En la mañana del 9 de abril de 1948, Bogotá parecía una ciudad suspendida entre la neblina y el presentimiento. Las campanas sonaban con esa solemnidad de misa antigua, los tranvías chirriaban sobre los rieles húmedos y un viento frío descendía desde los cerros como si alguien hubiera abierto una puerta invisible hacia la desgracia. Dicen que aquel viernes el cielo amaneció ceniciento, con un sol enfermo que apenas lograba atravesar las nubes. Hasta los vendedores de tinto hablaban en voz baja. La ciudad, sin saberlo, estaba afinando el violín de su tragedia.
Y en medio de aquel clima de víspera fatal caminaba Jorge Eliécer Gaitán, el hombre que hablaba como si tuviera un incendio en la garganta.
Había nacido en un hogar humilde del barrio Las Cruces, en Bogotá, aunque algunos historiadores discuten si vino al mundo en Cucunubá. Lo cierto es que no nació entre candelabros ni apellidos de alcurnia. Su infancia tuvo más necesidades que comodidades. Su madre, maestra de ideas liberales, le inculcó el amor por los libros; su padre, librero de espíritu errante, le enseñó que el país cabía entero dentro de una conversación apasionada. El muchacho creció entre páginas usadas, discusiones políticas y el rumor de una nación desigual.
Desde joven descubrió que las palabras podían ser un látigo y una caricia. Estudió Derecho en la Universidad Nacional de Colombia y luego viajó a Roma, donde se doctoró mientras caminaba entre plazas antiguas y columnas imperiales. Regresó convertido en un orador formidable. Cuando hablaba, las plazas parecían inclinarse hacia él. No pronunciaba discursos: desataba tempestades. El pueblo lo seguía porque sentía que, por primera vez, alguien hablaba con el idioma de los descalzos.
Había denunciado la masacre de las bananeras, combatido la oligarquía liberal y conservadora, y levantado una bandera popular que aterraba a las élites. Su ideología era una mezcla de nacionalismo social, liberalismo popular y fervor reformista. Para unos era esperanza; para otros, una amenaza con zapatos lustrados.
Aquel 9 de abril desayunó temprano. Revisó documentos, recibió visitantes y caminó hacia su oficina ubicada en la carrera Séptima. Algunos recuerdan que estaba particularmente alegre; otros, que parecía distraído. Nunca creyó demasiado en agüeros, aunque le fascinaban los símbolos históricos y las rarezas humanas. Era lector voraz, amante de los debates interminables y de las noches donde la política se mezclaba con café y cigarrillos.
El país hervía. El gobierno conservador de Mariano Ospina Pérez enfrentaba una nación partida por el odio partidista. En Bogotá se realizaba la Conferencia Panamericana y el continente entero tenía los ojos puestos sobre Colombia. Mientras diplomáticos brindaban en salones elegantes, en las calles crecía la rabia de un pueblo cansado de la desigualdad.
Y entonces ocurrió.
A la 1:05 de la tarde, frente al edificio Agustín Nieto, sonaron los disparos.
Tres detonaciones secas.
Tres relámpagos diminutos que cambiaron la historia de Colombia.
Gaitán cayó sobre el andén como cae un árbol inmenso en mitad de la selva. La multitud enmudeció un segundo, apenas uno, antes de convertirse en un animal furioso. El presunto asesino, Juan Roa Sierra, huyó desesperado y terminó refugiado en una droguería. Allí fue capturado y linchado por la multitud. Su cadáver, arrastrado por las calles, parecía la prolongación grotesca del caos.
Pero desde entonces Colombia nunca dejó de preguntarse si Roa Sierra actuó solo.
Las teorías florecieron como maleza: conspiraciones políticas, intereses extranjeros, enemigos internos, sombras del poder. Algunos señalaron a sectores conservadores; otros insinuaron la participación de agencias internacionales. La verdad quedó atrapada entre expedientes polvorientos y rumores de café.
La ciudad ardió.
Tranvías incendiados, vitrinas hechas añicos, iglesias saqueadas, disparos desde las azoteas. El Bogotazo no fue solamente una revuelta: fue el instante exacto en que Colombia se partió en dos mitades irreconciliables. De aquellas cenizas nació el largo período conocido como La Violencia. El país comenzó a mirarse con odio en los espejos.
El entierro del caudillo fue un río humano. Mujeres vestidas de negro lloraban como si hubieran perdido a un hijo; hombres endurecidos por la guerra se quitaban el sombrero en silencio. Bogotá olía a flores marchitas y pólvora mojada. Desde entonces, Gaitán dejó de ser un político para convertirse en un fantasma nacional.
Si hubiera vivido, hoy tendría 127 años.
Quizá habría llegado a la presidencia. Quizá Colombia habría tomado otro rumbo. O quizá este país, experto en devorar sus esperanzas, habría encontrado otra manera de despedazarlo.
Sin embargo, su voz todavía resuena.
En las plazas.
En los estudiantes.
En los discursos encendidos.
En cada colombiano que siente que la historia le debe una oportunidad.
Porque hay hombres que mueren.
Y hay otros —como Gaitán— que continúan caminando bajo la lluvia de Bogotá, eternamente heridos, eternamente vivos.
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