Por Gilberto García M
En Colombia la política siempre ha tenido algo de serenata de pueblo. Un candidato promete seguridad como si repartiera tamales en diciembre. Otro habla de economía con el tono de un profesor que acaba de descubrir la fórmula para que alcance la quincena. Y otro llega con voz de abogado bravo, como si fuera a demandar hasta las nubes por exceso de lluvia. Así andan los caminos del país entre discursos, abrazos, arengas y promesas que a veces parecen versos de bolero.Iván Cepeda y el Paísde las tertulias infinitas
Iván Cepeda Castro nació rodeado de libros, debates y conversaciones donde seguramente hasta el café opinaba. De niño parecía uno de esos muchachos que preguntan demasiado y dejan pensando a los adultos. En la adolescencia descubrió que el mundo era desigual y que la política servía para pelear con palabras en vez de puños. Estudió sociología y convirtió la reflexión en oficio público.
En la vida adulta se volvió un hombre de discursos pausados, de ceño serio y mirada de profesor universitario que no acepta tareas a medias. Sus seguidores dicen que escucha al pueblo. Sus críticos aseguran que escucha demasiado y termina armando reuniones eternas donde hasta las empanadas pierden la paciencia.
Si Cepeda llegara a la Presidencia, Colombia probablemente amanecería llena de mesas de diálogo. Habría conversaciones para la seguridad, conversaciones para la economía y conversaciones para decidir qué conversación sigue después. La educación recibiría discursos poéticos sobre igualdad y derechos. La salud sería defendida con el fervor de un médico rural en medio de una tormenta. En relaciones internacionales el país volvería a estrechar manos con gobiernos vecinos mientras algunos empresarios mirarían el dólar como quien vigila una olla de leche hirviendo.
Dicen que le gusta la lectura tranquila y la música que invita a pensar. Tal vez quiso ser escritor secreto de novelas políticas, pero terminó convertido en protagonista de ellas. Su angustia parece ser la injusticia. Lo alegra la idea de un país menos feroz. Un consejo suyo podría resumirse así. Escuche antes de gritar. Aunque en Colombia a veces el que escucha termina perdiendo el turno en el micrófono.
Paloma Valencia y laRepública del Carácter FirmePaloma Valencia creció entre apellidos históricos, bibliotecas elegantes y discusiones familiares donde seguramente hasta los retratos de los abuelos opinaban sobre la patria. Desde niña tuvo maneras de estudiante aplicada y argumentos afilados. En la adolescencia ya parecía lista para debatir hasta con el profesor de matemáticas.
Estudió derecho, economía y escritura creativa. Una mezcla curiosa porque no cualquiera combina leyes, números y poesía sin terminar confundiendo el presupuesto nacional con un soneto romántico. En la política aprendió a hablar con tono firme y elegante, como quien regaña pero sin perder la compostura.
En un eventual gobierno suyo, el país tendría mano dura en seguridad. Los ladrones quizás sentirían que hasta las motocicletas de la Policía los persiguen con mirada de suegra desconfiada. La economía buscaría seducir empresarios y mercados internacionales. El empleo sería presentado como una carrera de disciplina y emprendimiento. La corrupción tendría discursos severos y frases de látigo moral. Aunque en Colombia la corrupción suele esconderse mejor que un gato después de romper un florero.
Paloma parece disfrutar las conversaciones intelectuales y el deporte de las ideas rápidas. Tal vez quiso vivir una temporada tranquila escribiendo novelas en una finca del Cauca, pero terminó atrapada en el ring político nacional. Le angustia el desorden. Le alegra la disciplina y el mérito. Su consejo podría ser sencillo. Nunca deje que la pereza gobierne su destino. Aunque el colombiano promedio a veces quisiera que la alarma del lunes fuera declarada inconstitucional.
Abelardo de la Espriella yel Tigre de los Micrófonos EncendidosAbelardo de la Espriella parece haber nacido hablando duro. De niño seguramente discutía hasta el sabor de la sopa. En la adolescencia descubrió que la elocuencia podía abrir puertas y también cerrar amistades. Estudió derecho y convirtió la polémica en una especie de deporte nacional.
Como abogado ganó fama de defensor feroz. Habla con el tono de quien está listo para demandar al universo entero antes del desayuno. Sus seguidores lo ven como un hombre decidido. Sus detractores creen que hasta los semáforos se pondrían nerviosos bajo su gobierno.
Si llegara a la Presidencia, la seguridad tendría uniforme de acero y voz de comandante. El país viviría una ofensiva permanente contra delincuentes y grupos armados. En economía apostaría por empresarios y reducción del Estado. La salud sería tratada con lenguaje gerencial y el empleo con discursos de productividad acelerada. Las relaciones internacionales dependerían mucho del respeto a la autoridad y del tamaño del carácter presidencial.
Le gustan los escenarios grandes, la adrenalina pública y el espectáculo político. Tal vez quiso ser cantante de rancheras o comentarista de boxeo, pero terminó convertido en protagonista de debates televisivos. Lo angustia el caos. Lo alegra la obediencia y el orden. Su consejo podría ser este. Defiéndase siempre. Aunque en Colombia a veces uno termina defendiéndose hasta del recibo de la luz.
Y así sigue el país, sentado en la plaza pública, escuchando candidatos como quien oye tres vallenatos distintos en la misma cantina. Uno canta justicia. Otro canta autoridad. Otro canta fuerza. Mientras el pueblo, con café en mano y humor resistente, espera que algún día la política deje de parecer promesa de campaña y se convierta en milagro cotidiano.

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