LA PASAJERA DEL TIEMPO
Por Gilberto García Mercado
A las dos de la tarde todo el pueblo duerme la siesta. Lengüetas de calor brotan del pavimento. Por el bulevar, la figura grotesca de Ángela se pasea de un lado a otro. En el semáforo de la esquina, limpia los parabrisas de los vehículos que esperan mientras la luz parpadea en rojo.
Desde hace algunos años, su sombra se tornó familiar para quienes se arriesgan a caminar por la zona. Algunos dicen que la mujer sufrió una desgracia en la vereda de donde es oriunda y no tuvo de otra: fue una más de los sin techo que, para no morirse de hambre, se dedicó a limpiar los parabrisas de los vehículos que se movilizan por el bulevar. Otros dicen que la ola de violencia que se enseñorea en los territorios acabó con su familia y que ella fue la única que escapó con vida.
Por los tiempos en que se estableció en la zona de maleza, a cinco calles del bulevar, su silueta ágil y grácil contribuyó a ser un bálsamo para los ojos, en un lugar donde destellos de luz clamaban por una esperanza. Yo por entonces frisaba los diez años y pude detenerme, con cierta sutileza y curiosidad, en su fisonomía de mujer.
Era una criatura sorprendentemente bella. Siempre iba ataviada con una blusa amarilla y una falda oscura que le daban una identidad propia.
A los diez años apenas comienzan a explorarse los sentimientos y no pude entender qué pasaba con aquella desterrada que parecía ser un milagro del universo, menos aún con la que habitaba la casucha hecha de cartones y retazos de madera, más allá del bulevar.
—Es hija de don Rigoberto Ramos —le escuché decir a un lugareño que ignoraba su procedencia—. Vive entre seda y glamour.
En las muchas veces en que di con ella, me apartaba a un lado de la acera, solo para que aquella alma de otras latitudes, escoltada por su séquito de sombras invisibles, avanzara confiada y sin ningún tipo de contrariedad por la avenida.
Ahora la mujer retoza despreocupada e indiferente por la acera. Sus cabellos son de plata, pero guardan la lozanía de cuando era joven y bella. Algunas arrugas surcan su cara, reflejando una decrepitud que amenaza con sepultarla. Ella, de roble y guayacán, prosigue con el pulso firme, frotando los parabrisas de los vehículos detenidos por lo rojo del semáforo.
—Eres un terco y obstinado —me dijo un día en que la indagué para escribir unas notas sobre ella—. ¿Qué te puede interesar de mí? Soy la loca del pueblo.
Al final no accedió. Fueron muchas las conversaciones que sostuve con ella. En mi juvenil y obstinado trasegar de la ciudad hasta el pueblo y, viceversa, luego de las vacaciones de fin de año, a mí me complacía, apenas llegaba a mi terruño, conocer de primera mano la veracidad de los hechos que ocurrían en la vereda, como si experimentara el paso a paso de lo acontecido por aquellas calles, los detalles y las escenas, solo si me los contaba con la exquisita modulación de su voz la bella y singular Ángela.
Entonces aún estaba en sus cabales, pese al frío soterrado de su espíritu. Sonreía con dificultad, pues en vez de felicidad, en su rostro afloraban algunas lágrimas furtivas, fruto del sufrimiento de toda una vida. La nieve de la nostalgia no tuvo contemplación alguna con su integridad. Sus ropajes, por los cuales algunos lugareños en otro tiempo hubieran dado la vida, fueron pulverizados por el tiempo, olvidándose incluso en los recuerdos más anclados y reticentes.
Por diciembre yo volví a la población. El autobús trepidaba como si, en vez del asfalto, devorara el aire. El paisaje, en otro tiempo henchido de verdosidad, reflejaba sombras irregulares y grotescas. El paraje y la atmósfera estaban untados de una niebla gris. Sin ser muy perspicaz, se podía colegir que había luto en la región. El viento, la vegetación y todo alrededor lloraban por alguien. Un ser clandestino en alguna parte había dejado de existir…
Eran las tres de la tarde cuando el autobús me dejó en la estación. La sala en donde otras veces me esperaba alguien de la familia se hallaba vacía. Como la atmósfera parecía poder tropezarse con el cuerpo, esta condición de población aislada y a la deriva me hizo corroborar que algo extemporáneo estaba ocurriendo en el pueblo. La tarde pesaba sobre los hombros, la respiración se dificultaba. Ya imaginaba lo peor: que era el único habitante sobre la faz de la tierra, cuando, de repente, por una esquina de la estación asomó el rostro menudo y trigueño, rebosante de juventud, de mi hermano menor, Nicolás.
—Casi que no llego —me dijo con la voz quebrada por el dolor—. Todos, ensimismados y sollozando, marchan en gran romería hacia el cementerio. La gente llora y no sabe qué hacer. Algunos se jalan de los cabellos, otros se hieren y se pellizcan porque creen que es un sueño y quieren despertar de él. El comandante de la policía ha tomado medidas, pues algunos han amenazado con arrojarse a los acantilados. El pueblo está demente…
Ángela murió de vieja. Fue el amor no correspondido de la gente del pueblo. Ante su negativa de corresponderle a un príncipe azul, los enamorados, para no morir de dolor, terminaron por aceptar las migajas de su amor: observarla con devoción y cariño, a cinco cuadras del bulevar, donde habitaba en su palacio hecho de cartón y retazos de madera.
Fue la pasajera del tiempo que nunca supimos de dónde vino. Alguien propuso erigir una efigie de Ángela, con unas lágrimas furtivas deslizándose por sus mejillas.
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