Translate

Mostrando entradas con la etiqueta villancicos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta villancicos. Mostrar todas las entradas

lunes, 23 de marzo de 2026

Premio Anagrama de Novela


La Novela que te Cambia el Apellido
(O al Menos la Suerte)


Por Gilberto García Mercado

 

ERA UNA NOVELA DESCONOCIDA 

 
Hay escritores que pasan la vida entera corrigiendo la misma página, como si el destino fuera una errata. Y hay otros —los menos, los valientes o los insomnes— que un día deciden ponerle punto final a su novela desconocida, mirarla de frente y decir: “ahora sí, que el mundo haga lo suyo”. Para ellos existe el Premio Anagrama de Novela 2026, una especie de ruleta literaria donde no se apuesta dinero, sino años de vida. 

INVITACIÓN DESDE YA 

La convocatoria está abierta. Así, sin  ceremonias. Como una puerta entreabierta en una casa donde adentro alguien fuma y decide destinos. El plazo se cierra el 30 de marzo de 2026, lo que significa que el tiempo —ese editor implacable— ya está tachando días en el calendario.

Aquí no hay medias tintas: lo que se pide es una novela. Inédita. En castellano. Y, sobre todo, sola. Porque no puede estar coqueteando con otros premios al mismo tiempo. La fidelidad, al parecer, también se exige en la literatura. El autor debe tener todos los derechos de su obra, como quien llega a una negociación con las manos limpias y el alma hipotecada. 

LA NOVELA SE VISTE DE VIAJERA 

El envío ya no tiene nada de romántico. No hay sobres manila ni sellos con saliva. Todo ocurre en un formulario web, silencioso, casi quirúrgico. Uno sube el manuscrito y listo: años de insomnio convertidos en un archivo que pesa menos que un café. Ni siquiera hay opción de tocar la puerta: si no es por ahí, no entra.

Pero hablemos de lo que seduce. El premio: 25.000 euros. Dicho así, suena a respiro largo, a renta pagada, a meses donde la angustia baja la voz. Pero la cifra tiene truco —como todo en la vida—: es un anticipo. Es decir, una promesa adelantada de lo que el libro podría generar. Un pacto. Una fe firmada en papel.

Y es ahí donde la cosa se pone seria. Porque ganar este premio no es solo recibir dinero: es firmar un contrato de diez años con Editorial Anagrama. Diez años en los que tu novela deja de ser completamente tuya para convertirse en un ciudadano del mundo editorial. Ellos la publican, la distribuyen, la traducen, la venden. Tú recibes tu porcentaje, sí, pero sobre todo recibes algo más valioso: existencia. 

LOS SUEÑOS CUMPLIDOS 

Porque publicar en Anagrama no es publicar: es entrar a una conversación. Es sentarse en la misma mesa donde han estado escritores que hoy se estudian, se citan, se subrayan. Es pasar de ser un archivo olvidado en el escritorio a un libro que alguien leerá en un bus, en una cama, en una madrugada cualquiera. 

El jurado no es cualquier grupo de lectores con tiempo libre. Son nombres que pesan: gente que ha escrito, editado, leído con el ojo clínico de quien sabe cuándo una historia respira y cuándo solo finge. Ellos decidirán, sin explicaciones, sin devoluciones, sin cartas de consuelo. Aquí nadie te dice “casi”. Aquí es sí o silencio. 

LA LLAMADA DE LA BUENA NUEVA 

El fallo se conocerá en noviembre. Primer lunes. Como si la literatura también respetara la agenda laboral. Ese día, alguien despertará siendo el mismo… pero no del todo. Porque algo habrá cambiado: su nombre circulará, su novela tendrá cuerpo, su voz dejará de ser íntima para convertirse en pública.

Y, sin embargo, el verdadero premio no siempre es ganar. A veces está en terminar la novela. En atreverse a enviarla. En aceptar que escribir no es solo un acto solitario, sino también un gesto de exposición, casi de fe.

