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viernes, 6 de marzo de 2026

Tristeza de País


Una Realidad Evidente

Por Gilberto García Mecado


Cada cuatro años —o a veces cada dos, dependiendo de la creatividad del calendario político— el país entra en esa temporada que algunos llaman fiesta democrática y otros llaman temporada de rebajas del voto. Es como un carnaval extraño: no hay comparsas, pero sí caravanas; no hay confeti, pero sí billetes arrugados pasando de mano en mano. 🎭💸

Todo empieza días antes de las elecciones. Aparecen personajes que durante tres años y once meses estuvieron más perdidos que media en lavadora. De repente regresan sonrientes, abrazadores, expertos en decir “mi gente querida”. Y claro, como toda fiesta necesita logística, aparece también el famoso kit electoral: el tamal, la bolsa de mercado, el billete discreto, la botella misteriosa o el “favorcito” prometido.

Entonces empieza la negociación, que en algunos barrios ya parece deporte olímpico.

—“¿Y cuánto están dando?” 
—“No sé, pero en la esquina dicen que el otro candidato da el doble.” 
—“Ah bueno, entonces espere que todavía falta la contraoferta.”

El voto se vuelve una especie de subasta silenciosa. Nadie habla muy duro, pero todos entienden. El político sonríe como si estuviera regalando felicidad, el intermediario hace cuentas mentales, y el ciudadano piensa: “Bueno… algo es algo”. 🗳️😅

Y así, entre risas nerviosas y bolsillos discretamente llenos, llega el domingo electoral. Las filas se llenan de gente madrugadora que, curiosamente, no suele madrugar para otras cosas. Algunos llegan con su conciencia tranquila; otros llegan con la conciencia patrocinada.

Mientras tanto, los carteles dicen solemnemente: “El voto es libre y secreto”. Y claro que lo es… tan secreto que nadie quiere decir cuánto le pagaron. 🤫

Después pasa lo inevitable. Ganan los mismos de siempre o los amigos de los mismos de siempre. Se celebran discursos llenos de promesas: ahora sí vendrá el cambio, ahora sí se arreglarán las carreteras, ahora sí habrá empleo, ahora sí la salud funcionará. El “ahora sí” es el eslogan más duradero de la política latinoamericana.

Pero pasan los meses… luego los años… y el país sigue más o menos igual. Los hospitales siguen con filas largas, las calles siguen con huecos que ya tienen nombre propio, y los políticos vuelven a desaparecer con la habilidad de un mago profesional. 🎩

Entonces la gente se queja:

—“Es que todos roban.” 
—“Es que este país no cambia.” 
—“Es que siempre es lo mismo.”

Y en cierto modo tienen razón. Es siempre lo mismo. La misma promesa, el mismo billete doblado, la misma sonrisa de campaña, el mismo olvido después.

Hasta que, como en una novela que se repite sola, vuelve otra elección. Y el país vuelve a ese curioso déjà vu colectivo: otra vez los candidatos recorriendo barrios, otra vez los intermediarios organizando “ayudas”, otra vez la pregunta de siempre flotando en el aire:

—“¿Y esta vez cuánto están dando?”

Y así sigue la historia: un ciclo casi cómico, casi trágico, donde el voto vale mucho… pero a veces cuesta muy poco. 😏💰🗳️




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