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viernes, 28 de marzo de 2025

Alejandro Zabaleta

RÉQUIEM PARA UN CHAMBACULERO ILUSTRE

 

Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes

 



Alejandro Zabaleta Correa era un gran amigo, miraba al mundo como una gran urbe donde todos debíamos participar de los bienes de una Naturaleza y Sociedad conformada por los humanos que debe ser participativa.

Recorrimos los terrenos pantanosos del extenso Chambacú. Teníamos como meta hacernos profesionales. Cuando iniciamos la adolescencia, hicimos parte de La Juventud Obrera Católica, teníamos como asesor al padre Pedro Salazar. Allí, en el Edificio San Francisco, nos reuníamos todos los sábados y comentábamos los Evangelios.

Éramos unos adolescentes con mucho entusiasmo. Alejandro “prestó su certificado de Quinto de Primaria para cambiarle el nombre y ponerle el de un compañero, hoy también convertido en otro ilustre, pues era un autodidacta que quería estudiar, lo cual se hizo realidad”. Aquella acción del compañero Alejandro fue una de las primeras obras donde se mostraba el ser que estaría listo para dar lo que necesitaba un compañero.

Nos hicimos bachiller. Alejandro entró a la Nacional para estudiar Sociología. Se dedicó a estudiar El Capital de Carlos Marx, lo que le sirvió para ser llamado “Maestro”. Tuvo relación con el comunismo por sus servicios en la explicación y búsqueda de una sociedad más justa. Era la época del Padre Camilo Torres.

Terminó los estudios de Sociología y se volvió a la Costa–Barranquilla– donde impartió clases en varias universidades.

Seguía siendo una persona estudiosa, pero debía andar con cuidado, pues sentía que lo vigilaban por sus relaciones como activista durante sus estudios en la Nacional. En Barranquilla se relacionó profesionalmente con el sociólogo Orlando Fals Borda, quien lo invitó a hacerse Protestante-Presbiteriano. Estaba casado con Edith Zambrano Abello. Él aceptó su nuevo estatus como Protestante, lo cual le permitía seguir brindando claridad a los hombres. Cambió el Capital por la Biblia.

Viajó a México donde fue acogido como docente de Humanidades. Como su vida en Barranquilla había corrido peligro, aceptó de inmediato el exilio. En México, como Presbiteriano, se dedicó a explicar la Biblia como lo había hecho cuando era miembro de la Juventud Obrera Católica. La comunidad mexicana, viendo la formación de Alejandro, lo nombró Pastor Presbiteriano, siempre caminó en la búsqueda de la justicia, allí su compromiso apostólico fue aceptado por el bien que siempre buscó para sus semejantes.

Alejandro, siempre recordado por sus amigos, fue un ilustre Maestro.

Descansa en paz, amigo.

           


 


viernes, 21 de marzo de 2025

Heriberto Tenía Buena Voz

TRASCENDENCIA DE LOS GENES
EN LA DESCENDENCIA CUADRADO


Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes

 


En un pueblo cercano a la ciudad de Cartagena, nació un niño con cualidades especiales en cuanto al aprecio por la naturaleza, siempre atento al tratar de plasmar en la tierra lo que observaba a su alrededor.

Su madre se trasladó a Cartagena, donde el niño aprendió a leer y a buscar hacer algo para ayudar a la subsistencia de la familia; era el primero de otros hermanos.

Al cumplir los dieciséis años, se presentó para prestar el servicio militar, donde terminó de aprender a leer y a sentir cierta atracción por “tocar la guitarra”.

Al salir del ejército, encontró un trabajo en una sastrería, donde descubrió su afición por el diseño y se interesó con mucho afán, logrando aprender a diseñar, especialmente vestidos para señores.

En la fábrica fue ganándose el aprecio del sirio libanés dueño del establecimiento, quien lo impulsó para que instalara su propia sastrería. Heriberto, como era su nombre, perfeccionó el corte de los vestidos, lo cual le permitió ampliar la sastrería. No por esto se hubiese olvidado de su afición por la guitarra y el canto, actividad que acentuó con el encuentro de un colega sastre.

Podemos decir que reafirmó su vida bohemia, especialmente por las tardes de los viernes, sábados y parte de los domingos. Heriberto tenía buena voz, lo cual lo acompañaba en su vida de enamorado y serenatero.

Muy joven tuvo su primer hijo. Más tarde volvió a enamorarse y se casó. Ahora eran dos los herederos; se separa y vuelve a quedar soltero y cantarín en busca de otro amor.

