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domingo, 15 de marzo de 2026

Bibloteca de La Calvaria

 El Cuento de la Semana


El Collar


Por Guy de Maupassant


La señorita Matilde Loisel era una de esas muchachas bonitas y encantadoras que nacen, como por un error del destino, en una familia de empleados. No tenía dote, ni esperanzas, ni medios para ser conocida, comprendida o amada por un hombre rico; y terminó casándose con un modesto empleado del Ministerio de Instrucción Pública.

Vivía con sencillez, porque no podía permitirse otra cosa; pero sufría sin cesar, sintiéndose nacida para todos los lujos y refinamientos. Padecía por la pobreza de su vivienda, por la miseria de las paredes, por la fealdad de los muebles, por la vulgaridad de los cortinajes. Todas esas cosas, que otra mujer de su misma condición ni siquiera habría notado, la atormentaban.

Soñaba con silenciosos salones tapizados con sedas antiguas, iluminados por altos candelabros de bronce; con grandes salones perfumados, hechos para recibir a los invitados más distinguidos. Soñaba con vajillas finas, con joyas brillantes, con halagos y admiración.

Un día, su esposo llegó a casa con aire triunfante y le entregó una tarjeta.

—Mira —dijo—, he conseguido algo para ti.

Ella leyó: era una invitación para un gran baile en el Ministerio.

Pero en lugar de alegrarse, Matilde arrojó la invitación sobre la mesa con desdén.

—¿Qué quieres que haga con esto?

—Pero, querida —dijo su marido—, pensé que te gustaría. No salimos nunca, y esta es una gran ocasión.

Ella respondió con tristeza:

—¿Y qué quieres que me ponga? No tengo vestido.

Su marido, turbado, respondió:

—Podrías comprar uno. Creo que podríamos gastar unos cuatrocientos francos.

Matilde vaciló, pero aceptó. Sin embargo, unos días después, parecía nuevamente inquieta.

—¿Qué te pasa? —preguntó su marido.

—No tengo joyas —dijo—. Pareceré pobre.

Entonces él sugirió:

—Ve a ver a tu amiga, la señora Forestier, y pídele algo prestado.

Matilde se alegró ante la idea. Al día siguiente fue a casa de su amiga, quien le mostró un cofre lleno de joyas.

Después de dudar entre varias, descubrió un magnífico collar de diamantes.

—¿Podrías prestármelo? —preguntó con ansiedad.

—Claro que sí —respondió la amiga.

La noche del baile fue un triunfo para Matilde. Era la más bella, la más elegante. Todos la miraban, todos la admiraban.

Pero al regresar a casa, frente al espejo, lanzó un grito.

El collar había desaparecido.

Su esposo buscó por todas partes, incluso regresó al camino recorrido. Nada.

Finalmente decidieron reemplazarlo. Encontraron uno idéntico en una joyería. Costaba una suma enorme.

Para pagarlo pidieron préstamos, firmaron pagarés, y se endeudaron de manera terrible.

Matilde devolvió el collar a su amiga sin decir nada.

A partir de ese momento comenzó una vida de sacrificio. Despidieron a la criada, cambiaron de casa, y Matilde aprendió los trabajos más duros: lavar, limpiar, cargar agua, regatear en el mercado.

Pasaron diez años así.

Finalmente pagaron toda la deuda.

Un día Matilde se encontró con la señora Forestier en los Campos Elíseos. La amiga no la reconoció al principio, tan cambiada estaba.

Matilde decidió contarle la verdad.

—Te devolví un collar falso —dijo—. Perdí el tuyo y lo reemplazamos. Nos tomó diez años pagarlo.

La señora Forestier quedó sorprendida.

—¡Oh, pobre Matilde! —exclamó—. ¡Pero si mi collar era falso! ¡No valía más de quinientos francos!
Guy de Maupassant (1850–1893) fue un escritor francés considerado uno de los grandes maestros del cuento moderno. Discípulo de Gustave Flaubert, desarrolló un estilo realista, claro y preciso, con relatos breves que a menudo terminan en giros inesperados. Alcanzó fama con el cuento Boule de Suif y escribió más de trescientos relatos y varias novelas, entre ellas Bel-Ami. Su célebre cuento La Parure (El collar) es uno de los relatos más conocidos de la literatura universal. Murió en París a los 42 años.



 

sábado, 14 de marzo de 2026

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Una Casa Abierta Para la Literatura en Cartagena

 

En una ciudad donde el mar conversa con las murallas y donde cada calle parece guardar un secreto antiguo, existe un rincón en el que las palabras encuentran refugio. Ese lugar se llama La Calvaria Literatura.

No es solo una página, ni simplemente un portal cultural. Es, ante todo, una casa abierta para los amantes de las letras.

Hay lugares donde se venden noticias. Hay otros donde se exhibe entretenimiento pasajero. Pero hay muy pocos espacios donde las palabras se toman el tiempo de respirar, de pensar y de mirar el mundo con la calma que exige la literatura. La Calvaria Literatura nació precisamente con ese propósito: defender el valor de la palabra en una época que muchas veces parece correr demasiado rápido.

Quien llega a esta tribuna cultural descubre que aquí la literatura no es un lujo ni un adorno. Es una forma de entender la vida.

Detrás de este proyecto se encuentra Gilberto García Mercado, director de este espacio cultural y también miembro activo de la Asociación de Escritores de la Costa de Cartagena. Con paciencia, disciplina y una profunda vocación por las letras, ha impulsado este medio para que los escritores —nuevos y veteranos— encuentren un lugar donde compartir su voz.

Porque una ciudad sin escritores es una ciudad que deja de contarse a sí misma.

Y Cartagena, con toda su historia, merece seguir siendo narrada.

Cada día, en La Calvaria Literatura, aparecen nuevas voces, nuevas miradas, nuevas reflexiones. Aquí conviven múltiples formas de expresión artística, aunque la literatura ocupa un lugar central. Las páginas de este medio reciben con entusiasmo cuentos, crónicas, artículos de opinión, poemas, críticas literarias, entrevistas, reflexiones culturales y muchas otras formas de creación.

Cada texto es una ventana.


