Al leer el artículo del médico Henry R. Vergara Sagbini, titulado «Más perdido que el hijo de Lindbergh», donde analiza las tragedias ocasionadas por las drogas que en un principio fueron prohibidas y luego legalizadas, como sucedió con el alcohol, surge una reflexión inevitable.El alcohol continúa ocasionando muertes por cirrosis, cáncer, accidentes de tránsito, violencia intrafamiliar y suicidios. A pesar de ser una sustancia tóxica, hoy se encuentra regulada y gravada con impuestos. Ante esta realidad, resulta difícil entender por qué no se legalizan otras drogas, si con ello quizá se evitarían muchas muertes y otras afectaciones colaterales derivadas de la persecución y erradicación de los sembrados de coca.
A veces parece que existieran grandes intereses económicos empeñados en mantener, de manera obstinada, la prohibición. Tal vez lo más conveniente sería declarar la legalización y establecer controles, como ocurre con otras sustancias o con las bebidas alcohólicas.
Por experiencia propia puedo decir que, en mi juventud, jamás se nos ocurrió comprar esa maldita droga. En Chambacú vivíamos y conocíamos aquellos establecimientos donde la expendían.
La legalización de la cocaína debería ser autorizada por el gobierno, acompañada del ejercicio de los controles respectivos para su uso. Esto tendría que ir de la mano con una campaña educativa amplia, impartida a través de todos los medios informativos del Estado.
No quiero tornarme fastidioso, pero me ha tocado presenciar la tragedia de muchos amigos que murieron jóvenes por el consumo de alcohol, una droga que considero de consecuencias fatales. En cambio, no puedo decir lo mismo de alguno de mis amigos que haya muerto a causa del consumo de coca.
Quizá lo más sensato que podría hacer el Estado sería declarar la legalización de la cocaína, acompañándola de una campaña educativa y de una gran divulgación pública.

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