Era un asiduo asistente al Club Libertad, un centro social de artesanos, donde buscaba alegrar sus ratos de descanso. En aquellos bailes conoció a una joven del Cabrero, a la cual le mostró su infinito amor, mostrándose como un amante de la música. Lo cual acompañaba con su voz colmada de boleros y pasillos. La joven quedó prendada y se prometieron unión por el resto de sus vidas, dejando impreso el tango “Lamparilla”. Magda, cuando lo recordaba, sentía los acordes de la guitarra de Heriberto en los latidos de su corazón.

Llegó el primer hijo y quedó asombrado por el parecido que encontraba en el niño con su persona. Le puso su nombre y trató de que fuera como él, lo cual no fue así, porque no fue bohemio, pero sí con las cualidades artísticas que aportaba en sus genes.

A los catorce años, el adolescente entró a la Escuela de Bellas Artes, donde se caracterizó por su perfección en el dibujo y la depurada calidad en el manejo del pincel. Allí quedaron asombrados y conceptuaron que debía ser mandado a Europa. Su hermana mayor Paulina, que trabajaba en la Secretaría de Educación, hizo los trámites para que se le concediera una beca por sus méritos y cualidades. Viajó a España, donde estuvo unos meses; más tarde emprendió viaje a Francia, trayecto que hizo solicitando autos top, hasta que encontró a alguien que lo recogió. Al entrar al auto, inició una canción, lo que hacía muy bien. Así iba cantando hasta cuando se cansó y terminó la melodía. El conductor del vehiculo, un poco desconcertado, le dijo que siguiera cantando, porque de lo contrario tendría que bajarse. Así que continuó tarareando la melodía. Llegó a Francia y el dinero de la beca solo llegó por unos pocos meses; luego se paralizó y él tuvo que buscar distintas formas de ganarse la vida, ya fuera haciendo parte de un grupo musical o pintando retratos.

Fueron pasando los días y los meses; allí en la Escuela de Arte se dio a conocer por la perfección de sus trazos en la pintura clásica y por el grupo de amigos que hacía una pintura en la búsqueda de sus raíces, y es cuando le hacen ver que su apellido Cogollo era más diciente que Cuadrado, lo cual lo induce a llamarse Cogollo.

Con el paso del tiempo se enamora y se une a Gentianne; tienen una hija llamada Lucy.

Pero como el interés de esta nota es mostrar la trascendencia de los genes. Su hija, fue atraída por el diseño de modas.

La mayoría de las hermanas de Cogollo tienen buena voz; de ellas hay una que, además de ser maestra, ha cantado con una orquesta, porque lo hace bien en la interpretación, además de pintar, como lo ha demostrado en varios cuadros trazados por la mujer. Además, tiene una hija que es mezzosoprano y egresada de la Javeriana y de la Universidad de Basilea en canto lírico. Dos de los otros hijos han mostrado manejar bien el pincel.

Es válido recordar a Érika; además de ser médica, se manifiesta a través del pincel.

Un sobrino de Cogollo, además de ser odontólogo, es músico y cantante de una gran orquesta que reside en la Isla de San Andrés, participante del Festival de Orquesta en Cartagena, marzo de 2025.

María, hermana de este cantante, lo hace bien con el dibujo.

Todas estas características o manifestaciones artísticas son mensajes que van impresos en los genes transmitidos por el sastre Heriberto.






martes, 11 de febrero de 2025

Narrativa Heroica

LA HIJA OBEDIENTE

Por Gustavo Pulgar

 


Eran los primeros años del siglo XX, y algunos pueblos y ciudades no poseían energía eléctrica. Los protagonistas de esta historia constituían una familia numerosa. Compuesta por los padres, la hija mayor que estaba llegando a los 15 años y sus otros hermanos. Los papás eran amorosos, honestos y responsables y trabajaban duro para poder sostener la casa. Él trabajaba en lo que le saliera por la calle, y la dama desde la madrugada, atendiendo la casa y a los hijos. La mayor era caprichosa y respondona. Quería que, para celebrar su quinceañero, que ya se acercaba, le hicieran una gran celebración, con baile, abundante comida y numerosos invitados. Los padres estaban cansados de explicarle que no tenían forma de darle gusto, y ella reaccionaba con una de sus tantas pataletas cuando no la complacían.