A veces es la ventana de un poeta que observa la lluvia sobre los tejados de la ciudad.
Otras veces es la mirada de un cronista que captura la vida cotidiana de nuestras calles.
En ocasiones es el pensamiento profundo de un ensayista que reflexiona sobre la cultura, la sociedad o el arte.

Todo eso sucede aquí.

En este espacio no importa si el autor es joven o veterano, si está comenzando o si ya tiene libros publicados. Lo importante es la honestidad de la palabra y el deseo de aportar algo a la conversación cultural.

La Calvaria Literatura también cree en algo fundamental: la cultura se construye entre todos.

Un medio cultural no vive solamente del esfuerzo de quien lo dirige. Vive también de sus lectores. Vive de quienes comparten los textos, de quienes comentan, de quienes recomiendan una lectura, de quienes invitan a otros a descubrir este lugar.

Cada vez que alguien comparte un artículo, un poema o una entrevista publicada aquí, está ayudando a que la literatura siga circulando.

Y en tiempos donde la superficialidad domina muchos espacios digitales, defender un lugar para el pensamiento, la sensibilidad y la imaginación es casi un acto de resistencia cultural.

La Calvaria Literatura es un medio local, profundamente arraigado en Cartagena de Indias, en su historia, su gente y su espíritu creativo.

Pero también es un medio global.

Gracias a internet, los textos que nacen en esta ciudad pueden ser leídos en cualquier lugar del mundo. Las palabras escritas aquí pueden viajar más allá del Caribe, más allá de Colombia, más allá de cualquier frontera.

Esa es la magia de la literatura en el siglo XXI.

Un poema escrito en Cartagena puede ser leído en Madrid.
Un cuento publicado aquí puede emocionar a un lector en Buenos Aires.
Una crónica sobre nuestra ciudad puede despertar curiosidad en alguien que vive al otro lado del océano.

Por eso este espacio sigue creciendo.

Porque cada nuevo lector abre otra puerta.

Porque cada seguidor se convierte en un cómplice de la cultura.

Porque cada lectura demuestra que la literatura sigue viva.

Hoy queremos invitarte a hacer parte de esta comunidad de lectores y escritores.

Si te gusta la literatura…
si crees que la cultura debe tener un lugar en la vida cotidiana…
si disfrutas descubrir nuevas voces…
si valoras los espacios donde las palabras todavía se toman en serio…

Entonces este lugar también es tuyo.

Sigue y acompaña a La Calvaria Literatura

Tu apoyo es muy importante para que este proyecto continúe creciendo y para que cada día podamos ofrecer más contenidos culturales, más autores, más historias y más reflexiones.

Porque aquí, todos los días, entre líneas, metáforas y relatos, se respira cultura.

Y la cultura necesita lectores que la mantengan viva.

📚 Visita, sigue y comparte este espacio cultural aquí:

Si alguna vez has sentido que un poema te salvó una tarde, que un cuento te cambió una idea o que un libro te acompañó en silencio… entonces sabes que la literatura no es un lujo.

Es una necesidad del espíritu.

Y esta casa —La Calvaria Literatura— siempre tendrá la puerta abierta para quienes creen en el poder de las palabras.


 

Revolución En Marcha



El Escritor y la Paciencia de los Siglos 


Por Gilberto García Mercado


Hubo un tiempo en que escribir era casi un acto de fe. Antes de que las pantallas iluminaran las madrugadas y antes de que un cursor parpadeara como una luciérnaga obediente esperando la próxima palabra, el escritor dependía de la paciencia de los siglos. Las palabras se depositaban sobre materiales frágiles y obstinados. El papiro. El pergamino. El papel hecho a mano. Cada línea exigía concentración y un respeto casi religioso por el acto de narrar.

Si retrocedemos hasta los albores de la escritura sagrada encontramos a los antiguos copistas inclinados sobre los rollos que luego formarían los textos de la Biblia. Aquellos hombres no solo escribían. Custodiaban el lenguaje. Copiar un texto podía tomar meses o incluso años. Cada palabra se revisaba con un cuidado extremo. No era únicamente un ejercicio intelectual. Era una disciplina espiritual. El error no era solo una equivocación gramatical. Era una pequeña catástrofe.

Durante siglos el destino de la palabra fue el mismo. El escritor escribía despacio. El lector leía despacio. Entre uno y otro se extendía un puente hecho de paciencia.

Luego llegó la imprenta y con ella una revolución silenciosa. En el siglo XV la aparición de la máquina de imprimir multiplicó los libros como si las ideas hubieran encontrado finalmente un río por donde correr. Pero aun así la escritura seguía siendo lenta. Las novelas se escribían durante años. A veces durante décadas. El manuscrito pasaba por revisiones interminables. Los editores corregían con lápiz rojo. Los escritores reescribían páginas enteras. Había un respeto profundo por el oficio.

La corrección era un arte.

Quien quisiera dedicarse a la literatura debía aceptar una verdad sencilla. Escribir no era solo tener talento. Era resistir.

Muchos de los grandes autores que hoy admiramos trabajaban con una disciplina casi monástica. El colombiano Gabriel García Márquez solía decir que escribir era noventa por ciento transpiración y apenas un poco de inspiración. Su novela Cien años de soledad no apareció de la nada como una mariposa amarilla. Fue el resultado de meses de trabajo obsesivo. Durante el proceso llegó a empeñar electrodomésticos de su casa para poder terminar el manuscrito. Cuando finalmente lo envió a la editorial ya había sido corregido una y otra vez.

La ceremonia de la lectura también tenía su liturgia. García Márquez contaba que para leer un buen libro necesitaba silencio y una taza de café. El olor del papel era parte del placer. El libro se abría como quien abre una puerta a otro mundo.

Algo similar ocurría con el argentino Jorge Luis Borges. Borges transformó la lectura en un acto casi sagrado. Leía lentamente. Releía con devoción. En sus entrevistas repetía que el paraíso debía ser una especie de biblioteca infinita. Para él los libros no eran objetos de consumo rápido. Eran territorios.

Incluso sus hábitos eran ceremoniales. Elegía cuidadosamente el momento del día para leer. Muchas veces lo hacía en voz baja como si conversara con el autor que lo acompañaba desde otro siglo.

