NOS MIRAN DESDE LA LUZ
(Y SE RÍEN BAJITO)
Por Gilberto García Mercado
Mucho antes de que la palabra “ovni” sonara a sigla burocrática o a expediente desclasificado, la humanidad ya levantaba la vista con sospecha. En las cavernas no hay platillos voladores dibujados con matrícula interestelar —que sepamos—, pero sí hay cielos pintados con reverencia y temor. Los antiguos sumerios hablaban de los Anunnaki; los romanos describieron en sus crónicas “escudos ardientes” cruzando el firmamento; en el año 1561, en Núremberg, se registró una supuesta batalla aérea de objetos luminosos que dejó a más de uno con el desayuno a medio digerir. El cielo siempre ha sido escenario y enigma. Y el ser humano, testigo predispuesto.
En la literatura, los extraterrestres aparecieron mucho antes de que la ciencia tuviera telescopios respetables. En el siglo II, Luciano de Samosata escribió Historia verdadera, donde narraba viajes a la Luna y guerras interplanetarias con una ironía tan fina que aún hoy parece moderna. Más tarde, en el siglo XVII, Johannes Kepler imaginó en su Somnium criaturas lunares que sobrevivían a cambios extremos de temperatura. El siglo XIX ya no se anduvo con metáforas: H. G. Wells publicó La guerra de los mundos y nos puso a correr despavoridos ante marcianos poco diplomáticos. Y en el XX, H. P. Lovecraft nos sugirió que lo verdaderamente terrible no era que vinieran de lejos, sino que siempre hubieran estado aquí, agazapados en dimensiones que apenas rozamos con la imaginación.
Pero el término moderno —OVNI, objeto volador no identificado— tomó vuelo tras un incidente célebre en 1947, cuando el piloto Kenneth Arnold describió objetos “como platillos saltando sobre el agua” en el cielo de Washington. Poco después, el famoso caso de Roswell convirtió al desierto en un teatro de sospechas: ¿globo meteorológico o nave caída con tripulantes poco conversadores? Desde entonces, la cultura popular decidió que el universo tenía visitantes y que, además, preferían aterrizar en zonas áridas y discretas.
Ahora bien, si aceptamos —aunque sea por un instante literario— que estos seres existen, surge la hipótesis que más me seduce: que no viajan en naves, sino en estados de desmaterialización. No se desplazan como nosotros, atravesando distancias con combustible y paciencia, sino convirtiéndose en pura información luminosa. Seres que vibran en frecuencias invisibles, que se pliegan sobre el espacio-tiempo como quien dobla una servilleta. Viajarían a la velocidad de la luz no como quien pisa el acelerador, sino como quien regresa a su estado natural. Y si la luz no envejece, ellos tampoco. Inmortales no por capricho biológico, sino porque no están hechos de carne sino de energía consciente.
Imaginemos tres escenas.
La primera: un campesino colombiano, de esos que madrugan antes que el gallo, ve una esfera suspendida sobre el maizal. No emite ruido, no quema, no deja huellas. Solo observa. El hombre siente una paz extraña, como si alguien hubiera apagado el volumen del mundo. La esfera palpita y desaparece, no alejándose, sino diluyéndose. A la mañana siguiente, el maíz está intacto, pero él ya no mira el cielo con ingenuidad. Sabe que fue contemplado.
La segunda: una niña en Tokio despierta en mitad de la noche. Una figura translúcida, casi humana, está junto a su cama. No tiene ojos, pero ella siente que la mira con infinita curiosidad, como quien observa una obra en progreso. La figura se inclina, toca su frente con una luz tenue y se esfuma. La niña crecerá obsesionada con la física cuántica. ¿Sugestión? ¿Sueño? ¿Semilla sembrada?
La tercera: un piloto comercial cruza el Atlántico. En los radares aparece un eco imposible, una presencia que viaja a velocidades absurdas, que se detiene en seco y luego desaparece. Años después, ya jubilado, confesará que aquella noche no sintió miedo, sino la incómoda certeza de que la humanidad es apenas una nota al pie en un libro cósmico.
