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viernes, 11 de marzo de 2022

Convocatoria La Calvaria Literatura

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Agry: La Paremióloga de Chambacú

«PREOCÚPATE POR TI Y DEJA VIVIR AL OTRO»

Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes


En Chambacú podían pasar muchas cosas que a primera vista parecían insólitas, y una de ellas era la historia de «la señora acodada en la ventana contemplando el mundo». Nunca supe de donde había salido aquella historia bastante particular. Sin embargo, después de muchos años lo comprendí, cuando la maestra del barrio, muy apegada al Castellano y a la lectura de El Quijote de la Mancha, me lo explicó. Aquella historia se había urdido gracias a la condición de «Paremióloga» que tenía dicha dama de la ventana, muy dada a decir refranes o proverbios que guardaban alguna relación con lo que estaba ocurriendo a su alrededor, ya fuera para lanzar indirectas al vecino o a quien la estuviera observando a través de la ventana.

Tenía siete perros que había traído de un caserío que hacía parte de las Islas del Rosario. «Dejaquedigan», era un perro con manchas negras sobre su cuerpo blanco, lo llamaba con afán cuando pasaba la persona que, según ella, era habladora o cuando quería ponerle fin a una controversia.

—«Dejaquedigan», no te importe lo que digan de ti»—gritaba despectiva cuando azuzaba al perro.

«Vetuvida» era otro perro que tenía una gran particularidad, faltábale una pata, así que, caminaba dando saltitos, su dueña se afanaba en llamarlo especialmente cuando notaba que alguien se quedaba mirando para el interior de la casa:

—«VetuVida». Preocúpate por ti y deja vivir al otro—le gritaba al animal.

Los vecinos la trataban con mucho cuidado, pues no querían caer bajo los golpes de sus refranes, ella se había especializado a través del curso de paremiología que habían dictado en la escuela de la Señorita Zoila.

«Pocacosa» era una perra que todos los años paría cinco críos que su ama vendía a buen precio porque tenía un buen pedigrí.

—«Pocacosa» no le pongas mucha atención a esa persona—gritaba exacerbada cuando alguien husmeaba por la ventana.

La señora Agry, que era el nombre de la paremióloga, llamaba a «Pocacosa» con vehemencia, cuando la despreciaban por su apariencia o cuando la tropezaban por casualidad o a algunos de sus cuatro hijos, entre ellos el mayor, quien desde que llegó del pueblo, nunca dejó de cargar la jaula del canario que cantaba en el día y sólo dejaba de hacerlo cuando el cielo se nublaba.

«Amarratuperro» con sus numerosísimas manchas negras, tenía rasgos de Dálmata. Agry muchas veces hacía una especie de marcha con sus siete perros. Los arengaba gritando sus nombres a cada momento.

Los chambaculeros quedábamos asombrados al ver cómo los perros saltaban de la alegría ante la voz de la paremióloga.

Juan V Gutiérrez M
«Amarratuperro» era dócil, pero ladrador, situación que Agry aprovechaba para llamarlo a gritos, y que los vecinos entendieran que ella estaba al mando.

«Cierralapuerta» era una perra negra y brava, generalmente llevaba puesto el bozal para que no fuera a morder a alguien, cosa que nunca pasó, Agry la llamaba a gritos para que la vecina del frente o del lado supieran que debían mantener las puertas cerradas.

Aquellas historias peculiares de Chambacú, llamó tanto la atención del cantante del barrio, quien para homenajearlas compuso una canción dedicada a Agry y sus perros.



lunes, 7 de marzo de 2022

¡Prejuicios!

    EL CHAMBACULERO DE LAS NOVENTA GUAYABERAS 

       

Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes


Allá, por los años cincuenta, en Chambacú vivió un estudiante del Liceo de Bolívar, quien se caracterizaba por su amor al deporte y la pulcritud en el vestir, esto último muy difícil de conseguir por los saltos que tenía que dar para pasar por las calles cubiertas de lodo. No obstante, aquello era una invitación a vencer los obstáculos, para poder alcanzar metas y sueños.

Antes de terminar el bachillerato, se mudó del barrio con el propósito de mejorar el estrato y poder entrar a una Entidad con mucho requisito en cuanto a la admisión. Pasó el tiempo, pero para quienes lo conocieron, él era uno más de los chambaculeros, no importaban los grados del escalafón alcanzado ni el cambio de estrato.

Dentro de las paradojas halladas en los personajes de Chambacú, él presentaba algunas características que asombraban a muchos, sobre todo a quienes buscaban refugio bajo la sombra de un árbol para no decolorar la vestidura que debía durar en su uso una semana. Tenía una colección de sesenta pares de zapatos combinados (calzados de capricho) y noventa camisas guayaberas adornadas con tejidos de hilos de oro. Un vecino era el encargado de lustrar las cinco docenas de calzados, que le demandaba dos días, y algunas veces hasta tres, por el extremo cuidado con el que debía acometer dicha labor. 

Usaba un par de calzados durante seis días, es decir, al mes se ponía cinco pares distintos con diferentes guayaberas, las cuales podía variar durante tres meses. Tenía noventa camisas guayaberas importadas de Miami y algunas traídas de la Habana, por intermedio de su compadre Félix. 

