MARCELINO, SU FAMILIA Y EL METRO
QUE SE TRAGABA A LA GENTE
Por Gilberto García Mercado
Marcelino Paternina era un campesino de manos anchas, sombrero de palma y una filosofía tan sencilla que cabía en el bolsillo de su camisa. Para él, el mundo se dividía en tres partes: la parcela, el pueblo y el camino que unía ambas cosas. Lo demás eran inventos para complicarle la existencia a la gente.Vivía con su esposa, Tomasa, sus dos hijas adolescentes, Yuliana y Patricia, y un suegro llamado don Próspero, quien llevaba veinte años anunciando que estaba a punto de morirse, aunque gozaba de una salud que habría despertado envidia en cualquier caballo.La familia se trasladó a Medellín después de que un primo de Marcelino les ofreciera trabajo en un restaurante. Según él, la ciudad era una máquina de producir dinero.—Allá nadie pasa hambre —les aseguró—. El que no trabaja es porque no quiere.Marcelino vendió unos cerdos, guardó los ahorros en una bolsa de tela y emprendió el viaje convencido de que pronto regresaría con suficiente dinero para comprar una parcela más grande.Apenas llegaron, Tomasa tuvo que sentarse en una banca. Frente a ellos se levantaban edificios que parecían competir por alcanzar el cielo. Los vehículos pasaban sin descanso, y el humo de los tubos de escape formaba una neblina que le irritó los ojos a don Próspero.—¿Aquí queman las cocinas desde la mañana? —preguntó el anciano.—No, abuelo —respondió Yuliana—. Eso es contaminación.Don Próspero frunció el ceño.—Pues que dejen de contaminar. Uno viene a conocer la ciudad y lo primero que le ofrecen es una ahumada gratis.El primer trabajo de Marcelino consistió en ayudar en la cocina del restaurante. Era cumplidor, madrugador y obediente, pero tenía una dificultad: no entendía por qué los clientes exigían que todo estuviera listo inmediatamente, como si las vacas se ordeñaran solas y los tomates nacieran picados.—¡Un almuerzo para llevar! —gritaba un hombre con corbata.—¿Y dónde se lo va a llevar? —preguntaba Marcelino—. Porque si es para una finca, puedo recomendarle un buen camino.El administrador estuvo a punto de despedirlo el primer día.Tomasa consiguió empleo por horas limpiando apartamentos. Allí descubrió que algunas personas tenían tantas habitaciones que podían perderse dentro de su propia casa.Una señora le mostró un aparato automático para limpiar el piso y le explicó que no necesitaba barrer.—¿Y entonces para qué me contrataron? —preguntó Tomasa.La mujer no encontró una respuesta convincente.Las hijas, entretanto, se adaptaron con mayor rapidez. Aprendieron a usar el teléfono para consultar rutas, comprar ropa y conversar con sus nuevas amistades. Marcelino, que apenas sabía contestar llamadas, las observaba con recelo.—Estas muchachas hablan más con una pantalla que conmigo.—Papá, es que aquí todo se hace por internet —dijo Patricia.—¿Y las cosas que no están en internet?—Pues no existen.Marcelino guardó silencio. Aquella respuesta le pareció más peligrosa que una serpiente en el gallinero.El verdadero conflicto llegó el día en que tuvieron que utilizar el metro. Un compañero de trabajo le explicó que era el transporte más rápido y cómodo para atravesar la ciudad.Marcelino reunió a la familia y descendieron a una estación.Al ver las escaleras eléctricas, Tomasa retrocedió.—¡Eso se mueve solo!—Claro, mamá —dijo Yuliana.—Pues que se mueva solo, pero sin nosotros.Marcelino decidió demostrar que no tenía miedo. Puso un pie en el primer escalón y, al sentir que el aparato lo arrastraba hacia arriba, levantó los brazos como un equilibrista.—¡Agárrenme! ¡Esta escalera tiene voluntad propia!Un joven lo sujetó del codo antes de que cayera. Las hijas se taparon la cara, Tomasa rezó un padrenuestro y don Próspero, desde abajo, gritó que no pensaba subir a ninguna máquina que no tuviera un conductor visible.En el andén, Marcelino descubrió que la gente esperaba detrás de una línea amarilla. Cuando llegó el tren, las puertas se abrieron y una multitud salió mientras otra intentaba entrar. Él quedó atrapado en medio del movimiento.—¡Despacio, señores! ¡Que no estamos repartiendo una herencia!Una mujer lo empujó, un estudiante le pisó un zapato y un ejecutivo pasó hablando por teléfono, sin siquiera mirarlo.Finalmente, Marcelino logró entrar, pero las puertas se cerraron antes de que don Próspero alcanzara el vagón.El anciano quedó en el andén, indignado.—¡Marcelino! ¡Ese cajón se ha llevado a mi familia!El tren partió. Durante dos estaciones, Marcelino viajó pálido, abrazado a la bolsa donde guardaba sus documentos. Cuando se abrieron las puertas, salió como quien escapa de un naufragio y corrió a buscar a su suegro.Lo encontraron sentado junto a un vigilante, explicándole que los trenes eran animales metálicos que se tragaban a la gente por tandas.Aquella noche, en el pequeño apartamento que compartían con otra familia, Marcelino hizo cuentas. El arriendo, los pasajes, la comida y los servicios consumían casi todo lo que ganaban. Para colmo, el restaurante había reducido sus horas de trabajo.Tomasa extrañaba su patio. Las muchachas echaban de menos el espacio. Don Próspero quería volver a dormir sin escuchar el ascensor, que a sus oídos sonaba como un ataúd subiendo y bajando toda la noche.Marcelino miró por la ventana. Las luces de la ciudad brillaban como estrellas atrapadas detrás de una reja.—¿Saben una cosa? —dijo—. En el campo, cuando uno no tiene dinero, al menos puede sentarse bajo un árbol y pensar. Aquí, si uno no tiene dinero, ni siquiera puede sentarse tranquilo, porque hasta las bancas parecen estar reservadas para alguien.Tomasa asintió.A la mañana siguiente, Marcelino llamó al primo que los había convencido de mudarse. Le pidió ayuda para conseguir el transporte de regreso.—¿Tan pronto te vas? —preguntó el hombre—. ¡Pero si apenas estás empezando a progresar!—Tienes razón —respondió Marcelino—. He progresado tanto que ya sé dónde queda la estación, cómo funciona una escalera y cuánto cuesta vivir sin ver el cielo. ¡Ahora vámonos para el terruño, porque prefiero sudar sembrando yuca que pasarme la vida montado en un tren que se traga a la gente y me devuelve más pobre de lo que me encontró!__________________________________Invítanos un café y ayúdanos a mantener encendida la llama de la literatura. Tu apoyo nos permite seguir llevando historias, poesía y cultura hasta nuestros lectores.https://ko-fi.com/gilgarmer 😀😃😄😁😆📚 📖

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