sábado, 15 de agosto de 2026

Encuentros Con La Cultura

 

BALZAC: EL HOMBRE QUE QUISO DEVORAR LA VIDA 

 

Por Gilberto García Mercado 

 


¿Quién era realmente el hombre que quiso meter una sociedad entera dentro de sus libros? Detrás de las páginas de La Comedia humana no estaba un escritor tranquilo, sentado plácidamente frente a su escritorio. Estaba Honoré de Balzac, un hombre apasionado, ambicioso, contradictorio, endeudado y extraordinariamente trabajador, que parecía vivir con la urgencia de quien sabía que el tiempo nunca sería suficiente. 
Nacido en Tours en 1799, Balzac recibió una educación que poco tuvo que ver con su verdadera vocación. Estudió en el colegio de Vendôme y, ya en París, cursó Derecho y obtuvo el bachillerato en 1819. Trabajó como pasante de abogado y luego en una notaría. Aquella experiencia, sin embargo, terminó siendo un magnífico aprendizaje para el escritor que llegaría a ser. Allí conoció los secretos de las herencias, los negocios, las quiebras, los matrimonios por conveniencia y las miserias económicas que después poblarían sus novelas. 
Su gran obsesión fue la sociedad. Quería observarla, desnudarla y convertirla en literatura. De allí nació La Comedia humana, un ambicioso proyecto compuesto por más de noventa obras, donde aparecen burgueses, aristócratas, comerciantes, periodistas, políticos, usureros, artistas, mujeres apasionadas y hombres derrotados por el dinero. Balzac pretendía construir, a través de ellos, una especie de historia natural de la sociedad francesa. 
Pero su vida privada distaba mucho del orden. Desde joven mantuvo una relación difícil con su familia, especialmente con su madre, a quien llegó a reprocharle la falta de afecto que había sufrido durante la infancia. Fue enviado muy pequeño a una nodriza y después pasó años internado en Vendôme. Su hermana Laure, en cambio, se convirtió en una de sus personas más cercanas y posteriormente escribió sobre él. 
Balzac conoció también el amor con intensidad. Tuvo relaciones con mujeres mayores que él, entre ellas Madame de Berny, veintidós años mayor, y mantuvo durante años una apasionada relación epistolar con la condesa polaca Ewelina Hanska, con quien finalmente se casó en 1850, pocos meses antes de morir. 
Y estaba el dinero. O, mejor dicho, la falta de él. Sus negocios editoriales, de imprenta y fundición de tipos fracasaron y le dejaron enormes deudas. Durante años vivió acosado por acreedores, mientras sus gustos, viajes y proyectos aumentaban sus dificultades. 
¿Alcohol y drogas? Aquí conviene separar la leyenda de los hechos. Balzac no fue un alcohólico. Era aficionado a la buena mesa y podía beber vino, pero las fuentes lo describen como un hombre sobrio y señalan que el alcohol no le sentaba bien. Sí tuvo contacto con el hachís en el célebre Club de los Hachichins, aunque no parece que fuera su gran dependencia. Su verdadero estimulante fue otro: el café. 
Balzac podía escribir durante catorce, dieciséis o incluso dieciocho horas, especialmente durante sus períodos de mayor producción. Dormía poco y utilizaba cantidades enormes de café para mantenerse despierto. Él mismo describió sus efectos como una especie de ejército de ideas que entraba en batalla dentro de su cabeza. Aquella disciplina terminó pasando factura a su salud. 
Sin embargo, no todo era encierro y escritura. Balzac frecuentaba salones elegantes, teatros, restaurantes y la ópera. Disfrutaba de las reuniones sociales, de las conversaciones brillantes y de los buenos banquetes. Era amigo de escritores y artistas, entre ellos Victor Hugo y Rossini, y podía convertirse en un invitado muy solicitado en los ambientes mundanos de París. 
Tal vez sus mayores temores fueron precisamente aquellos que nunca dejó de perseguir: la pobreza, las deudas, el fracaso y la imposibilidad de alcanzar la grandeza que imaginaba para sí mismo. Y, paradójicamente, mientras intentaba escapar de ellos, convirtió sus propias angustias en materia prima para construir uno de los monumentos más grandes de la literatura universal.

Balzac murió en París en 1850, a los cincuenta y un años. Había vivido con una intensidad casi desmesurada. Le quedaron deudas, amores, enemigos, amistades y una obra gigantesca. Pero, sobre todo, dejó una idea que todavía nos alcanza: para conocer a una sociedad, quizá haya que mirar primero aquello que sus hombres esconden cuando creen que nadie los observa.

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