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viernes, 27 de febrero de 2026

Séniles y Sabios


LA ESQUINA DE LOS VIEJOS
(Consejos que no vienen en Google)

 

Por Gilberto García Mercado

  


Hay un lugar que no aparece en los mapas ni en las aplicaciones de tránsito, pero que sigue existiendo con admirable terquedad: la esquina de los viejos. No tiene nombre oficial ni placa, pero basta con que el sol empiece a bajar para que aparezcan las sillas, los bastones y las voces curtidas por el tiempo. Desde allí, la generación pasada observa el mundo moderno con una mezcla de ironía, paciencia y una sabiduría que no presume diplomas.

En esa esquina no se dan órdenes. Se dan consejos, como quien ofrece un caramelo antiguo: sin envoltura, pero efectivo.

Sobre el cuerpo, los viejos son claros: muévalo, pero no lo castigue. El cuerpo —dicen— no es de hule, pero tampoco de cristal. Caminar hasta la tienda, barrer el patio, subir escaleras renegando… todo cuenta como ejercicio, siempre que uno llegue sudado pero vivo.

Desconfían de las dietas milagrosas y de los productos que prometen juventud eterna. “Si algo promete demasiado, es porque miente”, sentencia uno mientras se toma un café cargado, prohibido por todos los médicos modernos. Comer bien, según la esquina, es comer de todo, pero poco; y repetir solo cuando el corazón esté contento, no el ego.

Dormir es sagrado. Dormir de noche cuando se puede, dormir siesta cuando el cuerpo lo pide. “El sueño es el médico que no cobra consulta”, repiten, mientras cabecean en la silla.

Y una advertencia seria: no ignore los dolores. El cuerpo avisa primero en voz baja; si no se le escucha, grita.

Sobre la mente, en la esquina no se habla de ansiedad, pero se la conoce bien. Antes se llamaba “nervios” o “preocupaciones” y se combatía con conversación, silencio o una risa bien puesta.

El consejo mental más repetido es simple: no piense tanto. Pensar es bueno; rumiar, no. “Si no tiene solución, ¿para qué se preocupa? Y si la tiene, ¿para qué también?”, dice uno, convencido de haber descubierto el equilibrio universal.

Hablar es fundamental. Guardarse todo es una mala costumbre que termina enfermando. Los viejos creen que una charla larga cura más que muchas pastillas, sobre todo si incluye café, pan o recuerdos exagerados.

También recomiendan reírse de uno mismo. El que se toma demasiado en serio envejece mal. La risa afloja la cabeza y endereza el ánimo.

Y algo que hoy parece revolucionario: no compararse. Cada quien vive a su ritmo, con su propio reloj. Compararse es una forma elegante de arruinarse el día.

Sobre el espíritu, la esquina baja la voz, pero no se pone solemne. No siempre se habla de religión, pero sí de algo más grande que uno mismo. Los viejos creen en agradecer: el día, el pan, la conversación, el simple hecho de despertar. La gratitud, dicen, mantiene el alma en funcionamiento.

Perdonar es otro acto de higiene espiritual. No porque el otro lo merezca, sino porque el rencor pesa demasiado. Cargar odio es como andar con una maleta llena de piedras que nadie pidió.

También creen en los rituales simples: prender una vela, rezar a su manera, escuchar música antigua, visitar a los muertos con flores o con memoria. Todo eso sostiene el espíritu cuando el mundo aprieta.

Y hay un consejo que repiten como si fuera ley: no perder la capacidad de asombro. El que se asombra, vive; el que se acostumbra a todo, se apaga.

Cuando la tarde cae y la esquina se vacía, siempre queda flotando un último consejo, dicho con media sonrisa:

“No corra tanto. La vida no se va a escapar… y si se escapa, tampoco iba a esperarlo.”

Los viejos saben algo que el mundo moderno suele olvidar: vivir no es llegar primero, sino llegar entero. Con el cuerpo usado, la mente liviana y el espíritu en paz.

La esquina de los viejos sigue ahí, esperando a que alguien se detenga un momento, se siente… y escuche.

Gilberto García M. Editor

 

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