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miércoles, 3 de febrero de 2021

Leer a Maupassant

UN ARDID
Por Guy de Maupassant


El médico y la enferma charlaban al lado del fuego que ardía en la chimenea.

La enfermedad de Julia no era grave; era una de esas ligeras molestias que aquejan frecuentemente a las mujeres bonitas: un poco de anemia, nervios y algo de esa fatiga que sienten los recién casados al fin de su primer mes de unión, cuando ambos son jóvenes, enamorados y ardientes.

Estaba media acostada en su chaise-longue y decía:

-No, doctor; yo no comprendo ni comprenderé jamás que una mujer engañe a su marido. ¡Admito que no lo quiera, que no tenga en cuenta sus promesas, sus juramentos!… Pero, ¿cómo osar entregarse a otro hombre? ¿Cómo ocultar eso a los ojos del mundo? ¿Cómo es posible amar en la mentira y en la traición?

El médico contestó sonriendo:

-En cuanto a eso, es bien fácil. Crea usted que no se piensa en nada de eso; que esas reflexiones no se le ocurren a la mujer que se propone engañar a su marido. Es más: estoy seguro de que una mujer no está preparada para sentir el verdadero amor sino después de haber pasado por todas las promiscuidades y todas las molestias del matrimonio que, según un ilustre pensador, no es sino un cambio de mal humor durante el día y de malos olores durante la noche. Nada más cierto. Una mujer no puede amar apasionadamente, sino después de haber estado casada. Si se pudiera comparar con una casa, diría que no es habitable hasta que un marido ha secado los muros. En cuanto a disimular, todas las mujeres lo saben hacer de sobra cuando llega la ocasión. Las menos experimentadas son maravillosas y salen del paso ingeniosamente en los momentos más difíciles.

La joven enferma hizo un gesto de incredulidad y contestó:

-No, doctor; no se le ocurre a una sino después, lo que debió haber hecho en las circunstancias difíciles y peligrosas; y las mujeres están siempre mucho más expuestas que los hombres a aturdirse, a perder la cabeza.

El médico exclamó con acento asombrado:

-¡Al contrario, señora! Nosotros somos los que tenemos la inspiración después… ¡pero ustedes!… Mire usted, voy a contarle una aventura que le sucedió a una paciente mía, a la que yo creía impecable, una verdadera virtud salvaje. El suceso ocurrió en una capital de provincia.

“Una noche dormía profundamente y entre sueños me parecía oír que las campanas de una iglesia próxima tocaban a fuego. De pronto me desperté; era la campanilla de la puerta de la calle que sonaba desesperadamente; como mi criado parecía no responder, agité a mi vez el cordón que pendía junto a mi cama y a los pocos momentos el ruido de puertas al abrirse y cerrarse precipitadamente y el de unos pasos en la habitación inmediata a la mía, vino a turbar el silencio de la casa. Juan entró en mi cuarto y me entregó una carta que decía: ‘Madame Selictre ruega con insistencia al doctor Sileón que venga inmediatamente a su casa, calle de… número…’

“Reflexioné unos instantes; pensaba: crisis de nervios, vapores, ¡bah… bah!… tengo mucho sueño. Y contesté: ‘El doctor Sileón, encontrándose enfermo, ruega a su madame Seliectre tenga la bondad de dirigirse a su colega el doctor Bonnet.’

“Puse la carta dentro de un sobre, se la entregué a Juan y me volví a dormir. Apenas había transcurrido media hora, cuando la campanilla de la calle sonó de nuevo y mi criado entró diciéndome:

“-Ahi está una persona, que no sé a punto fijo si es hombre o mujer, tan tapada viene, que desea hablar en el acto con el señor. Dice que se trata de la vida de dos personas.

“-Que entre quien sea -dije, sentándome en la cama. Y en aquella postura esperé.

“Una especie de negro fantasma apareció, y cuando Juan hubo salido se descubrió. Era madame Berta Selectri, una mujer joven, casada desde hacia tres años con un rico comerciante de la ciudad, que pasaba por haberse unido a la muchacha más bonita de la provincia.

“Aquella mujer estaba horriblemente pálida y tenía ese semblante crispado de las personas dominadas por el más profundo terror: sus manos temblaban; dos veces trató de hablar: ningún sonido salió de su garganta. Al fin balbuceó:

“-Pronto… pronto… doctor… venga usted. Mi amante acaba de morir en mi propia habitación…

“Medio sofocada, se detuvo; después repuso:

“-Mi marido va… va a volver del casino…

“Salté de la cama sin pensar que estaba en camisa y en pocos segundos me vestí.

“-¿Es usted misma quien ha venido hace un rato?

“Ella, de pie, como una estatua, petrificada por la angustia, murmuró:

“-No… ha sido mi doncella… ella lo sabe…

“Después de un silencio, continuó:

“-Yo me quede a su lado… -y una especie de grito de horrible dolor salió de sus labios y rompió a llorar desconsoladamente, con sollozos y espasmos durante dos o tres minutos; de pronto sus suspiros cesaron, sus lágrimas cesaron de brotar como si las hubiera secado un fuego interior; y con un acento trágico dijo:

“-Vamos pronto.

“Yo estaba ya vestido, pero exclamé:

“-Demonio, no me he acordado de dar la orden de enganchar la berlina¹…

“Ella respondió:

“-Yo he traído coche… el de mi amante, que esperaba a la puerta de mi casa.

“Berta se envolvió, ocultando la cara bajo su abrigo, y salimos.

“Cuando estuvo a mi lado en la oscuridad del coche, me cogió una mano, y oprimiéndola entre sus finos dedos balbuceó con sacudidas en su voz que reflejaban la angustia de su corazón destrozado:

“-¡Oh, amigo mío! ¡Si usted supiera cuánto sufro! Lo quería, lo adoraba con locura, como una insensata, desde hace seis meses!

“Yo le pregunte:

“-¿Están despiertos en su casa?

“Berta contestó:

“-No, nadie, excepto Rosa, que está enterada de todo.