El caso de Julio Cortázar también revela esa relación ritual con la palabra. Cortázar escribía de noche. Necesitaba silencio y largas horas de concentración. Revisaba obsesivamente sus textos. Cambiaba palabras. Movía frases. Buscaba el ritmo exacto de una oración como quien afina un instrumento musical.

Para estos escritores la literatura no era un producto. Era un destino.

En las redacciones de los periódicos ocurría algo parecido. Había una solemnidad que hoy parece salida de una fotografía antigua. El jefe de redacción caminaba entre las mesas revisando titulares. Los periodistas entregaban sus crónicas todavía tibias de tinta. En la madrugada las rotativas comenzaban a rugir y el periódico salía a la calle como una criatura recién nacida.

El lector recibía el diario en la puerta de su casa. Lo abría con calma. Tal vez acompañado por el aroma del café. La lectura era un pequeño rito doméstico.

Todo ese mundo comenzó a transformarse con la llegada de lo digital.

Primero llegaron los computadores personales. Después internet. Luego las redes sociales. Finalmente la inteligencia artificial.

Hoy una novela puede escribirse en semanas. A veces en días.

Un autor contemporáneo puede utilizar programas de escritura asistida para organizar tramas. Puede corregir automáticamente la ortografía. Puede pedir sugerencias de estilo. Incluso puede generar capítulos completos con ayuda de modelos de lenguaje.

Lo que antes tomaba años ahora parece comprimirse en un calendario vertiginoso.

Aquí surge una pregunta inevitable.

¿Se pierde calidad cuando la escritura se automatiza?

La respuesta no es sencilla.

Por un lado la tecnología democratiza la palabra. Nunca antes tantas personas habían tenido la posibilidad de escribir y publicar. Las plataformas digitales permiten que un autor desconocido llegue a miles de lectores sin pasar por las antiguas editoriales. La comunicación se ha vuelto horizontal.

Pero al mismo tiempo aparece el riesgo del facilitismo.

 
La velocidad puede convertirse en enemiga de la profundidad. Cuando un texto se produce demasiado rápido puede perder esa lenta maduración que da densidad a las historias. Las grandes novelas de la historia no surgieron en quince días. Fueron el resultado de largos periodos de reflexión.

El escritor antiguo convivía con su obra durante años. Los personajes envejecían junto a él. Las frases se pulían como piedras de río.

Hoy el proceso puede ser distinto. Un autor puede generar un borrador completo con ayuda de inteligencia artificial. Puede editarlo en pocas jornadas. Puede publicarlo casi de inmediato.

En términos técnicos el resultado puede ser correcto. La gramática funciona. La estructura narrativa también.

Pero queda una duda flotando en el aire.

¿Dónde queda el alma del narrador?

La literatura siempre ha sido algo más que un conjunto de palabras bien ordenadas. En cada historia se filtra la experiencia humana. El miedo. La nostalgia. El humor. Las heridas invisibles que cada escritor carga consigo.

Una máquina puede imitar el estilo. Puede reproducir estructuras narrativas. Puede sugerir giros argumentales.

Pero la vida que respira dentro de una historia todavía pertenece al territorio humano.

El verdadero desafío de nuestra época no es resistirse a la tecnología. Sería absurdo. La historia demuestra que cada innovación termina integrándose al oficio.

La imprenta también fue vista con sospecha en su momento. Sin embargo terminó ampliando el mundo de los lectores.

Lo mismo podría ocurrir con la inteligencia artificial.

La diferencia radica en la intención del escritor.

Si la tecnología se utiliza como una herramienta para apoyar el proceso creativo puede convertirse en una aliada. Puede acelerar tareas mecánicas. Puede ayudar a revisar estructuras. Puede ofrecer perspectivas inesperadas.

Pero si se utiliza como sustituto de la imaginación entonces el riesgo es evidente.

El escritor deja de ser creador para convertirse en operador.

Y allí aparece la nostalgia por aquellos tiempos en que la literatura avanzaba con la lentitud de los caracoles.

La generación actual creció en un universo distinto. Muchos jóvenes escritores nunca tocaron una máquina de escribir Olivetti. No escucharon el sonido metálico de las teclas golpeando el papel. Tampoco vivieron la ansiedad de esperar el periódico de la mañana para conocer las noticias del mundo.

Hoy todo ocurre en tiempo real. Las historias circulan a la velocidad de la luz. Los textos aparecen y desaparecen en las pantallas.

Muchos diarios históricos han cerrado. Otros sobreviven en versiones digitales. Los viejos archivos de papel duermen en bibliotecas que pocos visitan.

El mundo se volvió virtual.

Y en medio de esa transformación surge una paradoja curiosa.

Nunca se ha escrito tanto como ahora. Pero tampoco nunca ha habido tantos textos que se olvidan tan rápido.

Las redes sociales están llenas de palabras. Millones de usuarios publican cada día. Sin embargo la lectura profunda parece disminuir. La comunicación se volvió instantánea. Breve. Fragmentaria.

A veces da la impresión de que existen más personas escribiendo que personas leyendo.

Tal vez por eso el verdadero desafío del escritor contemporáneo no sea competir con la inteligencia artificial sino preservar el espíritu del oficio.

La disciplina.
La paciencia.
La voluntad de corregir un párrafo hasta que respire.

Porque al final la literatura sigue siendo un encuentro entre dos soledades. La del autor que escribe en silencio y la del lector que abre un libro buscando algo que todavía no sabe nombrar.

Las herramientas cambian. Las épocas se transforman.

Pero la necesidad de contar historias permanece intacta.

Gilberto García Mercado, Editor

Mientras exista un ser humano dispuesto a escuchar el murmullo de las palabras la literatura seguirá viva.

Y quizá en medio de esta era de algoritmos y pantallas el verdadero escritor será aquel que recuerde una antigua lección que los copistas de los primeros siglos conocían muy bien.

Que cada palabra merece tiempo.

Y que escribir sigue siendo, después de todo, un acto de paciencia frente al infinito.

