sábado, 22 de agosto de 2026

Mariposas en el Estómago



LA ODISEA DEL AMOR

 

Por Gilberto García Mercado

 


El amor en la historia es un río que nunca se detiene, aunque cambien sus cauces y se transformen sus orillas. Es la lección más antigua y más nueva, porque cada generación lo reinventa, pero siempre conserva su esencia: la entrega que trasciende al individuo y lo convierte en memoria. 
Desde los albores de la literatura, el amor ha sido tragedia y milagro. Romeo y Julieta, en la Verona de Shakespeare, nos enseñaron que la pasión puede desafiar al tiempo, aunque al precio de la vida. Jorge Isaacs, en su María, nos mostró la dulzura de un amor que florece en la inocencia y se marchita en la muerte, dejando tras de sí un perfume eterno. Dante, en su viaje hacia Beatriz, convirtió el amor en puente hacia lo divino; Neruda lo transformó en fuego y sal, en cuerpo y eternidad; Goethe y García Márquez lo hicieron espejo de la condición humana, capaz de elevar y destruir. 
El amor ha sido también un campo de batalla contra las convenciones. En la historia, la diferencia de edad, las barreras sociales, los matrimonios por conveniencia marcaron destinos que se quebraron bajo el peso de la imposición. Y sin embargo, los amantes siguieron desafiando las normas, porque amar era más fuerte que obedecer. La conducta del enamorado, ayer como hoy, se revela en gestos universales: la mirada que se prolonga, la sonrisa involuntaria, la obsesión que roza la locura. 
Hoy, el amor se enfrenta a la fugacidad de lo efímero. Se ama en la transparencia de una pantalla, en la velocidad de un mensaje que se desvanece. Pero el corazón sigue latiendo con la misma intensidad, impulsado por la danza secreta de la dopamina y la oxitocina, que nos elevan hacia la ternura o nos precipitan en la obsesión. El amor obsesivo es un incendio que consume, un río desbordado que arrastra todo a su paso. El amor natural, en cambio, es un jardín que florece sin prisa, donde cada gesto es semilla y cada silencio es raíz. 
La historia nos recuerda que el amor no siempre fue libre, pero siempre fue eterno. Cambian los escenarios, cambian las palabras, pero la esencia permanece: amar es trascender el propio ego, es mirar más allá de uno mismo. Es raíz y fruto, herida y bálsamo, tragedia y milagro. Sin amor, la historia sería un desierto de gestos vacíos; con él, se convierte en un jardín de eternidades. 
Así, el amor en la historia nos enseña que la verdadera grandeza no está en lo que conquistamos, sino en lo que entregamos. Y en esa entrega, silenciosa o ardiente, se escribe el legado que cada corazón deja al mundo, un legado que se convierte en eternidad.
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