La Última Hoja
Por O. Henry
En un pequeño barrio de artistas de Nueva York vivían Sue y Johnsy, dos jóvenes pintoras que compartían un modesto estudio. Habían llegado desde distintos lugares del país persiguiendo el sueño del arte y de una vida mejor.Pero aquel invierno fue cruel.
Una epidemia de neumonía recorría la ciudad, y Johnsy cayó enferma. Permanecía acostada junto a la ventana, cada día más débil y silenciosa.
El médico habló con Sue en voz baja:
—Tiene pocas ganas de vivir. Y cuando una persona pierde la esperanza, las medicinas sirven de muy poco.
Sue intentó animarla con historias, dibujos y conversaciones alegres, pero Johnsy parecía mirar siempre hacia otro lugar: la vieja pared de ladrillos del edificio vecino, cubierta por una enredadera casi seca.
Las hojas caían una tras otra bajo la lluvia y el viento de noviembre.
Una tarde, Johnsy murmuró:
—Cuando caiga la última hoja… yo también me iré.
Sue quedó horrorizada.
—¡No digas tonterías! Las hojas no tienen nada que ver contigo.
Pero Johnsy seguía mirando la ventana.
—Once… diez… nueve…
Las hojas iban desprendiéndose lentamente.
Desesperada, Sue bajó a buscar a Behrman, un viejo pintor que vivía en la planta baja. Era un hombre gruñón, de barba desordenada y manos temblorosas, que soñaba desde hacía años con pintar una gran obra maestra que nunca comenzaba.
Cuando Sue le contó lo que ocurría, el anciano golpeó el suelo con furia.
—¡Qué tontería! ¿Morirse porque caen hojas de una planta?
Aquella noche hubo una tormenta terrible. El viento azotó las ventanas y la lluvia cayó sin descanso.
Johnsy apenas dormía.
Al amanecer pidió que levantaran la cortina.
Sue obedeció lentamente.
Y entonces ambas miraron la pared.
Allí estaba todavía una hoja.
Una sola hoja verde oscura aferrada a la enredadera.
Había resistido toda la tormenta.
Johnsy la observó durante largo rato.
Después susurró:
—Creo… creo que he sido mala. Esa hoja quiso quedarse allí para demostrarme que no debo rendirme.
Ese día pidió un poco de sopa.
Al siguiente quiso sentarse.
Y poco a poco comenzó a recuperarse.
Pero esa misma tarde el médico visitó nuevamente el estudio.
—Tu amiga está fuera de peligro —dijo sonriendo—. Ahora debe cuidarse.
Luego añadió con tristeza:
—Pero el viejo Behrman murió hoy en el hospital. Lo encontraron enfermo después de haber pasado toda una noche bajo la lluvia y el frío.
Sue permaneció en silencio un instante.
Después se acercó a Johnsy y señaló la ventana.
—¿Te preguntaste alguna vez por qué aquella última hoja nunca se movió con el viento?
Johnsy la miró sorprendida.
—Era la obra maestra de Behrman —dijo Sue suavemente—. La pintó en la pared aquella noche de tormenta.
O. Henry. Seudónimo del escritor estadounidense William Sydney Porter, nacido en Greensboro en 1862. Es considerado uno de los grandes maestros del cuento corto en la literatura universal.
Tuvo una vida difícil y llena de altibajos. Trabajó como farmacéutico, dibujante, periodista y empleado bancario. En una etapa complicada de su vida fue acusado de problemas financieros en un banco y pasó un tiempo en prisión. Durante esos años comenzó a escribir cuentos con más disciplina.Al salir, adoptó el nombre de “O. Henry” y empezó a publicar relatos en periódicos y revistas. Sus historias se hicieron famosas por su lenguaje sencillo, personajes humildes y finales sorpresivos y emotivos.Entre sus cuentos más conocidos están:La última hojaEl regalo de los magosEl policía y el himnoMurió en New York City en 1910, pero sus cuentos siguen siendo leídos en todo el mundo por su sensibilidad humana y su capacidad para emocionar en pocas páginas.

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