“El carruaje se detuvo a la puerta de su casa; todos dormían, en efecto; entramos por una puerta excusada y subimos hasta el primer piso sin hacer ruido. La doncella, azorada, estaba sentada en el piso en lo alto de la escalera, con una vela encendida y colocada sobre el suelo, no habiéndose atrevido a permanecer al lado del muerto.

Guy de Maupassant, Escritor Francés
“Penetramos en la habitación, que se encontraba en el mayor desorden, como después de una lucha. La cama estaba completamente deshecha y una de las sábanas caía sobre la alfombra; toallas mojadas que habían servido para frotar las sienes del amante, yacían en tierra al lado de un cubo y de un jarro de agua. Un singular olor de vinagre mezclado a esencia de Loubin se esparcía por la atmósfera. El cadáver estaba extendido boca arriba en medio de la habitación. Me acerqué a él, lo observé, lo pulsé, abrí sus ojos, palpé sus manos; después, volviéndome hacia las dos mujeres que temblaban en un rincón del cuarto, les dije:

“-Ayúdenme ustedes a llevarlo hasta la cama.

“Lo colocamos suavemente sobre el lecho: le ausculté el corazón, coloqué un espejo junto a su boca y murmuré:

“-No hay nada que hacer, vistámoslo pronto.

“Fue aquella una escena terrible. Yo iba cogiendo uno tras otro sus miembros y los dirigía hacia los vestidos que acercaban las dos mujeres. Le pusimos las botas, los pantalones, el chaleco, después el frac, donde nos costó mucho trabajo lograr hacer entrar los brazos. Las dos mujeres se pusieron de rodillas para abrocharle los botones de las botas: yo las alumbraba con una vela, pero como los pies se habían hinchado un poco, aquella tarea se hizo horriblemente difícil. La dificultad era mayor porque no habían encontrado a mano el abrochador, las mujeres tuvieron que hacer uso de sus horquillas.

“Tan pronto como estuvo terminada la horrible toilette, contemplé nuestra obra y dije:

“-Convendría peinarlo un poco.

“La doncella trajo el peine y el cepillo de su ama; pero como temblara y arrancase, con movimientos involuntarios, los cabellos largos y desordenados del cadáver, madame Selictre se apoderó violentamente del peine y alisó la cabellera con suavidad, con dulzura, como si estuviera acariciando una cabeza viva.

“Le sacó la raya, le cepilló la barba y retorció los bigotes con sus manos, como tenía costumbre, sin duda, de hacerlo en sus amorosas familiaridades. De pronto, arrojando lo que tenía en las manos, cogió la cabeza inerte de su amante y clavó una intensa y desesperada mirada en aquella cara inmóvil; después, dejándose caer sobre él, comenzó a abrazarlo y a besarlo furiosamente. Sus besos caían como golpes sobre su cerrada boca; sobre sus apagados ojos, sobre sus sienes y su frente… Y acercándose a su oído, como si hubiera podido escucharla, balbuceó, repitiendo diez veces seguidas con un acento desgarrador:

“-Adiós, amor mío; adiós, amor mío…

“Un reloj dio las doce. Yo sentí un estremecimiento:

“-¡Las doce ya!… la hora en que cierran el casino… ¡Vamos, señora, energía!

“Madame Selictre se puso de pie.

“-Llevémoslo al salón -ordené a las dos mujeres; lo trasladamos entre los tres y lo sentamos en un sillón, después encendí las luces. Apenas había terminado esta operación, cuando la puerta de la calle se abrió y se cerró pesadamente. Era el marido que volvía.

“-¡Rosa -grité-; traiga usted las botellas y el cubo y arregle usted un poco el cuarto de la señora; pronto, despáchese usted, que ya llega M. Selictre…

“Yo oía los pasos que subían, que se acercaban… Unas manos en la sombra palpaban los muros… Entonces dije en alta voz:

“-Por aquí, por aquí, M. Selictre; ha ocurrido un accidente desgraciado.

“Bajo el dintel de la puerta apareció el marido, estupefacto, con un cigarro en la boca y preguntando:

“-¿Qué? ¿Qué es?… ¿Que sucede?…

“Fui hacia él y le dije:

“-Querido amigo, aquí me tiene usted en un gran apuro. He venido algo tarde con X… a charlar un rato con su mujer de usted. De pronto X… se ha desmayado, y, a pesar de nuestros cuidados, hace dos horas que permanece sin conocimiento. No he querido llamar a nadie estando yo aquí… Ayúdeme usted a bajarlo hasta el coche; voy a llevarlo a su casa y allí podré cuidarlo mejor…

“El marido, sorprendido, pero sin la menor desconfianza, se quitó el sombrero y tomó por debajo de los brazos a su rival, ya inofensivo. Yo lo cogí por las piernas y comenzamos a bajar la escalera alumbrados por la mujer.

“Cuando llegamos delante de la puerta procuré enderezar el cadáver, hablándole para engañar al cochero:

“-Vamos, amigo mío, esto no será nada. Se siente usted ya mejor, ¿verdad? Vamos, un poco de valor, haga usted un esfuerzo…

“Como yo comprendía que se iba a desplomar, como sentía que se escurría entre mis manos, le di un empujón con el hombro que lo echó hacia delante, cayendo dentro del coche; yo subí tras él.

“El marido, inquieto, me preguntó:

“-¿Cree usted que será grave?

“-No -contesté sonriendo para tranquilizarle y miré a su muje
r. Esta había apoyado su brazo en el de su marido legítimo y tenía la mirada fija en el fondo obscuro del coche.

“Les dije adiós y di al cochero orden de partir. Durante todo el camino llevé apoyada sobre mi hombro la cabeza del muerto. Cuando llegamos a su casa dije que había perdido el conocimiento dentro del coche. Lo ayudé a subir a su cuarto, donde certifiqué la defunción, y allí tuve que representar otra comedia ante la familia acongojada por el dolor… Después me volví a mi casa y me metí en la cama, renegando de los enamorados.”