Su indumentaria la usaba en relación con los temas que debía tratar en las reuniones en las que participaba, se había propuesto hacer parte de diferentes asociaciones, así que por la época fungía como historiador y se envolvía en falsedades, como era el nunca haber pasado por las calzadas enlodadas de Chambacú. (No es fácil negar la Historia, Chambacú fue el más grande tugurio que por esos tiempos tuviera Cartagena).

Juan V Gutiérrez M

Hoy, cuando sé de esa persona que habitó en Chambacú, con sus excentricidades en el vestir, me atrevo a adivinar en el pobre tipo los prejuicios de los que adolecía al ver cómo, personajes inmersos en los vapores de la marihuana, vestían muy bien y mostraban extremada variedad en sus camisas y zapatos, usaban cremalleras alrededor del cerco de sus calzados, las cuales los hacían brillar en las noches con pantalones «boca e tubos». Aquellos muchachos, inspirados en la cannabis eran quienes mejor vestían. Hoy recordamos a nuestro protagonista, el tipo que tenía sesenta pares de zapatos y noventa camisas guayaberas, que dejaba en el ambiente el olor de la loción de Farina por los rincones de la ciudad.

 

 

 

 

sábado, 5 de marzo de 2022

Lanzamiento de Novela

«DE UNA VIDA TRISTE Y DURA A UNA
GRAN VICTORIA EN CRISTO JESÚS»

Por Gilberto García Mercado


En la Iglesia Cristiana Bet-El, de Puerta de Hierro, con la asistencia de su pastor Edis Pinto Correa, se llevó a cabo este sábado 5 de marzo a las 3 pm el lanzamiento de la ópera prima de Divisay San Miguel Carrascal, «DE UNA VIDA TRISTE Y DURA A UNA GRAN VICTORIA EN CRISTO JESÚS», San Miguel Carrascal además de ser miembro de la Iglesia Cristiana Bet-El, es la Directora de la Fundación La Victoria En Cristo Jesús, organización cuyo principal objetivo es hacer de la vida de las personas discapacitadas, una existencia digna y contemplativa en la esperanza de que ellos también merecen construir país si se les ayuda no con conmiseración y lastima, sino como seres maravillosos a los que hay tender las manos y dejar que el Dios Todopoderoso haga lo demás.

El evento contó con la participación del periodista Miguel Canencia, quien ofició como maestro de ceremonia. Además, el escritor y licenciado Orlando Periñán Lombana dedicó unas breves palabras sobre cómo conoció a la autora de la novela y sobre lo difícil que es hacer Literatura en Colombia.

El periodista y escritor Gilberto Garcia M, Editor General de La Calvaria Literatura (https://lacalvarialiteratura.blogspot.com.co y de Con-Fines Culturales dedicó unas palabras a la trayectoria de Divisay San Miguel e instó a la comunidad de Puerto de Hierro a seguir los pasos de esta novel escritora que hoy nace desde esta comunidad, la de Puerto de Hierro de Cartagena, para el mundo.

Por último, la escritora hizo un llamado a la sociedad cartagenera, sobre todo a sus dirigentes para que se sumen a la causa de ayudar a los discapacitados.

«Con la compra de un ejemplar están contribuyendo a mejorar la calidad de vida de todos mis muchachos cobijados por laFundación», anotó Divisay San Miguel





Ópera Prima de Divisay San Miguel

VOLVER SOBRE LOS AÑOS... Y AL FINAL UNA NOVELA


Por Gilberto Garcia Mercado

La obra de Divisay de Jesús San Miguel Carrascal, «De Una Vida Triste y Dura, a una Gran Victoria En Cristo Jesús» tiene su mérito propio. Quizás no el esperado como una novela que rompiera los cánones de la misma, pero sí como lectura ejemplarizante que necesita conocerse y divulgarse para que esas sombrías vicisitudes que se ciernen sobre el género humano no se repitan y sí lo hacen no produzcan en el afectado decisiones erróneas que contribuyan al fracaso de una mujer, y, por ende, de todos sus descendientes.

Es su primera novela, autobiográfica ella, y como tal bien vale la pena ser leída por un lector acucioso. Que sepa discernir y llorar con la protagonista en las escenas en las que parece venirse abajo ese cielo oscuro y brumoso: las adversidades son el pan de cada día de nuestra abnegada mujer.

¿Cómo soporta nuestra protagonista tanto sufrimiento? La clave, nos dice la escritora, y es reiterativa en eso, «es abandonarse, dejarse guiar todo el tiempo por las manos de Nuestro Señor Jesucristo». Cada frase, cada fragmento de esta novela está untada de sufrimiento, pero también de la victoria cuando el rostro de Dios se enseñorea sobre la mujer, y, esta reclama misericordia: ¿por qué ella tuvo que nacer sin conocer a su padre, en medio de una pobreza acuciante, sin las singulares oportunidades que como derecho inherente a los seres humanos merecemos en una sociedad equilibrada y armoniosa?