Estaban sentados a la puerta de la humilde vivienda, y tocaron otra vez el tema del cumpleaños, con la consabida rabieta de la muchacha, cuando, de alguna manera extraña, se unió a la conversación un forastero que, coincidentalmente, pasaba por allí, muy bien trajeado, de finos modales y con la apariencia de poseer una gran fortuna, quien dijo que los había escuchado discutir y que para él no sería problema correr con los gastos de la gran fiesta. Ellos estaban recelosos, porque no habían visto nunca al forastero, pero, ante la insistencia de la joven, accedieron a escucharlo. La única condición que puso el aventurero fue que el día del baile no podían estar presentes los niños. Y, claro, ellos aceptaron.

La fecha anhelada llegó y a los niños del vecindario los recogieron en una casa vecina. No obstante, algunos pícaros se las ingeniaron, sin que nadie los viera, y se escondieron debajo de la mesa, donde estaba servido el banquete. La mesa estaba cubierta con un elegante y grueso mantel que llegaba hasta el piso.

A la hora del baile se presentó el forastero. No hizo sino bailar y bailar con la cumplimentada. Transcurrieron los minutos, las horas, y, ya casi medianoche, los niños observaron que los zapatos del extranjero empezaban a reventarse. Le asomaron largas uñas; pelos salían de sus patas y la ropa se le iba abriendo ante la singular metamorfosis. Al tiempo, un largo rabo le iba asomando detrás del pantalón. Cuando los niños notaron esto, y la jovencita que bailaba con la bestia iba cayendo en una especie de sopor, comenzaron a gritar y a salir de debajo de la mesa:

—"¡Es el diablo! “¡Se quiere llevar a mi hermanaaaaa!”

Satanás, acto seguido, se esfumó, dejando un olor a azufre en el ambiente y a la gente temblando de miedo.

La presente anécdota fue una gran lección para la joven. Nunca más volvió a ser altanera ni caprichosa y se constituyó en una hija obediente.







miércoles, 5 de febrero de 2025

A mi que no me inviten

                         El CONVITE DE LA LOMA    

                   

                      Por Gustavo Pulgar


                                                                                                    

Me dicen que hay un convite

En la Loma del Diamante

Por motivos importantes

Espero que no me inviten

Y aunque a mi me necesiten

Debo decirles «No Puedo»

Ni aunque me pasen dinero

A eso no quiero asistir

Pues no quiero sucumbir

Dentro de ese gallinero

 

«Apá» dijo que hay ladrones

Que fuman su marihuana

La vecina Chabacana

Le mentó hasta los cojones

Que si tiene los calzones

Diga quién es el bandido

Porque ella tiene entendido

Que está hablando mal del barrio

Que si mueve ese cutarro

Es él el que está jodido.

 

Lucho «El Trapo» también dijo

Hay que usar un lanzallamas

Para quemar con su flama

A cualquier perro canijo

Asegura que eso es fijo

Va a quemarles todo el cuero

Pero un peo y un yesquero

Será así su lanzallamas

Pues Lucho tiene la fama

Que está limpio y sin dinero

 

El Gregorio está tentado

A ir al baile sin camisa

Porque él tiene la premisa

De que nunca le han gustado

Carlitos, «Toro Sentado»

Lo acolita en una esquina

Porque teme a la vecina

Que ha invitado a la reunión

Y como perro socarrón

Por detrás solo es que opina.

 

Hablan mucho y hacen poco

Por eso es que allá no voy

Porque para eso no estoy

Aunque me rompan el coco

Yo prefiero hacerme el loco

A tamaña invitación

Pues no tengo la intención

De entrar en el gallinero

Y les dejaré el polvero

Si acaso me solicitan

Porque nadie necesita

Meterse en un culebrero.

 

                                      

miércoles, 15 de enero de 2025

De Haroldo Calvo Stevenson

CARPINTERÍAS, ENSAYOS Y TEXTOS DE OPINIÓN 

 

Por Juan Vicente Gutiérrez  Magallanes

 

Con la máxima admiración deseo hacer un breve comentario, de esta obra de un cartagenero. En ella, a través de sus artículos nos va mostrando aspectos muy importantes sobre Cartagena, Colombia y el Mundo, textos que contribuyen a mejorar el comportamiento del cartagenero, ya que con ellos podemos aprender, cómo hacer de la ciudad una urbe mejor conservada. Este libro debe ser leído por todos los cartageneros, además que les sirve para mirar mejor la ciudad y hacerla mejor con nuestro comportamiento, nos muestra cómo es tan importante el estudio de las humanidades. El Doctor Haroldo, escribe como buen Maestro, que sabe relacionar las Humanidades con las Ciencias Económicas.

