EL CANTO DEL VIDENTE ERRANTE
Por Gilberto García Mercado
Desde que el primer humano miró el cielo nocturno y creyó que las estrellas eran agujeros por donde se filtraban los secretos del mañana, comenzó la historia de los videntes. En Mesopotamia, cuentan que los magos leían el destino en el hígado de los corderos; en Egipto, los sacerdotes descifraban el rumbo del mundo en el vuelo de los ibis; y en Grecia, la pitonisa de Delfos, envuelta en vapores sagrados, murmuraba verdades a medias que podían torcer la historia de un imperio.
Y, sin embargo, el linaje del vidente siempre fue peligroso. No es casualidad que Tiresias pagara con ceguera el atrevimiento de comprender lo prohibido, o que Michael Servet fuera arrojado al fuego por mirar demasiado lejos. Los adivinos nacieron para hablar, pero el mundo siempre quiso que hablaran menos.
Yo, en cambio, nací para decirlo todo, aunque me tiemble la voz de mentiroso profesional.
Porque, si yo fuera un vidente —uno verdadero, de esos que huelen a incienso viejo y cargan un bastón lleno de símbolos incomprensibles—, alzaría mi voz en este tiempo convulso y diría profecías que retumbarían en las paredes de cualquier palacio o rancho humilde.
LA VOZ QUE SE ELEVA
Si yo fuera un vidente, anunciaría que en el viento viene rodando el nombre de una mujer con destino grande. No diré quién es, porque un adivino prudente deja siempre un misterio entre los pliegues de su palabra. Pero afirmaría —con la mano en la bola de cristal— que será ella quien, en mis visiones ficticias, se siente en la silla más caliente de la nación, esa silla que ha hecho sudar a tantos.
Y afirmaría que, bajo su sombra, derecha, centro e izquierda, esas tres viejas comadres de barrio que se viven peleando por una taza de café, deciden al fin trabajar sin rabias, sin odios, sin esconderse monedas en los bolsillos.
Porque, en mi profecía de humo, el país descubrirá que una mesa sin ladrones es posible, que el tributo del pueblo no nació para alimentar castillos privados, y que un acuerdo honesto puede ser más poderoso que un ejército.
LA CONTINUIDAD DE LOS INMORTALES
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| Tiresias |
Si yo fuera adivino, diría con toda la teatralidad del oficio que Gabriel García Márquez jamás ha muerto. Que anda caminando por ahí, transformado en libro, en párrafo, en lector emocionado. Y que en febrero —pero solo en mis sueños más delirantes— aparece un manuscrito suyo flotando sobre el Caribe, como si el mismo Poseidón lo hubiera escrito con un tridente de tinta azul.
Ese libro imaginario será, en mi relato profético, su despedida final. Un guiño desde la eternidad literaria.
BESTIAS POLITICAS Y SOMBRAS DEL TIEMPO
Si yo fuera un vidente sin miedo, me atrevería a decir que, en mis visiones, ciertos líderes tropicales parecen animales extraños, criaturas formadas con retazos de ideologías y pasiones desbordadas. No bestias malignas, no monstruos; simplemente seres complejos que caminan sobre la cuerda floja de su propio ego.
Los veo rugiendo, cambiando de color, multiplicándose en reflejos, como si el poder fuera un pantano donde todos terminan llenos de barro y espejismos.
Y también vería a otro dirigente, uno de mirada severa y palabra dura, desapareciendo de los escenarios, no por tragedia, sino porque así opera el olvido: silencioso, frío, inevitable. En mi profecía, ese personaje abandona la trama mundial y se pierde en los archivos donde van a dormir quienes alguna vez creyeron que gobernar era reinar.
Y cruzando océanos llego a un magnate norteño, un titán mediático, un hombre que se acostumbró a escuchar sus propios aplausos como si fueran oraciones. En mis visiones, su reinado teatral termina entre sollozos sinceros y suspiros de nostalgia, porque pocos seres humanos resisten perder el brillo del reflector sin llorar un poco.
EL FUTURO LEJANO: 22026
Si yo fuera un pitoniso sin vergüenza, levantaría un pergamino y proclamaría:
—“¡Oídme, mortales! ¡En el año 2026 el mundo conocerá la paz de la atmósfera!”
Un año sin lluvias que arrasen, sin montañas temblorosas, sin mares enfurecidos. El clima global —según mi visión fantasiosa— marchará como un caballo dócil, tranquilo, obediente.
Los automóviles de humo serán piezas de museo, reliquias que la gente usará solo para sacarse fotos. Los eléctricos reinarán como caballos silenciosos en las autopistas, y la humanidad respirará un aire menos herido.
Y en ese mundo futuro, surgirán bailes nuevos:
El salto cuántico,
la vuelta orbital,
el tropi-cósmico,
y el ombligo sideral,
ritmos que la gente ejecutará para desestresarse del trabajo, del jefe, del algoritmo, del reloj y hasta de sí misma.
Porque bailar siempre ha sido la manera más sencilla de desobedecer al destino.
LA CONTRADICCIÓN FINAL
Pero aquí viene la gran revelación:
No me crean.
Ni una palabra.
Ni una sílaba.
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| Michael Servet |
Porque yo no soy más que un farsante glorioso, un embustero con vocación de poeta, un vidente que vive entre metáforas y carcajadas. Soy un personaje inventado por algún periodista, escritor o político que quiere sonar interesante cuando está aburrido.
Citaría, para coronar mi acto, a un filósofo contemporáneo, el inquietante Byung-Chul Han, quien advierte que “la transparencia total es el infierno moderno”. Y yo, desde mi tienda de predicciones, le respondo:
—Maestro, tranquilo, conmigo jamás habrá transparencia. Solo humo, historias y exageraciones.
Porque al final, la única profecía verdadera es que los seres humanos seguirán creyendo en profecías
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