«De Una Vida Triste y Dura, a una Gran Victoria En Cristo Jesús», llegó para quedarse en los corazones de quienes la lean. Como historia y argumento estamos ante unas páginas que describen el acontecer de esa cotidianidad colombiana, una época que paradójicamente en la novela no bordea los ataques de los alzados en armas, pareciera que en la novela de Divisay San Miguel la pobreza y el sufrimiento de los personajes novelados fueran la encarnación de la subversión y los narcóticos contemporáneos. Por las páginas de esta ópera prima de la San Miguel Carrascal, la violencia colombiana no se ve por ninguna parte. Se puede sospechar que las vicisitudes de la San Miguel son ese universo entre atmósferas de hija sin padre, la pobreza y el sufrimiento, una forma de exorcizar la guerra fratricida que desde hace más de cincuenta años se ha ensañado en nuestro territorio. ¡No hay una sola mención al Conflicto en sus páginas!

No obstante, estamos ante una novela surgida desde una época que bordea los años sesenta del siglo XIX. Una novela que se puede leer de un tirón, en síntesis, son las travesías de un alma conmovida hasta las lágrimas. Que, ante la eventualidad de la problemática social de aquellos días, ante los obstáculos de pobreza y desolación, se aferra al «Señor de Señores» para finalmente direccionar su vida y edificarla y contribuir a revelar unos sentimientos que necesitan otras criaturas que han tenido el privilegio de salvarse, ser una sobreviviente en este siglo XXI, para la Honra y la Gloria de Dios.

Por último, la San Miguel Carrascal es una mujer común y corriente, pero salvada por el Señor Todopoderoso. Que en su residencia del humilde barrio de Puerta de Hierro puede decir que la vida sin conocer a Dios será de tropiezo en tropiezo, de derrota, de caer y volverse a levantar, pero ahora finalmente tocando el borde del Manto del Señor.

En esta comunidad arraigada en su corazón ella parece levitar sobre Puerta de Hierro y contemplar las escenas de su vida pasada, como si tuviera el poder de ir y volver sobre los años y al final estrechar las manos de Dios. Esta novela es su vida, una novela que bien merece ser leída por los lectores que se coloquen en los zapatos de esta mujer luchadora y victoriosa.










                          

 

martes, 1 de marzo de 2022

Contraste

LA HONESTIDAD DE LOS SUIZOS CONTRA
LA RUINDAD DE LOS COLOMBIANOS 


Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes

Osado siempre para rechazar al roñoso y mostrarle la positividad de no tratar con aquel que se muestra, tacaño con sus semejantes. Tenaz para brindarle al bondadoso todo el bien que se pueda y apartarlo de los miserables, de esos seres incapaces de hacer el mínimo favor y quienes están siempre dispuestos a extraerles hasta las entrañas al prójimo. Insistir en alejar al mezquino del buen ciudadano que actúa con honestidad, sin malicia de ninguna índole. Motivado para señalar con el índice al mísero y a la vez darle una lección de bondad para tratar de sembrar en su corazón la alegría de hacer el bien a quienes lo rodean. Invitar al mundo para extinguir el Club de los Peseteros que hacen de su vida una actividad del ofensivo comercio. Seres enmarcados en los círculos de los avaros, que llegan a tener el fin de sus vidas bajo la tapa de sus arcas, cuando éstas caen sobre sus nucas, en el momento en que contaban su fortuna. Al morir dejan una estela de anécdotas selladas con las marquesinas de los avarientos. De quienes nunca pudieron escuchar las buenas palabras del que sabía repartir la bondad con la alegría de un Samaritano.

Avaricioso y ruin, era aquel que contaba las monedas con extremo cuidado y no permitía que nadie se le acercara, algunas veces pasaba todo el día contando billetes de cinco mil pesos, parece que tenía una razón poderosa para preferir los billetes de esa dominación. Quizás era por la efigie de José Asunción Silva, argumentaba que existía una similitud entre él y el poeta Asunción. Había creado una hipótesis, argumentando que era bastante desconfiado y amante de la soledad, la cual compartía contando pequeñas monedas atesoradas con mucho celo. Lo que no sabía el avaricioso, era que el poeta había creado un personaje ficticio, encarnando el espíritu ruin de una persona. Con el paso de los años, se tornó en un ermitaño y murió en la soledad de sus monedas. Nadie lamentó su muerte. Sólo un poco de compasión el cicatero del barrio, quien vigilaba las acciones del avaricioso que sucumbió a la ruindad, en la que sólo se mira con ojos de cicatero todo cuanto existe a su alrededor, cubriéndose de pensamientos incapaces de mirar más allá de sus narices.

A las características del ruin se pueden adicionar las «marquillas» engendradas por una cultura de extremado egoísmo.

Lograremos ser considerados como honestos, cuando seamos capaces de erradicar las «marquillas» mentales que nos llevan a actuar fuera de las normas éticas del buen ciudadano. Veamos algunos ejemplos:

«A mí que me pongan donde haya», una frase muy corriente expresada por muchas personas, queriendo señalar que pueden actuar de manera deshonesta, si logran trabajar en un puesto donde haya manejo abundante de dinero, porque no perderá la ocasión de hacer mal uso del dinero que está a su disposición como trabajador. Él entrará a jugar en el rol de los que hacen parte del eslogan: «Me dieron Papaya», y continúa navegando en un mar de carimbas que invaden su forma de actuar.