Documentación hay, y en abundancia. Desde el antiguo Proyecto Blue Book hasta informes más recientes del Departamento de Defensa de los Estados Unidos, el fenómeno ha sido estudiado con mezcla de escepticismo y fascinación. En 2020, el Pentágono reconoció la existencia de programas dedicados al análisis de fenómenos aéreos no identificados, y en 2022 se formalizó la oficina conocida como All-domain Anomaly Resolution Office (AARO), destinada a investigar incidentes extraños en cielo, mar y espacio. Antes, el debate público se agitó con revelaciones sobre el Advanced Aerospace Threat Identification Program (AATIP), un programa del Departamento de Defensa que examinó encuentros inexplicables. La palabra “extraterrestre” no aparece en los comunicados oficiales, pero el misterio sí.
Y si su tecnología es superior —cosa probable si nos visitan desde años luz— ¿cómo se desplazarían? Tal vez no crucen el espacio, sino que lo plieguen. La física teórica ya especula con agujeros de gusano y curvaturas extremas del espacio-tiempo. Para una civilización milenaria, nuestras leyes serían apenas sugerencias. Podrían atravesar océanos sin perturbar una ola, observar nuestras ciudades sin activar una cámara de seguridad, coexistir en una capa de realidad que no registran nuestros sentidos.
¿Nos consideran indefensos? Es posible. También es posible que nos contemplen con una mezcla de ternura y desconcierto. Somos una especie que discute en redes sociales mientras intenta descifrar el genoma y enviar sondas a Marte. Somos contradictorios, brillantes y torpes. Tal vez nos vean como un experimento interesante: una civilización en fase adolescente, capaz de poesía y de guerra con la misma facilidad.
¿Son invisibles? No necesariamente invisibles, sino fuera de fase. Como estaciones de radio que no sintonizamos. Cuando, por accidente o curiosidad, coinciden nuestras frecuencias, los vemos: luces en el cielo, sombras en habitaciones, ecos en radares. Luego vuelven a su discreto anonimato.
En cuanto a gobernantes obsesionados con el tema, la historia reciente señala a Jimmy Carter, quien afirmó haber visto un objeto extraño antes de ser presidente y prometió mayor transparencia sobre los expedientes ovni. También Ronald Reagan habló en varias ocasiones sobre la posibilidad de una amenaza extraterrestre que uniría a la humanidad. ¿Convicción personal o retórica estratégica? Difícil saberlo. El misterio, como buen diplomático, no deja actas firmadas.
Y aquí surge la pregunta inevitable: si son tan desarrollados, ¿por qué no nos han colonizado? La respuesta jocosa sería que nos observan como quien mira un documental interesante pero no desea mudarse al hábitat del protagonista. Tal vez nuestra atmósfera les resulte incómoda, o nuestra violencia, aburrida. O quizá su ética cósmica les impida intervenir en civilizaciones en desarrollo, como quien no interrumpe el crecimiento de una planta para ver si florece sola.
Existe otra posibilidad menos halagadora: que nuestro desarrollo tecnológico les importe un bledo. Somos ruido en una galaxia ruidosa. Un planeta más con criaturas que inventaron el café y la bomba atómica. Puede que estén esperando. No para invadir, sino para ver si superamos la prueba básica de la convivencia.
Mientras tanto, seguimos mirando al cielo. Con telescopios, con radares, con imaginación. Y cada tanto, una luz cruza la noche y alguien dice haber visto lo inexplicable. Tal vez sea un fenómeno atmosférico. Tal vez un dron entrometido. O tal vez, solo tal vez, una conciencia antigua que se asoma, nos estudia y sonríe con indulgencia luminosa.
Porque si existen, y si son inmortales, y si viajan desmaterializándose en la velocidad de la luz, quizá lo más inquietante no sea su tecnología, sino su paciencia. Han esperado millones de años. Pueden esperar un poco más.
Y nosotros, mientras tanto, seguiremos escribiendo artículos, firmándolos con solemnidad terrenal, intentando descifrar si en el silencio del cosmos hay alguien que nos lea por encima del hombro y se ría bajito.
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