Su grandeza como escritor se pone de presente, cuando analiza el pensamiento del expresidente Obama, resaltando el valor humanístico de este intelectual, y cómo es capaz de analizar la irracionalidad del presidente electo de los Estados Unidos Donal Trump y mostrar la impostura de este personaje. El Doctor Haroldo, posee la humildad del hombre sabio, cuando es capaz de reconocer, cómo puede aprender de otros seres. Muy simpático el análisis que hace del ausente Jorge García Usta.

El libro Carpinterías, Ensayos y Textos de Opinión es la obra de un gran Ebanista de las Ciencias Económicas y las Humanidades. Ojalá este texto sea leído por nuestros maestros y a través de él analicen por qué somos como somos.

El libro Carpinterías, Ensayos y Textos de Opinión se puede complementar con la lectura del libro de Alfonso Múnera: “Cartagena, Una ciudad Abierta al Mundo”

 

lunes, 16 de diciembre de 2024

Reconocimiento

UNA ESTATUA PARA MANUEL ZAPATA OLIVELLA*

 

Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes

 


No podemos dejar de insistir sobre la necesidad de erigirle una estatua a Manuel. Este gran escritor, médico y antropólogo, en vida fue un permanente defensor de la etnia negra y de la originaria en este continente de ABYAYALA ( AMÉRICA). Recorrió ampliamente todo el sector de Chambacú, allí donde residía su Abuela Ángela Vásquez, a donde iba para recoger las vivencias del barrio y luego escribir su novela: “Chambacú Corral de Negros”.

Manuel zapata Olivella como escritor y antropólogo tiene el reconocimiento del mundo intelectual, por tanto no es posible que en Cartagena no esté una estatua de este gran escritor.

El sueño de Manuel era que en Chambacú se construyera el Parque de las Américas, donde estuvieran las efigies de hombres como Benkos Bioho, y otros luchadores por los Derechos Humanos.

Hoy, es lamentable que en el Parque del Espíritu del Manglar no esté su estatua, mientras encontramos infinidades de otras efigies.

Manuel Zapata Olivella, venido a Cartagena con su familia a la edad de seis años, al barrio de Getsemaní, donde su padre Antonio María, un maestro perteneciente al Pensamiento de la Ilustración. Impartió a sus hijos una formación de hombres libres, para el servicio de Colombia y del mundo como bien lo hizo Manuel.

No me cansaré hasta no ver una efigie de Manuel Zapata Olivella en Cartagena.

*Manuel Zapata Olivella
(Lorica, Córdoba, Colombia, 17 de marzo de 1920- Bogotá 19 de noviembre de 2004)

Fue un médico, antropologo y escritor colombiano. Es considerado uno de los más importantes representantes de la cultura afrocolombiana por su trabajo por divulgarla, registrarla y preservarla en forma de literatura, investigaciones sociales, artículos de prensa, eventos académicos, programas de televisión y radio. Publicó ocho novelas, tres relatos de viajes, una autobiografía, y cientos de ensayos, artículos, crónicas y reseñas en periódicos, revistas y publicaciones académicas. ​ Es especialmente reconocido por obras literarias como "Changó, el gran putas", "Chambacú, corral de negros" y "En Chimá, nace un santo".




 

 

jueves, 28 de noviembre de 2024

In memoriam

 AQUILES, EL CARPINTERO DE TORICES

 

Por El Tato Pulgar

 


En las vacaciones de octubre del año antepasado, aun lo encontré vivo. Me decían que a diario salía a caminar; un poco torcido, eso sí, por sus ya 98 años, pero que conservaba la mente lúcida, y la lengua rápida y aguda como siempre...

En medio de la conversación familiar, vino a colación el nombre de Aquiles, el viejo carpintero, muy conocido en todo Torices. Con no más de 1.50 de estatura y unos 45 kilos de peso, parecía que cuando se subía a reparar los techos de las casas, cualquier brisa podía elevarlo como "Pandonguita"* al viento. Nunca se casó, porque decía tener tanta energía que ninguna mujer lo aguantaría.

Lo de andar torcido a sus 98 años nos lo contó Mamá Bruny. Yo le dije:

—¿Y todavía está vivo?

—Bueno, sí. Quedó torcido, pero del codazo que se "chupó" de parte tuya en la iglesia. Ja, ja, ja—manifestó Mamá Bruny

Aclaro el asunto: En cierta ocasión, en el sepelio de la profesora Elsa Pernett, que se llevó a cabo en la Iglesia de Torices (nuestro barrio), mi mamá que quería acercarse al féretro, fue abriéndose camino entre la gente a punta de brazadas, le ha conectado entonces un codazo entre cuello y quijada al pobre Aquiles, quien cayó como Tyson en su último combate. Y aunque Aquiles nunca supo quién le conectó el gancho de izquierda a la mandíbula, nosotros en la familia sí lo sabíamos.

