domingo, 13 de septiembre de 2026

Asesino Serial


EL PRÍNCIPE QUE SALÍA A MATAR
CUANDO CAÍA LA NOCHE
Por Macario Velarcarcel


Hubo un tiempo en que la noche pertenecía a los lobos, a los bandidos y a los hombres que no tenían nada que perder. Pero en la antigua China hubo alguien que podía salir a matar sin esconderse de nadie. No porque fuera invisible, sino porque llevaba sangre real.

Su nombre era Liu Pengli, príncipe de Jidong y sobrino del emperador Jing de la dinastía Han. Vivió en el siglo II antes de Cristo y su historia quedó registrada por el historiador Sima Qian en Shiji, los Registros del Gran Historiador. Por eso algunos investigadores lo consideran uno de los primeros asesinos seriales documentados de la historia.

Dicen los registros que, cuando la oscuridad cubría los caminos, Pengli abandonaba la seguridad de su residencia acompañado por un grupo de hombres. No buscaban enemigos políticos ni libraban una guerra. Salían a recorrer el territorio para robar y matar.

Las víctimas podían ser personas comunes encontradas durante aquellas incursiones nocturnas. El asesinato, según el relato histórico, no parecía responder a una necesidad militar ni económica. Era parte de una especie de juego macabro.

Más de cien personas habrían muerto de aquella manera.

Y aquí comienza la parte más perturbadora de la historia.

Durante mucho tiempo, el miedo mantuvo cerradas las puertas de las casas cuando llegaba la noche. Nadie parecía capaz de detener al asesino porque el asesino era también un príncipe. La ley tenía un problema elemental: debía enfrentarse a alguien que pertenecía a la misma familia del hombre que gobernaba el imperio.

Finalmente, el hijo de una de las víctimas llevó la acusación hasta la corte.

El emperador tuvo que decidir entre la justicia y la sangre.

No ordenó ejecutar a su sobrino.

Le quitó el título y lo envió al exilio.

Así terminó, según los antiguos registros, la carrera criminal de uno de los personajes que hoy podríamos reconocer como un asesino serial.

No hubo detectives. No hubo laboratorio forense. No hubo fotografías de la escena del crimen.

Solo quedaron los cadáveres, el miedo de un pueblo y una historia escrita muchos siglos antes de que la criminología aprendiera a ponerle nombre al monstruo.

Y quizá lo más oscuro no sea que Liu Pengli matara.

Lo verdaderamente inquietante es que durante un tiempo pudo hacerlo porque nadie se atrevía a detenerlo.

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