El doctor calló, siempre sonriente.

La joven, crispada, preguntó:

-¿Por qué me ha contado usted esa historia tan horrible?

El médico, saludando galantemente, contestó:

-Para ofrecerle a usted mis servicios si llega el caso.

Imagen de Grégory ROOSE en Pixabay Imagen de S. Hermann & F. Richter en Pixabay Imagen de Ralf Seemann en Pixabay

sábado, 30 de enero de 2021

Prólogo a la Obra de José Ramón Mercado

ANATOMÍA DEL REGRESO

ANTOLOGÍA DEL MEDIO SIGLO

Una Acotación Sobre La Poesía de José Ramón Mercado


Por Adalberto Bolaño Sandoval*


La poesía de José Ramón Mercado Romero (1936-) se encuentra atravesada por temáticas como el paisaje, la identidad y la memoria, las cuales ejercen vínculos imponderables entre la vida y la poesía. Estos tópicos se conjugan a través de un término que pudiera abarcarlo todo: la memoria conmovida, replanteando, con ello, nuevos horizontes a la lírica del Caribe colombiano. Porque, acaso sea esa temática abierta la que cubre una creación que revela una estructura de sentimientos (R Williams) y sentidos, una experiencia materializada a partir de la vida y su entorno, conformándose así, aún más, una relevante y compleja visión interpretativa del Caribe.

Desde que comenzó su largo camino en 1970, al publicar su primer libro No solo poemas, hasta el año 2016, cuando edita el último, Vestigios del Naufrago, y antes de este último, Pájaro Amargo, y un poco más atrás, Tratado de soledad, su objetivo último ha sido mostrar una especie de compendio en el que se cruzan todas sus preocupaciones poéticas: poesía del lugar, del espacio, de la familia, pero también una preocupación social—cívica de alguna forma, política en otra—; en fin, una acepción que conlleva una propuesta en que subyace, por un lado, la memoria del pasado, encarnada en una poesía lárica, relacionada con los recuerdos de la infancia y del entorno del paisaje. Y, como trasfondo de ella, una poesía adánica, la cual da por primera vez nombre a las cosas, tal como lo señala el premio Nobel de literatura Derek Walcott con su propia lírica. 

Por el otro, se halla también una poesía que revela la memoria traumática, donde se dejan ver las voces trágicas de los asesinados por la violencia del país, que no ha sido superada y abruma a la comunidad, constituyéndose en una percepción que replantea la moral, la ética y la política. Este texto, Tratado de soledad, dialoga ampliamente, por sus temáticas, con Vestigios del Náufrago (2016), su último poemario. 

Visto lo anterior, esta antología cobra importancia porque abarca no solo un recorrido por la memoria con movida de José Ramón Mercado, sino porque da cuenta de una geografía emocional del poeta, en su primera fase, de poesía latinoamericanista y memoria histórica, a partir de los giros de la poesía conversacional, la autorreflexividad, los personajes populares, la antipoesía y el coloquialismo de los años 60 y 70, como se observa en los poemarios No solo poemas, El cielo que me tienes prometido, Agua de alondra y Retrato del guerrero.

El Poeta, José Ramón Mercado

Y ya en su etapa de consolidación y madurez, se observa su propuesta de geopoética, con los poemarios Agua del tiempo muerto, La casa entre los árboles y Tratado de soledad, en los que devela el paisaje como eje cultural. Pero también, hallamos Agua de alondra, que permite establecer un término para la poética de Mercado: poeta de las imágenes. Esta poesía confluye con mucha de la poesía erótica de los años 80 y 90 escrita en Colombia y en la nueva poesía española. Así mismo, se acerca este despliegue de imágenes en Los días de la ciudad, amarga experiencia de Cartagena.

En fin, infancia y celebración del paisaje, pero también dolor, trauma social y político, la poesía de Mercado nace de experiencias profundas: familia, espacio paradisiaco (rural) y, además de un presente herido, concluyendo tales puestas en escena, en una primorosa mediación simbólica, a través de la cual el mundo es reinterpretado y reelaborado de manera más lúcida, más allá de sus características intrínsecas. El orbe, concluimos, cabe en un poema, pero ahora, con mayor claridad y belleza, en la poesía de José Ramón Mercado. En esta antología. 

           *Docente Universidad del Atlántico 

Si te interesa adquirir esta antología del poeta José Ramón Mercado comunícate con nuestro Departamento de Ventas Tel. 6743584 Cel. 3017818126 o escríbenos al correo alucinadosdelclan@gmail.com
  

      

martes, 19 de enero de 2021

#MiMejorMaestro

LOS EXTRAVÍOS DEL PROFESOR ACEVEDO 


Por Gilberto García Mercado

 

Miguel Acevedo poseía los peores epítetos que se le pueden endilgar a un profesor. Severo en el trato, metódico y castigador, el hombre ofrecía una fisonomía de miedo en quien apenas estuviera conociéndolo. Además, el culto excesivo que prodigaba por el aseo personal y, la limpieza del salón, lo separaban como de la tierra a la luna, de cualquier trato fraternal con sus alumnos. Andaba siempre enfundado en saco y corbata negros, y su aire de ultratumba lo secundaba un sombrerito azul, contribuyendo a erradicar de raíz cualquier pensamiento benévolo que se pudiera tener para con el austero profesor.

Tenía treinta y cinco años, pero aparentaba cincuenta. Su cuerpo voluminoso y su altura considerable lo arrojaban al terreno de las burlas y la desfachatez, apenas que el grandulón aquel hablaba. Aquella vocecita menuda y frágil parecía extraviada en el hombre. Al principio se podía pensar que el maestro Acevedo hacía uso de sus conocimientos histriónicos para conectar con los alumnos de la clase de Español. Pero luego de que sus discípulos aceptábamos sus limitaciones, su castigo quién sabe por qué, de un Dios colérico que lo reducía a aquella afrenta de voz de niño en un Goliat triste y desesperanzador, en medio del salón, nos fuimos acostumbrando a los perfiles caricaturescos del profesor Miguel Acevedo. 