«Eso no es tuyo, es del gobierno», frase empleada por los necios, cuando se trata de impedir que no atenten ni destruyan un bien del Estado que hace parte de la comunidad. Como pueden ser los elementos de un Parque, los escaños para sentarse, por ejemplo. Estos personajes reaccionan bruscamente cuando se les llama la atención para que no usen mal, el bien que pertenece a la Comunidad.

Caminan a ciegas sin ser capaces del compromiso entre él y el medio que los rodea. Parece que nada les importara, en su egoísmo extremo viven en unas burbujas de extremada insolidaridad.

Entonces parece que las «marquillas» anidaran en el pensamiento de los políticos.

Quedé asombrado, cuando pude observar cómo se podía comprar sin tener presente a un dependiente que estuviese recibiendo el valor de lo comprado. Llegábamos, tomábamos el producto y depositábamos el valor en una cajita que estaba sobre la mesa, quedé admirado de la honestidad de los suizos, franceses y otros europeos. 


Juan V Gutiérrez M

domingo, 13 de febrero de 2022

Pioneros De La Educación

LOS EGRESADOS DE EL LICEO DE BOLIVAR YA TIENEN ASOCIACIÓN

Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes

Este 11 de febrero tuve la oportunidad de asistir a la conmemoración de los 72 años de la fundación de El Liceo de Bolívar, colegio que salió orgullosamente del útero de la Universidad de Cartagena. A partir del Decreto No. 49 de 1950, firmado a los 31 días del mes de enero por el Doctor Alfredo Araujo Grau, Gobernador de Bolívar, se dio vía libre a esta emblemática institución en donde se han formado muchas de las memorias más prestantes e ilustres no solo de Cartagena sino de Colombia en general.
Pues bien, paralelo a esta celebración ha surgido una organización que recoge los afectos, el amor y el pensamiento permanente en pro de El Liceo de Bolívar: ASODEGLIDEBOL, Asociación de Egresados de El Liceo de Bolívar, su Directiva está conformada por Antonio Luis Castro Angulo, Jimmy Meza Caballero, Eduardo Ismael Viñas Contreras, Jorge Luis Ortega Hernández, Alfonso Vanegas Montero y Albeiro Aguilar Valiente.

En ese orden de ideas, se han propuesto Promover Alternativas de Desarrollo Educativo, Social, deportivo, Cultural en pro de la Comunidad Liceísta.

Además, aunarán esfuerzos por Fomentar e Incrementar los vínculos de los egresados. Velarán por los derechos de los asociados. Salvaguardarán los valores propios de la Cultura. (La realización de una tarea conjunta con las Directivas del Colegio. Desarrollando procesos de capacitación. Creando y apoyando espacios de reflexión en torno a la problemática social de orden nacional e internacional y exaltando los valores éticos y morales).

A grandes rasgos este es el desarrollo y la evolución que ha presentado El Liceo de Bolívar a lo largo de su historia: sale de la Universidad de Cartagena como Colegio Departamental de Bachillerato y se establece en el edificio El Cuartel del Fijo, de allí por los años de 1964 pasa a la avenida Pedro de Heredia, sector Escallón Villa, de donde es sacado por la acción contestataria de sus estudiantes,(ya habían pasado a una educación más dialéctica, lo cual incomodaba a las autoridades gubernamentales).

Llega al barrio Daniel Lemaitre en el año de 1976, en donde aún hoy permanece con las voces de sus maestros y egresados que se han esparcido por el mundo. Destacándose estos profesionales por la grandeza de su formación académica para el mundo.

El día de la celebración se pudo constatar el agradecimiento por la educación recibida en palabras de uno de los alumnos de la promoción de 1984, como el médico Efraín Espinoza, quien recordó el legado recibido. Allí estaban grandes profesionales en diferentes áreas, orgullosos de ser liceístas. Como ya es costumbre, se presentó un grupo de música folclórica de la Costa, interpretando cumbias y sones. (Químicos, médicos, ingenieros, todos celebraban entusiastas el orgullo de ser liceístas). No faltaron las menciones a profesores y se enfatizó en la importancia del estudio, «había que soñar y los sueños se cumplen cuando somos insistentes. Solo había que romper el cordón de la pobreza», evocó el médico Espinoza

La Asociación de Egresados de El Liceo de Bolívar tiene los brazos abiertos para todos aquellos liceístas que llevan en su corazón a ese grandioso plantel.

