TRISTEZA POR UN ARBORICIDIO
Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes
Aquel árbol de la calle Real del Cabrero era el esplendor por la frescura que transmitía.
El canto de los pájaros armonizaba los encuentros que se daban debajo de su frondosidad.Los que estábamos cerca de aquel monumento verde dábamos gracias a Dios por tener tan cerca a aquel ser de la flora.Cuando despertábamos, lo primero que hacíamos era agradecer al Señor por tener tan cerca aquella bondad de la madre naturaleza.Creíamos entonces que su presencia majestuosa sería eterna.Pero un día sentimos el zumbido estridente de la sierra aplicada sobre aquel prodigio de la madre naturaleza. Lo habían mandado a cortar por el bien que hacía a quienes debajo de él se juntaban para comentar los hechos cotidianos, o a quienes simplemente se reunían para disfrutar del frescor que de sus ramas y troncos brotaba.El estruendo causado por las aves que allí anidaban era ensordecedor. Los vecinos sentimos que el grito de los pájaros era por el desalojo que se estaba produciendo.El árbol fue despojado de su follaje. Solo quedó el tronco con unas pocas hojas.Ahora el lugar causa desolación. Aún persiste en la memoria el llanto de las aves que no sabían qué estaba sucediendo.Una señora que a diario comentaba sobre la bondad del almendro derramó algunas lágrimas y prometió elevar oraciones para que el árbol jamás muriera.Hoy, solo queda el tronco desvaído con pocas hojas y el lamento que de día y de noche no se detiene. Aún hay quienes ven el árbol en la fogosidad de un agosto indomable.El árbol no ha muerto y se alza con toda la frondosidad de quienes conocieron su esplendor.
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