Escándalos y Supersticiones
Por Glberto García Mercado
Hay algo profundamente humano en descubrir que los grandes escritores también fueron pequeños terremotos domésticos. Detrás de las frases perfectas, de las bibliotecas solemnes y de los premios relucientes, había hombres con rabias diminutas, supersticiones absurdas y amores tan torcidos como un paraguas olvidado bajo la lluvia. Quizás por eso seguimos hablando de ellos: porque escribieron obras inmortales mientras peleaban con vecinos, perseguían fantasmas o se hundían en miserias muy terrenales.
El puñetazo de García Márquez
A Gabriel García Márquez le gustaba el vallenato, las flores amarillas y el silencio disciplinado de la madrugada. Pero también cargaba tempestades. La más famosa ocurrió en México, cuando le propinó un puñetazo a Mario Vargas Llosa. El peruano terminó con un ojo morado y una amistad hecha trizas. Nadie sabe exactamente qué pasó. Algunos juran que hubo diferencias políticas; otros susurran que todo nació por un asunto sentimental relacionado con Patricia, la esposa de Vargas Llosa. Lo cierto es que ambos guardaron silencio durante años, como dos viejos pistoleros literarios incapaces de olvidar una bala.
García Márquez, mientras tanto, escribía rodeado de rituales. Se decía que no podía trabajar sin una rosa amarilla cerca. También que evitaba comenzar proyectos ciertos días porque temía la mala suerte. Resulta curioso imaginar al creador de Macondo, ese dios tropical de la imaginación, detenido frente a una flor como un hombre cualquiera consultando el horóscopo del periódico.
Borges y el miedo al amor
Jorge Luis Borges parecía hecho de humo y biblioteca. Hablaba como si cada palabra hubiera sido elegida siglos antes. Sin embargo, el gran laberintista tenía un drama bastante humano: el amor le aterraba. Se enamoró varias veces y casi siempre salió derrotado. Su madre, Leonor Acevedo, ejercía sobre él una vigilancia feroz, casi novelesca. Algunos amigos insinuaban que Borges nunca aprendió del todo a vivir sin ella.
Hubo mujeres que lo rechazaron con una crueldad silenciosa. Una de ellas, Estela Canto, contó que Borges podía hablar durante horas sobre eternidades y tigres, pero tartamudeaba frente a un beso. El hombre que construyó universos infinitos parecía perderse al entrar en el territorio sencillo y brutal de los sentimientos.
También corría el rumor de que Borges detestaba los espejos porque le producían angustia. Él mismo alimentó la leyenda en entrevistas y cuentos. Tal vez era una pose literaria. O quizás, en el fondo, sospechaba que el reflejo devuelve una verdad insoportable: incluso los genios envejecen.
Cortázar, gatos y desorden
Julio Cortázar tenía aspecto de profesor distraído que olvidaría el paraguas en un café parisino. Y algo de eso había. Amaba los gatos con una devoción casi religiosa. Podía detener una conversación importante para acariciar uno. También fumaba demasiado, bebía café como quien alimenta un motor secreto y escribía de noche, rodeado de papeles que parecían sobrevivientes de una explosión.
Se decía que podía pasar días enteros encerrado corrigiendo una sola página, obsesionado con el ritmo de una frase. Esa manía desesperaba a sus editores. Cortázar perseguía la música perfecta de las palabras como un saxofonista borracho persigue una nota imposible.
Pero también existieron rumores más sombríos. Algunos lo acusaron de abandonar amistades por razones políticas; otros insinuaban romances discretos, secretos guardados en hoteles europeos y cartas destruidas antes del amanecer. Nada terminó de comprobarse. Como ocurre con ciertos personajes literarios, la realidad alrededor de Cortázar siempre pareció escrita con tinta borrosa.
Y quizás allí está el hilo invisible que une a todos estos gigantes: no fueron santos ni sabios permanentes. Fueron hombres atravesados por la vanidad, el miedo, los celos y la superstición. Algunos rumores eran ciertos; otros crecieron como maleza alrededor de sus nombres. Pero todos dejaron algo parecido a una cicatriz luminosa: la prueba de que la literatura también nace del caos, de las derrotas privadas y de esos escándalos pequeños o enormes que convierten a un escritor en leyenda.
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