Mi hermana María por su parte dijo: "Y para complementar el cuento del gancho de izquierda que recibió Aquiles en la yugular, reitero que no bastando con el semejante golpe que lo dejó viendo pajaritos, ella misma (Mi mamá Bruny) lo levantó por la parte de atrás del cuello de la camisa, como quien maneja una marioneta. Ja, ja, ja".

El año antepasado estábamos contando los cuentos de nuestros barrios, cuando se apareció el mismísimo Aquiles, el carpintero.

Mi hermana María, dijo:

—Y hablando del rey de Roma y ahí mismo que se asoma. Acaba de llegar Aquiles a la puerta a preguntar por Mamá Bruny.

Entonces me dice que ya estoy canosa. Y él, que tiene las cejas como papá Noel ¿Qué va a decir?

Aquiles, el que le puso de "remoquete" a Carmelo, su joven ayudante de carpintería: "Capullo". En honor al éxito musical del gran Johnny Ventura de hace 4 décadas. Sí, Aquiles, el mismo que andaba todo Torices a pie, saludando a los vecinos de toda la vida por su nombre, interesándose por ellos, con sincero afecto…

Recuerdo que mi abuela Magdalena lo mandaba a buscar cuando le caía comején a alguna viga de la casa, a un marco de la ventana. O simplemente para reemplazar un listón del techo.

Hasta que, en las últimas vacaciones de hace un año, ya no estuvo.

Llegué a la vieja casa de Torices y me contaron, que Aquiles, el carpintero, murió a sus 99 años, sin dejarle a este mundo ninguna clase de descendencia, pero, en cambio, dejando un profundo y cariñoso recuerdo entre nosotros”.

*Pequeña cometa o barrilete
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jueves, 21 de noviembre de 2024

Memorias de Ciudad

EL ABUELO DE JUANCHO MAGALLANES


Por Rubén Darío Álvarez P


 
Ayer, el profesor Juan Gutiérrez Magallanes me regaló su más reciente libro titulado "Mi abuelo, un sabio iletrado”, que es una especie de mini biografía de Valeriano Magallanes, su abuelo materno. 
Unos días antes me había notificado, a través del whatsapp, sobre la aparición de este libro en el mercado editorial cartagenero; y yo le comenté que el título me hacía recordar uno de los mejores leads que he leído hasta el momento. Lo escribió el premio Nobel de literatura portugués José Saramago: “El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir”. Le expliqué que se trata del arranque del “Discurso de aceptación del Premio Nobel ante la Academia sueca”, que Saramago inició haciendo un homenaje a su abuelo materno, a lo que el profesor Gutiérrez Magallanes se amalayó por no haberlo conocido antes, pues hubiera colocado esa frase como epígrafe de su libro. Lo consolé recomendándole que lo tuviera en cuenta para una segunda edición de la misma obra.

Se llama Juan Gutiérrez Magallanes, pero a sus conocidos como que les gusta más su segundo apellido, porque siempre lo nombran como “Juancho Magallanes”, a lo mejor porque su abuelo era muy popular en la entonces pequeña ciudad de Cartagena de Indias y el apellido tomó un peso de toneladas que todavía cargan en los hombros las generaciones subsiguientes.

Juancho Magallanes es un nostálgico irremediable, algo que noté desde que leí su libro “Chambacú, a la tiña, puño y patá”, donde relata las aventuras y desventuras de las familias que formaron el ya legendario barrio, que fue arrasado, a comienzos de los años setenta del siglo XX, por la mano inclemente del “progreso”, misma que relegó a sus habitantes hacia zonas de pantanos, que ahora son barrios de enorme población en continuo crecimiento.

También hay un hálito de nostalgia en el libro “Getsemaní, oralidad en atrios y pretiles”, que redactara en compañía del también docente Jorge Valdelamar. Y, desde luego, de esa misma añoranza no se salva “Mi abuelo, un sabio iletrado”, una edición sencilla, clara y sin tantas ínfulas literarias, como para que todo el mundo entienda los devenires de la capital del departamento de Bolívar, cuando aún no era considerada como una de las más importantes del país.