Réquiem Para Cony

LA PERRILLA DE LA CASA RAFAEL NÚÑEZ


Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes


Este cánido era la mascota del Museo Rafael Núñez. Conservaba en su andar lo inmarcesible y la sublimidad de los secretos del recinto. Mostraba en sus relaciones con los visitantes la hospitalidad de los seres que tienen por cuna noble la patria. Nunca hizo uso del ladrido para advertir a los guardianes sobre alguna anomalía en un lugar arcano como el Museo Rafael Núñez.

En la sencillez de su figura inspiraba sublimidad en quienes visitaban el sitio.

Ahora, a pesar de no estar, seguimos experimentando la espiritualidad de su sencillez. Se le consideraba una mascota perpetua, digna de gran consideración por custodiar con celo los pensamientos del poeta, quien se erigió como un ícono al hilvanar las letras del Himno Nacional.

La perrilla era mirada con el respeto que fluye de la humildad. Todos los Cabreranos sentimos la partida de la guardiana de las letras de Rafael Núñez.

Cony ha dejado el recuerdo de su fidelidad en ese lugar, en la casa de quien fue cuatro veces presidente de Colombia.

Su imagen quedó impregnada en los habitantes de la Calle Real del Cabrero.

Hoy hay unos versos para Cony.

La perrilla descansa en la paz de quienes jamás serán olvidados.

domingo, 8 de marzo de 2026

De Otros Días

La Nieve, la Dinamita y 
el Remordimiento de los Siglos

 

Por Gilberto Garcia Mercado

 

La ciudad estaba cubierta por un invierno que parecía escrito por un poeta melancólico y ligeramente borracho. La nieve caía con la paciencia de los viejos relojes y las farolas arrojaban una luz amarillenta que hacía pensar en cartas de amor nunca enviadas. Era Estocolmo, aunque aquella noche también parecía todas las ciudades del mundo que han tenido frío y conciencia. Las calles respiraban un silencio antiguo. Bajo las botas crujía la nieve como si la tierra murmurara secretos incómodos. 
Yo soy el cronista de los siglos. Un periodista que ha entrevistado emperadores muertos, inventores con bigote triste y algún fantasma que insistía en cobrar derechos de autor por sus memorias. Aquella noche llevaba conmigo un dispositivo que parecía una brújula vieja. No señalaba el norte sino los remordimientos de la historia. 
La aguja tembló. 
Entonces apareció él. 
Un hombre alto, delgado, con barba ordenada y ojos que parecían haber leído demasiados periódicos. Alfred Nobel aterrizó en la nieve con el gesto confundido de quien llega tarde a una cita con el destino. Tenía cincuenta y tantos años en el momento que yo había elegido para traerlo. Cincuenta y cinco para ser exactos. Era el invierno de 1888 dentro de su tiempo. Dentro del mío era simplemente un hombre enfrentado a su propia sombra. 
—Señor Nobel —le dije—. Bienvenido al futuro. 
Miró la ciudad como quien examina una ecuación moral. 
—El frío es el mismo —dijo—. Eso me tranquiliza. 
Caminamos por una avenida silenciosa. Las ventanas iluminadas parecían ojos vigilantes. Le conté que yo era un cronista del tiempo y que mi oficio consistía en preguntar aquello que la historia intenta olvidar. 
—Entonces pregunte —respondió con una sonrisa cansada. 
Le pregunté primero por la dinamita. 
Nobel suspiró. El aire salió de su boca como un pequeño fantasma. 
—Todo comenzó con la nitroglicerina —dijo—. Una sustancia caprichosa. Hermosa y terrible. Como algunas ideas. 
Mientras hablaba parecía caminar también dentro de su memoria. Su padre, Immanuel Nobel, ingeniero obstinado. Un hombre que creía que el mundo podía arreglarse con pólvora y cálculos. La familia había vivido entre explosiones experimentales y sueños industriales. San Petersburgo. Talleres. Bancos nerviosos.  Acreedores impacientes.
—La nitroglicerina era poderosa —continuó—. Pero también impredecible. Mató a trabajadores. Mató sueños. Incluso mató a mi hermano Emil en una explosión en 1864. 
La nieve seguía cayendo y parecía escuchar. 
—Esa muerte —dijo— fue un martillo en mi conciencia. 
Quiso domesticar la bestia. Buscó una forma de hacer el explosivo más estable. Probó materiales. Fracasó muchas veces. Hasta que descubrió que una tierra porosa llamada kieselgur absorbía la nitroglicerina y la volvía manejable. Así nació la dinamita en 1867. 
—No quería crear un arma —dijo—. Quería abrir montañas. Construir túneles. Ayudar al progreso humano. 
Nos detuvimos frente a un puente cubierto de hielo. El río parecía una cinta de metal dormido. 
—Pero la guerra es un animal oportunista —murmuré. 
Nobel soltó una risa breve que tenía algo de resignación. 
—La guerra siempre llega primero a la mesa de los inventos.
Le pregunté si eso le quitaba el sueño. 
—A veces —dijo—. Aunque el sueño de los inventores ya es de por sí inquieto. 
Le pregunté por su vida sentimental. Sonrió con un aire irónico. 
—He estado enamorado varias veces y correspondido pocas —dijo—. Hubo una mujer llamada Sofie Hess. Una historia complicada. También una joven llamada Alexandra que no prosperó. Supongo que mi verdadero matrimonio ha sido con los laboratorios. 
Mientras hablábamos lo guié hacia un pequeño parque. Activé de nuevo la brújula. El tiempo se abrió como una cortina. 
El siglo veintiuno apareció alrededor de nosotros.
Pantallas en las manos de los transeúntes. Autos silenciosos. Un cielo con aviones que cruzaban como agujas. 
Nobel observó todo con una mezcla de asombro y cautela. 
—Han avanzado mucho —dijo. 
Entonces le mostré las noticias.
La guerra. Las imágenes de misiles. Las explosiones. El conflicto entre Estados Unidos e Israel contra Irán que dominaba los titulares. 
Nobel guardó silencio largo rato. 
El viento levantó un poco de nieve. 
—Las explosiones siguen siendo iguales —dijo al fin—. El sonido del progreso es indistinguible del sonido de la destrucción. 
Miró las imágenes con una tristeza que parecía hundirse siglos hacia atrás. 
—Cuando inventé la dinamita pensé que tal vez un arma lo suficientemente terrible haría imposible la guerra. Creí que los gobiernos temerían su propio poder. 
Sacudió la cabeza. 
—La humanidad tiene una imaginación extraordinaria para ignorar el miedo. 
Caminamos en silencio. La ciudad moderna brillaba con luces de neón y pantallas publicitarias que prometían felicidad en cuotas. 
—¿Se arrepiente? —pregunté. 
Nobel pensó un momento. 
—No exactamente —respondió—. Los inventos son hijos que uno lanza al mundo. Algunos se vuelven arquitectos. Otros criminales. Pero todos llevan algo de su padre. 
Me miró con curiosidad. 
—Dígame cronista. ¿En su tiempo aún existen mis premios? 
Sonreí. 
—Sí. Cada año se entregan para honrar la ciencia, la literatura y la paz. 
Sus ojos se iluminaron apenas. 
—Entonces tal vez no todo ha sido dinamita. 
La nieve seguía cayendo. El invierno parecía escuchar nuestra conversación como un juez silencioso. 
Antes de devolverlo a su siglo le pregunté una última cosa. 
—Si pudiera hablarle al mundo de hoy. ¿Qué diría? 
Nobel observó el cielo oscuro de la ciudad moderna. 
—Diría que la inteligencia humana ha crecido más rápido que su sabiduría —respondió—. Y que inventar es fácil. Lo difícil es aprender a merecer lo que inventamos. 
La brújula vibró otra vez. 
El inventor se desvaneció lentamente entre copos de nieve. 
Quedé solo en el puente. Pensando que la historia no es una línea recta sino un campo minado donde cada siglo pisa las decisiones del anterior. 
La nieve cubría las calles como una página en blanco. 
Pero debajo seguían latiendo los viejos explosivos de la conciencia humana