Juan V Gutiérrez M

 


viernes, 11 de febrero de 2022

Poema

 AUSENCIA TOTAL DEL AMOR

Por Gilberto Garcia M
                                                            
Una página de ayer me muestra la ilusión
Cuando los senderos se rendían
Ante el hombre íntegro
Formado de sauces frondas y riachuelos
 
Una página me habla de mujeres incólumes
De amaneceres untados de otoño
Revelando glorias y desengaños
Un antes y un después
 
Ahora gente inalterable
Sube y desciende de los coches
Nadie se detiene en el rostro del otro
Desde que el amor se ausentó
Da lo mismo
Una o mil maneras distintas de morir
 
Divagamos entre rostros austeros
La ternura fue reemplazada en el ser
Por lo hermético del hierro forjado
Y lo calizo de las piedras
 
 

#PoemasdeAmor

TODAS LAS FORMAS POSIBLES DEL AMOR                                          
          Por Gilberto García M                                            

En alguna parte de este trasegar de versos
Entre casas que reposan en los lienzos del pintor
Acaso se abran ventanas de esperanza y recuerdo
 
Ya basta la guerra fratricida y salvaje
Un cielo que descarga a puñetazos
Sus truenos y relámpagos
Y las manos levantadas de mil hombres
Condenando a su prójimo al destierro
 
Hay una escalera de oro conectada al paraíso
De tarde en tarde por ella se bajan el silencio y el dolor
 
Los pensamientos malditos de los hombres
Horadan la tierra, la contaminan
Han de asomarse entonces por las ventanas
Todas las formas posibles del amor
 

lunes, 7 de febrero de 2022

A Propósito de Un Festival

«EN CHAMBACÚ SE ORIGINARON LOS OFICIANTES DEL FRITO»

«Allí estuvieron los ancestros de Dora» 

Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes


Eran los años de mil novecientos cincuenta, dos años antes habían asesinado a Jorge Eliécer Gaitán, lo cual contribuyó en gran manera al inicio de la gran diatriba entre liberales y conservadores, que para nada tenía que ver con lo que se vivía en Chambacú, terreno formado por un semicuadrado de accesorias de cemento. Quince en total que hacían las veces de viviendas en aquel condominio, con un sólo sanitario en el patio, con la cercanía a la orilla del Caño de Juan Angola, colmada de manglares que servían de nidos a muchas aves, entre ellas las mariamulatas, garzas, goleros, tangas y chorlitos. No existía aún la proximidad de las palomas, pero sí grandes alcatraces.

En una de las accesorias del gran «caserón», vivía la familia de Valeriano Magallanes con su esposa Rita y sus tres hijos. Todas las tardes se daba inicio a la ofrenda gastronómica, conformada por buñuelos de frijol, carimañolas, empanadas de carne, arepas de huevo, arepitas de dulce y pequeños chicharrones y algunas veces asaduras (guisos de vísceras de cerdo), aquello se tornaba en un gran altar de la popular gastronomía.

Bajaban del barrio de San Diego muchos ciudadanos a degustar los fritos salidos de las manos de Rita y Valeriano. Era una venta rápida que no duraba seis horas, porque allí podíamos apreciar la voracidad del cartagenero ante la ofrenda de aquellos manjares. Aquella mesa, altar de la gastronomía, duró hasta los años del mil novecientos cincuenta y cinco. Había quedado en el imaginario de los chambaculeros el sabor de los fritos de Valeriano y Rita.

Con el tiempo, una de las señoras cercanas a la familia Magallanes, Doña Gregoria, instaló una mesa de fritos con la misma sazón impregnada por las manos de la señora Rita. Gregoria alcanzó gran prestigio en la elaboración de sus productos que gozaban del aprecio de todos los chambaculeros y de quienes transitaban por allí para dirigirse a Torices, Papayal y el Espinal.

Ella generó una «dinastía de manufactureras de fritos» que hacían de sus mesas altares donde se ofrecían manjares para todos los gustos.

Hoy podemos encontrar en El Festival del Frito la «Dinastía de Gregoria» con el apellido Gómez, descendientes del hijo de Gregoria, Guillermo Gómez, quien cuando niño pregonó los fritos de la madre.

De Chambacú se generaron muchas oficiantes de esos altares gastronómicos, haciendo de los fritos una ofrenda de los dioses Penates para los residentes de la ciudad.

De aquel barrio, se desprenden los orígenes de Dora Gaviria Magallanes, hija de Pabla Magallanes. Es de grata recordación la señora Petrona, quien alternaba con Rita en la elaboración de los fritos, y los pasteles, fruto de las manos de la señora Juana Toro.

Alrededor de Chambacú se instalaban muchas oferentes de las mesas de frito. 
Después de haber asistido a todo aquel esplendor y desarrollo de aquella gastronomía, me asombra cuando en el Festival del Frito establecido en Chambacú, es enorme la asistencia al encuentro con un buñuelo de frijol, una arepita de dulce, una empanada de huevo, una carimañola y todos esos manjares deliciosos salidos de manos receptivas y maravillosas.

Cartagena de Indias, 7 de febrero 2022.

Juan V Gutiérrez M

 

 


viernes, 28 de enero de 2022

Otra Campaña Presidencial y…

¿CUÁNDO SALDREMOS DEL ATRASO?

    «El mundo está desquiciado. Maldita sea la hora en que yo nací para tener que arreglarlo»

                               (William Shakespeare, Hamlet: Acto I. Esc. V)                                


Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes


Dejaremos de ser un país atrasado y, por consiguiente, Tercermundista, cuando realicemos la Educación como una actividad fundamental y necesaria para continuar viviendo y demostrar que somos seres racionales. A la Educación, no solo se la debe mirar, sino ponerla en actividad práctica en la formación de los ciudadanos de un país. Que todos nos preocupemos por marchar al lado del trabajo honesto para establecer una Cultura de la Legalidad en esta nuestra amada y sufrida Colombia.

