Germán Vargas Lleras y
el Sueño Inconcluso del Poder
Por Gilberto García Mercado
La muerte de Germán Vargas Lleras cayó sobre Colombia como caen las lluvias de mayo sobre los tejados de Bogotá, con estruendo y con nostalgia. Un hombre que parecía hecho de concreto, de discursos afilados y de madrugadas interminables, terminó convertido en silencio. Y en ese silencio quedó el eco de una figura que durante décadas caminó los pasillos del poder como quien conoce cada baldosa de una casa antigua.Nació en Bogotá el 19 de febrero de 1962 dentro de una familia donde la política no era una profesión sino una atmósfera. Su abuelo fue Carlos Lleras Restrepo y desde niño aprendió que en las sobremesas familiares se hablaba de ministerios, reformas y elecciones con la misma naturalidad con que otras familias hablaban del clima o de los goles del domingo. Creció entre bibliotecas cargadas de historia y apellidos pesados como campanas de catedral.En la pubertad no fue un muchacho bohemio ni un soñador distraído. Tenía el temperamento rápido y una disciplina casi militar. Quienes lo conocieron en aquellos años recuerdan a un joven elegante, impaciente y competitivo, de mirada dura y memoria feroz. Estudió Derecho en Universidad del Rosario y luego viajó a España para estudiar Gobierno y Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid. Allí comenzó a moldearse el político que más tarde llenaría plazas y encabezaría tormentas.En la juventud se acercó al liberalismo y al movimiento de Luis Carlos Galán. Le seducía aquella idea de una Colombia moderna y feroz contra la corrupción. Era la época en que el país ardía entre bombas, carteles y magnicidios. Y mientras otros jóvenes buscaban serenatas o discotecas, Vargas Lleras buscaba micrófonos y tribunas. Había descubierto demasiado temprano el veneno delicioso del poder.Comenzó en la política distrital como concejal de Bogotá. Tenía apenas el ímpetu de los treinta años y ya hablaba como un veterano. Luego llegó al Senado en 1994 y desde entonces su figura empezó a crecer como esas construcciones inmensas que avanzan lentamente pero terminan dominando el horizonte. En el Congreso fue temido y admirado. Sus debates eran duros, veloces y teatrales. Tenía fama de no perdonar la mediocridad y de repartir regaños con la misma facilidad con que otros estrechan manos.Fundó Cambio Radical cuando el liberalismo empezó a fragmentarse. Quería una maquinaria propia y terminó construyendo uno de los partidos más decisivos del país. Muchos decían que no caminaba sino que avanzaba como locomotora. Otros lo acusaban de arrogante. Él parecía disfrutar ambas cosas.No fue empresario en el sentido clásico del comerciante que funda fábricas o vende mercancías. Su verdadero imperio fue político. Su empresa era el Estado entendido como ingeniería, carreteras, viviendas y contratos. Allí edificó su poder. Sus aliados eran gobernadores, alcaldes, congresistas y constructores. Sus enemigos eran innumerables y a veces cambiaban cada semana.Quizás el cargo que más satisfizo su vida fue la Vicepresidencia durante el gobierno de Juan Manuel Santos. Desde allí se convirtió en el gran ejecutor de obras públicas. Recorrió el país inaugurando carreteras, puentes y proyectos de vivienda gratuita. Le gustaba el cemento porque el cemento no discute y deja huella visible. Sus seguidores lo admiraban por esa capacidad de ejecutar sin descanso. Sus críticos decían que gobernaba como capataz. Pero incluso ellos reconocían que trabajaba hasta el agotamiento.Su ideología era una mezcla de liberalismo pragmático, autoridad y desarrollo económico. Creía en un Estado fuerte y en la seguridad. Veía a Colombia como una nación destinada a ser potencia regional si lograba vencer el caos y la improvisación. Tenía una visión profundamente institucional del país. América Latina le parecía un continente condenado a tropezar con sus propios caudillos y por eso desconfiaba de los populismos de izquierda y de derecha.Pocos recuerdan que también ejerció el periodismo político desde las columnas de opinión. Escribía con el mismo tono con que hablaba, directo, severo y punzante. Sus textos parecían redactados con un martillo. No buscaba adornos sino impacto.En cuanto a sus hábitos recreacionales, no era hombre de fiestas interminables ni de bohemias tropicales. Su vida tenía el ritmo de un funcionario perpetuo. Dormía poco. Leía informes hasta altas horas. Disfrutaba las conversaciones políticas y los encuentros discretos con amigos cercanos. Era hincha de Millonarios Fútbol Club y padecía el fútbol con esa mezcla de rabia y esperanza tan colombiana. En religión mantenía una tradición católica heredada de familia aunque nunca fue hombre de exhibiciones piadosas.Sobrevivió a atentados y amenazas. Las FARC intentaron asesinarlo y en una ocasión perdió varios dedos al abrir un libro bomba. Desde entonces su figura adquirió un aire de sobreviviente. Caminaba como quien ha visto demasiado de cerca la muerte y ya no le teme del todo.Tenía amigos poderosos y adversarios feroces. Algunos lo querían por lealtad. Otros por conveniencia. Y muchos lo respetaban por miedo. Pero quienes estuvieron cerca de él cuentan que podía ser generoso, bromista y sorprendentemente cálido en la intimidad. Detrás del rostro adusto había un hombre que disfrutaba las anécdotas familiares y las conversaciones largas sobre historia colombiana.Su gran sueño fue llegar a la Presidencia de Colombia. Lo intentó varias veces y nunca pudo alcanzarla. Tal vez allí reside la tristeza secreta de su historia. Fue uno de los hombres más poderosos del país y aun así la silla principal siempre quedó unos pasos más adelante. Como esos trenes que se escuchan en la noche pero nunca terminan de llegar a la estación.Murió dejando una Colombia dividida entre quienes lo admiraban como ejecutor incansable y quienes lo rechazaban como símbolo de la vieja política. Pero incluso sus detractores saben que figuras como la suya no aparecen todos los años. Era un político de otra época. Una especie de animal antiguo de la república. Un hombre que parecía hecho para discutir en los salones del Capitolio mientras afuera llovía sobre Bogotá y el país seguía buscando su destino.Ahora queda su voz en los archivos. Sus columnas. Sus discursos. Sus carreteras atravesando montañas. Y el recuerdo de aquel hombre que caminaba rápido, hablaba duro y soñó toda la vida con gobernar un país que jamás terminó de rendirse ante él.

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