el título de propiedad del planeta.
Yo, que fui prefecto de Judea, no me atrevería a gobernarlos.
A los poderosos les diría: dejen de jugar a la guerra con juguetes que pueden matar ciudades enteras.
A los pequeños les diría: no crean que por ser pequeños tienen siempre la razón.
A los gobernantes les quitaría el espejo del despacho. El hombre que se mira demasiado termina enamorándose de su propia fotografía.
A los ricos les cobraría impuestos hasta que descubrieran que la palabra humanidad también aparece en los diccionarios.
A los pobres les devolvería dignidad antes que discursos.
A Israel y Gaza les diría que ninguna tierra merece convertirse en cementerio por culpa de una historia que cada generación interpreta a su conveniencia.
A Rusia, China y Estados Unidos les quitaría por un día los botones que pueden desatar una guerra.A Colombia le recomendaría paciencia, porque ya tiene suficiente con sus propios gobernantes.
Y a Venezuela le aconsejaría que no confunda patria con partido político.¿Ven?
No puedo.
Yo conozco ese oficio.
Gobernar es decidir entre dos males mientras alguien afuera grita que usted es el malo.Por eso renuncio
Devuélvanme mi vieja Judea.
Prefiero volver a aquel pequeño pueblo lleno de sacerdotes, soldados, vendedores, profetas y gente que discutía por todo.
Al menos allí sabía dónde estaba el problema.
Aquí el problema es el mundo entero.
Y una cosa aprendí aquella mañana frente a Jesús:
Uno puede lavarse las manos.
Pero cuando llega la noche, la conciencia no reconoce el agua.
Así que no quiero ser emperador universal.
Que gobierne otro.
Yo regreso a mi pueblo antiguo.
Y esta vez, cuando me traigan agua para lavarme las manos... la voy a usar para beber.

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martes, 18 de agosto de 2026

Pobre Humanidad


LA BIBLIOTECA DE LOS ÚLTIMOS ECOS



Por Gilberto García Mercado*



 

El hombre despertó en un mundo que no era suyo. La atmósfera, ligera y casi translúcida, se teñía de tonos metálicos, como si el aire mismo hubiera aprendido a reflejar los pensamientos de quienes lo respiraban. Los hombres, de cuerpos estilizados y piel luminosa, vestían tejidos que cambiaban de color según sus emociones, desplazándose en corrientes de energía que sustituían a los antiguos caminos. 
En aquel futuro, la vida se había prolongado hasta límites insospechados: algunos hablaban de eternidad, otros de un juicio final aplazado por la ciencia. La espiritualidad se había transformado en una red de consciencias compartidas, donde rezar era conectarse a un flujo universal de memoria. Los rasgos humanos se habían suavizado, casi borrando las diferencias, como si la especie hubiera decidido fundirse en una sola forma. 
Marte era un vergel rojo, Neptuno un océano domesticado, Plutón un santuario de exiliados. Los gobiernos ya no eran naciones, sino consejos de energía que regulaban la materia y el tiempo. Las construcciones se elevaban como cristales flotantes, y la muerte había dejado de ser misterio: se sabía que era tránsito, un pasaje hacia dimensiones donde la materia podía desintegrarse y recomponerse, como en la teletransportación. 
El hombre, atrapado en el tiempo, halló una biblioteca oculta. Allí reposaban libros prohibidos, incinerados por los gobiernos: volúmenes que hablaban del teléfono, la televisión, los primeros pasos de la ciencia. Eran reliquias de un pasado despreciado, pero en sus páginas latía el pulso de la humanidad. Al abrirlos, sintió que cada palabra era un rescate, un latido que se negaba a morir.
Entre los corredores de esa biblioteca conoció a una mujer, fugitiva de las leyes del olvido. Sus ojos guardaban la nostalgia de los siglos, y juntos compartieron un amor breve, intenso, como un relámpago en medio de la soledad de aquel futuro. Ella le enseñó que la memoria era la verdadera eternidad, y que amar era desafiar al tiempo. 
En sus vagabundeos llegó a un cementerio. Allí yacían los grandes personajes de nuestro tiempo: científicos, poetas, visionarios. Sus tumbas eran hologramas que narraban sus vidas, contrastando con el silencio del futuro. El hombre comprendió que la humanidad había conquistado el espacio, pero había perdido la ternura de recordar. 
La biblioteca ardía en secreto, pero él decidió salvar un libro, ocultarlo en su pecho. Era su manera de resistir, de llevar al futuro la voz de quienes soñaron antes. Porque en ese mundo de cristal y eternidad, lo prohibido era lo humano, y lo humano era lo que aún podía salvarlos. 
*😉😎😊
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domingo, 16 de agosto de 2026

De Una Obra Monumental

 

    ¿Quién es el Personaje?