Los alumnos más díscolos del salón quisieron sabotear su autoridad, y fingiendo una tarde de agosto en que el sol lograba escurrirse por los ventanales de la vieja escuela, que Miguel Acevedo no estaba presente, se sentaron en las piernas de él, se subieron en su viejo escritorio, impecablemente limpio y, derramaron tinta y orín sobre la mesa, en un plan previamente orquestado, hasta el punto que tuvo que intervenir el señor rector que como pudo detuvo la burla y la querella. 

—¿Qué está pasando aquí? —aulló el señor rector. 

El profesor lívido por la vergüenza de perder la autoridad en pleno salón de clases frente a su superior, no dijo nada. Todos pudimos apreciar las lágrimas que le lastimaban en el corazón. No pudo soportar la burla y el ridículo, pasó el impecable pañuelo blanquísimo sobre el rostro, se caló el adefesio sombrerito azul de modo que nadie le viera los ojos, y aprovechando un intervalo del señor rector en el que se iba lanza en ristre contra los estudiantes, agarró su mochila en donde guardaba sus utensilios de profesor, dio media vuelta y nunca lo volvimos a ver en nuestras vidas.

Desde entonces la atmósfera de la escuela no fue la misma. Los estudiantes andaban ensimismados, perdidos en la culpa que no daba tregua, cada día despertábamos con el miedo de que algún titular de prensa, o noticiero de la televisión nos dijera que, en alguna parte de Colombia, un profesor se había quitado la vida de un tiro en la cabeza.

Y sí, muchos vinieron en su reemplazo. Intentaron llenar el vacío que había dejado el maestro Miguel Acevedo en nuestras vidas. Y aunque al final ya casi lo conseguían, en nosotros la carencia de la vocecita, menuda y frágil, daba al traste con la aceptación del nuevo profesor que pretendía reemplazar a nuestro querido Miguel Acevedo. Terminaban todos dando un paso al costado, débiles y derrotados, perdidos en la incredulidad, preguntándose miles de veces por qué ninguno de los aspirantes a llenar la plaza de aquel profesor cincuentón se quedaba con el puesto.  

No sé cuando comenzamos a superar la ausencia del hombre siempre enfundado en saco y corbata negros. Todos salimos hacia las universidades de la región. Algunos lograron su cometido y se especializaron en la materia de su predilección. Lo paradójico y extraño es que en algunas reuniones en que confluíamos los ahora profesionales que estudiamos en aquella escuela de nuestra infancia, en donde ridiculizamos y nos burlamos del profesor Miguel Acevedo, al preguntársenos a qué nos dedicábamos, todos al unísono respondíamos: 

Gilberto Garcia M

—¡Soy profesor!

Entonces a todos nos aterraba que nuestra vocecita menuda y frágil solo fuera fruto del nerviosismo o de los recuerdos de un hombre que se perdió en el tiempo, pero al cual ahora añoramos tanto, que junto con él se fue un pedazo de nuestra vida. 



 

 

 

  

            

domingo, 17 de enero de 2021

Narrativa 2021

«La Profesora Luisa Forjó Todo Lo Que Somos»

Por Gilberto García Mercado 


Los viernes la escuela de párvulos reflejaba una singular actividad. El día se iniciaba con un sol resplandeciente alzándose sobre los cerros aledaños para finalmente regocijarse en los ventanales de la vieja escuela. Una a una las madres de los pequeños atravesaban los sembrados de maíz y caña de azúcar hasta hallarse en aquel recinto en ruinas. Por fin era viernes y los críos venían enfundados en ropa ligera, sin el uniforme de ordinario los pequeños ofrecían un semblante distinto a los de otros días. En el umbral y ayudado por el conserje, con una devoción de soltero que ha aceptado el celibato, la profesora Luisa iba recibiendo a los chicos entre las recomendaciones de sus madres para que ese viernes fuera un día especial, de mucha diversión y fraternidad en el campo.

La primera impresión que se tenía de la profesora Luisa al conocerla era algo confusa y que rayaba en el miedo. Era alta, flaca, un poco encorvada y no tenía la delicadeza ni el tacto propios en las mujeres a la hora de vestir. Más bien parecía andar por la vida sin un norte específico, hablaba poco, no se juntaba con los otros profesores y alrededor de su existencia nadie parecía saber nada, más allá de que se llamaba Luisa, Luisa Mattos.

Fueron cinco años en los que la mujer solitaria y austera estuvo en nuestras vidas para forjar todo lo que somos. Ella, cuando las nostalgias de un pasado glorioso me obligan a revivir escenas infantiles, se asoma imperturbable en el laberinto de mi existencia tan solo para recordarme que su presencia fue necesaria en los chicos de nuestra generación. 

Así que, el viernes era el día más esperado por los pequeños. Cuando ya habíamos superado la atmósfera triste y gris que rodeaba a la maestra, especie de caparazón con que la dama se cubría para protegerse de algún amor fallido, los viernes eran como una evasión en donde los párvulos nos deleitábamos jugando las invenciones de la profesora Luisa. Había chicos que se enfurruñaban solamente para que la joven maestra estuviera pendiente de ellos todo el tiempo. 

Éramos trece o quince pequeños marchando bajo el liderazgo de Luisa Mattos hacia aquella porción de tierra en donde la naturaleza estaba presente con riachuelos y enormes árboles centenarios por doquier. Cada viernes la profesora había hecho de su programa de estudios su asignatura modelo. Era inmensamente feliz viendo corretear a los chicos con aquella inocencia en los rostros sin laberintos ni problema alguno que agobiara nuestras pequeñas almas de Dios. De entre aquellos infantes Raúl Valenzuela recibía un trato especial de la flaca y austera profesora. Por ser hijo de un matrimonio pudiente estaba acostumbrado a los mimos y privilegios de los que él gozaba en su casa, así que cuando se sentía lejos de la atención silenciosa e inconmovible de la mujer, el chico entraba en uno de sus acostumbrados berrinches.