No recuerdo dónde leí o a quién le escuché decir que “Cada libro que se publica, es un fragmento de la historia del territorio donde se concibió”. Es eso lo que veo en el nuevo libro de Juancho Magallanes, un recuento de la construcción del Parque del Centenario, la existencia de barrios pegados a la muralla como Pekín, Boquetillo y Pueblo Nuevo, el incendio del Muelle de la Machina, la vibración del Mercado Público de Getsemaní, el conjunto residencial que existían en Las bóvedas, las faenas de pesca en la bahía y el mar abierto, el primer estadio de béisbol y la memoria prodigiosa del abuelo Valeriano para acordarse de los nombres de todas las calles y rincones insospechados del Centro Histórico.

Me llamó poderosamente la atención que el abuelo Valeriano (acérrimo simpatizante del Partido Conservador) era habilidoso para la pesca, para liderar procesos comunitarios, solucionar entuertos de todo tipo, jugar a las cartas y enamorar damiselas, pero no sabía bailar. Carecía de esta habilidad que se consideraba un asunto crucial en la Cartagena de mi infancia: todos los miembros de la familia debían saber dos cosas: bailar y pelear. Pero el abuelo Valeriano no era afecto a mover el esqueleto o a liarse a trompadas con nadie, puesto que todo lo solucionaba con una sonrisa y un trato agradables, que conquistaban a cualquier potencial contendiente, según las descripciones de Juancho Magallanes.

Vivió en accesorias, que eran muy comunes en la Cartagena de antaño; enviudó tempranamente y aprendió a conocer a cabalidad el mar, al cual consideraba su amigo, porque, cuando quedaba desempleado, ese gran cuerpo de agua lo proveía de todo lo necesario. Es decir, parece que el abuelo Valeriano cargaba la impronta de los hombres de esa época: no sabían quedarse quietos, creían que tenían que resolver los problemas del mundo y sentían que la bondad era una obligación natural del género humano, mucho más allá de cualquier mandato bíblico o gubernamental.

Por eso este nuevo libro de Juancho Magallanes me recuerda a mi familia. Así, como el abuelo Valeriano, eran mis tíos, mis abuelos y algunos vecinos del barrio Santa María y del Pasaje Franco, en Getsemaní, lugares donde también había accesorias atiborradas de clanes numerosos y hombres fornidos que ejercían la pesca y se internaban a diario en el Mercado Público, para regresar con las postrimerías del sol y con bolsas llenas de productos crudos que servirían de base para cena humeante de las cinco de la tarde.

Ya les comenté que este nuevo libro de Juancho Magallanes no tiene pretensiones literarias ni deseos de ganarse el Premio Nobel de Literatura. Así que no esperen encontrarse una cátedra de altas letras, pero lo que sí les aseguro es que sirve —y seguirá sirviendo— como material de consulta, al igual que ya lo logró con su anterior texto “Chambacú, a la tiña, puño y patá”, que no sé si estará en todas las bibliotecas públicas de la ciudad. Pero debería estarlo, porque, precisamente, esa generación de la que habla el profe Magallanes ya se está acabando y va quedando poca gente que cuente los pormenores de esa Cartagena que dejó de existir hace ratote.

martes, 19 de noviembre de 2024

Nota Oportuna

UNA ESTATUA PARA MANUEL ZAPATA OLIVELLA
  

#MuseoAfroEnConstrucción

 

Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes


El Proyecto Museo Afro es una iniciativa del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, el Museo Nacional de Colombia y otras instituciones que cooperan para crear un espacio que reconozca el papel protagónico que han desempeñado los pueblos negros, afrocolombianos, raizales y palenqueros en la trayectoria histórica, cultural, política y científica de nuestro país.

En su segunda fase de investigación museológica y curatorial, el proyecto Museo Afro continúa dialogando con las comunidades para definir colectivamente la planeación estratégica y las bases del futuro Museo Afro de Colombia.

Tu opinión cuenta en la planeación estratégica del Museo Afro. Únete a esta construcción colectiva y ayúdanos a darle forma.
UNA ESTATUA PARA MANUEL ZAPATA OLIVELLA
Aquí en Cartagena de Indias, no hay un Busto o Efigie de Manuel Zapata Olivella, el más famoso escritor afroamericano, quien siempre veló por la defensa de los aborígenes y afroamericanos.

Manuel Zapata Olivella, debe tener un AMPLIO BUSTO en la ciudad, se puede aprovechar el sector del Nuevo Chambacú, allí donde vivió su abuela, Angela Vásquez, a quien visitaba para recoger las memorias que utilizó para escribir su novela urbana: CHambacú Corral De Negros¨.

miércoles, 13 de noviembre de 2024

Actualidad


HECHOS TRASCENDENTALES EN ESTE NOVIEMBRE 2024

 

Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes

 


Primero. Se puso en vigencia la Ley 57 de 1910, mediante la cual el 11 de Noviembre se declara “Día Festivo Nacional, por motivos del Grito de Independencia del 11 de Noviembre, dado en Cartagena de Indias, donde la Provincia de Cartagena declaró la Independencia  Absoluta de la Corona Española”. Hecho que se constituye en el de mayor trascendencia enfrentado al 20 de Julio, pues en esta fecha sólo hubo una manifestación “engañosa” de descontento, donde solicitaban continuar  bajo el Régimen Español.

