miércoles, 27 de mayo de 2026

Cuento de la Semana

 

La Tristeza


Por Antón Chéjov

 


El crepúsculo de la tarde. Una nieve húmeda y espesa cae lentamente, girando alrededor de los faroles recién encendidos, y deposita sobre los techos, sobre los hombros de los transeúntes y sobre los caballos una capa blanda y fina.

El cochero Iona Potápov está completamente blanco, como un fantasma. Permanece inmóvil sobre el pescante, encorvado cuanto puede encorvarse un cuerpo humano. Si sobre él cayera un montón entero de nieve, ni siquiera entonces parecería dispuesto a sacudirse.

Su caballo también está blanco e inmóvil. Por su quietud, por las líneas rectas de su cuerpo y por la delgadez de sus patas, parece uno de esos caballitos de azúcar que se venden en las ferias.

Iona y su caballo llevan mucho tiempo esperando pasajeros.

—¡Cochero! ¡Al barrio Viborg! —grita de pronto una voz militar.

Iona se estremece y, a través de sus pestañas cubiertas de nieve, distingue a un oficial envuelto en un capote.

—¿Duermes, viejo? ¡Al barrio Viborg! —repite el militar.

Iona tira de las riendas. Grandes copos caen de la espalda del caballo y de los hombros del cochero.

El oficial se acomoda en el trineo y el caballo arranca lentamente.

Apenas avanzan unos metros, los peatones comienzan a gritarles:

—¡Por la derecha! —¡No ves por dónde vas! —¡Animal!

Iona vuelve la cabeza hacia el pasajero y mueve los labios. Quiere decir algo, pero de su garganta no sale más que un sonido ronco.

—¿Qué dices? —pregunta el militar.

Iona sonríe débilmente.

—Mi hijo... señor... murió esta semana.

—¿Ah, sí? ¿Y de qué murió?

Iona gira medio cuerpo hacia él.

—Quién sabe... fiebre quizá. Estuvo tres días en el hospital y murió.

El militar guarda silencio y vuelve a envolverse en su capote.

—¡Más rápido! —grita poco después.

El cochero azuza al caballo, pero el ruido de la ciudad ahoga cualquier deseo de seguir hablando.

Llegan al destino.

El oficial baja, paga y desaparece entre la multitud.

Iona permanece unos instantes inmóvil, mirando a la gente pasar. Otra vez está solo.

La tristeza vuelve a apoderarse de él.

Pasa una hora.

Tres jóvenes aparecen tambaleándose sobre la nieve.

—¡Eh, cochero! ¡Al puente de la policía! ¡Los tres por veinte kopeks!

Iona recoge las riendas.

Los muchachos discuten, ríen y se insultan amistosamente mientras suben al trineo.

—¡Vamos, viejo! ¡Muévete!

El caballo echa a andar.

—¡Qué nuca más ridícula tiene este cochero! —dice uno de los jóvenes.

Los otros ríen.

Iona vuelve a sonreír débilmente.

—Mi hijo murió esta semana...

—Todos nos moriremos —responde uno con fastidio.

Y siguen hablando de mujeres y de diversiones.

Iona intenta nuevamente intervenir.

—Era un buen muchacho... ahora estoy solo.

Pero nadie lo escucha.

Los jóvenes llegan a su destino y bajan entre risas.

Iona permanece mirando cómo desaparecen.

Otra vez el silencio.

Otra vez la nieve.

Otra vez la soledad.

El cochero siente crecer dentro de sí una tristeza inmensa. Si su pecho se abriera y toda aquella pena saliera al exterior, parecería capaz de inundar el mundo entero.

Mira a las personas que pasan apresuradas.

Miles de hombres.

Y ni uno solo dispuesto a escucharlo.

Más tarde, Iona se acerca a un portero.

—Hermano, ¿qué hora es?

—Las diez.

Iona duda un instante.

—Mi hijo murió esta semana...

—Bueno, bueno... no estorbes aquí.

El portero se aleja.

Iona suspira.

Decide regresar al establo.

Allí otros cocheros ya duermen profundamente. El aire está cargado de humedad y olor a caballo.

Iona busca a alguien con quien hablar, pero todos roncan.

Entonces se acerca lentamente a su caballo.

El animal mastica heno tranquilamente.

Iona le acaricia el cuello.

—Así es, hermano... murió mi hijo.

El caballo sopla suavemente.

—Ya no está. Me dejó solo. Si tú tuvieras un potrillo y el potrillo muriera... también sufrirías, ¿verdad?

El caballo continúa comiendo.

Iona, poco a poco, comienza a contarlo todo.

Cómo enfermó el muchacho. Cómo lo llevaron al hospital. Cómo murió. Cómo quedó él solo en el mundo.

Y mientras habla, el caballo respira lentamente sobre las manos de su amo, como si comprendiera aquella tristeza infinita.

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