RECORDAR ES VIVIR
Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes
Todos los días recuerdo que soy egresado del Liceo de Bolívar. Cumplimos sesenta y cuatro años de haber recibido el diploma de bachiller. En aquel amplio edificio del Cuartel del Fijo escuchábamos la campana, trinizada por la delgada mano del «Pimie».
Así se iniciaba una clase que podía ser dictada por la rigidez de un químico o por la voz cervantina del querido «Viejo» Orozco, con quien nos gozábamos escuchando las anécdotas de su vida juvenil. Aunque fue estudiante de Derecho, profesión que nunca ejerció, como él mismo lo decía: «He nacido para la guerra y para batirme como buen valiente». En el Liceo de Bolívar se vivía una existencia colmada de anécdotas, muchas de ellas narradas por el profesor Lisandro Romero Aguirre, quien hacía alarde de su porte de gran galán, encarnando al hombre de «la ciencia y la pinta».
En mil novecientos sesenta y dos egresamos del Liceo dos estudiantes que vivíamos en Chambacú, ambos en la calle de la Esperanza y vecinos de la abuela de Manuel Zapata Olivella, Ángela Vásquez.
Siento gran satisfacción al recordar que estudié en el Liceo de Bolívar solo por haberme topado en sus aulas con el «compañero» Pinedón.
Estudiar en el Liceo de Bolívar fue la gran oportunidad intelectual de mi vida. Allí me encontré con compañeros que siempre recuerdo.
Cuando egresé del Liceo pensé en imitar a uno de mis maestros, egresado de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, en Tunja.
Uno anhela una cosa, pero el destino designa otra. Pensaba presentarme en la Universidad de Antioquia; éramos diez compañeros los que íbamos para Medellín, pero resultó que fui el único que, en el último momento, cambió de planes y partió hacia Tunja. En esa noble ciudad me hice licenciado para, posteriormente, poder ingresar como docente al Liceo de Bolívar. En esa institución me convertí en maestro, y hoy me siento satisfecho y feliz porque allí pude enseñar a muchos jóvenes.
Gracias a Dios.
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