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domingo, 5 de abril de 2026

De Lo Intocable

Entre el Microscopio y la Eternidad


Por Gilberto García Mercado 



El hombre, criatura de barro y asombro, ha pasado la historia estirando sus manos hacia lo posible y también hacia lo imposible, como un niño que quiere atrapar el sol sin entender que se quema. Desde que encendió el primer fuego hasta que hizo parpadear el mundo dentro de una pantalla, ha cruzado fronteras que antes parecían reservadas a los dioses. Cura enfermedades, prolonga la vida, funda familias, edifica ciudades, educa generaciones y convierte el silencio en datos que viajan a la velocidad de la luz. Ha rozado la cura del cáncer y del VIH, ha multiplicado su voz en el internet y, con un pulso temerario, ha fabricado armas capaces de borrar la historia en un suspiro.

Pero hay límites, líneas invisibles que no ceden ante bisturí, algoritmo ni ambición. El hombre no puede concederse la vida eterna, no puede detener el reloj sin romperlo, no puede asomarse con certeza al otro lado de la muerte y regresar con pruebas en la mano como quien vuelve del mercado. Tampoco puede, aunque lo intente con orgullo de torre antigua, superar el poder de Dios. Esa frontera no es científica, es ontológica, dirían los sabios, o más sencillo, es la diferencia entre el creador y la criatura.

Desde los albores de la historia, el ser humano ha querido saber más de lo que le corresponde, no por maldad sino por esa mezcla deliciosa de curiosidad y soberbia. Ahí aparece la psicología, con figuras como Sigmund Freud, quien escarbó en los sueños y en los abismos del inconsciente intentando descifrar al hombre desde dentro. Freud no buscaba a Dios, pero terminó rodeando el misterio de la mente, ese teatro donde lo divino y lo oscuro se dan la mano sin pedir permiso. Y aunque avanzamos, seguimos sin comprender del todo quién sueña dentro de nosotros.

La historia también ha conocido científicos brillantes que negaron la existencia de lo divino hasta su último aliento. Stephen Hawking habló de un universo que podía explicarse sin Dios, mientras que Richard Dawkins ha defendido el ateísmo con la precisión de un bisturí intelectual. Y sin embargo, incluso en sus certezas, hay una grieta humana, porque negar a Dios no es demostrar su ausencia, es simplemente declarar que no se le ha encontrado en los instrumentos disponibles. Como quien busca el amor con microscopio y concluye que no existe porque no lo vio.

Ahora bien, hay fenómenos que escapan al manual. La oración, por ejemplo. ¿Cómo explicar que millones de personas, en distintos rincones del mundo, doblen las rodillas y encuentren consuelo, fuerza, incluso respuestas? La teoría humana más cercana es que la fe reorganiza el espíritu, que al creer se alinean pensamientos, emociones y voluntad, y entonces el hombre actúa con una potencia distinta. No mueve montañas de roca, pero sí montañas internas, que a veces son más pesadas.

Los escritores, esos seres sospechosos, viven en otra frontera. No están locos, aunque conversen con sombras y escuchen voces que nadie más oye. Escriben, quizás, para no volverse locos, para ordenar el caos, para domesticar la tormenta interior. Cada palabra es una cuerda lanzada al abismo. Algunos regresan con historias, otros con cicatrices, pero todos confirman que la imaginación es un territorio que roza lo sagrado.

¿Y qué decir de la telepatía, la premonición, los milagros? La ciencia duda, mide, desconfía. La fe afirma, acepta, se entrega. Entre ambas hay un puente frágil donde habitan los testimonios de hombres y mujeres que aseguran haber sanado con la imposición de manos, como si la luz pudiera transmitirse de cuerpo a cuerpo. ¿Es sugestión, energía, intervención divina? Nadie lo sabe con certeza, y ahí reside su encanto.

A Dios no lo vemos, dicen, porque verlo implicaría reducirlo a objeto, y lo infinito no cabe en la retina. El alma, por su parte, es ese rumor que nos habita, esa sensación de ser más que carne. Convivimos con ella sin manual, como quien comparte casa con un huésped invisible que a veces susurra y otras guarda silencio.

Así, el hombre avanza, conquista, inventa, pero también se detiene, duda y reza. Porque hay fronteras que puede cruzar con su ingenio, y otras que, por más que insista, siguen custodiadas por el misterio. Y tal vez ahí, justo ahí, en ese límite que no cede, es donde comienza lo verdaderamente eterno.

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