No podemos considerarnos como seres racionales, si nuestras escuelas son «locales» donde predomina la incomodidad para recibir los principios fundamentales de la Educación, lugares olvidados por el espíritu de la verdad implícita en la naturaleza de las cosas. Los centros de enseñanza dan la impresión de ser «establecimientos» fundados en el olvido de quienes dieron nacimiento a las Ciencias Humanas. 

Es necesario e importante recoger el pensamiento de los grandes filósofos y humanistas para llevar a la práctica las diferentes teorías planteadas por estos pensadores, desde Sócrates, Platón, Aristóteles, Erasmo de Rotterdam, Descartes, Adam Smith, Max Weber, Carlos Marx y todos aquellos que buscaron vivir en una sociedad donde el hombre fuera considerado un ser racional.

Colombia, es un país con predominio de intereses particulares revelados por los aspirantes a los diferentes cargos políticos, desde la Presidencia hasta el último Edil del pueblo más olvidado. El atraso de este país se muestra en la alegría que pone de manifiesto el Presidente, por lograr establecer un sueldo mínimo de un millón de pesos, el equivalente a doscientos Euros. Es una tristeza, pues si se divide entre treinta días el millón de pesos, da un promedio de 33,33 pesos diarios, lo que debe emplear una familia para subsistir. He ahí una muestra de nuestro atraso, de ubicarnos al nivel de países como Haití, donde el hambre transita por las calles, como también se muestra en muchas calles de Cartagena de Indias, donde podemos encontrar a un pregonero que clama por un pedazo de pan o algo de comida para llevar a su familia. 

Con todo ese cuadro de miseria, cómo es posible que viejos y jóvenes políticos estén en un «rifirrafe» por llegar a la Presidencia con proyectos marcados por viejos políticos que ya pasaron por el Congreso y han asegurado una pensión de varios millones de pesos. ¿Irrisorio, no?  Si aquí se conociera la Ética entre quienes han estado en los diferentes cuerpos colegiados, desgarrarían sus vestiduras por ser los culpables del atraso en que se encuentra el Estado Colombiano. 

Nos liberaremos de la condición de ser Tercermundistas, cuando la Ética esté unida a nuestro Sistema de Gobierno y, por consiguiente, a la implementación de una Educación Gratuita y una Capacidad De Trabajo Para el Colombiano, en general.

Imponer una orden donde seamos vigilantes contra la Corrupción. Ésta, es sin duda, el mal que socava y entorpece el avance del pueblo colombiano.

Juan V Gutiérrez M

 

martes, 25 de enero de 2022

#MaestrosInolvidables

LOS CELOS DEL PROFESOR FEDERICO


Por Gilberto García Mercado


Treinta años necesitó Nicanor Alampi para saldar las viejas cuentas con Los Geranios. Viéndolo bien, había sido una completa estupidez salir del pueblo echando pestes contra todos por el engaño de Mercedes Sosa. Cómo pudo ser tan ingenuo e inmaduro, y perderse los mejores días de su juventud abandonando Los Geranios, para ir a probar suerte en una ciudad maldita en donde nunca hubo cabida para el amor. Más, sin embargo, se dejó arrastrar por la mentira urdida por la muchacha, quien tenía el apoyo de su austero padre, el honorable profesor Federico Sosa. El catedrático que había hecho de la población un lugar exclusivo para la sabiduría y los talentos excepcionales. Él tomó aquella tierra de nadie, en donde no existía el orden ni la ley, con casas ruinosas y un cielo encapotado amenazando lluvias todo el tiempo, y se fue de vivienda en vivienda erradicando la apatía de sus moradores que, en vez de enfrentar los desafíos de la vida, desde hacía mucho tiempo se habían abandonado a su suerte, evadiendo las dificultades y condenándose antes de tiempo, sin siquiera luchar. Todos estaban muertos, entre la imbecilidad proporcionada por la falta de conocimiento y la cobardía de una gente que se contagió de la desidia y la desesperanza.
—Aún están a tiempo—opinaba el profesor Sosa adonde llegaba—Quiten la venda de sus ojos, simplemente vengan a las clases, hay buenos libros esperándolos a todos.

Nicanor Alampi fue uno de los que primero aceptó el reto de Federico Sosa. En verdad, el joven fue rescatado de aquella horda de gente sin oficio, y que por simple rutina se iban hasta otros pueblos a apropiarse de lo que no era suyo. La falta de conocimiento, la ausencia de una sabiduría que les descubriera el buen juicio y el amor por el prójimo, estaba condenándolos como animales, que eran bien recibidos en las bandas emergentes que simulaban no hacerles la guerra a las tropas, de un gobierno que sí había asistido desde niño a las escuelas.

—Haré lo que usted me ordene, mi querido profesor— agregó complacido Nicanor Alampi.

