JOSELITO NO FUE EL ÚNICO QUE MURIÓ
Por Juan Vicente Gutiérrez Magallanes
Aquí, en Colombia, parece difícil conservar la alegría sin que la empañe un hecho lamentable. Así lo demuestran los acontecimientos ocurridos en la ciudad de Barranquilla, donde, durante la celebración del Carnaval, fiesta popular considerada Patrimonio Nacional, se registraron más de diez homicidios.
Estos hechos me llevan a reflexionar sobre la carencia de seguridad y la desprotección del ciudadano, pues parece casi imposible llevar a cabo un magno evento, como lo son los carnavales, sin que la violencia irrumpa y lo ensombrezca.
Colombia debe guardar luto durante un tiempo prudente, en el que se promuevan congresos y estudios que giren en torno a la seguridad de los colombianos. Se hace necesario solicitar a los gobernantes argentinos los mecanismos y estrategias que ellos emplean para mantener una nación más segura. Argentina está considerada como una de las naciones más seguras de Latinoamérica.
Es urgente que Colombia sea sometida a un análisis riguroso y concienzudo en materia de seguridad.
Argentina, situada en América del Sur, enfrenta necesidades similares a las de Colombia. Sin embargo, aquí cualquier festividad termina derivando en hechos violentos. Un caso que causa estupor y asombro es la celebración del Día de las Madres, que paradójicamente deja como saldo numerosas muertes.
Colombia debería entrar en un periodo de duelo que se prolongue por algunos años, durante el cual las fiestas populares sean restringidas, si no prohibidas, mientras se restablece el orden y la convivencia.
Lo ocurrido en Barranquilla me ha dejado perplejo. Fueron muchos los fallecidos que, irónicamente, acompañaron «La muerte de Joselito».
Es hora de que el pueblo colombiano emprenda un profundo examen de conciencia antes de que terminemos por perder la cordura, esa condición que nos distingue de la irracionalidad y la barbarie.
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