sábado, 7 de marzo de 2026

 

DESPUÉS DE UN TRÁGICO CAMINO, 
¿SE LLEGARÁ A LA LEGALIZACIÓN?

Por Juan Vicente Gutierrez Magallanes

Al leer el artículo del médico Henry R. Vergara Sagbini, titulado «Más perdido que el hijo de Lindbergh», donde analiza las tragedias ocasionadas por las drogas que en un principio fueron prohibidas y luego legalizadas, como sucedió con el alcohol, surge una reflexión inevitable.

El alcohol continúa ocasionando muertes por cirrosis, cáncer, accidentes de tránsito, violencia intrafamiliar y suicidios. A pesar de ser una sustancia tóxica, hoy se encuentra regulada y gravada con impuestos. Ante esta realidad, resulta difícil entender por qué no se legalizan otras drogas, si con ello quizá se evitarían muchas muertes y otras afectaciones colaterales derivadas de la persecución y erradicación de los sembrados de coca.

A veces parece que existieran grandes intereses económicos empeñados en mantener, de manera obstinada, la prohibición. Tal vez lo más conveniente sería declarar la legalización y establecer controles, como ocurre con otras sustancias o con las bebidas alcohólicas.

Por experiencia propia puedo decir que, en mi juventud, jamás se nos ocurrió comprar esa maldita droga. En Chambacú vivíamos y conocíamos aquellos establecimientos donde la expendían.

La legalización de la cocaína debería ser autorizada por el gobierno, acompañada del ejercicio de los controles respectivos para su uso. Esto tendría que ir de la mano con una campaña educativa amplia, impartida a través de todos los medios informativos del Estado.

No quiero tornarme fastidioso, pero me ha tocado presenciar la tragedia de muchos amigos que murieron jóvenes por el consumo de alcohol, una droga que considero de consecuencias fatales. En cambio, no puedo decir lo mismo de alguno de mis amigos que haya muerto a causa del consumo de coca.

Quizá lo más sensato que podría hacer el Estado sería declarar la legalización de la cocaína, acompañándola de una campaña educativa y de una gran divulgación pública.

viernes, 6 de marzo de 2026

Tristeza de País


UNA REALIDAD EVIDENTE

Por Gilberto García Mecado


Cada cuatro años —o a veces cada dos, dependiendo de la creatividad del calendario político— el país entra en esa temporada que algunos llaman fiesta democrática y otros llaman temporada de rebajas del voto. Es como un carnaval extraño: no hay comparsas, pero sí caravanas; no hay confeti, pero sí billetes arrugados pasando de mano en mano. 🎭💸

Todo empieza días antes de las elecciones. Aparecen personajes que durante tres años y once meses estuvieron más perdidos que media en lavadora. De repente regresan sonrientes, abrazadores, expertos en decir “mi gente querida”. Y claro, como toda fiesta necesita logística, aparece también el famoso kit electoral: el tamal, la bolsa de mercado, el billete discreto, la botella misteriosa o el “favorcito” prometido.

Entonces empieza la negociación, que en algunos barrios ya parece deporte olímpico.

—“¿Y cuánto están dando?” 
—“No sé, pero en la esquina dicen que el otro candidato da el doble.” 
—“Ah bueno, entonces espere que todavía falta la contraoferta.”

El voto se vuelve una especie de subasta silenciosa. Nadie habla muy duro, pero todos entienden. El político sonríe como si estuviera regalando felicidad, el intermediario hace cuentas mentales, y el ciudadano piensa: “Bueno… algo es algo”. 🗳️😅

Y así, entre risas nerviosas y bolsillos discretamente llenos, llega el domingo electoral. Las filas se llenan de gente madrugadora que, curiosamente, no suele madrugar para otras cosas. Algunos llegan con su conciencia tranquila; otros llegan con la conciencia patrocinada.

Mientras tanto, los carteles dicen solemnemente: “El voto es libre y secreto”. Y claro que lo es… tan secreto que nadie quiere decir cuánto le pagaron. 🤫

Después pasa lo inevitable. Ganan los mismos de siempre o los amigos de los mismos de siempre. Se celebran discursos llenos de promesas: ahora sí vendrá el cambio, ahora sí se arreglarán las carreteras, ahora sí habrá empleo, ahora sí la salud funcionará. El “ahora sí” es el eslogan más duradero de la política latinoamericana.