Porque, al final, uno no manda un manuscrito: manda una vida comprimida en páginas. Y quién sabe. Tal vez, entre miles de historias, haya una —la tuya— esperando ese clic final que la saque del anonimato y le dé, aunque sea por un rato, un nuevo apellido: el de la suerte.

domingo, 23 de diciembre de 2018

Las Nostalgias Por Un Redondel


Los Mismos Regalos Por Navidad, en Chambacú

«Aparecía el pesebre de la Seño Carmen,como una nueva estrella»

Juan V Gutiérrez Magallanes

Desde la aurora del primer día de diciembre, las brisas traídas por las aguas de la ciénaga del Cabrero-Chambacú, nos brindaban una invitación a la alegría, las voces se daban con un acompañamiento cantarino que hacían remover el corazón, y escrutar los mejores recuerdos de Navidad, los vecinos del Puente se detenían para escuchar los villancicos que Tiburcio dejaba escapar en su picot de sones y boleros.
En Chambacú se abría el mundo para brindarle a su gente un espacio para el encuentro con los niños y sus juegos con el goce y el regocijo por la llegada de la noche del 24 y el nacimiento del Niño Dios.

Muy temprano, a la hora en que pasaba el señor que vendía la leche, allí en la bajada del Puente nos reuníamos en ese amanecer del 25 de Diciembre los niños de Chambacú para mostrar nuestros aguinaldos, no importaba que fuesen en su estructura los mismos regalos de años anteriores, pues llevaban en su superficie un nuevo color, y daban un brillo de alegría tocándonos el corazón y llenándonos de agradecimientos por haber recibido aquellos juguetes que entrarían a hacer parte de nuestros recuerdos. 
 
Juan mostraba su camión de madera pintado con los colores más llamativos, la parte delantera era roja y la posterior azul con franjas verdes y amarillas, todo su ropaje era diferente al año anterior, y a pesar de que era el mismo camión de la Navidad pasada, ninguno de los compañeros traía a colación aquello, quizás porque la Matraca de Luis era la misma del año pasado, solo que, ahora, estaba pintada de amarillo, y su sonido era más alegre: dejaba un eco que se mostraba en las ondas de la superficie de la ciénaga. Era una Matraca con cremallera de zinc, elaborada por Nemesito «El Hojalatero», quien la había fabricado diez años antes de haber nacido Luis. Aquel sonido de la Matraca, el abuelo de Luis lo utilizaba para espantar el canto de las lechuzas, pero a la vez atraía el cardumen de lebranches, que Magalla aprovechaba para lanzar su atarraya y atrapar muchos peces. 
El balón de Pedro, estaba pintado con franjas rojas en fondo blanco, mostraba su superficie reluciente, era el mismo balón de otros años, siempre, Pedro lo presentaba con un color diferente, y como no le raspaban los colores anteriores, las capas se iban acumulando una sobre otra, lo cual le iba disminuyendo elasticidad para rebotar. Pero no importaba, ese era el aguinaldo de nuestro compañero. 

Mayito con su hermana Carlota, hacían parte de aquel encuentro de aguinaldos, ellas mostraban sus muñecas, las mismas del año pasado pero con vestidos nuevos y con un nuevo lunar en sus caritas, su madre hacía artesanías y mostraba su maestría en la confección de vestidos para niñas y la elaboración de muñecas de trapo.

La curiosidad de todos se volcaba en el triciclo de Fernando, su armadura era un muestrario de colores, pues su padre lo había recibido como regalo navideño, ahora él lo hacía con su hijo. Todos los niños llevaban en sus hombros un pequeño tambor de hojalata, que les había regalado Nemesito, «El Hojalatero» de Chambacú. 
Se reunían en un redondel, en la mitad de aquel se paraba el niño Emeterio a cantar villancicos, que había aprendido en la única escuela de bancos de la Seño Carmen, los cánticos alegraban los corazones de los mayores, en especial de las vendedoras de cocá, suspiros y caramelos con figuritas de animales y frituras que llenaban el camioncito de Juan, los niños colmaban su alegría con los sabores de los dulces y fritos que les obsequiaban. En ese día, podían hacer toda la algarabía que quisieran con el toque de sus tambores y las matracas, el canto del niño Emeterio no cesaba, a él se unían las voces de las plañideras y rezanderas que en aquel día de diciembre, sus llantos y rezos se transformaban en cantos de alegría por la Navidad que había llegado. 
Juan V Gutiérrez Magallanes, Escritor


Seguidores