—¿Qué te ocurre, Raúl? —acudía ansiosa la dama.

Desde entonces la silueta de la mujer se prendió en mi memoria. A fuerza de volver por aquellos caminos en los que se formaron mis principios y lo que he llegado a ser como persona, he descubierto con grande satisfacción, lo importante que es que una profesora como Luisa Mattos se le atraviese a uno en la vida 

Porque quizás era la mujer más sensible que pudiera existir sobre la tierra. Y lo observábamos todos los viernes en que se soltaba el cabello, saltaba y corría con cada uno de nosotros, se reía hasta llorar y a cada quien llamaba por su nombre. Acabada la visita a los campos, en donde nos hartábamos de mangos maduros y guayabas, la hasta entonces profesora alegre y feliz volvía a ser la silenciosa e imperturbable profesora Luisa.
Ella ocupa un lugar de privilegio en mis recuerdos. Hay algo de mi viajando en los recovecos del tiempo con el propósito de ubicarla en alguna parte, me la imagino con el cabello blanquísimo de los años sonriendo y espantando a toda una prole de sus rodillas, los numerosos nietos que no se cansan de decirle, «abuela amada, abuela querida…»

A Luisa Mattos no la olvido jamás. Aún la recuerdo el último año en que nos educó con su forma de decir las cosas, siempre ausente de los demás, sin que se percibiera en ella algún gesto de satisfacción o irritabilidad. Como la del viernes aquel caluroso de agosto en el que la dama como siempre guiaba a sus muchachos con el séquito de ángeles que la acompañaba, y que ante el tren que se acercaba vertiginoso, al enredársele una de sus botas en plena vía férrea, la mujer como pudo y ante la imposibilidad de liberarse de la obstrucción, lo que hizo fue que aflojó los cordones deslizando el pie fuera del zapato. Justo antes de que pasara la enorme locomotora con su bramido y resoplido de ultratumba. 

Gilberto García M
—¿Están todos bien? —preguntó Luisa Mattos.            

Ese cuadro vive repitiéndoseme en la memoria desde hace más de cuarenta años. A veces siento unas ganas enormes de volver a ser niño para no apartarme un solo instante de la compañía y los abrazos de la maestra Luisa Mattos. Quisiera saber si es feliz o al menos tiene nietos como el personaje de mis sueños. 

 

Imagen de Alexandra Haynak en Pixabay  Imagen de Alexandr Ivanov en Pixabay 

 

 

 

 

 

miércoles, 6 de enero de 2021

Lecturas 2021

LA ANTEDILUVIANA

Por Gilberto García Mercado


Alegre como estaba no podía decir mucho. El brillo de sus ojos y la respiración entrecortada coadyuvaron a que las palabras se le aglomeraran en la boca. Amanda era una desconocida en aquellos momentos, la otra cara de la mujer campestre, que vestía falda hasta las rodillas y, con aire de santurrona siempre en conflicto con el amor.  
Él la observó en el vecindario, caminar con el sigilo de quienes esperan muchas cosas de la vida. «Qué mujer habrá detrás de esos ropajes», pensó mientras la imaginaba con un vestido de baño en la playa. Ella continuó altiva y sin advertir las miradas del hombre. Éste, en la brevedad de la tarde, recordó poemas de Neruda. 
Y ahora las palabras se le agolpaban en la boca. 
«Buenos días», había dicho. Se sentó en la misma mesa que ocupaba Sergio en el Café Harrison. Y como si lo conociera de años habló del hombre de la esquina, el que vende perros calientes en la cafetería de la cuadra. El que siempre tiene una sonrisa en los labios. 
—Tipo encantador ese—dijo luego de una andanada de palabras. Ella apartaba de vez en cuando los mechones de cabello en la frente. —Se llama Sergio, dígame algo de él cuando lo conozca.  
Desde entonces no ha podido olvidar a la mujer.  
Ella se levantó de la silla en el café, lo miró directo a los ojos, algo indiferente, y agregó:  
—No lo olvide, dígame algo de él cuando lo conozca. 
Supo entonces que era una chica solitaria y extraña. Que habitaba el piso de abajo en la casa de las Maldonado. Cuando no estaba en la repostería, de la cual derivaba el sustento, transcurría en el apartamento, leyendo Novelas de Faulkner y Cortázar. 
No parecía tener contactos ni alguna relación con nadie. Podía ser desterrada en cualquier momento y nadie advertiría su ausencia. Alguien podía preguntar por ella y nadie respondería que en el piso de abajo de la casa de las Maldonado habitaba la mujer.  
Evoca la luz de sus ojos, la cadencia y modulación con la que hablaba, luego de revelarle su gran descubrimiento.  
—El amor—confesó la mujer—He descubierto el amor. Se llama Sergio, el joven que vende perros calientes en la cuadra. 
Tuvo que hacer un gran esfuerzo para mantener la calma. En especial para descifrar el lenguaje de la dama en medio de su loca alegría. Ahí, en el Café Harrison, Sergio no advirtió el cielo nublado, la tarde descompuesta, los pasos apresurados de la gente ante la precipitud de la lluvia. 
—He descubierto el amor—insistió la mujer.  
No fue hasta cuando el cielo se aclaró y las nubes se replegaron en alguna parte que Sergio tuvo noción de la realidad. 
A través de la noche que llegaba creyó ver elevarse entre las nubes a Amanda que con unas alas enormes se perdía en el cielo. 
—Se llama Sergio, el joven que vende perros calientes en la cuadra—musitaba Amanda en medio de su loca alegría.
Imagen de peter_pyw en Pixabay 

domingo, 3 de enero de 2021

En Este 2021 A Leer

LAS 10 MEJORES NOVELAS RUSAS

 Por Gilberto García M

Escribir requiere de mucha organización y disciplina. Porque armar los argumentos de una novela de 300 o 400 páginas no se hace de la noche a la mañana. El novel escritor necesita entender que esta labor abnegada requiere de paciencia y de no perder los estribos cuando el narrador reciba lo que comúnmente se conoce como «bloqueo del escritor».