Desde hace mucho tiempo atrás se venía solicitando. Darle el verdadero valor que el 11 de Noviembre de 1811 representa para la ciudad.  Los profesores de Historia, deben hacer énfasis  en este hecho, y explicar ampliamente el porqué el 11 de Noviembre fue festivo. 

Segundo. Durante los días de la celebración, no se escucharon los íconos musicales de las Fiestas Novembrinas, se olvidaron de los Porros, Fandangos y otros aires de compositores como Rufo Garrido, alegrando las fiestas con sus canciones: “Angeles Somos”. “La Vaca Vieja”. “Compadrito”. “Vuélvelo a Poné”. “Falta la Plata”. “La Palenquerita”. 

Clímaco Sarmiento, también estuvo en el olvido, no se escucharon: “Cumbia Sabrosa”. “La Cigarra”. “Bombo y Maraca”. “Guiro y Guacharaca”.

Fueron unas Fiestas donde se olvidaron de las inquietudes del difunto  Emery Badel, que para estas celebraciones recordaba las canciones de Pedro Laza y sus Pelayeros: “Que Bello”. “Cumbia Barulera”. “La Ñeca”. “El Cebú”. “El Buré”.

Este 2024 solo se escucharon canciones de la música Urbana y una que otra Champeta. ¡Pobre Cartagena, se olvidaron de la Cumbia, el Merengue, El Fandango, el Porro  y otros géneros que le dieron vida a las Fiestas de Noviembre!

Pacho Galán fue otro olvidado, nada de: “Ay Rosita Linda”. “Cumbia Panorámica”. “La Butifarra de Pacho”. “El Merecumbé”.

Yo esperaba que, al menos, la Emisora de la Universidad de Cartagena, rindiera tributo a los compositores arriba nombrados. 

Pasadas las fiestas de Noviembre, sólo queda esperar el próximo año y, en este diciembre, a que no se vayan a olvidar de la Música propia de las Navidades. 

En buen momento ha sido elegida Ximena Silva Padilla, Reina Popular del barrio Fredonia, un amplio sector  abandonado de la urbe, donde  Su Majestad, estudiante de  psicología, deberá cumplir un papel muy fuerte y tenaz sobre la divulgación de la Cultura y Educación cartageneras, en pro de ganarse el derecho a ser elegida Concejal de Cartagena.

 

 

jueves, 24 de octubre de 2024

De Una Nueva Historia

PERSONAJES IMPORTANTES QUE DEBEN
ESTAR EN EL NUEVO CHAMBACÚ

Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes


 
Allí, en aquel amplio espacio, muchas veces recorrido por Manuel Zapata Olivella, cuando iba a visitar a su abuela Ángela Vásquez, en la casa de los Pitalúa Villa, ubicada en el Callejón del Esfuerzo, era esperado Manuel.

El pensamiento de Zapata Olivella era que en aquel amplísimo terreno se construyera el Parque de las Américas, donde estuvieran las efigies de líderes, tales como Benkos Biohó y otros.

Hoy, cuando el Señor Alcalde Dumek Turbay Paz, presenta un proyecto con el cual se construirá el «Nuevo Chambacú», debe ser justo que allí haya un sitio donde se encuentre la Efigie de Manuel Zapata Olivella, y un relato sobre personajes que vivieron y dieron gloria a Colombia, tales como los boxeadores Antonio Cervantes (Kid Pambelé), Bernardo Caraballo, Dinamita Pum, el Paye Atómico, y, otros, como el beisbolista, José Magallanes.

El Nuevo Chambacú, debe llevar la impronta de lo que fue aquel sitio. Donde estuvo el mayor tugurio de Cartagena, allí tenía su residencia el Agente de Policía Aguirre, que impartía el orden en la cárcel de varones, ubicada en el barrio de Sandiego.

El antiguo tugurio de Chambacú hace parte de la Historia de la Ciudad, este dio motivo para escribir la ejemplar novela «Chambacú corral de Negros». Y muchas canciones como «Chambacú» del Maestro Antonio María Peñaloza.

