EL ABUELO DE JUANCHO MAGALLANES
Por Rubén Darío Álvarez P

Ayer, el profesor Juan Gutiérrez Magallanes me regaló su más reciente libro titulado "Mi abuelo, un sabio iletrado”, que es una especie de mini biografía de Valeriano Magallanes, su abuelo materno.
Unos días antes me había notificado, a través del whatsapp, sobre la aparición de este libro en el mercado editorial cartagenero; y yo le comenté que el título me hacía recordar uno de los mejores leads que he leído hasta el momento. Lo escribió el premio Nobel de literatura portugués José Saramago: “El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir”. Le expliqué que se trata del arranque del “Discurso de aceptación del Premio Nobel ante la Academia sueca”, que Saramago inició haciendo un homenaje a su abuelo materno, a lo que el profesor Gutiérrez Magallanes se amalayó por no haberlo conocido antes, pues hubiera colocado esa frase como epígrafe de su libro. Lo consolé recomendándole que lo tuviera en cuenta para una segunda edición de la misma obra.Se llama Juan Gutiérrez Magallanes, pero a sus conocidos como que les gusta más su segundo apellido, porque siempre lo nombran como “Juancho Magallanes”, a lo mejor porque su abuelo era muy popular en la entonces pequeña ciudad de Cartagena de Indias y el apellido tomó un peso de toneladas que todavía cargan en los hombros las generaciones subsiguientes.Juancho Magallanes es un nostálgico irremediable, algo que noté desde que leí su libro “Chambacú, a la tiña, puño y patá”, donde relata las aventuras y desventuras de las familias que formaron el ya legendario barrio, que fue arrasado, a comienzos de los años setenta del siglo XX, por la mano inclemente del “progreso”, misma que relegó a sus habitantes hacia zonas de pantanos, que ahora son barrios de enorme población en continuo crecimiento.También hay un hálito de nostalgia en el libro “Getsemaní, oralidad en atrios y pretiles”, que redactara en compañía del también docente Jorge Valdelamar. Y, desde luego, de esa misma añoranza no se salva “Mi abuelo, un sabio iletrado”, una edición sencilla, clara y sin tantas ínfulas literarias, como para que todo el mundo entienda los devenires de la capital del departamento de Bolívar, cuando aún no era considerada como una de las más importantes del país.No recuerdo dónde leí o a quién le escuché decir que “Cada libro que se publica, es un fragmento de la historia del territorio donde se concibió”. Es eso lo que veo en el nuevo libro de Juancho Magallanes, un recuento de la construcción del Parque del Centenario, la existencia de barrios pegados a la muralla como Pekín, Boquetillo y Pueblo Nuevo, el incendio del Muelle de la Machina, la vibración del Mercado Público de Getsemaní, el conjunto residencial que existían en Las bóvedas, las faenas de pesca en la bahía y el mar abierto, el primer estadio de béisbol y la memoria prodigiosa del abuelo Valeriano para acordarse de los nombres de todas las calles y rincones insospechados del Centro Histórico.Me llamó poderosamente la atención que el abuelo Valeriano (acérrimo simpatizante del Partido Conservador) era habilidoso para la pesca, para liderar procesos comunitarios, solucionar entuertos de todo tipo, jugar a las cartas y enamorar damiselas, pero no sabía bailar. Carecía de esta habilidad que se consideraba un asunto crucial en la Cartagena de mi infancia: todos los miembros de la familia debían saber dos cosas: bailar y pelear. Pero el abuelo Valeriano no era afecto a mover el esqueleto o a liarse a trompadas con nadie, puesto que todo lo solucionaba con una sonrisa y un trato agradables, que conquistaban a cualquier potencial contendiente, según las descripciones de Juancho Magallanes.Vivió en accesorias, que eran muy comunes en la Cartagena de antaño; enviudó tempranamente y aprendió a conocer a cabalidad el mar, al cual consideraba su amigo, porque, cuando quedaba desempleado, ese gran cuerpo de agua lo proveía de todo lo necesario. Es decir, parece que el abuelo Valeriano cargaba la impronta de los hombres de esa época: no sabían quedarse quietos, creían que tenían que resolver los problemas del mundo y sentían que la bondad era una obligación natural del género humano, mucho más allá de cualquier mandato bíblico o gubernamental.Por eso este nuevo libro de Juancho Magallanes me recuerda a mi familia. Así, como el abuelo Valeriano, eran mis tíos, mis abuelos y algunos vecinos del barrio Santa María y del Pasaje Franco, en Getsemaní, lugares donde también había accesorias atiborradas de clanes numerosos y hombres fornidos que ejercían la pesca y se internaban a diario en el Mercado Público, para regresar con las postrimerías del sol y con bolsas llenas de productos crudos que servirían de base para cena humeante de las cinco de la tarde.Ya les comenté que este nuevo libro de Juancho Magallanes no tiene pretensiones literarias ni deseos de ganarse el Premio Nobel de Literatura. Así que no esperen encontrarse una cátedra de altas letras, pero lo que sí les aseguro es que sirve —y seguirá sirviendo— como material de consulta, al igual que ya lo logró con su anterior texto “Chambacú, a la tiña, puño y patá”, que no sé si estará en todas las bibliotecas públicas de la ciudad. Pero debería estarlo, porque, precisamente, esa generación de la que habla el profe Magallanes ya se está acabando y va quedando poca gente que cuente los pormenores de esa Cartagena que dejó de existir hace ratote.
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