viernes, 21 de agosto de 2026

¡Temblores!



CUANDO LA TIERRA DECIDIÓ HABLAR

 

Por Gilberto García Mercado

 


Dicen que antes de que la Tierra aprendiera a escribir, ya sabía cómo estremecerse. Mucho antes de que existieran ciudades, carreteras o edificios que tocaran las nubes, el hombre conoció el miedo de sentir que el suelo, aquello que parecía eterno, podía convertirse de pronto en una criatura furiosa. 
En China quedaron algunos de los primeros testimonios. El registro más antiguo de un terremoto se remonta a 1831 antes de Cristo, en Shandong, y existe una documentación más continua desde el año 780 antes de Cristo. Los antiguos escribas anotaban los temblores como quien deja constancia de una visita inesperada de los dioses. 
Los pueblos nómadas no tenían casas que asegurar ni ciudades que abandonar. Miraban el cielo, los animales, las montañas y los ríos. Los sedentarios, en cambio, veían cómo sus muros podían convertirse en tumbas. Algunos sacerdotes, chamanes o hechiceros interpretaban los ruidos subterráneos como señales. Un animal inquieto, una fuente que cambiaba, una grieta nueva en la tierra podían convertirse en anuncios de una desgracia. 
No sabemos cuánto de aquello fue observación y cuánto imaginación. Hoy sabemos que comportamientos extraños de animales, cambios en el agua o pequeños temblores pueden ocurrir antes de algunos terremotos, pero ninguno constituye un método confiable para predecirlos. 
—Mi abuelo sabía cuándo iba a temblar —me dijo una vez un campesino, sentado frente a una casa de bahareque—. Los animales se ponían nerviosos y la tierra olía diferente. 
—Eso puede haber ocurrido —le respondí—, pero una cosa es observar y otra predecir. 
El campesino me miró con cierta desconfianza. 
—¿Y ustedes, los hombres estudiados, qué han conseguido? 
No supe qué responderle inmediatamente. 
Porque durante miles de años también nosotros estuvimos a oscuras. 
Aristóteles, hacia el siglo IV antes de Cristo, observó que los terrenos blandos podían sacudirse más que las rocas. Mucho después, en 1760, el británico John Michell propuso que los terremotos y sus ondas eran producidos por desplazamientos de grandes masas de roca bajo la superficie. La ciencia comenzaba lentamente a quitarle dioses al miedo. 
Luego llegaron los instrumentos. 
Charles Richter desarrolló en 1935 una escala para medir la magnitud de los terremotos. Inge Lehmann descubrió en 1936 el núcleo interno de la Tierra al estudiar las ondas sísmicas. Y en 1964 la teoría de la tectónica de placas consiguió reunir buena parte de los conocimientos acumulados sobre el movimiento de la corteza terrestre. 
—Entonces ya saben por qué tiembla —insistió el campesino. 
—Sabemos bastante más que antes. 
—¿Y pueden impedirlo? 
Volví a quedarme callado. 
Las placas tectónicas se desplazan lentamente. En sus bordes, la fricción puede impedir durante años que se muevan con libertad. La tensión se acumula hasta que la roca cede y libera energía en forma de ondas. Así comienza el terremoto. 
Pero hay otra pregunta que nos incomoda. 
¿Estamos nosotros ayudando a despertar a la Tierra? 
La respuesta es más compleja que un sí o un no. La minería, los embalses, la extracción de fluidos y gases y, especialmente en algunos lugares, la inyección de aguas residuales en profundidad han provocado terremotos inducidos. Algunos han sido pequeños, pero también se han registrado eventos dañinos. En determinadas circunstancias, detener la actividad responsable puede reducir esa sismicidad. 
—¿Lo ve? —dijo el campesino—. La estamos molestando. 
—En algunos casos, sí. Pero no todos los terremotos son culpa del hombre. La mayoría pertenecen a procesos naturales muchísimo mayores que nosotros. 
Entonces miramos el cielo. 
También hubo quienes buscaron respuestas en el universo. La Luna, el Sol, los planetas y sus movimientos han alimentado desde la antigüedad numerosas teorías. Pero la evidencia científica no demuestra que las posiciones planetarias permitan predecir terremotos. La causa fundamental de los grandes sismos está en la dinámica interna de la Tierra. 
Y llegamos al presente. 
Tenemos satélites, sensores, redes sísmicas y sistemas capaces de enviar una alerta segundos después de que comienza un terremoto. Podemos calcular riesgos, estudiar fallas, construir edificios más resistentes y preparar ciudades enteras. Pero todavía no podemos decir: mañana, a las tres y doce minutos, la Tierra temblará aquí con determinada magnitud. La propia USGS reconoce que ningún científico ha logrado predecir de manera fiable un gran terremoto. 
—Entonces seguimos siendo como mis abuelos —dijo el campesino. 
—Quizá en eso tengas razón. 
Porque la humanidad ha aprendido a medir el temblor, pero no ha aprendido a detenerlo. 
Y mientras escribo estas últimas líneas, imagino una Tierra sin nosotros. Ciudades vacías, carreteras partidas, campanarios cubiertos de musgo y edificios vencidos por el tiempo. Ya no habrá nadie para escuchar el primer crujido de las paredes. 
Tal vez entonces la Tierra vuelva a estremecerse sin testigos.
No será un castigo de Dios.
No será la venganza de los muertos.
Será simplemente la antigua materia haciendo lo que siempre hizo.
Moverse. 
Y quizá la última pregunta no sea cuándo desaparecerá la Tierra, sino cuándo desaparecerá el hombre que creyó que podía dominarla. 
Porque la Tierra ha sobrevivido a cataclismos que nosotros apenas podemos imaginar. 
Nosotros, en cambio, apenas somos un breve temblor sobre su memoria.
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