Translate

domingo, 15 de marzo de 2026

Bibloteca de La Calvaria

 El Cuento de la Semana


El Collar


Por Guy de Maupassant


La señorita Matilde Loisel era una de esas muchachas bonitas y encantadoras que nacen, como por un error del destino, en una familia de empleados. No tenía dote, ni esperanzas, ni medios para ser conocida, comprendida o amada por un hombre rico; y terminó casándose con un modesto empleado del Ministerio de Instrucción Pública.

Vivía con sencillez, porque no podía permitirse otra cosa; pero sufría sin cesar, sintiéndose nacida para todos los lujos y refinamientos. Padecía por la pobreza de su vivienda, por la miseria de las paredes, por la fealdad de los muebles, por la vulgaridad de los cortinajes. Todas esas cosas, que otra mujer de su misma condición ni siquiera habría notado, la atormentaban.

Soñaba con silenciosos salones tapizados con sedas antiguas, iluminados por altos candelabros de bronce; con grandes salones perfumados, hechos para recibir a los invitados más distinguidos. Soñaba con vajillas finas, con joyas brillantes, con halagos y admiración.

Un día, su esposo llegó a casa con aire triunfante y le entregó una tarjeta.

—Mira —dijo—, he conseguido algo para ti.

Ella leyó: era una invitación para un gran baile en el Ministerio.

Pero en lugar de alegrarse, Matilde arrojó la invitación sobre la mesa con desdén.

—¿Qué quieres que haga con esto?

—Pero, querida —dijo su marido—, pensé que te gustaría. No salimos nunca, y esta es una gran ocasión.

Ella respondió con tristeza:

—¿Y qué quieres que me ponga? No tengo vestido.

Su marido, turbado, respondió:

—Podrías comprar uno. Creo que podríamos gastar unos cuatrocientos francos.

Matilde vaciló, pero aceptó. Sin embargo, unos días después, parecía nuevamente inquieta.

—¿Qué te pasa? —preguntó su marido.

—No tengo joyas —dijo—. Pareceré pobre.

Entonces él sugirió:

—Ve a ver a tu amiga, la señora Forestier, y pídele algo prestado.

Matilde se alegró ante la idea. Al día siguiente fue a casa de su amiga, quien le mostró un cofre lleno de joyas.

Después de dudar entre varias, descubrió un magnífico collar de diamantes.

—¿Podrías prestármelo? —preguntó con ansiedad.

—Claro que sí —respondió la amiga.

La noche del baile fue un triunfo para Matilde. Era la más bella, la más elegante. Todos la miraban, todos la admiraban.

Pero al regresar a casa, frente al espejo, lanzó un grito.

El collar había desaparecido.

Su esposo buscó por todas partes, incluso regresó al camino recorrido. Nada.

Finalmente decidieron reemplazarlo. Encontraron uno idéntico en una joyería. Costaba una suma enorme.

Para pagarlo pidieron préstamos, firmaron pagarés, y se endeudaron de manera terrible.

Matilde devolvió el collar a su amiga sin decir nada.

A partir de ese momento comenzó una vida de sacrificio. Despidieron a la criada, cambiaron de casa, y Matilde aprendió los trabajos más duros: lavar, limpiar, cargar agua, regatear en el mercado.

Pasaron diez años así.

Finalmente pagaron toda la deuda.

Un día Matilde se encontró con la señora Forestier en los Campos Elíseos. La amiga no la reconoció al principio, tan cambiada estaba.

Matilde decidió contarle la verdad.

—Te devolví un collar falso —dijo—. Perdí el tuyo y lo reemplazamos. Nos tomó diez años pagarlo.

La señora Forestier quedó sorprendida.

—¡Oh, pobre Matilde! —exclamó—. ¡Pero si mi collar era falso! ¡No valía más de quinientos francos!
Guy de Maupassant (1850–1893) fue un escritor francés considerado uno de los grandes maestros del cuento moderno. Discípulo de Gustave Flaubert, desarrolló un estilo realista, claro y preciso, con relatos breves que a menudo terminan en giros inesperados. Alcanzó fama con el cuento Boule de Suif y escribió más de trescientos relatos y varias novelas, entre ellas Bel-Ami. Su célebre cuento La Parure (El collar) es uno de los relatos más conocidos de la literatura universal. Murió en París a los 42 años.



 

No hay comentarios:

Seguidores

HAY QUE LEER....LA MEJOR PÁGINA...HAY QUE LEER...

Hojas Extraviadas

El Anciano Detrás Del Cristal Por Gilberto García Mercado   Habíamos pasado por allí y, no nos habíamos dado cuenta. Era un camino con árbol...