Al momento de abordar los asuntos de una novela o un libro de cuentos o poemario, debes tener en cuenta que escribir no es llevar un vehículo al taller para que le arreglen el motor o para que en una semana lo pinten y te lo dejen como nuevo.

No, escribir requiere de estar sintonizado entre alma, papel y soledad. Algunos escritores desarrollan ciertos hábitos como quienes siempre llevan consigo una libretita de apuntes o alguna grabadora para registrar cada suceso que contribuya a enriquecer el manuscrito.

Es factor indispensable también conocer el tema sobre lo que vas escribir. Abordar atmósferas y personajes con una descripción que no canse al lector. También está la cuestión narrativa, utilizar los adjetivos suficientes y precisos, y una total coherencia entre lo que suceda en el ámbito de la novela.

Y como un factor que enriquece todo el andamiaje de tu obra, se halla el de ser un buen lector, es decir, disfrutar de buenas novelas que contribuyan a despertar el amor por el arte de la palabra escrita. 

Todo escritor, por ejemplo, debe leerse las que los críticos y académicos consideran las 10 mejores novelas rusas: Las Almas Muertas de Nikolai Gogol, Oblomov de Iván Goncharov, Humo de Iván Turguenev, Crimen y Castigo de Fedor M. Dostoievski, Resurrección de León Tolstoi, Los Artamonov de Máximo Gorki, Sachka Yegulev de Leónidas Andreiev, Sujodol de Iván Bunin, El amor de Juana Ney de Ilia Ehrenburg, y El don apacible de Mihail Cholojov.

He aquí un buen comienzo para poder escribir en este 2021 la novela de tu vida.  

 

 

sábado, 2 de enero de 2021

Servicios Profesionales

ESTE 2021 DEDÍCATE A SACAR EL ANIMAL DE 
ESCRITOR QUE LLEVAS CONTIGO: ¡ESCRIBE!

Por Gilberto García Mercado

 

¿Tienes un manuscrito? Si eres de los que llevan un diario, que registras los eventos importantes en tu vida en un cuaderno. O, acaso posees alguna novela o un volumen de cuentos o poemario al que no le tienes fe, quizás por el temor que se apodera de ti cuando escuchas la palabra escritor, poeta, cronista o ensayista, déjame decirte que con nuestra ayuda podemos convertir tu manuscrito olvidado en una gaveta a los rigores del tiempo, en una novela o texto publicado que puedes legar a las generaciones futuras.

En Con-Fines Culturales nos dedicamos a rescatar esas sueños e ideas recogidos en una libreta y le damos, mediante un tratamiento especial, forma de libro. No olvides que un buen libro sobrevive a los embates del tiempo y te da una presencia intemporal. Además, quién quita que esta motivación que hoy te transmitimos no descubra el animal de escritor que, tú sin sospecharlo, llevas contigo.

Deja tu trabajo en nuestras manos. Somos un equipo que goza con el respaldo de la Asociación de Escritores de la Costa. Entre otros servicios ofrecemos informes de lectura, corrección de estilo, Asesoría en cuanto a Derechos de Autor, publicamos en Amazon tu trabajo, abrimos una cuenta en la que podrás observar cómo se comporta la venta de tu libro en el mundo.

Interactuamos tu trabajo con las redes sociales, y te orientamos para que puedas concursar en los principales concursos en lengua castellana. Con casi 600.000 visitas contamos con La Calvaria Literatura, https://lacalvarialiteratura.blogspot.com.co una revista digital en donde podemos divulgar tu trabajo, La Web de Las Letras, ¡Entre Notas y Cuartillas!  y cinco blogs más que te darán en poco tiempo representación a nivel hispánico y latino.

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miércoles, 30 de diciembre de 2020

Por Favor Humanidad, Escuchen a Chéjov

 LA TRISTEZA


Por Anton Chéjov


La capital está envuelta en las penumbras vespertinas. La nieve cae lentamente en gruesos copos, gira alrededor de los faroles encendidos, extiende su capa fina y blanda sobre los tejados, sobre los lomos de los caballos, sobre los hombros humanos, sobre los sombreros.

El cochero Yona está todo blanco, como un aparecido. Sentado en el pescante de su trineo, encorvado el cuerpo cuanto puede estarlo un cuerpo humano, permanece inmóvil. Diríase que ni un alud de nieve que le cayese encima lo sacaría de su quietud.

Su caballo está también blanco e inmóvil. Por su inmovilidad, por las líneas rígidas de su cuerpo, por la tiesura de palo de sus patas, aun mirado de cerca parece un caballo de dulce de los que se les compran a los chiquillos por un copec. Hállase sumido en sus reflexiones: un hombre o un caballo, arrancados del trabajo campestre y lanzados al infierno de una gran ciudad, como Yona y su caballo, están siempre entregados a tristes pensamientos. Es demasiado grande la diferencia entre la apacible vida rústica y la vida agitada, toda ruido y angustia, de las ciudades relumbrantes de luces.

Hace mucho tiempo que Yona y su caballo permanecen inmóviles. Han salido a la calle antes de almorzar; pero Yona no ha ganado nada.

Las sombras se van adensando. La luz de los faroles se va haciendo más intensa, más brillante. El ruido aumenta.

-¡Cochero! -oye de pronto Yona-. ¡Llévame a Viborgskaya!

Yona se estremece. A través de las pestañas cubiertas de nieve ve a un militar con impermeable.

-¿Oyes? ¡A Viborgskaya! ¿Estás dormido?

Yona le da un latigazo al caballo, que se sacude la nieve del lomo. El militar toma asiento en el trineo. El cochero arrea al caballo, estira el cuello como un cisne y agita el látigo. El caballo también estira el cuello, levanta las patas, y, sin apresurarse, se pone en marcha.

-¡Ten cuidado! -grita otro cochero invisible, con cólera-. ¡Nos vas a atropellar, imbécil! ¡A la derecha!

