domingo, 30 de agosto de 2026

Adiós a La Chiva



EL DOMINGO EN QUE EL
PERIÓDICO OLÍA A TINTA


Por Gilberto García Mercado




En 1998 yo esperaba los domingos como quien espera una carta de amor. Desde la madrugada comenzaba a contar las horas, los minutos y hasta los segundos. Me despertaba a las cuatro de la mañana, cuando Cartagena todavía dormía bajo el silencio de sus calles, y sabía que faltaban varias horas para que los expendios de periódicos abrieran sus puertas. Pero la espera no me impacientaba. Al contrario, tenía algo de ceremonia. A las ocho o nueve de la mañana saldría en busca de mi tesoro.
 
Por aquellos días, comprar El Tiempo de Bogotá era para mí mucho más que comprar un periódico. Era cumplir un rito. Lo esperaba con la misma ansiedad con que otros esperaban el almuerzo del domingo o la visita de un pariente. Allí estaba su magazín, sus páginas de literatura, sus grandes reportajes y esa sensación maravillosa de que, al abrirlo, el mundo entero cabía entre las manos. 
Me iba a pie por los alrededores del antiguo Tránsito, cerca del SENA de la avenida Pedro de Heredia. Cartagena comenzaba entonces a despertar. Algunos vendedores levantaban las puertas de sus negocios y las calles todavía conservaban esa tranquilidad que hoy parece pertenecer a otra ciudad. Yo caminaba con una especie de felicidad anticipada, pensando en lo que encontraría en aquellas páginas.
Y entonces ocurría el milagro. 
Regresaba a casa aspirando el olor de la tinta. Sí, el olor de la tinta. Ese olor que hoy quizá nadie extraña porque casi nadie lo conoce. Para mí era parte del periódico, como las letras, las fotografías y las noticias. Abrir aquellas páginas era como abrir una ventana hacia un mundo desconocido. 
Me esperaba el deleite del magazín dominical de El Espectador, las crónicas, los enviados especiales, la famosa «chiva», las noticias del último Premio Pulitzer y las columnas de hombres que habían convertido el periodismo en una forma de literatura. Allí estaban las columnas de Juan Gossaín y D’Artagnan, y aquellas crónicas de televisión y periodísticas de Ernesto McCausland, capaces de convertir una historia cotidiana en un relato que uno terminaba leyendo como si fuera un cuento. 
En el Portal de los Dulces aparecían algunos voceadores anunciando los diarios y gritando la «chiva» del día. Aquellos hombres parecían saber que no vendían simplemente papel. Vendían curiosidad. Vendían asombro. Vendían la posibilidad de enterarse de lo que estaba ocurriendo en Colombia y en el mundo mientras uno se tomaba un café o una Coca-Cola. 
Yo podía pasar horas con el periódico extendido sobre la mesa. Era una compañía. Uno lo leía sin prisa, regresaba a una página, doblaba una esquina, subrayaba una frase y volvía después sobre aquella noticia que había quedado dando vueltas en la cabeza. El domingo tenía otro ritmo porque el periódico también tenía otro ritmo. 
Con el tiempo, aquella ceremonia comenzó a desaparecer. La inmediatez se sentó en la sala de redacción y terminó expulsando a la literatura. La noticia dejó de esperar al periódico del día siguiente. Ahora llega antes que nosotros, corre por el teléfono, aparece en una pantalla y desaparece unos minutos después para ser reemplazada por otra. La prosa periodística, aquella que se respiraba con el cuerpo, fue cediendo terreno ante una prosa de etiqueta, rápida, urgente, diseñada para ser consumida y olvidada. 
También desaparecieron muchos periódicos impresos. Y con ellos se produjo un duelo silencioso entre quienes pertenecemos a una generación que aprendió a informarse pasando las páginas. 
Sin embargo, la historia tiene sus ironías. Mientras nosotros perdíamos el olor de la tinta, la madre tierra ganó un poco de respiro. Se dejaron de talar innumerables árboles para convertirlos en toneladas de papel. La tecnología, que nos robó aquella ceremonia, también le concedió a los bosques una pequeña tregua. 
A veces pienso que no extraño solamente los periódicos. Extraño al hombre que fui mientras los leía. Aquel muchacho que despertaba a las cuatro de la madrugada para esperar un domingo que todavía no había comenzado. 
Y quizá eso sea lo que realmente desapareció: no el periódico, sino aquella manera nuestra de esperar el mundo.

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