Por Gilberto García M




Nació en una tierra donde el conocimiento viajaba entre bibliotecas, palacios y caravanas. Desde muy joven mostró una inteligencia fuera de lo común. Mientras otros apenas comenzaban a descubrir el mundo, él ya se preguntaba por sus secretos más profundos. Estudió filosofía, lógica, astronomía, matemáticas y, sobre todo, medicina. Su curiosidad parecía no tener fronteras.

Cuenta la historia que, siendo todavía muy joven, consiguió tratar con éxito a un gobernante que padecía una enfermedad que otros médicos no habían podido resolver. Como recompensa, tuvo acceso a una extraordinaria biblioteca real. Allí encontró conocimientos que ampliaron todavía más su visión del universo y del ser humano.

Pero su mayor legado no fue solamente curar enfermos. Escribió una obra monumental sobre medicina que durante siglos fue utilizada como texto fundamental en escuelas y universidades de Oriente y Europa. En ella organizó enfermedades, medicamentos, tratamientos y observaciones clínicas, y defendió la importancia de la experiencia y la observación para comprender el cuerpo humano.

Su pensamiento tampoco se limitó a la medicina. Reflexionó sobre Dios, el alma, la inteligencia, la existencia y la naturaleza del conocimiento. Escribió cientos de obras sobre filosofía, ciencia, medicina, astronomía, psicología y otras disciplinas. Fue, en una época en la que los saberes todavía estaban profundamente entrelazados, uno de esos hombres capaces de mirar el mundo como un gigantesco libro abierto.

Su gran tratado médico fue conocido en Occidente como El Canon de la Medicina. Durante varios siglos, su influencia atravesó culturas, idiomas y fronteras.

Hoy, cuando un médico estudia, cuando un filósofo pregunta qué somos o cuando la ciencia intenta comprender la relación entre cuerpo y mente, resulta difícil no encontrar alguna huella de aquellos antiguos buscadores del conocimiento.

¿Quién fue este hombre que convirtió la curiosidad en una forma de servir a la humanidad?

Déjanos su nombre en los comentarios.

Verdades



LOS CINCO MANDAMIENTOS
QUE NADIE PUEDE IGNORAR

Por Gilberto García Mercado


Hay cosas que podemos posponer, negar o incluso olvidar. Pero existen ciertas verdades que, tarde o temprano, terminan llamando a nuestra puerta. No importa cuánto dinero tengamos, cuántos años vivamos ni qué camino hayamos elegido. La vida nos obliga a enfrentarlas.
 
Estas son cinco premisas que todo ser humano debería cumplir si quiere vivir con plenitud: 
1. CUIDARÁS TU VIDA COMO TU MAYOR TESORO 
No existe riqueza, éxito ni poder que pueda devolverte un día perdido. Cuida tu cuerpo, protege tu mente, ama tu existencia y aprende a valorar cada amanecer. La vida no se guarda para después. 
2. HARÁS DE TU SALUD UNA PRIORIDAD 
Trabajarás, lucharás y perseguirás tus sueños, pero nunca olvidarás que necesitas estar vivo y saludable para disfrutarlos. Come con prudencia, descansa, muévete, evita los excesos y escucha a tu cuerpo. Muchas veces aquello que ignoramos hoy se convierte en el precio que pagamos mañana. 
3. APRENDERÁS A RESPETAR EL DINERO 
No necesitas ser rico para vivir dignamente, pero sí necesitas aprender a administrar lo que tienes. Gana honestamente, gasta con inteligencia, ahorra cuando puedas y evita convertir tus deseos en deudas. El dinero debe ser una herramienta para vivir, no una cadena que termine gobernando tu vida. 
4. ALIMENTARÁS TU ESPÍRITU 
Un hombre puede tener una casa, dinero, reconocimiento y compañía, y aun así sentirse profundamente vacío. Necesitas algo que vaya más allá de lo material. Dios, la fe, el amor, la lectura, el arte, la familia, la solidaridad o la búsqueda del conocimiento pueden convertirse en ese lugar interior donde encuentres sentido. 
5. NO DESPERDICIARÁS EL TIEMPO 
El pasado ya no puede modificarse y el futuro todavía no está en nuestras manos. Lo único que realmente poseemos es este instante. Ama mientras puedas, perdona cuando sea posible, abraza a quienes quieres y atrévete a comenzar aquello que llevas años aplazando. 
Y existe una última verdad que los reúne a todos. No pasarás por este mundo sin dejar algo bueno detrás de ti. 
Porque al final, quizá la verdadera medida de una vida no sea cuánto tuvimos, sino cuánto amor dejamos, cuántas personas ayudamos y cuánto bien quedó en el camino después de nuestro paso.







sábado, 15 de agosto de 2026

La Niña de Barranquilla



SHAKIRA: EL SUEÑO QUE TODAVÍA NO TERMINA

 

