Cómo Votaban los Abuelos
en los Años 70
Por Gilberto García Mercado
En los años setenta la democracia en Colombia parecía una fiesta patronal. No había redes sociales incendiando los desayunos ni ejércitos de opinadores peleando desde un teléfono. El país todavía olía a café recién colado, a petróleo barato y a tierra mojada después de la lluvia. Mis abuelos hablaban de las elecciones como quien se prepara para asistir a una boda o a una corrida de toros. La política era seria, sí, pero también tenía algo de carnaval provinciano.
Nosotros, niños de escuela de banquitos de madera y cuadernos forrados con papel de regalo, observábamos aquellos comicios como si fueran un desfile heroico. El liberalismo y el conservatismo dividían los corazones, las esquinas y hasta algunas cocinas, pero rara vez dividían el saludo. Había discusiones fuertes en las tiendas y en las plazas, aunque después todos terminaban tomando tinto bajo la misma sombra.
Lo más emocionante era el dedo índice. A unos se los pintaban de rojo y a otros de azul. Rojo liberal. Azul conservador. Aquello parecía una competencia entre equipos de béisbol organizados por la patria. El dedo coloreado era exhibido con orgullo, como si el ciudadano hubiera regresado de una guerra épica contra el abstencionismo.
La compra de votos existía, claro, pero todavía era tímida, casi artesanal. Algún tamal, una botella de ron, un billete doblado con discreción dentro del bolsillo de la camisa. Nada comparado con las caravanas multimillonarias y las estrategias digitales de hoy. En aquel entonces el político todavía tenía que sudar la suela del zapato visitando pueblos, abrazando ancianas y prometiendo puentes donde apenas cruzaban burros.
Las noches eran distintas. Muchos veíamos televisión en blanco y negro en la casa del vecino más pudiente del barrio. Allí cabíamos veinte personas mirando una novela, un discurso presidencial o un partido de fútbol con una antena torcida que exigía que alguien gritara desde el patio: “¡Ahí se ve mejor!”. Mientras tanto, en Aracataca, el cura tocaba dos o tres veces la campana para advertir si la película del fin de semana podía ser vista sin poner en peligro el alma cristiana. La iglesia todavía tenía más censores que Hollywood.
El planeta también parecía respirar con menos angustia. La explosión demográfica no había llenado las ciudades de motocicletas furiosas ni de humo interminable. El cambio climático todavía era un concepto que dormía escondido en oficinas científicas. Los ríos eran más transparentes, los árboles parecían eternos y las noches conservaban un silencio que hoy costaría millones.
En Colombia desfilaban nombres que aún sobreviven en las conversaciones de los viejos: Carlos Lleras Restrepo, Misael Pastrana Borrero y después Alfonso López Michelsen, hombres que hablaban con una solemnidad casi sacerdotal. En el mundo mandaban figuras enormes como Richard Nixon, Leonid Brézhnev y Mao Zedong. Era la época de la Guerra Fría, cuando el planeta vivía dividido entre el capitalismo y el comunismo, y cualquier discurso parecía capaz de iniciar una guerra o conquistar la Luna.
El petróleo era el rey silencioso de la economía. Todavía movía fábricas, carreteras y sueños industriales sin demasiados remordimientos ecológicos. Los carros enormes devoraban gasolina con orgullo y nadie imaginaba que décadas después hablaríamos de energías limpias y carros eléctricos. Mientras tanto, la ciencia avanzaba a pasos gigantes: el hombre ya había llegado a la Luna, las vacunas salvaban millones de vidas y las primeras computadoras comenzaban a parecer monstruos inteligentes encerrados en oficinas refrigeradas.
La expectativa de vida era menor que hoy, pero quizá las personas vivían más despacio. Había menos tecnología y más conversación. Menos pantallas y más mecedoras en los portales. Los candidatos políticos pronunciaban discursos largos, elegantes, cargados de metáforas patrióticas. Hoy las campañas parecen competencias de mercadeo, algoritmos y escándalos virales. Antes bastaban dos colores; ahora existen cientos de movimientos, coaliciones y estrategias digitales capaces de gastar fortunas en segundos.
Y, sin embargo, algo permanece. El deseo humano de elegir, discutir y soñar con un país mejor. Solo que antes el dedo pintado de rojo o azul bastaba para resumir la historia política de una familia. Hoy, en cambio, harían falta pantallas gigantes, bodegas digitales y media galaxia de expertos para explicar el caos.
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