Pero pasan los meses… luego los años… y el país sigue más o menos igual. Los hospitales siguen con filas largas, las calles siguen con huecos que ya tienen nombre propio, y los políticos vuelven a desaparecer con la habilidad de un mago profesional. 🎩

Entonces la gente se queja:

—“Es que todos roban.” 
—“Es que este país no cambia.” 
—“Es que siempre es lo mismo.”

Y en cierto modo tienen razón. Es siempre lo mismo. La misma promesa, el mismo billete doblado, la misma sonrisa de campaña, el mismo olvido después.

Hasta que, como en una novela que se repite sola, vuelve otra elección. Y el país vuelve a ese curioso déjà vu colectivo: otra vez los candidatos recorriendo barrios, otra vez los intermediarios organizando “ayudas”, otra vez la pregunta de siempre flotando en el aire:

—“¿Y esta vez cuánto están dando?”

Y así sigue la historia: un ciclo casi cómico, casi trágico, donde el voto vale mucho… pero a veces cuesta muy poco. 😏💰🗳️




Invención de los Genios

FRASES QUE INQUIETAN AL MUNDO


Por Gilberto García Mercado


Franz Kafka:
“Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros.” 
Jorge Luis Borges:
“Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca.” 
Friedrich Nietzsche:
“Quien lucha con monstruos debe tener cuidado de no convertirse también en monstruo.” 
Oscar Wilde:
“Puedo resistirlo todo, excepto la tentación.” 
Edgar Allan Poe:
“Todo lo que vemos o parecemos es solo un sueño dentro de un sueño.” 
Albert Camus:
“En medio del invierno descubrí que había en mí un verano invencible.” 
Gabriel García Márquez:
“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda.” 
Julio Cortázar:
“Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.” 
Fyodor Dostoevsky:
“El misterio de la existencia humana no consiste solo en vivir, sino en saber para qué se vive.” 
William Shakespeare:
“Estamos hechos de la misma materia que los sueños.” 
Fernando Pessoa:
“Llevo en mí todos los sueños del mundo.” 
Charles Baudelaire:
“El mayor truco del diablo es convencernos de que no existe.” 
¿Y cuál frase es de tu cosecha?

jueves, 5 de marzo de 2026

Aurelian Vox


EL MUCHACHO QUE APRENDIÓ
A HABLARLE AL MUNDO


Por Gilberto García Mercado 

En una aldea que no aparecía en los mapas —de esas donde el polvo se levanta antes que el sol y las gallinas parecen más sabias que los hombres— nació un muchacho que no traía corona, pero sí una curiosidad peligrosa: la de querer entenderlo todo. Lo llamaron Aurelian Vox. Aurelian, por la luz; Vox, por la voz. Su madre decía que aquel niño no lloraba como los demás. Observaba. Miraba el mundo con un silencio que parecía estar tomando notas. Era un pequeño David: ni alto ni bajo, de estatura discreta, pero con una presencia que hacía pensar que estaba destinado a discutir con gigantes.

La escuela de la aldea tenía tres pupitres, un pizarrón cansado y una maestra que enseñaba geografía señalando el horizonte con el dedo. “El mundo está allá”, decía ella. El muchacho levantaba la mano con la naturalidad de quien aún no sabe que está formulando una pregunta peligrosa. “Entonces, ¿por qué no lo aprendemos completo?”. Nadie respondió. Pero algo en aquella pregunta quedó flotando como una promesa. Nadie lo sabía todavía, pero ese niño terminaría siendo el hombre al que presidentes, reyes y pueblos enteros acudirían para pedir consejo.

Aurelian creció entre libros prestados y preguntas que a veces incomodaban a los adultos. Mientras otros niños corrían detrás de cometas, él corría detrás de palabras. Aprendió primero las de su pueblo, luego las de los pueblos vecinos, y después las de los viajeros que pasaban por la aldea contando historias del mundo. A los quince años hablaba cinco idiomas. A los dieciocho, quince. A los veinte, tantos que ya no llevaba la cuenta. No era un genio arrogante; era peor: un humilde curioso que escuchaba con atención casi religiosa a cualquiera que tuviera algo que decir.

Una tarde, un profesor extranjero que había llegado para estudiar dialectos locales escuchó al muchacho conversar con un viejo pescador en una lengua que apenas sobrevivía en los recuerdos de los ancianos. El profesor quedó perplejo. “¿Dónde aprendiste eso?”, preguntó. “Escuchando”, respondió Aurelian con sencillez. Tres meses después llegó una carta que cambiaría el curso de la historia. Era una beca para estudiar en la Universidad de Harvard. El muchacho que había aprendido geografía mirando el horizonte estaba a punto de conocer el mapa completo.

En Harvard ocurrió algo curioso. Los estudiantes discutían sobre economía global, política internacional, filosofía del poder y diplomacia. Aurelian escuchaba más de lo que hablaba. Una tarde, durante un debate sobre cómo resolver conflictos entre naciones enemigas, el profesor pidió opiniones. Los estudiantes expusieron teorías durante casi media hora. Cuando terminaron, Aurelian levantó la mano con timidez. “Primero habría que aprender cómo se insultan en sus idiomas”, dijo. El profesor parpadeó. “¿Perdón?”. Aurelian sonrió. “Si entendemos cómo se insultan, sabremos qué herida histórica están repitiendo”. Aquella tarde el salón comprendió algo extraordinario: aquel muchacho no solo hablaba idiomas; hablaba civilizaciones.

Pero lo más sorprendente de Aurelian no estaba en Harvard, sino en las historias que contaba con una sonrisa que nadie sabía si era ironía o confesión. Decía que había estado en el mundo antes. En Egipto, aseguraba haber sido un escriba que aconsejaba paciencia a un faraón demasiado ansioso por construir pirámides más rápido que el tiempo. En Grecia había sido un joven orador que perdió un debate en la plaza pública, pero ganó el respeto de los filósofos que lo escucharon. En Roma ocupó un modesto cargo administrativo donde aprendió una lección que repetiría durante toda su vida: los imperios no caen por sus enemigos, caen por el tamaño de los egos que los gobiernan. En China fue un funcionario que aprendió que gobernar se parece mucho a cuidar un jardín: si arrancas todas las malas hierbas de golpe, también te llevas las flores. Y en la Andalucía de los sabios aprendió que ciencia, poesía y paciencia no son cosas distintas, sino tres maneras de buscar la misma verdad.