Por Gilberto García Mercado

 


Anoche soñé con Shakira. 
No con la mujer que llena estadios, ni con la artista que aparece en las pantallas del mundo entero, ni con esa mujer que parece haber firmado un pacto secreto con el tiempo. Soñé con la niña de Barranquilla que llevaba canciones en la cabeza y una esperanza demasiado grande para su edad. 
La vi caminando por los pasillos de emisoras y estudios, buscando una oportunidad. La imaginé con sus padres detrás, acompañándola de concurso en concurso, tocando puertas, llevando grabaciones y esperando que alguien escuchara aquella voz diferente. Desde muy pequeña había descubierto que la música podía ser una forma de hablarle al mundo. A los ocho años comenzó a escribir canciones y, alrededor de los diez, ya participaba en concursos de talento. 
—¿Tenías miedo? —le pregunté en aquel sueño. 
Ella sonrió. 
Tal vez sí. Porque también hubo rechazos. Hasta en el colegio su voz provocó comentarios poco alentadores y no fue aceptada inicialmente en el coro. Pero aquella niña parecía tener una extraña capacidad para convertir los obstáculos en combustible.
Después aparecieron las emisoras, los escenarios pequeños y las puertas que parecían no querer abrirse. 
Y entonces apareció Flash, Édgar García Ochoa, uno de los hombres que creyó tempranamente en aquella muchacha y que años después contó su historia en Shakira: Nueva diosa del Rock. Su recuerdo forma parte de esa primera etapa en la que muchos comenzaron a descubrir que detrás de aquella joven había algo diferente. 
Pero también estaba Ciro Vargas, de Sony Music. Según testimonios publicados por El Tiempo y otros medios, Vargas llegó a escucharla gracias a Mónica Ariza y quedó impresionado después de verla cantar y bailar. Aquella audición terminó conduciendo a Shakira hacia un contrato discográfico. 
Después vino Magia. Después Peligro. Y todavía el mundo no sabía lo que estaba por ocurrir. 
Llegaría Pies descalzos, y con él una Shakira distinta. Llegarían ¿Dónde están los ladrones?, Laundry Service, las canciones en inglés, los escenarios internacionales, los Grammy y una carrera que terminaría convirtiéndola en una de las artistas latinoamericanas más reconocidas del planeta. Sony Music señala que ha vendido más de 60 millones de discos y acumulado numerosos premios internacionales. 
Pero en mi sueño yo seguía viendo a la niña. 
Quizá porque la fama no consigue borrar completamente nuestros primeros miedos. 
También apareció el amor. 
Primero Antonio de la Rúa, con quien mantuvo una relación de aproximadamente once años. Después Gerard Piqué, con quien tuvo a sus hijos Milan y Sasha. La relación terminó en 2022, después de más de una década. 
Hoy, después de esas historias, Shakira parece haber aprendido otra manera de mirar el amor. Ya no necesariamente como promesa de eternidad, sino como experiencia, compañía, pérdida, aprendizaje y también libertad. 
Y entonces comprendí por qué parece conservar una especie de eterna juventud. 
No es solamente su rostro. Es aquella niña que todavía parece acompañarla. 
La que escribió sus primeras canciones. 
La que insistió cuando le dijeron que no. 
La que caminó por emisoras buscando una oportunidad. 
La que soñaba con ser escuchada. 
Quizá esa sea la verdadera razón de su juventud: Shakira nunca terminó de abandonar a la niña que quería conquistar el mundo con una canción. 
Desperté. 
Y por unos segundos me pareció escuchar una voz que venía desde muy lejos: 
—Todavía falta otra canción. 
Y pensé que quizá tenía razón.

Encuentros Con La Cultura

 

BALZAC: EL HOMBRE QUE QUISO DEVORAR LA VIDA 

 

Por Gilberto García Mercado 

 