Estamos de acuerdo con que se construya el proyecto del «Nuevo Chambacú», sin olvidar hechos que son fundamentales, allí debe estar la Efigie de Manuel Zapata Olivella, un escritor de grandes proyecciones, mostrado en diferentes continentes, como se ha hecho en Senegal, donde en su capital, Dakar, se realiza un Congreso en el cual se resalta la vida y obra de Manuel Zapata Olivella.

Los viejos chambaculeros que vivieron en aquel tugurio, esperan la edificación de la estatua de Manuel.

viernes, 4 de octubre de 2024

Cartagena de Indias

Una Ciudad que Debe Ser Tratada Con Amor y Respeto


Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes



Dato histórico descrito por el historiados Alfonso Múnera en su libro: Cartagena, una ciudad abierta al mundo:

«Sin haberse terminado el siglo XIX, comenzaron con la obra de Demolición en 1883 y 1887, destruyeron dos obras complejas y de delicada belleza. Los revellines de la Media Luna y del Cabrero.

Cartagena vivía en medio de la tensión entre su crecimiento urbano, para un lado, que traía consigo nuevos barrios extramuros de gentes acomodadas. Contrata una misión norteamericana para estudiar el asunto, sugirió el derrumbe de uno de sus lienzos más importantes y en 1916 cayó convertido en escombros, la gran cortina de piedra que iba desde la Boca del Puente al baluarte de San Pedro Mártir. Sólo a partir de la Ley 5 de 1940 la Nación inició la protección legal y en firme de su Patrimonio arquitectónico militar colonial.

En nuestro caso fue una de las poquísimas ocasiones en que la pobreza tuvo un efecto benéfico sobre los destinos de la vieja ciudad, no hubo plata para destruirlos».

Situaciones como esta se presentan cuando los gobernantes desconocen el valor patrimonial del bien de la Urbe que manejan. 
Cartagena de Indias es una ciudad que necesita mucho cuidado y respeto, ya que es una ciudad llena de hechos que hacen parte de la Historia de Colombia .

sábado, 21 de septiembre de 2024

Réquiem

 El Amigo y Compañero Jairo Solano Barboza


Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes


Nos conocimos en una de las aulas del siempre recordado y Patrimonio de la Educación Liceo de Bolívar, allí en la calle del Cuartel, estábamos en el Primero C, recibíamos las clases del profesor Marcos Herrera ( El Bizco). Jairo sobresalía, especialmente en la clase de Matemática, ya se perfilaba como uno de los seguidores de Pitágoras. Era un estudiante muy callado, parecía que siempre estuviera pensando cómo resolver un problema de Aritmética. Al salir del colegio, cogíamos el mismo camino, me acompañaba por los senderos de Chambacú, él llegaba a la calle de las Carretas en el barrio de Torices. Nos hicimos buenos compañeros, compartíamos momentos de alegría los domingos, cuando nos encontrábamos en los escalones del Teatro Variedades, ya fuera para ver la Vespertina o para hacer un recorrido por el barrio de Calle Nueva, lograr mirar a las niñas que salían para entrar a la Vespertina, Jairo siempre con trato muy afable, hacía comentarios que dejaban ver un futuro colmado de números. No tenía problema para entender las encrucijada del Maestro Duque, cuando explicaba los llamados «Números Complejos». Siempre recordaba a Jairo, ya que me ayudó a estudiar la matemática, cuando tuve que habilitarle al Maestro Duque. Días antes de la habilitación, iba a su casa para que me explicara, lo cual me sirvió mucho, porque la gané muy sobradamente. Todo aquello, parece que me hubiese servido para perderle el miedo a las Matemáticas y estudiarla con buenos resultados.

A Jairo lo vi por última vez, cuando estuvo en mi casa, junto con Alfredo Pineda. Le apodaban «Newton» por su destreza en el desenvolvimiento de los números. Al terminar el bachillerato, todos nos queríamos ir a la Universidad de Antioquia, yo fui uno de los pocos que no se fue a Medellín, sino para la Pedagogíca y la Tecnológica de Tunja. Aquellos compañeros, entre otros: Leal, los Batista, Sepúlveda, Olea, Luján, Vidal, llegaron a la Universidad de Antioquia, estudiaron y allí se casaron. Siempre poniendo en alto la formación académica que recibieron del Gran Liceo de Bolívar. 

A Jairo, lo recuerdo con mucho aprecio y amor, era un gran amigo y así fue, un buen miembro familiar y de la Sociedad. La Universidad debe recordarlo con mucho honor, además de la licenciatura, hizo Ingeniería industrial.

 Paz en su Tumba, Dios lo acoge en su seno.



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