martes, 18 de agosto de 2026

Pobre Humanidad


LA BIBLIOTECA DE LOS ÚLTIMOS ECOS



Por Gilberto García Mercado*



 

El hombre despertó en un mundo que no era suyo. La atmósfera, ligera y casi translúcida, se teñía de tonos metálicos, como si el aire mismo hubiera aprendido a reflejar los pensamientos de quienes lo respiraban. Los hombres, de cuerpos estilizados y piel luminosa, vestían tejidos que cambiaban de color según sus emociones, desplazándose en corrientes de energía que sustituían a los antiguos caminos. 
En aquel futuro, la vida se había prolongado hasta límites insospechados: algunos hablaban de eternidad, otros de un juicio final aplazado por la ciencia. La espiritualidad se había transformado en una red de consciencias compartidas, donde rezar era conectarse a un flujo universal de memoria. Los rasgos humanos se habían suavizado, casi borrando las diferencias, como si la especie hubiera decidido fundirse en una sola forma. 
Marte era un vergel rojo, Neptuno un océano domesticado, Plutón un santuario de exiliados. Los gobiernos ya no eran naciones, sino consejos de energía que regulaban la materia y el tiempo. Las construcciones se elevaban como cristales flotantes, y la muerte había dejado de ser misterio: se sabía que era tránsito, un pasaje hacia dimensiones donde la materia podía desintegrarse y recomponerse, como en la teletransportación. 
El hombre, atrapado en el tiempo, halló una biblioteca oculta. Allí reposaban libros prohibidos, incinerados por los gobiernos: volúmenes que hablaban del teléfono, la televisión, los primeros pasos de la ciencia. Eran reliquias de un pasado despreciado, pero en sus páginas latía el pulso de la humanidad. Al abrirlos, sintió que cada palabra era un rescate, un latido que se negaba a morir.
Entre los corredores de esa biblioteca conoció a una mujer, fugitiva de las leyes del olvido. Sus ojos guardaban la nostalgia de los siglos, y juntos compartieron un amor breve, intenso, como un relámpago en medio de la soledad de aquel futuro. Ella le enseñó que la memoria era la verdadera eternidad, y que amar era desafiar al tiempo. 
En sus vagabundeos llegó a un cementerio. Allí yacían los grandes personajes de nuestro tiempo: científicos, poetas, visionarios. Sus tumbas eran hologramas que narraban sus vidas, contrastando con el silencio del futuro. El hombre comprendió que la humanidad había conquistado el espacio, pero había perdido la ternura de recordar. 
La biblioteca ardía en secreto, pero él decidió salvar un libro, ocultarlo en su pecho. Era su manera de resistir, de llevar al futuro la voz de quienes soñaron antes. Porque en ese mundo de cristal y eternidad, lo prohibido era lo humano, y lo humano era lo que aún podía salvarlos. 
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