Nadie sabía si aquellas historias eran metáforas, recuerdos o simples bromas. Pero cuando Aurelian hablaba, incluso los más escépticos guardaban silencio. Tal vez porque sus palabras parecían venir de muy lejos, como si atravesaran siglos antes de llegar a los oídos de quienes lo escuchaban.

La anécdota más famosa ocurrió durante una reunión internacional donde diplomáticos de decenas de países debatían sobre cooperación global. Un traductor enfermó de repente y el evento quedó en suspenso. Había delegados de todos los continentes esperando hablar. Aurelian suspiró con resignación y dijo: “Bueno, parece que hoy seré mi propio departamento de traducción”. Durante horas tradujo discursos entre árabe, mandarín, francés, ruso, swahili, hindi, portugués y español con la naturalidad de quien cambia de camisa. En un momento un diplomático japonés pronunció una frase particularmente compleja. Aurelian la tradujo con precisión y luego añadió con una sonrisa: “Aunque, siendo sinceros, lo que quiso decir es que todos estamos discutiendo demasiado”. La sala estalló en risas. Un presidente africano se puso de pie y dijo algo que luego repetirían los periódicos de todo el mundo: “Si este hombre ya nos entiende a todos, quizás también pueda ayudarnos a gobernarnos un poco”. Así comenzó a circular el nombre que terminaría acompañándolo para siempre: el Presidente del Mundo.

Aurelian no era imponente. Medía lo suficiente para mirar a cualquiera a los ojos, pero no para intimidar. Se movía con agilidad, como si cada paso estuviera calculado para llegar justo antes de que la historia cometiera una tontería irreversible. En su despacho —que no era un palacio sino una biblioteca con demasiadas tazas de café— recibía presidentes, reyes, campesinos y generales. Un militar le preguntó una vez cuál era la mejor estrategia de guerra. Aurelian respondió sin levantar la voz: “La que te evita tener que pelearla”. En otra ocasión, un ministro de economía quiso saber cómo salvar su país. “Empiece por pagarle bien a los maestros”, respondió. El ministro protestó diciendo que eso no era economía. Aurelian lo miró con paciencia y dijo: “Es la única economía que dura cien años”.

Pero detrás de aquel hombre que parecía conversar con el planeta entero había una presencia discreta y decisiva: Livia. No aparecía en discursos ni en tratados, pero estaba siempre. Se conocieron en Harvard, en una biblioteca donde ambos buscaban el mismo libro. Ella lo tomó primero. “Lo siento”, dijo. “No importa”, respondió Aurelian. “Yo quería leerlo después de que alguien inteligente lo subrayara”. Livia lo miró con una mezcla de sorpresa y diversión. Era historiadora y tenía una habilidad que a veces lo desarmaba: hacía preguntas que nadie más se atrevía a hacerle. Una noche, cuando el reconocimiento internacional empezaba a rodearlo, ella le dijo con serenidad: “Ten cuidado de creer que puedes salvar al mundo solo”. Aurelian sonrió. “Por eso estás tú”, respondió.

Con el paso de los años el planeta se volvió más peligroso. Las naciones acumulaban armas capaces de borrar ciudades con un gesto. En algunas salas de guerra existía el famoso botón rojo, un pequeño artefacto capaz de desencadenar la debacle definitiva. Aurelian visitó varias de esas salas. Observaba el botón como quien mira una serpiente dormida. Durante una reunión con líderes de potencias enfrentadas dijo algo que quedó grabado en la memoria de todos: “El problema del mundo no es que tengamos armas”. Los presentes esperaron. “El problema es que tenemos orgullo. Y el orgullo nunca ha sabido calcular bien las consecuencias”.

Aurelian viajaba sin descanso. No como un emperador, sino como un mensajero. En Medio Oriente habló con líderes que llevaban décadas mirándose con desconfianza. En Europa discutió tratados que parecían imposibles. En África impulsó acuerdos que mezclaban desarrollo y dignidad. En Asia resolvió disputas comerciales con paciencia casi monástica. Y en América Latina descubrió que a veces una mesa larga, café fuerte y conversación sincera podían resolver conflictos que cien diplomáticos complicaban.

Una de las anécdotas más divertidas ocurrió en un aeropuerto. Un agente migratorio le pidió su pasaporte. Aurelian buscó en su maletín sin éxito. “Nacionalidad”, preguntó el agente. Aurelian pensó un momento. “Del mundo”, respondió. El agente frunció el ceño. “Eso no existe”. En ese instante apareció un ministro que lo reconoció y exclamó: “¡Señor Presidente!”. El agente quedó paralizado. Aurelian sonrió con simpatía. “Tranquilo”, dijo. “Ni yo mismo sé cómo llenar ese formulario”.

Con el tiempo, las tensiones entre potencias amenazaron con desatar una guerra irreparable. Estados Unidos, Israel e Irán cruzaban declaraciones duras y los analistas hablaban abiertamente de un conflicto que podría incendiar el planeta. El mundo volvió entonces la mirada hacia Aurelian Vox. Cuando habló, no levantó la voz ni señaló culpables. “La Tierra es el único hogar que tenemos”, dijo. Los líderes guardaron silencio. “Si destruyen este planeta, no habrá victoria. Solo cenizas”. Luego pronunció lo que más tarde sería conocido como el decreto de la vida: “La humanidad no fue creada para dominar la muerte, sino para aprender a vivir juntos”.

Hoy nadie sabe exactamente de dónde vino Aurelian Vox. Algunos dicen que es un hombre extraordinario. Otros creen que es la suma de todas las sabidurías humanas acumuladas a lo largo de los siglos. Livia suele bromear diciendo que todo es más sencillo: “Es solo un muchacho curioso que nunca dejó de hacer preguntas”. Pero cuando el Presidente del Mundo habla, las guerras se detienen un instante para escuchar. Tal vez ese sea su verdadero poder: no las armas, ni los tratados, ni los discursos grandilocuentes, sino la capacidad de recordarnos que antes de ser países, ideologías o ejércitos somos habitantes de la misma casa. Y que quizás, solo quizás, el planeta pueda salvarse si un humilde muchacho de una aldea sigue recordándonos cómo conversar.

