domingo, 11 de octubre de 2026

Prosa Rural




EL DÍA QUE EUSEBIO DESCUBRIÓ
QUE LA CIUDAD NO TENÍA
DÓNDE AMARRAR UN BURRO

 

Por Gilberto García Mercado

 



Eusebio Marrugo llevaba cuarenta y ocho años viviendo en una vereda donde las noticias llegaban montadas en mula y las preocupaciones se resolvían, casi siempre, debajo de un palo de mango. Su esposa, Remedios, tenía la virtud de discutir con las gallinas y ganarles siempre. Sus hijos, Anacleto y Milagros, habían crecido entre el olor del maíz recién molido, el canto de los gallos y las cuentas interminables de una tienda donde el crédito se concedía según la cara del cliente y la paciencia del tendero.

Pero un día, Anacleto regresó de una visita a Bogotá con la cabeza llena de edificios y la lengua untada de promesas.

—Papá, allá hay oportunidades. Uno puede progresar, conseguir empleo, comprar apartamento y hasta vivir cerca de un centro comercial.

Eusebio, que jamás había visto un centro comercial y sospechaba que debía tratarse de una plaza de mercado con pretensiones, decidió vender dos terneros, empacar sus pertenencias y llevarse a la familia a conquistar la capital.

El viaje fue largo. Cuando finalmente descendieron del autobús, Eusebio quedó inmóvil ante una avenida por donde rugían automóviles, motocicletas, buses y camiones. El aire olía a gasolina quemada, caucho caliente y algo indefinible que le recordó una vaca enferma.

—¿Aquí también se cocina con petróleo? —preguntó.

Remedios se acomodó el pañolón.

—Cállate, hombre. No vayas a demostrar que somos nuevos.

Pero era demasiado tarde. La ciudad ya los había descubierto.

Anacleto sacó el teléfono para consultar la dirección del apartamento que les había conseguido un conocido. Mientras tanto, Milagros miraba hacia arriba, fascinada por los rascacielos que parecían haber sido construidos por gigantes aburridos de vivir sobre la tierra.

—Mamá, ¿y si a uno le dan ganas de barrer el techo?

—Primero aprende a barrer el piso —contestó Remedios—. Que bastante trabajo me das en una sola dimensión.

Para llegar al apartamento tuvieron que cruzar un puente peatonal. Eusebio se agarró de la baranda y observó el tráfico desde arriba.

—¡Ave María! ¡Esta gente anda a toda velocidad! ¿Y si a alguno se le queda olvidada la cabeza en la casa?

Nadie le respondió. Todos corrían.

En el edificio, el ascensor les produjo la primera gran desgracia doméstica. Cuando las puertas se cerraron, Remedios gritó que los estaban metiendo en una nevera vertical. Eusebio buscó el machete, convencido de que aquel cajón metálico pretendía transportarlos al otro mundo.

—No se preocupen —dijo Anacleto, tratando de conservar la dignidad—. Esto es moderno.

—Pues que la modernidad abra la puerta —respondió su padre—, porque yo todavía tengo asuntos pendientes con la vida.

Los días siguientes fueron una colección de desastres. En el supermercado, Remedios encontró huevos empacados en cajas transparentes y preguntó quién había cometido la crueldad de separar a las gallinas de sus productos. Eusebio quiso comprar una libra de plátanos, pero terminó pagando casi lo mismo que por una gallina entera en la vereda.

En el centro comercial, la familia caminó durante dos horas sin comprar absolutamente nada. Milagros entró en una tienda de ropa, Remedios se perdió en un almacén de electrodomésticos y Eusebio acabó sentado frente a una fuente artificial.

—Esto es lo más parecido a un río que he visto desde que llegamos —dijo—, con la diferencia de que aquí ni siquiera se puede pescar una mojarra.

La inseguridad también les enseñó sus propias lecciones. Un muchacho les arrebató una bolsa mientras cruzaban una calle.

Eusebio salió detrás de él, pero tuvo que detenerse ante un semáforo en rojo.

—¡Ladrón! ¡Devuélvame mis cosas!

El muchacho desapareció entre la multitud. Eusebio permaneció en la acera, indignado porque hasta los delincuentes parecían conocer mejor las reglas de la ciudad que él.

La noche del sábado fueron al cine. Anacleto compró entradas para una película de acción. Eusebio, al ver la pantalla gigantesca, se levantó de la silla.

—¡Muchacho, bájale el volumen a ese televisor! ¡Van a despertar a todo el barrio!

Los demás espectadores protestaron. Remedios lo sentó de un tirón y le explicó que allí nadie conversaba, nadie preguntaba y nadie se levantaba a saludar a un conocido. Eusebio concluyó que aquel lugar era una iglesia donde se adoraba a unos muñecos que gritaban.

Al cabo de un mes, la familia empezó a extrañar la vereda. Extrañaban el silencio, las conversaciones largas, el olor de la tierra mojada y hasta las gallinas que Remedios regañaba al amanecer. Eusebio, sobre todo, echaba de menos poder caminar sin que alguien le pitara, lo empujara o le cobrara por respirar cerca de un establecimiento.

Una mañana, mientras contemplaba desde la ventana las interminables filas de vehículos, tomó una decisión.

—Anacleto, empaca las maletas. Nos vamos.

—¿Y las oportunidades, papá?

Eusebio se rascó la cabeza, miró los edificios y respondió con la solemnidad de un hombre que acababa de descubrir una gran verdad económica:

—¡Hijo, en esta ciudad hasta las oportunidades vienen atornilladas, y uno tiene que pagar para que se las desatornillen! Vámonos para el terruño, donde el burro no necesita ascensor y el aire todavía se puede respirar sin pedir permiso.

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