¿Quién era realmente el hombre que quiso meter una sociedad entera dentro de sus libros? Detrás de las páginas de La Comedia humana no estaba un escritor tranquilo, sentado plácidamente frente a su escritorio. Estaba Honoré de Balzac, un hombre apasionado, ambicioso, contradictorio, endeudado y extraordinariamente trabajador, que parecía vivir con la urgencia de quien sabía que el tiempo nunca sería suficiente. 
Nacido en Tours en 1799, Balzac recibió una educación que poco tuvo que ver con su verdadera vocación. Estudió en el colegio de Vendôme y, ya en París, cursó Derecho y obtuvo el bachillerato en 1819. Trabajó como pasante de abogado y luego en una notaría. Aquella experiencia, sin embargo, terminó siendo un magnífico aprendizaje para el escritor que llegaría a ser. Allí conoció los secretos de las herencias, los negocios, las quiebras, los matrimonios por conveniencia y las miserias económicas que después poblarían sus novelas. 
Su gran obsesión fue la sociedad. Quería observarla, desnudarla y convertirla en literatura. De allí nació La Comedia humana, un ambicioso proyecto compuesto por más de noventa obras, donde aparecen burgueses, aristócratas, comerciantes, periodistas, políticos, usureros, artistas, mujeres apasionadas y hombres derrotados por el dinero. Balzac pretendía construir, a través de ellos, una especie de historia natural de la sociedad francesa. 
Pero su vida privada distaba mucho del orden. Desde joven mantuvo una relación difícil con su familia, especialmente con su madre, a quien llegó a reprocharle la falta de afecto que había sufrido durante la infancia. Fue enviado muy pequeño a una nodriza y después pasó años internado en Vendôme. Su hermana Laure, en cambio, se convirtió en una de sus personas más cercanas y posteriormente escribió sobre él. 
Balzac conoció también el amor con intensidad. Tuvo relaciones con mujeres mayores que él, entre ellas Madame de Berny, veintidós años mayor, y mantuvo durante años una apasionada relación epistolar con la condesa polaca Ewelina Hanska, con quien finalmente se casó en 1850, pocos meses antes de morir. 
Y estaba el dinero. O, mejor dicho, la falta de él. Sus negocios editoriales, de imprenta y fundición de tipos fracasaron y le dejaron enormes deudas. Durante años vivió acosado por acreedores, mientras sus gustos, viajes y proyectos aumentaban sus dificultades. 
¿Alcohol y drogas? Aquí conviene separar la leyenda de los hechos. Balzac no fue un alcohólico. Era aficionado a la buena mesa y podía beber vino, pero las fuentes lo describen como un hombre sobrio y señalan que el alcohol no le sentaba bien. Sí tuvo contacto con el hachís en el célebre Club de los Hachichins, aunque no parece que fuera su gran dependencia. Su verdadero estimulante fue otro: el café. 
Balzac podía escribir durante catorce, dieciséis o incluso dieciocho horas, especialmente durante sus períodos de mayor producción. Dormía poco y utilizaba cantidades enormes de café para mantenerse despierto. Él mismo describió sus efectos como una especie de ejército de ideas que entraba en batalla dentro de su cabeza. Aquella disciplina terminó pasando factura a su salud. 
Sin embargo, no todo era encierro y escritura. Balzac frecuentaba salones elegantes, teatros, restaurantes y la ópera. Disfrutaba de las reuniones sociales, de las conversaciones brillantes y de los buenos banquetes. Era amigo de escritores y artistas, entre ellos Victor Hugo y Rossini, y podía convertirse en un invitado muy solicitado en los ambientes mundanos de París. 
Tal vez sus mayores temores fueron precisamente aquellos que nunca dejó de perseguir: la pobreza, las deudas, el fracaso y la imposibilidad de alcanzar la grandeza que imaginaba para sí mismo. Y, paradójicamente, mientras intentaba escapar de ellos, convirtió sus propias angustias en materia prima para construir uno de los monumentos más grandes de la literatura universal.

Balzac murió en París en 1850, a los cincuenta y un años. Había vivido con una intensidad casi desmesurada. Le quedaron deudas, amores, enemigos, amistades y una obra gigantesca. Pero, sobre todo, dejó una idea que todavía nos alcanza: para conocer a una sociedad, quizá haya que mirar primero aquello que sus hombres esconden cuando creen que nadie los observa.

jueves, 13 de agosto de 2026

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Lamentos de Jorge Isaacs

 

 

Cuando Tiembla la Memoria

 

Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes

 


   

Esta nación, una parte de lo que era llamado por los kunas Abya Yala, hoy ha sido golpeada por un terremoto que ha destruido parte de los departamentos del Valle del Cauca y Chocó, tierras que, en otros tiempos felices, dieron origen a Jorge Isaacs (1837-1895), célebre escritor, poeta y político colombiano, nacido en Cali y famoso por su gran novela María.

Diego Luis Córdoba, otro grande de Colombia, nació en Quibdó en 1908. Abogado y político, fue reconocido por su grandiosa oratoria en el seno del Congreso.

Hoy, cuando la tierra de estos dos grandes ha sido tocada por los movimientos telúricos, sus voces, desde el más allá, se han unido en una proclama a Dios, en una oración fúnebre encaminada a brindar fuerza a sus hermanos, sumidos en el dolor y la desesperación.

Seguros estamos de que estas voces de aliento, traídas desde la eternidad, darán fuerza a los hijos del occidente colombiano para buscar nuevos caminos en beneficio de los caucanos y chocoanos.

Colombia es una tierra fértil, donde el surco que se abre responde a las voces de quienes claman por el bienestar de todos sus hijos.

El Valle del Cauca y el Chocó renacerán de sus cenizas para atender las necesidades de sus gentes, afectadas por los fenómenos telúricos.


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