-¡Vaya un cochero! -dice el militar-. ¡A la derecha!

Siguen oyéndose los juramentos del cochero invisible. Un transeúnte que tropieza con el caballo de Yona gruñe amenazador. Yona, confuso, avergonzado, descarga algunos latigazos sobre el lomo del caballo. Parece aturdido, atontado, y mira alrededor como si acabara de despertar de un sueño profundo.

-¡Se diría que todo el mundo ha organizado una conspiración contra ti! -dice en tono irónico el militar-. Todos procuran fastidiarte, meterse entre las patas de tu caballo. ¡Una verdadera conspiración!

Yona vuelve la cabeza y abre la boca. Se ve que quiere decir algo; pero sus labios están como paralizados y no puede pronunciar una palabra.

El cliente advierte sus esfuerzos y pregunta:

-¿Qué hay?

Yona hace un nuevo esfuerzo y contesta con voz ahogada:

-Ya ve usted, señor… He perdido a mi hijo… Murió la semana pasada…

-¿De veras?… ¿Y de qué murió?

Yona, alentado por esta pregunta, se vuelve aún más hacia el cliente y dice:

-No lo sé… De una de tantas enfermedades… Ha estado tres meses en el hospital y a la postre… Dios que lo ha querido.

Anton Chejov, Escritor Ruso
-¡A la derecha! -óyese de nuevo gritar furiosamente-. ¡Parece que estás ciego, imbécil!

-¡A ver! -dice el militar-. Ve un poco más aprisa. A este paso no llegaremos nunca. ¡Dale algún latigazo al caballo!

Yona estira de nuevo el cuello como un cisne, se levanta un poco, y de un modo torpe, pesado, agita el látigo.

Se vuelve repetidas veces hacia su cliente, deseoso de seguir la conversación; pero el otro ha cerrado los ojos y no parece dispuesto a escucharle.

Por fin, llegan a Viborgskaya. El cochero se detiene ante la casa indicada; el cliente se apea. Yona vuelve a quedarse solo con su caballo. Se estaciona ante una taberna y espera, sentado en el pescante, encorvado, inmóvil. De nuevo la nieve cubre su cuerpo y envuelve en un blanco cendal caballo y trineo.

Una hora, dos… ¡Nadie! ¡Ni un cliente!

Mas he aquí que Yona torna a estremecerse: ve detenerse ante él a tres jóvenes. Dos son altos, delgados; el tercero, bajo y jorobado.

-¡Cochero, llévanos al puesto de policía! ¡Veinte copecs por los tres!

Yona coge las riendas, se endereza. Veinte copecs es demasiado poco; pero, no obstante, acepta; lo que a él le importa es tener clientes.

Los tres jóvenes, tropezando y jurando, se acercan al trineo. Como solo hay dos asientos, discuten largamente cuál de los tres ha de ir de pie. Por fin se decide que vaya de pie el jorobado.

-¡Bueno; en marcha! -le grita el jorobado a Yona, colocándose a su espalda-. ¡Qué gorro llevas, muchacho! Me apuesto cualquier cosa a que en toda la capital no se puede encontrar un gorro más feo…

-¡El señor está de buen humor! -dice Yona con risa forzada-. Mi gorro…

-¡Bueno, bueno! Arrea un poco a tu caballo. A este paso no llegaremos nunca. Si no andas más aprisa te administraré unos cuantos sopapos.

-Me duele la cabeza -dice uno de los jóvenes-.Ayer, yo y Vaska nos bebimos en casa de Dukmasov cuatro botellas de caña.

-¡Eso no es verdad! -responde el otro-. Eres un embustero, amigo, y sabes que nadie te cree.

-¡Palabra de honor!

-¡Oh, tu honor! No daría yo por él ni un céntimo.

Yona, deseoso de entablar conversación, vuelve la cabeza, y, enseñando los dientes, ríe atipladamente.

-¡Ji, ji, ji!… ¡Qué buen humor!

-¡Vamos, vejestorio! -grita enojado el chepudo-. ¿Quieres ir más aprisa o no? Dale de firme a tu caballo perezoso. ¡Qué diablo!

Yona agita su látigo, agita las manos, agita todo el cuerpo. A pesar de todo, está contento; no está solo. Le riñen, lo insultan; pero, al menos, oye voces humanas. Los jóvenes gritan, juran, hablan de mujeres. En un momento que se le antoja oportuno, Yona se vuelve de nuevo hacia los clientes y dice:

-Y yo, señores, acabo de perder a mi hijo. Murió la semana pasada…

-¡Todos nos hemos de morir! -contesta el chepudo-. ¿Pero quieres ir más aprisa? ¡Esto es insoportable! Prefiero ir a pie.

-Si quieres que vaya más aprisa dale un sopapo -le aconseja uno de sus camaradas.

-¿Oye, viejo, estás enfermo? -grita el chepudo-. Te la vas a ganar si esto continúa.

Y, hablando así, le da un puñetazo en la espalda.

-¡Ji, ji, ji! -ríe, sin ganas, Yona-. ¡Dios les conserve el buen humor, señores!

-Cochero, ¿eres casado? -pregunta uno de los clientes.

-¿Yo? !Ji, ji, ji! ¡Qué señores más alegres! No, no tengo a nadie… Solo me espera la sepultura… Mi hijo ha muerto; pero a mí la muerte no me quiere. Se ha equivocado, y en lugar de cargar conmigo ha cargado con mi hijo.

Y vuelve de nuevo la cabeza para contar cómo ha muerto su hijo; pero en este momento el jorobado, lanzando un suspiro de satisfacción, exclama:

-¡Por fin, hemos llegado!

Yona recibe los veinte copecs convenidos y los clientes se apean. Los sigue con los ojos hasta que desaparecen en un portal.

Torna a quedarse solo con su caballo. La tristeza invade de nuevo, más dura, más cruel, su fatigado corazón. Observa a la multitud que pasa por la calle, como buscando entre los miles de transeúntes alguien que quiera escucharle. Pero la gente parece tener prisa y pasa sin fijarse en él.