Entonces en Los Geranios comenzó a notarse el cambio, las lecciones de Federico Sosa lograron que en pocos días los jóvenes que en otro tiempo eran díscolos y reticentes, se convirtieran a los buenos modales y se preocuparan por la conservación y el cuidado de la naturaleza. Una atmósfera sutil, como una caricia proporcionada por Dios, comenzó a rodear a Los Geranios. El joven maestro parecía multiplicarse y estar presente todo el tiempo cuando alguien lo requería. Así las cosas, se le veía respondiendo interrogantes de cualquier índole, ante la admiración y el agrado de sus discípulos. Creo que, en la Gran Novela urdida por la Literatura Universal, figura este periodo como el mejor capítulo que le da valor a este texto, sin precedentes en la historia, porque a quienes Federico Sosa educó, se les despertaron dones y saberes, exclusivos, de culturas que habían permanecido obnubiladas, ante nuestra presencia vana e ignorante.

Los Geranios ganó prontamente voz y voto en el Gobierno. Se fueron los primeros egresados de las clases impartidas por Sosa. En poco tiempo, tuvimos representantes en el Congreso de la República, en los principales órganos del Estado, y los jóvenes ya no se enrolaban como en otro tiempo en las bandas emergentes que le hacían la guerra a la nación. Fuimos bombardeados con toneladas de cemento que pavimentaron nuestras calles, y por primera vez Los Geranios aparecieron en el mapa. Periodistas a toda hora enviaban sus notas a los canales de la televisión, todos querían saber de la gente de aquí, de nuestras tierras y productos. Hasta el día en que, bastante compungido y nervioso, el pobre maestro anunció la llegada el sábado próximo de la hermosa Mercedes Sosa, su hija de diecisiete años que había estudiado en la Sorbona de París, todas las carreras habidas y por haber.

—Es una criatura muy inteligente—agregó Federico Sosa con prepotencia y orgullo—Espero que aprovechen los estudios y conocimientos de ella, para seguir ampliando los horizontes culturales de la gente de Los Geranios.

Y no dijo más nada. Como era miércoles, el jueves y el viernes se hicieron eternos. Comenzamos a hacer cábalas y conjeturas sobre la fisonomía de Mercedes Sosa. Su padre era un tipo bien parecido y modulaba las palabras como si acariciara con ellas. «De tal palo tal astilla», pensé. El sábado tan ansiosamente esperado llegó. Vimos descender de la limusina de otro tiempo a la criatura de Federico Sosa. Tenía razón el profesor, la mujer que se acodó en el alfeizar de la edificación en donde viviría, habló en diez idiomas. Quedamos absortos y extraviados en un intervalo de tiempo, no por los conocimientos de otro tiempo, sino por la belleza de aquella Eva en el Paraíso.

Hoy que camino por las calles de Los Geranios, aún persiste en la memoria la figura alta y encorvada del profesor Federico, quien me perseguía blandiendo un machete en la mano izquierda, porque Mercedes Sosa le había contado intimidades, acomodando la mentira a sus conocimientos de mujer egresada de la Sorbona de Paris.

—¿Qué habrá sido de los dos? —me pregunto, mientras con sigilo observo la casa ahora ruinosa y derruida en donde vivieron padre e hija en Los Geranios—No es posible que alguien haya vivido allí.

El pueblo es otro. Busco en los rostros de los transeúntes algún rasgo conocido, y nadie se inmuta ante mi presencia. Todo subyace ante la desidia y el olvido, el cielo se cae a pedazos. Quizás a la vuelta de la esquina, enfundado en un saco negro, surja de repente, el profesor Federico Sosa, y nos hable de estudios y conocimientos, y de una hija que estudiaba en la Sorbona de Paris.
Gilberto García Mercado, Editor
                                                        


 

 

 

domingo, 23 de enero de 2022

Conversaciones En Los Caminos

«TAN ALTO Y ALTIVO QUE SE VE, Y ES BAGAZO POR DENTRO»

A Carmen González de Lacouture, en su cumpleaños, y por el don de servirle a la gente, a los árboles, y a los nidos donde duermen los pájaros más desamparados.

Por Ever Soto

He trepado este árbol, remozado de los años juveniles, con la fuerza y la lucidez de esa época, mis uñas se incrustaron en su corteza, en su piel verdosa, y los pies se afirmaron en su vientre, en la medida que centímetro a centímetro ascendía su tronco, miraba arriba y sus matorrales me incitaban a continuar. En la mitad del recorrido se endureció la prueba, el estómago se le ensancha con astucia para guardar los quejidos de un mundo que pasa desapercibido por sus raíces, escupe sus miserias y se le estrangulan sus pecados. Él se ríe, le comenta a los pájaros, arman una fiesta, las hojas y las plumas arrastradas por el viento forman una sinfonía trashumante que le roba el pensamiento a la humanidad.

Mi carga es ligera, liviana, a la espalda lo único que llevo amarrado es un autorretrato, que por querer eliminar borrascas de mi pasado se me dio por pintar (no tengo ese don y admiro a quienes lo ejercen) quiero que sea él quién lo despedace y rasgue con su altura de aeroplano que no quiere aterrizar porque ráfagas de metralleta lo quieren derribar. Los trazos utilizados demarcan en sus contornos, los inicios de una vida solitaria, envuelta en delirios: «de que un camino cuando se separa de otro es para borrar las huellas maltratadas por los recuerdos». Andando sin muletas por escarpados senderos, libre como las aves que huyen de la tempestad que se avecina, y reposan en altos riscos que las protegen del temporal, saben que no hay carpas a cielo despejado que den seguridad, la única es el empuje del corazón, que se desabrocha de ternura porque acaba de salir el sol.

