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martes, 24 de marzo de 2026

Todos Éramos Hermosos

 El Día en que Dios Volvió a Pasar Lista

 

Por Gilberto García Mercado

 


Anoche soñé con un mundo donde la risa no tenía eco porque no había paredes contra las cuales rebotar la tristeza. Era un territorio limpio, sin esa nostalgia pegajosa del plástico que hoy se aferra a las playas como un remordimiento moderno. Allí, la alegría no se anunciaba: simplemente ocurría, como la luz. Nadie envejecía; el tiempo, avergonzado de su propia insistencia, había decidido quedarse quieto, contemplando cómo los cuerpos se sostenían en una juventud perpetua, sin la prisa de las arrugas ni la tiranía del calendario.

En ese mundo, la energía no se discutía: brotaba. Las máquinas respiraban como animales mansos y la electricidad era apenas un susurro doméstico, sin facturas ni apagones. La humanidad, curiosamente, no crecía hasta volverse amenaza; parecía haber aprendido a multiplicarse con pudor, como si la abundancia no necesitara de la saturación. Y lo más extraño: nadie era feo. No porque la belleza hubiese sido impuesta, sino porque la mirada había sido corregida. Todos eran hermosos bajo la ley de un ojo que no juzga.

Fue entonces cuando los vi: Adán y Eva caminaban sin prisa, sin culpa, conversando como dos viejos amantes que nunca han discutido. No había serpientes ni manzanas, ni esa tentación de saber más de lo que conviene. El conocimiento, en ese lugar, no dolía. Y, sin embargo, una presencia mayor rondaba el aire, como una inspección amable: Dios, con la paciencia de un bibliotecario, pasaba revista a la humanidad.

No era un Dios airado ni justiciero; era un Dios preocupado por el orden de las almas, como quien revisa que los libros estén bien devueltos a sus estantes. Se detenía ante cada persona y sonreía al comprobar que la avaricia había sido archivada en el olvido, que la droga no había encontrado camino en los cuerpos, y que la literatura, lejos de extinguirse, se había vuelto la respiración misma del mundo. Allí, los hombres no necesitaban huir de sí mismos; leían para quedarse.

En ese sueño, los escritores eran una especie de jardineros del lenguaje. Sembraban palabras y cosechaban consuelo. Recordé, sin saber por qué, a Thomas More y su Utopia, donde la perfección se organiza como una ciudad posible; a William Morris con News from Nowhere, donde el futuro se parece sospechosamente a un pasado sin codicia; y a Aldous Huxley, quien, en su isla de Island, intentó reconciliar la felicidad con la conciencia. Todos ellos, pensé, habían rozado este sueño, aunque ninguno logró domesticarlo del todo.

Dios, al final de su recorrido, pareció satisfecho. Cerró una libreta invisible y, antes de marcharse, dejó una advertencia que no sonó a amenaza, sino a suspiro: “La perfección no es un lugar; es una disciplina del alma”. Adán y Eva lo miraron irse, sin miedo de volver a fallar, porque en ese mundo el error no existía, o mejor dicho, no era necesario.

Y entonces desperté.

La luz entraba por la ventana con una honestidad brutal. El cuerpo me pesaba como si hubiese envejecido durante la noche. Afuera, el ruido de la ciudad recordaba que el tiempo no se detiene, que nacemos, crecemos, envejecemos y morimos con la puntualidad de una ley sin apelación. Pensé en el cansancio como una forma secreta de sabiduría: el cuerpo se agota para enseñarnos que la muerte, quizás, no es un castigo, sino una manera de descansar de tanto intento.

Me quedé unos segundos más en la cama, tratando de retener aquel mundo imposible. Pero la realidad, obstinada, ya estaba en marcha. Y comprendí, con una sonrisa leve, que tal vez la única utopía que nos queda es seguir soñando.

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