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sábado, 21 de marzo de 2026

EL CUENTO DE LA SEMANA


La Casa Donde el Viento
Susurraba Nombres

 

Por Gilberto García Mercado

 


 
En el extremo más olvidado del pueblo, donde los caminos de tierra se volvían apenas huellas y las farolas dejaban de existir, se alzaba una casa que nadie reclamaba, pero que todos recordaban.

Decían que allí el viento no soplaba: hablaba.

Nadie sabía exactamente desde cuándo la casa estaba abandonada. Algunos juraban que llevaba décadas vacía; otros, que siempre había estado allí, como si hubiese nacido antes que el mismo pueblo. Sus paredes, agrietadas y cubiertas de enredaderas, parecían respirar con cada ráfaga nocturna.

Aun así, hubo alguien que decidió entrar.

Clara llegó al pueblo huyendo de una vida que no quería nombrar. Buscaba silencio, anonimato, un lugar donde no tuviera que explicar su historia. Cuando escuchó sobre la casa, sintió algo extraño: no miedo, sino una especie de llamado.

—No deberías ir —le advirtió la dueña de la tienda—. Esa casa no está sola.

Pero Clara sonrió, como quien ya ha perdido suficiente como para temerle a lo desconocido.

La primera noche dentro fue tranquila. Demasiado tranquila. No había muebles, apenas polvo y madera crujiente. Sin embargo, al apagar la vela, el silencio se volvió denso, como si algo estuviera esperando.
Entonces lo escuchó.
Un susurro.

No era viento atravesando las rendijas. Era… una voz. 

—Clara… 

Se incorporó de golpe. 

—¿Quién está ahí?

No hubo respuesta. Solo el sonido del aire recorriendo los pasillos. Se convenció de que era su imaginación, agotada por el viaje.
Hasta que volvió a suceder. 

—Clara…

 

Esta vez, el nombre llegó más claro. Más cerca.
Pasaron los días, y los susurros no se detuvieron. Cada noche, nuevas voces emergían entre las paredes: algunas dulces, otras quebradas, otras cargadas de una tristeza imposible de ignorar.
Pero lo inquietante no era eso.
Era que todas decían nombres.
Nombres que Clara no conocía… al principio.
Una madrugada, mientras recorría la casa con una vela temblorosa, encontró una puerta que juraría no haber visto antes. Estaba al final del pasillo, apenas visible tras una cortina de polvo.
La abrió.
Dentro, había decenas de objetos: cartas, fotografías, relojes detenidos. Cada uno parecía abandonado con prisa, como si sus dueños nunca hubiesen regresado.
Clara tomó una fotografía al azar.
En ella, una mujer sonreía frente a la casa. En el reverso, una palabra:
“Lucía”.
Esa noche, el viento susurró más fuerte que nunca.
—Lucía…
Clara sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Los nombres no eran aleatorios.
Eran recuerdos.
Cada objeto en esa habitación pertenecía a alguien que, de algún modo, había sido olvidado. Personas cuyas historias quedaron suspendidas en el tiempo, atrapadas entre esas paredes.
Y la casa… la casa los recordaba.
Los días siguientes, Clara comenzó a investigar. Preguntó en el pueblo, revisó registros, habló con los más ancianos. Descubrió historias fragmentadas: desapariciones, viajes sin retorno, familias que dejaron de mencionar a ciertos nombres.
Todos conectados con la casa.
Pero lo más inquietante estaba por venir.
Una noche, mientras organizaba los objetos, encontró algo que no esperaba.
Una fotografía reciente.
Sus manos temblaron al girarla.
Era ella.
La imagen la mostraba de pie frente a la casa, tal como había llegado días atrás. En el reverso, escrito con tinta fresca, estaba su nombre:
“Clara”.
El viento comenzó a soplar con violencia.
—Clara…
—Clara…
—Clara…
Las voces ya no eran suaves. Eran insistentes. Urgentes.
Y entonces comprendió.
La casa no solo recordaba a los olvidados.
Los elegía.
Clara corrió hacia la puerta principal, pero al abrirla, no encontró el camino de tierra ni el pueblo.
Solo oscuridad.
Un vacío profundo donde el viento seguía susurrando nombres.
Su nombre.
A la mañana siguiente, la dueña de la tienda comentó, sin demasiada sorpresa:
—Otra más.
Y la casa, en el extremo del pueblo, volvió a quedarse en silencio.
O eso creyeron.
Porque cuando cayó la noche, el viento volvió a hablar.
Y entre los susurros, un nuevo nombre se sumó a la lista.



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