La Nieve, la Dinamita y
el Remordimiento de los Siglos
Por Gilberto Garcia Mercado
La ciudad estaba cubierta por un invierno que parecía escrito por un poeta melancólico y ligeramente borracho. La nieve caía con la paciencia de los viejos relojes y las farolas arrojaban una luz amarillenta que hacía pensar en cartas de amor nunca enviadas. Era Estocolmo, aunque aquella noche también parecía todas las ciudades del mundo que han tenido frío y conciencia. Las calles respiraban un silencio antiguo. Bajo las botas crujía la nieve como si la tierra murmurara secretos incómodos.
Yo soy el cronista de los siglos. Un periodista que ha entrevistado emperadores muertos, inventores con bigote triste y algún fantasma que insistía en cobrar derechos de autor por sus memorias. Aquella noche llevaba conmigo un dispositivo que parecía una brújula vieja. No señalaba el norte sino los remordimientos de la historia.
La aguja tembló.
Entonces apareció él.
Un hombre alto, delgado, con barba ordenada y ojos que parecían haber leído demasiados periódicos. Alfred Nobel aterrizó en la nieve con el gesto confundido de quien llega tarde a una cita con el destino. Tenía cincuenta y tantos años en el momento que yo había elegido para traerlo. Cincuenta y cinco para ser exactos. Era el invierno de 1888 dentro de su tiempo. Dentro del mío era simplemente un hombre enfrentado a su propia sombra.
—Señor Nobel —le dije—. Bienvenido al futuro.
Miró la ciudad como quien examina una ecuación moral.
—El frío es el mismo —dijo—. Eso me tranquiliza.
Caminamos por una avenida silenciosa. Las ventanas iluminadas parecían ojos vigilantes. Le conté que yo era un cronista del tiempo y que mi oficio consistía en preguntar aquello que la historia intenta olvidar.
—Entonces pregunte —respondió con una sonrisa cansada.
Le pregunté primero por la dinamita.
Nobel suspiró. El aire salió de su boca como un pequeño fantasma.
—Todo comenzó con la nitroglicerina —dijo—. Una sustancia caprichosa. Hermosa y terrible. Como algunas ideas.
Mientras hablaba parecía caminar también dentro de su memoria. Su padre, Immanuel Nobel, ingeniero obstinado. Un hombre que creía que el mundo podía arreglarse con pólvora y cálculos. La familia había vivido entre explosiones experimentales y sueños industriales. San Petersburgo. Talleres. Bancos nerviosos. Acreedores impacientes.
—La nitroglicerina era poderosa —continuó—. Pero también impredecible. Mató a trabajadores. Mató sueños. Incluso mató a mi hermano Emil en una explosión en 1864.
La nieve seguía cayendo y parecía escuchar.
—Esa muerte —dijo— fue un martillo en mi conciencia.
Quiso domesticar la bestia. Buscó una forma de hacer el explosivo más estable. Probó materiales. Fracasó muchas veces. Hasta que descubrió que una tierra porosa llamada kieselgur absorbía la nitroglicerina y la volvía manejable. Así nació la dinamita en 1867.
—No quería crear un arma —dijo—. Quería abrir montañas. Construir túneles. Ayudar al progreso humano.
Nos detuvimos frente a un puente cubierto de hielo. El río parecía una cinta de metal dormido.
—Pero la guerra es un animal oportunista —murmuré.
Nobel soltó una risa breve que tenía algo de resignación.
—La guerra siempre llega primero a la mesa de los inventos.Le pregunté si eso le quitaba el sueño.
—A veces —dijo—. Aunque el sueño de los inventores ya es de por sí inquieto.
Le pregunté por su vida sentimental. Sonrió con un aire irónico.
—He estado enamorado varias veces y correspondido pocas —dijo—. Hubo una mujer llamada Sofie Hess. Una historia complicada. También una joven llamada Alexandra que no prosperó. Supongo que mi verdadero matrimonio ha sido con los laboratorios.
Mientras hablábamos lo guié hacia un pequeño parque. Activé de nuevo la brújula. El tiempo se abrió como una cortina.
El siglo veintiuno apareció alrededor de nosotros.Pantallas en las manos de los transeúntes. Autos silenciosos. Un cielo con aviones que cruzaban como agujas.
Nobel observó todo con una mezcla de asombro y cautela.
—Han avanzado mucho —dijo.
Entonces le mostré las noticias.La guerra. Las imágenes de misiles. Las explosiones. El conflicto entre Estados Unidos e Israel contra Irán que dominaba los titulares.
Nobel guardó silencio largo rato.
El viento levantó un poco de nieve.
—Las explosiones siguen siendo iguales —dijo al fin—. El sonido del progreso es indistinguible del sonido de la destrucción.
Miró las imágenes con una tristeza que parecía hundirse siglos hacia atrás.
—Cuando inventé la dinamita pensé que tal vez un arma lo suficientemente terrible haría imposible la guerra. Creí que los gobiernos temerían su propio poder.
Sacudió la cabeza.
—La humanidad tiene una imaginación extraordinaria para ignorar el miedo.
Caminamos en silencio. La ciudad moderna brillaba con luces de neón y pantallas publicitarias que prometían felicidad en cuotas.
—¿Se arrepiente? —pregunté.
Nobel pensó un momento.
—No exactamente —respondió—. Los inventos son hijos que uno lanza al mundo. Algunos se vuelven arquitectos. Otros criminales. Pero todos llevan algo de su padre.
Me miró con curiosidad.
—Dígame cronista. ¿En su tiempo aún existen mis premios?
Sonreí.
—Sí. Cada año se entregan para honrar la ciencia, la literatura y la paz.
Sus ojos se iluminaron apenas.
—Entonces tal vez no todo ha sido dinamita.
La nieve seguía cayendo. El invierno parecía escuchar nuestra conversación como un juez silencioso.
Antes de devolverlo a su siglo le pregunté una última cosa.
—Si pudiera hablarle al mundo de hoy. ¿Qué diría?
Nobel observó el cielo oscuro de la ciudad moderna.
—Diría que la inteligencia humana ha crecido más rápido que su sabiduría —respondió—. Y que inventar es fácil. Lo difícil es aprender a merecer lo que inventamos.
La brújula vibró otra vez.
El inventor se desvaneció lentamente entre copos de nieve.
Quedé solo en el puente. Pensando que la historia no es una línea recta sino un campo minado donde cada siglo pisa las decisiones del anterior.
La nieve cubría las calles como una página en blanco.
Pero debajo seguían latiendo los viejos explosivos de la conciencia humana

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