Su tristeza a cada momento es más intensa. Enorme, infinita, si pudiera salir de su pecho inundaría al mundo entero.

Yona ve a un portero que se asoma a la puerta con un paquete y trata de entablar con él conversación.

-¿Qué hora es? -le pregunta, melifluo.

-Van a dar las diez -contesta el otro-. Aléjese un poco: no debe usted permanecer delante de la puerta.

Yona avanza un poco, se encorva de nuevo y se sume en sus tristes pensamientos. Se ha convencido de que es inútil dirigirse a la gente.

Pasa otra hora. Se siente muy mal y decide retirarse. Se yergue, agita el látigo.

-No puedo más -murmura-. Hay que irse a acostar.

El caballo, como si hubiera entendido las palabras de su viejo amo, emprende un presuroso trote.

Una hora después Yona está en su casa, es decir, en una vasta y sucia habitación, donde, acostados en el suelo o en bancos, duermen docenas de cocheros. La atmósfera es pesada, irrespirable. Suenan ronquidos.

Yona se arrepiente de haber vuelto tan pronto. Además, no ha ganado casi nada. Quizá por eso-piensa- se siente tan desgraciado.

En un rincón, un joven cochero se incorpora. Se rasca el seno y la cabeza y busca algo con la mirada.

-¿Quieres beber? -le pregunta Yona.

-Sí.

-Aquí tienes agua… He perdido a mi hijo… ¿Lo sabías?… La semana pasada, en el hospital… ¡Qué desgracia!

Pero sus palabras no han producido efecto alguno. El cochero no le ha hecho caso, se ha vuelto a acostar, se ha tapado la cabeza con la colcha y momentos después se le oye roncar.

Yona exhala un suspiro. Experimenta una necesidad imperiosa, irresistible, de hablar de su desgracia. Casi ha transcurrido una semana desde la muerte de su hijo; pero no ha tenido aún ocasión de hablar de ella con una persona de corazón. Quisiera hablar de ella largamente, contarla con todos sus detalles. Necesita referir cómo enfermó su hijo, lo que ha sufrido, las palabras que ha pronunciado al morir. Quisiera también referir cómo ha sido el entierro… Su difunto hijo ha dejado en la aldea una niña de la que también quisiera hablar. ¡Tiene tantas cosas que contar! ¡Qué no daría él por encontrar alguien que se prestase a escucharlo, sacudiendo compasivamente la cabeza, suspirando, compadeciéndolo! Lo mejor sería contárselo todo a cualquier mujer de su aldea; a las mujeres, aunque sean tontas, les gusta eso, y basta decirles dos palabras para que viertan torrentes de lágrimas.

Yona decide ir a ver a su caballo.

Se viste y sale a la cuadra.

El caballo, inmóvil, come heno.

 
-¿Comes? -le dice Yona, dándole palmaditas en el lomo-. ¿Qué se le va a hacer, muchacho? Como no hemos ganado para comprar avena hay que contentarse con heno… Soy ya demasiado viejo para ganar mucho… A decir verdad, yo no debía ya trabajar; mi hijo me hubiera reemplazado. Era un verdadero, un soberbio cochero; conocía su oficio como pocos. Desgraciadamente, ha muerto…

Tras una corta pausa, Yona continúa:

-Sí, amigo… ha muerto… ¿Comprendes? Es como si tú tuvieras un hijo y se muriera… Naturalmente, sufrirías, ¿verdad?…

El caballo sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y exhala un aliento húmedo y cálido.

Yona, escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su corazón contándoselo todo.

De Una Lección Aprendida

ADIÓS AÑO 2020, SEGURO QUE ALGUIEN 
NO QUERRÁ ACORDARSE DE TI JAMÁS…
 

 Por Gilberto García M


Este año que hoy termina no tiene la alegría de otros años en el que la gente celebraba con espontaneidad y sin el temor acuciante de tener a la muerte a unos cuantos pasos detrás de ti respirándote en las orejas.

Si salimos bien librados de esta prueba que significa sobrevivir a los embates del Covid 19, la Humanidad estamos seguros que sí, no le queda de otra, habrá aprendido la lección de que todos esos males que deterioran el espíritu, como el egoísmo, la vanidad, la discriminación por raza y posición social, la indiferencia para con los desposeídos, y la exclusión del ciudadano de los programas y políticas gubernamentales por el hecho de ser pobre, toda esa jactancia y arrogancia se caen como un castillo de naipes ante unos seres microscópicos que se niegan a ofrecer «tratos especiales» como los políticos…

El virus vino a callarles la boca a aquellos que se consideraban intocables, los que no tendían una mano al pordiosero por miedo a contagiarse de pobreza, vino a recordarles a esos sórdidos personajes acumuladores de riqueza, que frente al covid 19 todos somos iguales. 

Ante la peste no importa ser un Silvestre Dangond o Shakira que abarrotan de público plazas y estadios. No importa ser el hombre más rico del mundo, como el señor Jeff Bezos, estadunidense de 55 años y cuyo patrimonio asciende 186.500 millones de dólares.

Si, este 2020 será recordado como el año que puso en jaque a las economías mundiales. Que llamó a las naciones a la solidaridad, que confinó a la gente en sus casas, pero con el agravante de no poder ver a los seres queridos por cuestión de seguridad.

Y si en verdad se tiene conciencia, el virus como una plaga pre apocalíptica habrá logrado que el hombre piense en un Ser que maneja los destinos del sujeto, pero si en verdad se tiene conciencia, habrás aprendido lo bueno que es valorar al otro, ofrecer una sonrisa al anciano sin importar que sus movimientos sean lentos y desesperen.

Cuando estés en sus zapatos aprenderás que tu también fuiste joven y sorteaste una pandemia que en el 2020 amenazó a la humanidad y de la cual no querrás acordarte, porque Dios te dio otra oportunidad sobre la tierra. 

Imagen de chiplanay en Pixabay  Imagen de Susan Cipriano en Pixabay 

 

 

   

 

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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