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martes, 24 de febrero de 2026

Hipócrita Anatomía


Bestiario del Poder:
Cuando el hombre se mira al espejo y gruñe

Por Gilberto García Mercado

Comparar al hombre con los animales no es rebajarlo; a veces es describirlo con brutal exactitud. Si el hombre fuera perro, movería la cola ante el amo del poder y mordería la mano del débil. Si fuera águila, volaría alto no para contemplar el paisaje, sino para vigilar desde arriba a quién lanzarse en picada. Y si fuera piraña, nadaría en cardumen, oliendo la sangre del adversario, despedazándolo en nombre de la supervivencia. Lo inquietante es que no somos bestias. Somos seres racionales. Podemos pensar antes de actuar. Podemos frenar el zarpazo. Y, sin embargo, nuestra fisonomía moral —esa arquitectura invisible del deseo— parece inclinarse con sospechosa frecuencia hacia lo incorrecto. Como si el instinto tuviera mejor prensa que la conciencia. 
Desde los albores de la historia, el poder ha sido la fruta prohibida más codiciada. En la Biblia, Caín mata a Abel no solo por celos, sino por la herida narcisista de no ser el elegido. El rey David envía a Urías al frente de batalla para quedarse con Betsabé. Judas vende a su maestro por treinta monedas. La fiebre del poder no es moderna; es tan antigua como el miedo a no ser nadie. Y cuando esa fiebre se mezcla con riqueza, el cóctel resulta embriagante. Lo supo Adolf Hitler, cuya ambición desbordada convirtió a una nación herida en maquinaria de exterminio. El ansia de dominio no le bastó con gobernar; necesitó arrasar. El poder, cuando no encuentra límite moral, se vuelve religión personal. 
Algunos pensadores han estudiado este apetito con lupa clínica. Yuval Noah Harari ha reflexionado sobre cómo las ficciones colectivas —dinero, nación, liderazgo— sostienen estructuras de poder. Hannah Arendt diseccionó la banalidad del mal y mostró que el horror puede administrarse desde un escritorio. Robert Greene publicó manuales descarnados sobre las leyes del poder, casi como si escribiera un tratado zoológico del depredador humano. Y Jordan Peterson ha hablado del orden, el caos y la jerarquía como impulsos inscritos en nuestra biología. No son novelistas del escándalo: son anatomistas del deseo. 
En Colombia, el debate se vuelve cercano y punzante. El caso de Álvaro Uribe Vélez divide opiniones. Hay quienes creen que, tras haber ocupado la presidencia y gozar de una pensión generosa, debería retirarse a la vida privada. Otros defienden su derecho a seguir participando en política. El hecho es que la ambición pública rara vez se jubila. Algo parecido ocurre con Abelardo de la Espriella, abogado próspero y empresario que ha manifestado aspiraciones presidenciales. ¿Por qué alguien con fortuna asegurada desea todavía el vértigo del poder? ¿Es servicio, vocación, ego, redención? ¿O una mezcla indescifrable de todo? 
Se ha hecho popular la frase de que hay personajes que, aunque gastaran mil millones de pesos diarios hasta su muerte, seguirían siendo ricos. La riqueza, en esos casos, parece eterna. Pero la historia está llena de magnates que lo tuvieron todo y se arruinaron. Bernie Madoff pasó de gurú financiero a símbolo de estafa colosal. Elizabeth Holmes prometió revolucionar la medicina y terminó condenada por fraude. El poder económico, cuando se alimenta de engaño, se convierte en castillo de arena. Otros fueron más lejos: Pablo Escobar amasó una fortuna obscena y bañó de sangre su imperio. La fiebre de riqueza y control no solo arruina reputaciones; arrasa vidas. 
Y están las historias de seducción y ascenso, donde el deseo se disfraza de romance. Eva Perón transformó su cercanía al poder en influencia política real, convirtiéndose en figura central de un proyecto nacional. Imelda Marcos hizo del lujo y la cercanía al poder un símbolo polémico de exceso. En estos relatos, la ambición no siempre es crimen; a veces es estrategia, otras veces vanidad, y en ocasiones, simple supervivencia en un mundo que premia al más audaz. 
Garavito, La Bestia
Entonces, ¿es la riqueza una enfermedad? No necesariamente. El dinero es herramienta. El poder, posibilidad. Lo patológico surge cuando se convierten en identidad. Cuando el hombre deja de ser hombre y se vuelve perro que defiende su hueso, águila que no tolera otra sombra en el cielo o piraña que no distingue entre hambre y codicia. La avaricia no siempre grita; a veces sonríe en campaña, promete redención y habla de servicio mientras calcula beneficios. 
Quizás el problema no sea que tengamos instintos animales, sino que, a diferencia de ellos, sabemos lo que hacemos. Ellos matan por hambre; nosotros, por ideología, por orgullo, por acumulación. Y aun así nos llamamos racionales. Tal vez la verdadera crisis de valores no sea la ausencia de normas, sino la facilidad con que las acomodamos a nuestra conveniencia. 
La pandemia de COVID-19 dejó más de siete millones de muertes confirmadas en el mundo, según cifras oficiales, y millones más en estimaciones indirectas. Fue una tragedia global que expuso fragilidades sanitarias, económicas y morales. Algunos sostienen que fue un hecho aislado; otros, más suspicaces, hablan de nuevos órdenes mundiales y teorías de laboratorio. Entre el miedo y la desinformación, la humanidad volvió a mostrar su doble rostro: solidaridad y oportunismo, ciencia y sospecha. 
G, García, Escritor
Y ahora, cuando el polvo parece asentarse, queda una pregunta suspendida como vuelo de águila sobre el abismo: ¿aprendimos algo o seguimos siendo pirañas con traje y corbata? ¿Fue la pandemia un episodio más de nuestra historia convulsa o el preludio de un reacomodo global diseñado en las sombras? La respuesta, quizá, no esté en los laboratorios ni en los palacios presidenciales, sino en esa decisión íntima y diaria donde cada hombre elige si ladra, devora… o piensa antes de actuar.

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