ARDE BOSTON
Por Gilberto García Mercado
El hombre despertó a las seis de la mañana.Miró el reloj de pared con fastidio, como si pudiera convencerlo de avanzar tres horas de un salto.
—Las seis en punto… Mejor hubiera despertado a las nueve.
Hasta que doña Helena se levantara y preparara el desayuno, el tiempo sería una condena. El barrio seguía dormido. Boston amanecía con un cielo tan limpio que parecía mediodía, pero apenas clareaba.
Pablo salió al patio. El hambre comenzaba a morderle el estómago.
—No debo pensar en el hambre —murmuró—. Si uno es indiferente, el hambre se va.Mentía.
La puerta de la calle estaba asegurada con rejas de hierro y dos candados gruesos. Desde que los pandilleros comenzaron a irrumpir en las casas, el barrio adoptó aquella costumbre: atrincherarse. Boston aprendió a cerrarse por miedo. Pero hay cosas que ninguna reja detiene.
Y te arrojarán al mar de las amarguras.Te ahogarás antes de que mamá despierte.
“Ven a desayunar, hijo”, dirá, como si el mundo fuera un sitio limpio.
¿Recuerdas a los Gómez? ¿El dinero que les robaste? ¿Recuerdas la sangre en el callejón de la señora Mayo?
Las condenas fueron irrisorias. Siempre aparecía alguien que te defendía. Siempre mamá vendía algo. El pequeño patrimonio familiar se deshacía en abogados y fianzas.
—La vida es así —decías—. Si no, no sería mundo.
Pero el mundo no olvida.Yo era el hermano mayor.El que se encerraba en el cuarto a escribir mientras tú regresabas drogado, creyéndote invencible.
Compraba libros usados en el Centro. Regateaba por un García Márquez o un Cortázar como si en esas páginas estuviera la clave de la salvación.Tú incendiabas noches.Yo incendiaba papeles.
Nadie respetaba lo que hacía. Mis manuscritos servían para secarse el sudor. A veces pensé que mi encierro también fue una forma de cobardía.¿Debí detenerte?¿Debí vigilar el mar embravecido en el que tu nave naufragaba?Treinta años pueden comprimirse en una hora.Te veo niño, bajando del viejo Chevrolet, agarrado de la mano de mamá. Te veo adulto, pateando puertas, regresando con dinero sucio y una sonrisa insolente.Te creías un superhéroe. El rey de Boston.Pero Boston también arde por dentro.
El calor comenzó como un rumor.Un leve chasquido eléctrico en el techo. Una corriente que se cruzó donde no debía.Pablo sintió que el aire se espesaba. Se quitó la camisa. Luego la franelilla.La casa parecía respirar fuego.
—Mamá despertará pronto —se dijo.
Siempre despertaba a las nueve. Siempre pronunciaba la misma frase, como una absolución:“Ven a desayunar, Pablo.”Esa frase borraba la noche.Borraba las víctimas.Borraba la culpa.Pero hoy el tiempo no retrocede.
Yo también envejecí esperando.Esperando que alguien llamara para publicar mis cuentos. Esperando que mi nombre apareciera en letras doradas en una librería importante. Esperando que Marcela regresara.Mi padre murió preguntándome si quería morirme de hambre siendo escritor.Tú elegiste el crimen.Yo elegí la espera.Ambos ardimos.
El fuego descendió por el cableado como una sentencia.Primero humo.Después una llamarada en la sala.Las rejas que protegían se volvieron trampa.Pablo intentó levantarse de la poltrona. El calor lo envolvía como una manta de castigo. Los candados seguían puestos. La llave estaba en el cuarto de mamá.El humo bajó rápido.Por primera vez, sintió miedo sin soberbia.“Pero si tengo la puerta cerrada, nadie entrará”, pensó.No era alguien quien venía por él.Era el destino.
Yo desperté con el olor a quemado.Salí del cuarto tosiendo. La casa ya era un horno.Escuché un golpe. Luego otro.Pablo forcejeaba con la puerta.—¡David! —gritó.Nunca me llamaba cuando regresaba de madrugada. Nunca me llamaba cuando golpeaba puertas ajenas. Nunca me llamaba cuando acuchillaba sombras.Ahora gritaba.Intenté avanzar hacia la sala, pero el fuego me obligó a retroceder. El techo crujía. Las cortinas eran lenguas encendidas.Mamá salió de su cuarto desorientada.—Voy a preparar tortas para Pablo…La frase quedó suspendida en el humo.
Boston ardía.Las sirenas tardaron.Los vecinos gritaban detrás de sus propias rejas.Las casas, tan protegidas, eran jaulas ardientes.Desde la calle vi cómo el humo devoraba las ventanas.Pensé en los Gómez.Pensé en la sangre que alguna vez corrió por la esquina.Pensé en mi silencio.
Cuando lograron abrir la puerta principal, ya era tarde.Sacaron primero a mamá.Después a Pablo.El cuerpo ennegrecido, los ojos abiertos como si todavía intentara comprender.No hubo júbilo en el barrio.Nadie celebró.Solo un silencio pesado.
Días después, regresé a lo que quedó de la casa.Entre cenizas encontré restos de mis cuadernos chamuscados. Palabras incompletas. Frases a medio escribir.Treinta años encerrado esperando reconocimiento.Treinta años escribiendo sobre tu violencia.Treinta años sin vivir.Marcela apareció bajo la lluvia el día del entierro. Me habló de un artículo mío publicado tiempo atrás. Sonrió con una tristeza antigua.
—No te olvides de vivir, David —me dijo.No supe qué responder.
Comprendí entonces que uno también puede incendiar su vida sin prender fuego.Tú ardías por exceso.Yo ardía por omisión.Boston fue solo el escenario.La verdadera combustión empezó mucho antes: el día en que bajaste del viejo Chevrolet y aceptaste aquel cigarrillo, el día en que yo cerré mi puerta para escribir en vez de salir a buscarte.
Hoy despierto a las seis.Ya no espero el desayuno.El reloj avanza.El barrio reconstruye sus rejas.Pero cada amanecer recuerdo el calor, el humo, tu grito llamándome.Y entiendo que el fuego no fue castigo ni accidente.Fue la suma.La suma de tus crímenes.La suma de mi silencio.La suma del amor ciego de mamá.Boston ardió una sola noche.Nosotros llevábamos ardiendo toda la vida.


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