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sábado, 21 de mayo de 2016

La Hidrofobia En Los Cartageneros Es Contagiosa


¿AÚN QUEDAN CRUSTÁCEOS
EN LAS AGUAS DE CHAMBACÚ…?


Por Juan V Gutiérrez Magallanes

Ahora las aguas dejaron de mecer las verdes algas, que tomábamos como verdín para pescar jaibas y secarlas al sol; imitando pequeñas casas construidas a la orilla de la ciénaga. Hoy el agua tiene la opacidad plomiza que dificulta la gestación  de vida en este espejo enfermo. Pero la naturaleza es obstinada y pertinaz, manifestándose en especies reducidas,  degradación en peces y crustáceos. Área cubierta de mangle recién sembrado. 
Por el follaje, se puede deducir la gestación de vida en el sector: cangrejos y caracoles, ¿hay seguridad en su desarrollo...?  
Quedo perplejo; es maravilloso ver cómo en este día de enero, Antonio extrae cientos de caracoles, adultos algunos y otros pequeños, tritura el caparazón y hace un conjunto para venderlos en algunas de las ostrerías de la ciudad.  
Antonio de Acosta es un permanente observador de las aguas, hace meditaciones sobre la variación en el color, con ello puede determinar cómo le va a ir en  el día. Insiste en su técnica, muy a pesar del aumento de desechos y de aguas residuales que se vierten en la ciénaga. No  tanto por las condiciones actuales, sino que las circunstancias han variado en cuanto a la actividad que siempre ha desarrollado: pescar con atarraya, teniendo como credo religioso devolver los peces pequeños a las aguas. Los pescadores poseen ojos de águila, miran en la distancia cardúmenes permitiéndoles premoniciones sobre la cosecha del día. Antonio es uno de ellos, pero las condiciones  son  adversas, el descuido y abandono por la conservación de los cuerpos de agua, ha provocado deterioro y extinción de especies acuícolas. 
Antonio se deja  caer en las tramas de soñador de Parque, nunca ha salido de la ciudad  y lo han dejado vivir en las ruinas de la calle de Portobelo con  Nuestra Señora del Pilar. 
De ese hombre nostálgico, el monologo es la expresión de quien siente la ciudad: 
“Cartagena de Indias, de su mar se desprenden las brisas, que llegan a balcones, estatuarias, pórticos de arcos alegres, zaguanes de ojos abiertos, esquinas detenedoras de brisas, aldabones de huellas olvidadas, argollas de adioses perdidos, faroles de luces amigas, soles escondidos, almendros arrulladores de pescadores, palmeras enseñadoras de cánticos, alcatraces de aguas tenebrosas, garzas de aguas azuladas. Desde los minaretes se contemplan embarcaciones de atarrayas y trasmallos tendidos por pescadores embrujadores de peces de grandes profundidades, cangrejos de ojos perdidos, mangles de algarrobas pintadoras de hilos blancos jugando al escondido con las algas, que a la vez sirven de lecho a camarones de sueños duraderos, a las jaibas aplanadoras de piedras marinas”.  
“Sus murallas son promontorios de soñadores, dementes medidores de aceras, desde ellas observamos loteros de sueños alegres, voceadores de noticias envilecidas, embaladores de ágiles manos, tinteros de Tuchín, vendedores de aguas samaritanas, mercaderes de los últimos minutos de celulares con figuras pornográficas, palenqueras comerciantes de optimismo en racimos comestibles, fritangueras de altares de maíz, pensionados compradores de puestos para ganar la primera puerta del cielo, vendedores de cupos a quienes olvidaron el perdón del cielo, declaradores de patrimonios perdidos, anunciadores de tarjetas con llamadas a la eternidad, miles de vendedores abriendo el paso a peatones  regalando flores en los parques de la ciudad. 
Y en un apéndice de  Cartagena, que se policromiza para acallar voces, formado por iglesias, universidades, parques, catedrales, alcaldía, monumentos, Inquisición y bóvedas”. El mar no perdió sus aguas, tan solo llegó hasta las partes olvidadas  de Cartagena y se diluyó en la simplicidad de las cosas mostrando la negación del hombre por presentarse y responder por la Ciudad.  
Cartagena era un archipiélago que intercambiaba el aire, aligeraba la madurez de la naturaleza, las aguas variaban sus colores por los  peces pigmentados, las aves podían seleccionar nidos con variedad de hojas. Pero con el tiempo muchos cartageneros se transformaron en hidrófobos (odio a los Cuerpos de Agua).  Del seno de las aguas extrajeron restos marinos y cercenaron los brazos de los cuerpos de agua, donde hoy se erigen grandes moles de cemento”.  

La Ciénaga de la Virgen, el Caño de Juan Angola, la Ciénaga del Cabrero-Chambacú, esperan la benevolencia de los gobernantes, quienes tienen la obligación de ejecutar proyectos en bien de estos Cuerpos de Agua resistiéndose a morir. Cuando Antonio tira su atarraya en el Caño Juan Angola y saca Anchovas brillantes  mostrando los últimos vestigios de vida en esos manglares olvidados por los gobernantes y el ciudadano arrojador de desechos; la misma naturaleza está pidiendo a gritos la Salvación del ecosistema. 




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