viernes, 7 de agosto de 2026

LoColombia



EL SR. DESATINO
Y EL MALETÍN DE LAS PROMESAS

 Entre el gobierno del cambio y el gobierno del “ahora sí”

 

Por Gilberto García Mercado

 

El Sr. Desatino apareció esta semana con una libreta debajo del brazo, un lápiz detrás de la oreja y una calculadora que, según él, "solo sirve para sumar promesas, porque para restarlas todavía no han inventado el aparato". 
—¡Señores! —gritó desde la esquina—. ¡Ha llegado la hora del relevo presidencial! ¡Se va Petro y llega Abelardo! ¡Se acaba el gobierno del cambio y comienza el gobierno del… cambio de gobierno! 
Un vendedor de minutos lo miró con desconfianza. 
—¿Y eso qué significa? 
—¡Nada! —respondió Desatino—. Precisamente por eso soy analista político. 
Sacó entonces una enorme carpeta titulada 
"PROMESAS PRESIDENCIALES: EDICIÓN PARA NO CREER TODO". 
—Aquí tengo las promesas de Abelardo De La Espriella —dijo—. Y debo reconocer que el hombre viene con la escoba grande. Habla de seguridad, lucha contra la corrupción, reducción del tamaño del Estado, disciplina fiscal y hasta de convertir a Colombia en un país fiscalmente serio. 
—¿Y usted le cree? 
—¡Claro que sí! 
—¿De verdad? 
—No. Pero hay que darle la oportunidad. Después de todo, si uno no cree en las promesas presidenciales, ¿en qué va a creer? ¿En los recibos de la luz? 
El Sr. Desatino pasó la página. 
—Dice el nuevo presidente que habrá transparencia total. ¡Maravilloso! Yo propongo que comiencen por ponerle ventanas al Palacio de Nariño. 
—¿Para que entre más luz? 
—¡No, hombre! ¡Para que podamos ver qué están haciendo adentro! 
El público soltó una carcajada. 
Pero Desatino no había terminado. 
—Ahora viene lo bueno. Abelardo promete administrar los recursos públicos con responsabilidad y proteger la regla fiscal. 
Se quedó pensativo. 
—Eso significa que, por fin, el presupuesto tendrá que hacer dieta. 
Luego sacó una calculadora. 
—Porque mientras unos prometen adelgazar el Estado, otros lo dejaron con una barriga de contratos que ni siquiera cabe por la puerta. 
Y ahí apareció el fantasma político de Petro. 
—¡Petro!—gritó Desatino—. ¡No se me vaya todavía! 
El expresidente apareció imaginariamente en una pantalla gigante. 
—¿Qué quiere? 
—Preguntarle por los viajes. 
—¿Cuáles viajes? 
—¡Los viajes presidenciales, mi querido exmandatario! Porque una cosa es viajar para gobernar y otra convertir el avión presidencial en una especie de agencia de turismo político. 
Según reportes publicados a partir de registros oficiales, entre agosto de 2022 y noviembre de 2025 los viajes internacionales de Petro habrían implicado más de $12.000 millones en combustible, además de más de US$2,5 millones en alojamiento, transporte y alimentación. 
Desatino miró al público. 
—¡Eso sí es turismo! Y uno aquí pensando que el paseo de olla era caro. 
Petro respondió:
—¡Pero esos viajes tenían objetivos internacionales! 
—¡Claro! —contestó Desatino—. Y el objetivo nacional era pagar la cuenta. 
Entonces sacó otra hoja. 
—Y mientras se hablaba del Gobierno del Cambio, el país también tuvo que observar el caso de Nicolás Petro, hijo del expresidente, quien ha enfrentado procesos judiciales relacionados con acusaciones de lavado de activos y enriquecimiento ilícito. 
Desatino se llevó las manos a la cabeza. 
—¡Qué familia tan ocupada! Uno gobernando, otro explicando los procesos y los colombianos haciendo cuentas. 
De pronto recordó algo. 
—¡Y falta la señora Alcocer! 
Miró hacia un lado. 
Nada. 
Miró hacia el otro. 
Nada. 
—¿Y dónde andará la Alcocer? 
Un ciudadano respondió: 
—Quién sabe. 
—Pues yo sí sé —dijo Desatino—. ¡Debe estar buscando dónde dejaron el botón de "primera dama"! 
La actualidad, sin embargo, le puso otra vez la cara seria. El Consejo de Estado confirmó recientemente la nulidad del nombramiento de Verónica Alcocer como embajadora en misión especial ante el Vaticano. 
—¡Ave María! —exclamó Desatino—. ¡Ni el Vaticano pudo salvar el nombramiento! 
Y cuando parecía que la función terminaba, apareció nuevamente la carpeta de Abelardo. 
—Pero tampoco se emocionen demasiado —advirtió—. Ahora viene el otro capítulo. 
Abrió la libreta y escribió en letras enormes: 
"PROMESA". 
Debajo puso: 
"CUMPLIMIENTO". 
Y dejó el segundo espacio completamente vacío. 
—¿Y eso qué significa? —preguntó el vendedor de minutos. 
Desatino sonrió. 
—Que mañana comienza el gobierno de Abelardo. Y desde mañana, señores, las promesas dejan de ser promesas y empiezan a convertirse en facturas.
Guardó el lápiz. 
Se acomodó el sombrero. 
Y antes de marcharse lanzó su última sentencia: 
—En Colombia todos los gobiernos llegan diciendo que van a limpiar la casa. Lo curioso es que, cuando terminan, la casa sigue sucia, pero cambian los muebles de lugar. 
El Sr. Desatino desapareció por la esquina. 
Solo dejó una nota pegada en un poste: 
"Colombia no necesita presidentes que prometan milagros. Necesita gobiernos que sepan dónde dejaron la escoba." 
Y debajo, en letra pequeña, había escrito: 
Continuará. Porque en Colombia el próximo capítulo siempre viene con nuevas promesas.
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