Logro prenderme de la primera rama que está a mi alcance, ella se ha estirado un poco hacía mí, tendiéndome sus brazos, quiere que conozca su familia, en especial al mayor, al padrote, el que la sostiene a ella, y a lo curtido de sus raíces ancestrales. Me olvido de la fatiga que atolondra mis músculos, acá arriba no se siente miedo, puedo mirar el horizonte sin resabios de querer todas las riquezas que están al alcance de mi vista; por la avaricia puedo dar traspié y resbalar, es el engendro que domina el pensamiento y oscurece la lealtad del hombre. Coloco y abro las piernas en una horqueta que se forma a la altura de sus oídos, nos miramos y siento que es feliz por el arresto valiente de ascenderlo, y así conversar de las enredaderas de nuestros destinos, que han estado sumidos por esquivos silencios, en esos periplos, el amor estuvo abierto en la palma de la mano, sonriente, esperando soltar las palabras que estaban atascadas en los dientes de la timidez, y que no fuimos capaz de pronunciar, por ello, perdimos, y por partida doble.

Hemos conversado de lo deseado y lo esperado. Lo primero: es querer recobrar el tiempo, y, sí es del caso detenerlo, empequeñecerlo, apretarlo, estrujarlo, y encajarlo en el fondo de una botella para darle libertad cuando lo desees; con fuerza el sacacorchos sacará las ilusiones para sentirse como el niño que juega en un parque, y se resiste con pataletas, volver a casa porque las horas de diversión terminaron.

Mira el lienzo y lo esculca de pies a cabeza, se fija en el rostro, me reprocha con un gesto melancólico, al notar unos ojos bribones que despiden un brillo pícaro, el cual siempre estuvo ausente de mi realidad adolescente. Indignado me dice: «has querido suplir las pizcas de acné que te martirizaban por una apariencia en la mirada más fina, más elocuente, para desplazar ante los demás las manchas que te hacían esconder en los rincones de tu mente. La belleza no está en esconder lo real, ir a las escondidas al espejo y destriparte unas espinillas, para esperar que las señas del rostro desaparezcan al lavarte con agua y jabón. Son tus acciones las que demuelen el parecer de las personas que dudan de lo que estás hecho, y no es otra cosa que corazón e imaginación».

Lo esperado: es incierto, me susurra pensativo: «uno sabe cuándo mueren los seres amados y los amigos sinceros, pero no tiene localización de la fecha que le toque a uno, para rayarla en el almanaque, y, entonces, actuar como un tahúr para esconderlo detrás de la puerta más apartada de la casa. No obstante, es de creencia mítica creer que el tiempo de los muertos pasa más rápido que el de los vivos, ello es con el fin de tenerlos siempre cerca del pensamiento, y no lejanos como las estrellas, de esta forma amoblamos las lágrimas en los parpados para que no sean tan saladas» 
Con el chasquido de sus ramas y hojas que se ensortijan para formar un sonido espeso que se confunde con la brisa de la tarde, piensa: «he durado todo este tiempo (varias décadas) por no ser de madera comercial, los cazadores de árboles cuando pasan me madrean, y se comentan entre ellos: tan alto y altivo que se ve, y es bagazo por dentro, si fuera madera de corazón macizo le daríamos la bienvenida en los aserríos. Lo que no entienden es que soy refugio de sombra dulce para abrigar al que se gana el día de trabajo con el sudor de su frente, que llamo a la lluvia para acariciar pastizales resecos, y reverdezcan para el alivio de todas las especies, que estas ramas que se desprenden de mi tronco protegen los cultivos de pan coger de mis vecinos, y lo más importante: produzco a borbotones el oxígeno que necesitamos para vivir».

Al final, cuando se va agotando el tiempo, y sabe que me tengo que marchar, recalca: «llegaste, y, ya te vas, quédate hasta el atardecer para presentarte unos amigos que son huéspedes de equipaje sencillo, pero de aletear esplendoroso, lo único que cargan en los picos son basuritas para construir sus nidos». Sonríe, porque accedo a su petición. Continúa con serenidad y sin ningún quebranto: «no importa cómo pronuncien mi nombre: Volao o Bolao, aunque pueden tener significados y escritura diferentes, entiendo de todos modos, el que no acepto por refinado y pedante es «Bolado», se pierde la esencia del golpe de voz regional de nuestros pueblos».

Cuando me dispongo a descender escucho el repicar de unos cantos, que irrumpen en el aire, veo salir de una mochila artesanal hecha de charamuscas secas, unos pichones de toches, que en sus pechos comienza a despuntar un color que reemplaza al sol que se acaba de ocultar. Todos sus amigos vigilan mis pasos, pendientes de lo más mínimo, me rodean y señalan las correderas arrugadas que se forman en el extenso tronco, por donde es más fácil transitar para la bajada. No se largan hasta que pongo pie firme en tierra. Entonces, comprendo que mis alucinaciones regadas por los caminos sin ningún cansancio algún día florecerán, y me descifrarán las malicias de los pájaros para aprender a volar como ellos.    

Ever Jadix Soto, Escritor

 

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