Gilberto García Mercado. Editor

 

lunes, 2 de marzo de 2026

Cartagena En Letras

 

EL MAPA ÍNTIMO DE MIS PÁGINAS


Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes




RECONOCIMIENTO A TODA UNA VIDA LITERARIA

Juan Vicente Gutiérrez Magallanes

Tiempos Convulsos

 

EL CANTO DEL VIDENTE ERRANTE

 

Por Gilberto García Mercado

 

Desde que el primer humano miró el cielo nocturno y creyó que las estrellas eran agujeros por donde se filtraban los secretos del mañana, comenzó la historia de los videntes. En Mesopotamia, cuentan que los magos leían el destino en el hígado de los corderos; en Egipto, los sacerdotes descifraban el rumbo del mundo en el vuelo de los ibis; y en Grecia, la pitonisa de Delfos, envuelta en vapores sagrados, murmuraba verdades a medias que podían torcer la historia de un imperio.

Y, sin embargo, el linaje del vidente siempre fue peligroso. No es casualidad que Tiresias pagara con ceguera el atrevimiento de comprender lo prohibido, o que Michael Servet fuera arrojado al fuego por mirar demasiado lejos. Los adivinos nacieron para hablar, pero el mundo siempre quiso que hablaran menos. 
Yo, en cambio, nací para decirlo todo, aunque me tiemble la voz de mentiroso profesional.

Porque, si yo fuera un vidente —uno verdadero, de esos que huelen a incienso viejo y cargan un bastón lleno de símbolos incomprensibles—, alzaría mi voz en este tiempo convulso y diría profecías que retumbarían en las paredes de cualquier palacio o rancho humilde.

LA VOZ QUE SE ELEVA

Si yo fuera un vidente, anunciaría que en el viento viene rodando el nombre de una mujer con destino grande. No diré quién es, porque un adivino prudente deja siempre un misterio entre los pliegues de su palabra. Pero afirmaría —con la mano en la bola de cristal— que será ella quien, en mis visiones ficticias, se siente en la silla más caliente de la nación, esa silla que ha hecho sudar a tantos. 
Y afirmaría que, bajo su sombra, derecha, centro e izquierda, esas tres viejas comadres de barrio que se viven peleando por una taza de café, deciden al fin trabajar sin rabias, sin odios, sin esconderse monedas en los bolsillos.

Porque, en mi profecía de humo, el país descubrirá que una mesa sin ladrones es posible, que el tributo del pueblo no nació para alimentar castillos privados, y que un acuerdo honesto puede ser más poderoso que un ejército.

LA CONTINUIDAD DE LOS INMORTALES 
Tiresias
Si yo fuera adivino, diría con toda la teatralidad del oficio que Gabriel García Márquez jamás ha muerto. Que anda caminando por ahí, transformado en libro, en párrafo, en lector emocionado. Y que en febrero —pero solo en mis sueños más delirantes— aparece un manuscrito suyo flotando sobre el Caribe, como si el mismo Poseidón lo hubiera escrito con un tridente de tinta azul.

Ese libro imaginario será, en mi relato profético, su despedida final. Un guiño desde la eternidad literaria.

BESTIAS POLITICAS Y SOMBRAS DEL TIEMPO

Si yo fuera un vidente sin miedo, me atrevería a decir que, en mis visiones, ciertos líderes tropicales parecen animales extraños, criaturas formadas con retazos de ideologías y pasiones desbordadas. No bestias malignas, no monstruos; simplemente seres complejos que caminan sobre la cuerda floja de su propio ego. 
Los veo rugiendo, cambiando de color, multiplicándose en reflejos, como si el poder fuera un pantano donde todos terminan llenos de barro y espejismos.

Y también vería a otro dirigente, uno de mirada severa y palabra dura, desapareciendo de los escenarios, no por tragedia, sino porque así opera el olvido: silencioso, frío, inevitable. En mi profecía, ese personaje abandona la trama mundial y se pierde en los archivos donde van a dormir quienes alguna vez creyeron que gobernar era reinar.

Y cruzando océanos llego a un magnate norteño, un titán mediático, un hombre que se acostumbró a escuchar sus propios aplausos como si fueran oraciones. En mis visiones, su reinado teatral termina entre sollozos sinceros y suspiros de nostalgia, porque pocos seres humanos resisten perder el brillo del reflector sin llorar un poco.

EL FUTURO LEJANO: 22026

Si yo fuera un pitoniso sin vergüenza, levantaría un pergamino y proclamaría: 
—“¡Oídme, mortales! ¡En el año 2026 el mundo conocerá la paz de la atmósfera!”

Un año sin lluvias que arrasen, sin montañas temblorosas, sin mares enfurecidos. El clima global —según mi visión fantasiosa— marchará como un caballo dócil, tranquilo, obediente.

Los automóviles de humo serán piezas de museo, reliquias que la gente usará solo para sacarse fotos. Los eléctricos reinarán como caballos silenciosos en las autopistas, y la humanidad respirará un aire menos herido.

Y en ese mundo futuro, surgirán bailes nuevos: 
El salto cuántico,
la vuelta orbital,
el tropi-cósmico,
y el ombligo sideral,
ritmos que la gente ejecutará para desestresarse del trabajo, del jefe, del algoritmo, del reloj y hasta de sí misma. 
Porque bailar siempre ha sido la manera más sencilla de desobedecer al destino.

LA CONTRADICCIÓN FINAL

Pero aquí viene la gran revelación:

No me crean.
Ni una palabra.
Ni una sílaba.

Michael Servet
Porque yo no soy más que un farsante glorioso, un embustero con vocación de poeta, un vidente que vive entre metáforas y carcajadas. Soy un personaje inventado por algún periodista, escritor o político que quiere sonar interesante cuando está aburrido.

Citaría, para coronar mi acto, a un filósofo contemporáneo, el inquietante Byung-Chul Han, quien advierte que “la transparencia total es el infierno moderno”. Y yo, desde mi tienda de predicciones, le respondo: 
—Maestro, tranquilo, conmigo jamás habrá transparencia. Solo humo, historias y exageraciones.

Porque al final, la única profecía verdadera es que los seres humanos seguirán creyendo en profecías

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