Dormía de Día y Escribía
Poseído por las Noches
Por Gilberto García Mercado
¿Usted sabía que Honoré de Balzac podía pasar días enteros encerrado, vestido con una túnica blanca de monje, escribiendo bajo la luz vacilante de las velas, mientras consumía cantidades absurdas de café… hasta el punto de sufrir palpitaciones y delirios?Dicen que dormía apenas unas horas. Se acostaba al atardecer como si huyera del mundo, y despertaba cerca de la medianoche para iniciar otra batalla contra el papel. Mientras París dormía entre carruajes húmedos y calles cubiertas de niebla, Balzac comenzaba a escribir como un condenado.Pero aquí viene lo extraño.No escribía como un hombre tranquilo. Escribía como alguien perseguido.Se levantaba sobresaltado. Caminaba de un lado a otro. Corregía una misma página hasta quince veces. Los impresores lo odiaban porque cambiaba párrafos completos cuando el libro ya estaba en máquinas. A veces, sus manuscritos parecían campos de batalla cubiertos de tachones furiosos.Y el café…Ah, el café.No una taza cualquiera. Se habla de cincuenta tazas al día. Algunos amigos aseguraban que masticaba granos secos cuando el cansancio comenzaba a vencerlo. Él mismo decía que el café “ponía en movimiento las ideas como batallones de un gran ejército”.Sin embargo, quienes lo conocieron de cerca contaban algo más inquietante: en ciertas madrugadas hablaba solo. Murmuraba frases enteras. Discutía con personajes inexistentes. Como si las criaturas de sus novelas hubiesen comenzado a invadir la habitación.Tal vez por eso sus historias parecían respirar.Tal vez por eso sus personajes tenían el cansancio y la fiebre de alguien real.Y quizá también por eso murió relativamente joven: agotado por el exceso, las deudas, las noches interminables y aquella obsesión salvaje de escribir hasta consumir el cuerpo.Algunos escritores buscan inspiración.Balzac, en cambio, parecía estar huyendo de algo invisible.

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